El expediente de mi madre

András Forgách

(Budapest, Hungría, 1952). Éste es un fragmento de su libro traducido al español «El expediente de mi madre» (Anagrama, 2019).

… tiempo de callar, y tiempo de hablar

Eclesiastés 3:7

1. La señora Pápai

EL CUMPLEAÑOS

La señora Pápai acudió puntual al encuentro. Los hombres llegaron con unos quince minutos de retraso y pidieron disculpas repetidamente con la mayor humildad, no sin antes ofrecer a la señora Pápai un ramo de flores con ocasión de su sexagésimo cumpleaños. Todo esto tenía lugar en la plaza de Batthyány. Mientras ellos seguían derrochando excusas, la señora Pápai anuló con un gesto de impaciencia cuanta palabra redundante estuviera por venir y aludió a la nevisca que caía, y que el informe, por lo demás, olvidó mencionar: «Que sea éste el mayor problema, caballeros». En honor a la verdad dijo «camaradas», con su inconfundible acento y con una sonrisa que los desarmó por su atractivo y por la voz de cantarina melodía que no hacía sino avivar el encanto de su afirmación; pero en aras de la seriedad del relato quedémonos ahora con «caballeros», que refleja con mayor fidelidad los galantes piropos que salieron de las bocas de los varones para acompañar el precioso ramo. Acto seguido, y según lo acordado previamente, el pequeño grupo se encaminó por la orilla de la plaza en dirección a la pastelería junto al templo, o detrás de él (cuestión de perspectiva), ubicada en un semisótano que había sido en su origen una planta baja, hecho que recordaba las épocas anteriores a las grandes crecidas del río, cuya gris espuma se iluminaba por un momento ante la risa desbordante de la señora Pápai. El propio Hokusai habría envidiado el bello espectáculo de los copos de nieve de aquel blanco majestuoso al caer de soslayo sobre las aguas plateadas. En ese preciso instante, la risa de la señora Pápai quedó sofocada por el estridente rechinar del tranvía de la línea diecinueve al partir de su parada final, situada justo detrás de la estación del metropolitano, en dirección al Puente de las Cadenas.[1]

Aquel día la señora Pápai no brillaba por su elegancia; se había calado una tupida gorra de lana de colores y un abrigo beige forrado que no se diría que fuese el último grito: provenía de los talleres de la fábrica de ropa VOR, Vestidos Octubre Rojo. Como si fuese deliberado su total descuido en el aspecto exterior, calzaba unos sencillos zapatos de tacón bajo y su única alhaja eran sus hermosos ojos verde jaspeado, resplandecientes, que tendían al azul o al gris. «Bah, el atavío de una persona no es lo importante, caballeros, no es el hábito lo que hace al monje», habría dicho si se lo hubiesen preguntado. Sin embargo, esta vez su apariencia poco refinada fue decididamente ventajosa. Que era la fecha de su cumpleaños, los hombres tampoco lo supieron por ella, pues la señora Pápai ponía especial énfasis en que ese día su entorno «prescindiera de hacer alharaca», no le gustaban las ceremonias, las celebraciones superfluas, «ayayay, hay cosas mucho, pero muchísimo más importantes en este mundo, personas que se mueren de hambre, que van descalzas, que son diezmadas por las enfermedades y las guerras». Aunque, en realidad, no poca incertidumbre se cernía sobre la fecha de nacimiento de la señora Pápai, algo que los tres caballeros sin duda no podían saber, puesto que su cumpleaños, de acuerdo con el orden de las cosas, caía de tiempo en tiempo en el primer día de una famosa festividad de fecha variable. En su infancia, la familia observaba todavía estrictamente las prescripciones religiosas y, según el ánimo en que la pillaba la fiesta, que por tal motivo era doble, celebraba el cumpleaños de la niña a lo largo de ocho días, pues sabido era que las velas permanecían ocho días encendidas por la festividad, de tal guisa que los padres, cediendo a su graciosa disposición artística, en algunas ocasiones se desviaban de la prosaica fecha original, lo cual les deparaba tanta más alegría que la festividad misma precisamente por rememorar la llegada de la pequeña, que por lo demás fue a ciencia cierta el 3 de diciembre. En consecuencia, podía ocurrir, además, que la desmemoriada madre de la niña, famosa por sus flirteos y de temperamento apasionado, diese de cuando en cuando otra fecha en las oficinas coloniales y demás dependencias (de las cuales había una fastidiosa cantidad por la doble administración, lo cual dificultaba innecesariamente la vida de los inmigrantes), ya que de improviso sólo recordaba que el nacimiento de su hija había caído durante la Januká. Así podía ocurrir que constase en diferentes documentos en fechas vecinas como el 1 de diciembre, el 2, el 3, en alguna parte hasta el 6 de diciembre, con lo cual la señora Pápai obtuvo una especie de justificación para su «indiferencia», más aún, su desmesurada animadversión de antirreligiosa convencida hacia su cumpleaños. Si era imposible averiguar en qué día había nacido realmente, la verdad es que era absurdo fijar el aniversario en una fecha. Pero los tres caballeros no podían saber todo eso.

Poco después, los tres bajaban cual séquito galante de la señora Pápai por las abruptas escaleras que conducían a la pastelería Angelika: el teniente coronel de la policía Miklós Beider, interlocutor adjudicador, el primer teniente de la policía doctor József Dóra, interlocutor receptor, y el teniente coronel de la policía János Szakadáti, director de la subdivisión.[2] Que todo eso no se transformase en la entrada al escenario de la prima donna de una opereta fue sólo gracias a que Dóra y Szakadáti guardaron ambos una pequeña distancia, de conformidad con las reglas de la conspiración. Pero las sorpresas aún no habían llegado a su fin. Una vez abajo y después de que los tres compitieran por ayudar a la dama a quitarse el abrigo de invierno, menester en el que finalmente Miklós demostró ser el más diestro, tomaron asiento en un compartimento íntimo del café. Mientras el abrigo resbalaba de los hombros de la mujer, las tres miradas masculinas se habían detenido en la belleza antigua de aquella figura femenina ya no tan joven y no muy alta, de caderas pronunciadas y senos exuberantes, silueta que, por lo demás, en las fotografías tomadas en la playa —desconocidas para los señores— se veía particularmente favorecida por la luz del crepúsculo; en esas tomas se revelaba y destacaba su atractivo de cuerpo entero y también resplandecía y encandilaba el perfil de su rostro, cuya hermosura había que agradecérsela a partes iguales a sus perfectas proporciones y al amor incondicional por la vida y la alegría que irradiaban sus facciones. El hecho de que aquellas vetustas y exóticas fotos junto al mar hubieran surgido de encuentros conspirativos con seguridad habría galvanizado a los tres varones si se hubiese tocado el tema, pero la conversación no giraba en torno a las bahías al abrigo de la sombra de cedros libaneses, donde damas y caballeros de las más diversas nacionalidades y religiones tomaban un baño y flirteaban, se fotografiaban junto a burros, cascadas y el mar Mediterráneo, y hablaban incluso de las tareas más urgentes de las organizaciones locales de base de sus partidos, mientras que algo más al norte de sus narices hervía la guerra mundial.

Apenas los cuatro hubieron tomado asiento en el cubículo y estudiado a fondo la carta, los tres hombres pidieron un café solo quitándose prácticamente uno a otro la palabra de la boca, mientras que la señora Pápai ordenó un té Earl Grey, que en aquel tiempo se consideraba el no va más del lujo, si bien renunció a los pasteles con una alusión a su cintura llena, por mucho que Miklós, el hombre de mayor rango, la alentase con su cálida voz de barítono. «Aquí es excelente el pastel de chocolate con nata al estilo francés, tiene fama mundial», le aseguró, «mi nieto se come hasta dos de una sentada, por no hablar del de semillas de amapola…» («Claro, flódni, una especialidad judía, ¿verdad?», cacareó sin permiso el camarada Szakadáti, pero enmudeció enseguida al percibir las miradas de desaprobación de Miklós y József).

Miklós, que conocía desde hacía más tiempo a la señora Pápai, insistió y le habló tanto sobre los magníficos pasteles de la cafetería Angelika, famosos en medio mundo, que finalmente, después de una larga vacilación, la invitada se dejó convencer de consumir un profiterol, a raíz de lo cual la lucha entre el tenedor y el profiterol dejó una sutil huella de nata batida en el borde de su boca, y la señora Pápai pasó la lengua por encima con una ruidosa carcajada, lo que dio ocasión después a observaciones galantes por parte de los hombres. Aunque tal vez a los señores les hubiese apetecido algo sólido, tenían claro el efecto en el coste del encuentro,[3] y si bien la oficina les había dado carta blanca al respecto, sabían bien que un poquito de autodominio a la larga nunca perjudica. Antes de la llegada del profiterol, en uno de esos silencios que asaltan con frecuencia en situaciones así a las personas reunidas en cierta intimidad, cuando todas sienten que después de las frases previas y generalidades vacuas hay que ir al grano, József sacó de su portafolio inesperadamente y como por arte de magia un precioso mantel bordado con motivos populares[4] que a la señora Pápai le causó una alegría mayúscula. El mantel estaba envuelto en papel de seda y atado con una cinta rosa, y los tres caballeros volvieron a desearle feliz cumpleaños uno por uno, pues, como hemos mencionado, precisamente aquel día en que uno dejaba y otro empezaba a hacerse cargo de su persona, la señora Pápai cumplía sesenta años.

Sin embargo la conversación no se sostuvo según los planes, para gran sorpresa de los tres caballeros. Y ello no sólo porque la parte superior del profiterol fue a parar sobre el mármol de la mesa, inesperadamente, ni por el poquitín de crema dulce que había embadurnado el borde de los labios de la señora Pápai, ante lo cual el envalentonado József (en su derecho de flamante interlocutor receptor), después de algunas vacilaciones, sonrió como un mozuelo y se lo hizo notar a la camarada. Ocurrió que la señora Pápai, después de que le explicaron con detalle las complejas tareas que le encomendaban, que ella repitió al pie de la letra con toda tranquilidad como una colegiala sobresaliente, por añadidura sin haber tomado notas,[5] prueba inequívoca de su excelente memoria (que había fluido en demasía en sus informes tempranos, por lo demás, donde lo demostraba también su estilo rico en detalles), conque después de que Miklós «adjudicase» a la señora Pápai a merced de József, si bien en ese lugar no cerraron la operación con esa palabra, y dado que el de mayor rango ya había llamado con señas a la camarera para que llevase la cuenta, y sacado su abultada billetera, la señora Pápai, de repente, con voz estridente y viva, parecida a la de un muecín en sus cantos al convocar al rezo, y que a los tres camaradas les hizo empezar a aguzar el oído, comentó: «Creo que no merece la pena que continúe haciendo esto, no debo seguir haciéndolo». El aire alrededor de la mesa se congeló literalmente, de modo que la señora Pápai, en voz un poquito más baja pero siempre con ese falsete cantarino, añadió: «y no es, en absoluto, porque no comparta alguno de los objetivos que tenemos en común». Los tres caballeros se quedaron petrificados por el cambio de discurso, y el teniente coronel de la policía levantó el dedo índice y cortó el paso a la camarera, que en ese instante se acercaba con una sonrisa festiva hacia la mesa y estaba a punto de colocar ante Miklós la cuenta por un importe nada modesto. Miklós pensó primero pedirle que mejor volviese más tarde, pero con su magnífico instinto para calar la naturaleza retorcida de la situación, cayó de inmediato en la cuenta de que así sólo atraería más la atención hacia ellos, algo que infringía las reglas tácitas de la conspiración. En la pastelería Angelika, medianamente concurrida a esa hora de la tarde, el jovial grupo afortunadamente no llamaba la atención, a su alrededor había funcionarios que se daban una vuelta por allí de preferencia a la hora del aperitivo, o que al final de su agotadora jornada laboral iban a tomar un café o beber una cerveza; en el rincón opuesto se había sentado una pareja de enamorados que se abrazaban compulsivamente y no cesaban de contemplarse con profunda admiración. Pero entonces el camarada Beider, con genuina intuición de jefe de Estado Mayor, silbó entre dientes en dirección a la señora Pápai: «¡Después!», como quien ordena a su caballería retirarse del puente. No se puede negar que la señora Pápai se apocó ante el rostro endurecido de Miklós, cuyo barniz de jovialidad se había derretido en un instante, y hasta le pareció oír cómo le rechinaban los dientes. Al mismo tiempo, como buena comunista, captó ipso facto que ahora debía guardar el más estricto silencio; en vano prorrumpía de su interior desde hacía mucho tiempo, a decir verdad desde 1975,[6] un asfixiante y amargo malestar que la carcomía como una vorágine. Cuando la camarera por fin se alejó, Miklós miró a la señora Pápai, y János y József lo secundaron con alguna expectación y zozobra. «Hasta el hoy día», dijo ella, «he cumplido con todas las incontables y en general nada sencillas peticiones de ustedes al servicio de la democracia popular. He dejado de lado graves preocupaciones que atañen a mi vida privada para hacerlo, y aun así he sido capaz de formular propuestas concretas. Pero incluso en los casos en que ustedes respondían a ellas con palabras como magnífico, le agradecemos, maravilloso, excelente, grandioso, yofi,* tampoco ocurrió nada, nada de nada en absoluto. Más aún, pese a ser mis recomendaciones tan celebradas, o quién sabrá si por eso, el resto del tiempo no me buscaron, como si no estuviese yo en este mundo. Entonces por qué habría de considerar importante este trabajo si cuando digo o propongo algo, nadie se interesa en serio por mí, sólo lo fingen; en cambio, cuando hay algo urgente, arriba, mujer, que pegue un salto. No considero que esto sea lo que entre camaradas se entiende por camaradería. No veo el sentido de mi trabajo en circunstancias así y si pese a ello lo sigo realizando es sólo por la confianza en que este cambio que se lleva a cabo ahora mismo sea como un nuevo despegue.» Al finalizar el estallido de la señora Pápai, los señores permanecieron sentados por un momento como tres alumnos escaldados de primaria, no estaban preparados en absoluto para una cosa así, no era costumbre que un agente reclutado los aleccionase en ningún asunto

Traducción del húngaro de Teresa Ruiz Rosas.

[1] Informo de que el 3 de diciembre de 1982, me reuní en la pastelería Angelika con la SEÑORA PÁPAI, alias de nuestra col. secr. En la reunión también participaron el teniente coronel de la pol. János Szakadáti y el teniente coronel de la pol. camarada Miklós Beider.
Llegamos al encuentro con diez minutos de retraso. La señora Pápai nos esperaba en la plaza de Batthyány. Después de presentarme, la felicité cordialmente con ocasión de su sexagésimo cumpleaños y, al expresarle mis buenos deseos, le hice entrega de nuestros regalos, un mantel de mesa bordado con motivos populares, que le gustó mucho, y un ramo de flores.

[2]  RESOLUCIÓN
En la fecha de hoy he hecho entrega al camarada József DÓRA (denominación exacta del organismo: III/1-3) del expediente N° 2959, carpetas R-1, T-1 correspondientes a… (lugar y fecha de nacimiento, nombre de la madre…), alias SEÑORA PÁPAI, para su consiguiente revisión con respecto a la continuación del empleo de la persona en la red. Dicho expediente me ha sido a su vez entregado por el camarada Rudolf RÓNAI. Bp. día…, mes de octubre de 1982 Rudolf Rónai adjudicador József Dóra receptor.

[3] El coste del encuentro fue de 386 forintos.

[4] PROPUESTA
Budapest, 1 de diciembre de 1982
La colaboradora secreta SEÑORA PÁPAI celebra el 3 de diciembre de 1982 su sexagésimo cumpleaños. Desde 1976 mantiene relaciones operativas con la jefatura del equipo III/I. Y durante ese tiempo ha facilitado numerosas informaciones válidas sobre la situación israelí en cuanto a agentes y operativos, así como sobre las aspiraciones del movimiento sionista. Nos trajo material original del 29.° Congreso Mundial Sionista y proyectamos hacerla viajar también al extranjero con fines operativos con ocasión del 30.° Congreso Mundial Sionista.
En atención al trabajo realizado hasta ahora, con motivo de su 60.° cumpleaños, propongo otorgar a la SEÑORA PÁPAI una retribución en especie por un valor de 1.000 forintos. Dr. József Dóra, teniente de la pol.

[5] Continuamos la conversación con los asuntos en torno al viaje a Jerusalén.
La señora Pápai dijo que sus familiares la apremiaban a viajar, y que ellos se hacían cargo de sufragar los gastos de su estancia. No obstante había surgido un problema, querían que se quedase por lo menos dos meses allí.
El camarada Szakadáti pidió a la señora Pápai que procurase acortar el tiempo de su estancia, pues nosotros necesitaríamos materiales relativamente frescos. Propuso que llamase por teléfono a sus familiares y puntualizase la acogida que le habían ofrecido. Para el costo telefónico entregué a la señora Pápai 500 forintos contra recibo.

[6] INFORME DE RECAPITULACIÓN Budapest,
1 de noviembre de 1982
La señora alias «PÁPAI», colaboradora secreta, fue reclutada en 1975 por los colegas precedentes de la sección III / I-4. Ella se hizo cargo en la práctica del «legado» de su esposo, quien estuvo vinculado al servicio desde los años cincuenta, pero en la actualidad vive sumido en una grave enfermedad depresiva, y ha quedado inhabilitado para el desempeño de sus tareas.
La señora «PÁPAI» ha sido reclutada a partir de sus principios y de su sentimiento patriótico; sus fundamentos políticos son firmes, cree en nuestro sistema social gracias a sus convicciones.
* Término que utilizan los judíos en la diáspora para indicar que algo es muy bueno. (N. de la T.)

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