La infancia contiene el sentido de futuro, pero también de lo eterno, como lo escribió Virgilio en su Égloga iv: «Bendice el nacimiento del Niño, oh casta Lucina / que despide a la edad de hierro y es el alba de la de oro».

Abuelos y presencias míticas; palabras arcaicas; lenguaje que como puente se tiende entre el presente y el siempre enhiesto pasado, dando cuenta de un tiempo informe y paradisiaco y de
un presente que nos actualiza y nos cerca con su tic-tac del devenir. Exilios. Vaivén entre los verbos en pasado y las esperanzas e ilusiones de la niñez hacia el porvenir. Fotos y cajones. Planes
y remembranzas.

Proveniente de la raíz fari (hablar), infancia significa «incapaz de hablar», siendo esta característica el detonante de numerosas sensaciones, historias, imágenes libres que se acumulan durante esta etapa.

«Nadie es ahora el que fue antes ni será el que ahora es» (Borges). La infancia es un segmento del pasado que no podemos glosar de manera lineal. Es ese tramo de la vida que está hecho únicamente de percepciones primarias, prístinas, sin los recovecos y oscuridades de la razón. Por ello, no sobrevive a las representaciones posteriores, queda homogéneamente informe.

La infancia es también el lugar de los trebejos, donde se han acumulado las vivencias tristes, violentas; las frustraciones, el desasosiego, las pérdidas. Experiencias inenarrables que perduran en tensión hacia la muerte, en un arca cerrada de recuerdos inalcanzables.

En este número, Luvina ofrece un abanico de realidades vividas y transformadas en signos sensibles, metáforas, lenguajes en ebullición, parajes a los que accedemos a través del arte literario de escritores que han logrado trasmutar los archivos de la memoria en mundos tangibles, en lugares posibles y bellos. Asimismo encontramos en estas páginas el arte de Chiara Carrer y de Vicente Rojo; a la memoria de este último ofrecemos un tributo de admiración y amistad.

Contenido

Concurso Literario Luvina Joven

Páramo