«Patikulamanasikara.» Reflexiones sobre lo repulsivo

Esther Mondlak

Make good medicine from the suffering of sickness

Kyong Ho en Living in the Light of Death, Larry Rosenberg

Ciudad de México, 1951. La autora ha vivido en un largo anonimato literario.

Cuando en el hospital dijeron que tendría que guardar cama por completo, enseguida lo pensé. Me enfrentaría esos días a todo aquello que entrara y saliera de su cuerpo. Lo que en condiciones normales se encuentra en manos de uno mismo sin ni siquiera pensarlo, en el momento en que uno se enferma o se hace demasiado viejo, alguien más tiene que encargarse.

Temo ese momento en que lo más privado pasa a ser del manejo público: se mide la orina del enfermo, se pregunta con frecuencia si ha evacuado, si expulsa flemas; y las uñas crecen y la barba crece y el cabello crece y la nariz escurre, y si los dientes son lavados, hay que desechar lo que la boca escupe. Si el que hace la tarea no es el dueño del cuerpo, cada orificio se vuelve conspicuo y está a la vista: algo secreta o algo debe introducirse en él. Y quien está a cargo, no sólo puede, sino que debe interesarse en ello, si quiere procurarle el bien.

El que estaba ahí en la cama del hospital era el hombre con el que compartía mi vida. De él me había enamorado hacía muchos años. En medio de la seducción, ¿quién piensa en lo poco atractivo que puede ser lo que nuestro cuerpo expulsa? Líquidos y olores rebosantes de hormonas, en algún momento, son sensuales. Uno es capaz de lamer la piel del otro, de intercambiar salivas y secreciones. Uno desea introducir al otro, o introducirse en el otro, empleando esos mismos orificios que, ese día, en el hospital, me parecían una amenaza.

Tendido bocarriba, las medias de presión blancas para evitar coágulos dejaban ver, por un boquete en la punta, las uñas que ya no había podido cortar parejas. Me pregunté si sucio, enfermo, desarmado, podía amarlo.

SATI: SOSTENER EN LA MENTE, SOSTENER EN LA ATENCIÓN

En el discurso del Buda sobre los fundamentos de la atención plena —Satipattana Sutta— dice que un monje debe saber con claridad cuando ve hacia adelante, cuando aleja la vista, cuando flexiona o extiende sus extremidades, cuando usa su bata, cuando carga su plato, cuando come, bebe, defeca, orina, camina, está de pie, se sienta, duerme y despierta, habla o está en silencio. En todo momento el monje debe actuar con claridad, sabiéndolo. El monje debe recorrer el cuerpo de abajo hacia arriba, desde las plantas de los pies, y de arriba hacia abajo, desde el pelo. Meditar recorriendo cada parte: el pelo de la cabeza, los vellos del cuerpo, uñas, dientes, piel, carne, tendones, huesos, médula, riñones, corazón, hígado, diafragma, bazo, pleura, pulmones, intestinos, mesenterio, estómago y su contenido; heces, bilis, flema, pus, sangre, sudor, grasa sólida, grasa blanda, lágrimas, saliva, mucosidad, líquido de las articulaciones,  orina. Como si el cuerpo fuera un costal abierto por ambos lados, con  muchos tipos de granos: arroz rojo, frijoles, chícharos, mijo y arroz blanco, y un hombre lo abriera y lo repasara de esta manera: esto es arroz rojo, estos son frijoles, estos son chícharos, esto es mijo, esto es arroz blanco. Así, el monje debe repasar el cuerpo. Como un carnicero experto que corta una vaca en pedazos, así el monje debe repasar el cuerpo. Como si fuera a contemplar un cadáver —uno, dos o tres días después de muerto— hinchado, lívido, rezumando materia, siendo devorado por los cuervos, halcones, buitres, perros, chacales o diferentes tipos de gusanos, un esqueleto con carne o sin carne untado de sangre, sostenido por tendones, huesos desconectados diseminados en todas direcciones, huesos blanqueados con el color de las conchas, huesos amontonados más de un año, huesos podridos y desmoronándose y convirtiéndose en  polvo; el monje compara ese cuerpo con el suyo: este cuerpo, de la misma naturaleza, no está exento de ese destino.

Yo sabía que existían discursos del Buda sobre la contemplación del cuerpo. Había leído —en un primer momento horrorizada— de monjes budistas que pasaban días meditando en lugares donde se depositan cadáveres a cielo abierto, observando las etapas de descomposición de los distintos tejidos, enfrentando los olores que despiden cuando se van pudriendo. Lo que dice el Buda y cómo lo dice, me produce fascinación. Traspasa ese velo que bordamos con gran cuidado, sobre la llana realidad que nos devuelven los sentidos. Componemos historias hermosas, o historias aborrecibles, o ni hermosas ni aborrecibles, sobre lo que la vida nos entrega crudo. ¿No nos gusta el sabor? La aderezamos. Pero ya aderezada empiezo a querer escupirla.

VEDANA: TONO DE LA SENSACIÓN

Pon tu mano en el corazón cuando notes un momento de sufrimiento.

Steve Hickman

En el punto en que nuestros sentidos y el mundo se tocan, dice el Buda, surge una primera experiencia que no podemos evitar, algo preverbal, inmediato: vedana. Nadie se escapa, sirve para sobrevivir.

Esa primera experiencia tiene un tono: placentero, no placentero  o neutro. Es bastante predecible la reacción a la que estamos sujetos. De lo placentero queremos más, de lo no placentero preferimos menos y dejamos pasar lo neutral. El tono acompaña el primer encuentro de nuestros sentidos con el olor, el sabor, los sonidos, el tacto, las sensaciones físicas, incluso el pensamiento —la mente para el Buda es otro de los sentidos. El tono puede resultar buen material para fabricar insatisfacción, dukkha, sufrimiento.

El Buda recomienda estar atentos a esa primera sensación en el instante mismo en que aparece. La atención funciona como una cuña: abre una grieta, un intersticio, un segundo, dos segundos, se dilata la conciencia y nos inunda. Cortar a tiempo los hilos con los que nos sujeta aquello que da placer o nos lo quita, lo que nos jala con su atracción o nos repele porque no nos gusta, hace posible responder al momento, con lo que el momento requiere. Responder en lugar de reaccionar. En ese lugar donde ha penetrado la luz, aparece la posibilidad de elección, la posibilidad de experimentar un instante de libertad, el nibbana dice un maestro budista. Justo antes de que las palabras, las historias, el drama, el juicio, las opiniones, lo oscurezcan.

Está frente a mí. Le digo algo al oído y sonríe. Voy por la palangana, la lleno de agua. Lo empujo suavemente para que se recueste de lado, coloco una toalla. Tomo la esponja, la mojo, la exprimo y comienzo desde su espalda hacia abajo. Imito al monje: de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba. Sin distraerme. Una y otra vez cambio el agua. Lo seco. Le hablo al oído y él solo vuelve a recostarse bocarriba.

La muerte es lo que les pasa a todos los demás. En cambio, el futuro en el que yo estoy muerta no es ningún futuro. No tiene realidad. Si lo hiciera —si yo creyese de verdad que ser un cadáver no sólo es un futuro posible sino «mi único futuro garantizado»—, haría las cosas de otro modo. Me desharía de mi iPhone, para empezar. Viviría de otra manera. (Zadie Smith, en Hombre contra cadáver)

Son las 3:20 de la mañana. Él ya no está. Doy vueltas en la cama. Construyo frases que se disipan en mi cabeza.  Me digo que, si de veras me creyera que algún día  seré cadáver ya estaría en mi escritorio frente  a la computadora, escribiendo eso que en  mi mente nace deshilado. Pero me quedo  dando vueltas. Muy en el fondo he de  creer que soy eterna.

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