Luvina 65 / Textos
1812 ¡Papacito! ¡Ángel! ¡Viva!, gritó el pueblo. A mitad de su intimidante discurso acerca de la Gran Guerra, distraído, el emperador dejó caer un bizcocho, ya mordido, desde el balcón de palacio. Todos, generales, cocheros, mayordomos e indigentes, se agacharon y abalanzaron sobre las migajas. El buen zar mandó traer un platón y arrojó bizcochos… Seguir leyendo Hans Magnus Enzensberger