La tierra tiene memoria, en la exactitud de sus ciclos y en sus mutaciones deja una impronta en los seres vivos que habitan el planeta. Esta tierra, que para el ser humano es una patria o el único asidero de realidad, tiene memoria en él a partir de la experiencia sensible. Emociones, razonamientos, intuiciones. Las experiencias decisivas que nos van formando en el transcurso de la vida constituyen un límite, un enfrentamiento con la materia. Tocar esa materia signi ca encontrar el lenguaje para nombrarla (Giorgio Agamben). La palabra nos pone en contacto con las cosas que no podemos entender ni alcanzar, mientras que la naturaleza, con su vegetación y su fauna, cohabita en armonía con sus signos y designios en una relación de apego a sus leyes genéticas. La materia que nos rodea es exuberante, in nita e inconmensurable. Por ello, el lenguaje humano se enfrenta con mutismo a tales fenómenos, pues cada día nos topamos con lo indecible. Las palabras entonces son bosquejos para concebir la idea de esas cosas y sus múltiples e irrepetibles expresiones.

Nombrar es volver asequible lo que existe, traerlo al mundo de la comprensión. Desde nuestra aparición como especie en la evolución biológica, la convivencia con la naturaleza ha sido ambigua y contrastante. Por un lado, los ritmos humanos de progreso cultural y aceleración tecnológica, tiempos globales de ubicuidad instantánea; y por el otro, los biorritmos naturales, largos, acompasados, con sus equilibrios y sus transformaciones.

El mundo natural, lo que solemos denominar biodiversidad, es regido por tiempos contundentes para asegurar la capacidad de autorregulación de los ecosistemas. La diversidad es generadora de estabilidad. Una elevada biodiversidad permite a los ecosistemas recuperarse ante las perturbaciones, adaptarse a los cambios y hacer frente a las crisis. No obstante, estamos siendo testigos de la pérdida de diversidad genética que está llevando a la Tierra a la destrucción del hábitat natural y con ello a la desaparición, no sólo de miles de especies animales, sino de grupos humanos vulnerables cuya extinción deja en el olvido raíces lingüísticas indispensables en el imaginario humano.

Desde la Antigüedad, mujeres y hombres —ante el asombro, el goce y el temor del entorno natural que les rodea— han creado relatos, poemas, historias a manera de memoria de supervivencia vital; una bitácora de su lucha y adecuación al entorno.

En este número, Luvina se une a la tradición para dar cuenta, a través de la producción literaria actual, de esa compleja y extraordinaria relación que nos ata a lo natural

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