De las vidas múltiples que potencialmente podemos vivir los seres humanos, es indudable que en general domina en ellas la planicie de lo intrascendente. Salvo en los planos donde lo que se gana es lo improbable, lo insólito, allí se rebasa el nivel cotidiano y nos volvemos héroes, creaturas intuitivas y sagaces, atemporales. Esta posibilidad se abre sólo en los terrenos imaginarios, en donde lo que está por suceder se ignora, en donde lo desconocido se revela. Y qué mayor revelación que nuestro propio cuerpo, asombrosamente bello y desmedido. Por eso Luvina celebra el cuerpo en su voluntad más alta de jugarlo hasta los límites imposibles del deporte: el cuerpo en juego. A propósito de los Juegos Olímpicos que van a celebrarse en Pekín.

Un acercamiento desde la ficción, para regresarnos al origen de «esa tregua sagrada» que convertía al pueblo griego en terreno de paz y armonía, propicio para el peregrinaje de la muchedumbre hacia Olimpia, hacia «el sueño común de una gloria universal», y recordarnos que en estos actos el individuo se vuelve multitud, alarga su cerco limitado por sus circunstancias, para lograr vivir ese cuerpo suyo hasta una eternidad, aunque sea instantánea. El heroísmo atlético nos devuelve la imagen de perfección del cuerpo de cara a una existencia erguida en medio de vacíos. Y es por eso que, paradójicamente, detrás de la imagen mediática perfecta de las Olimpíadas, existe el lado sombreado —ese terreno de claroscuros, de cicatrices, residuos e imperfecciones desde donde hace foco la literatura. Como lo leemos en El hombre de Pekín de Javier García-Galiano: «hay siempre una historia vetada, un misterio que no se aclara y que pasa, para las multitudes, inadvertido».

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