XI Finalista Luvinaria-Ensayo / A los seis años

Alondra Guiovana Hernández Ayala

CATEGORÍA LUVINARIA

Licenciatura en Escritura Creativa, CUCSH

Si llevas tu infancia contigo, nunca envejecerás.

                                                 Tom Stoppard

A los seis años todo me resultaba tan mágico y tan posible, que encontrar soluciones era un juego absurdamente fácil. El que vende paletas es el paletero, el que vende pan es el panadero, entonces el que vende agujas, tiene que ser el agujero. Me di cuenta de que la luna me perseguía. Supe que la magia era real cuando mi papá desapareció una flor enfrente de mí. Quería aprender el idioma de los animales, especialmente el mosquiano, porque me gustaban las moscas. No pisaba las rayas ni las grietas de las banquetas y quería tener mi propia papelería.

A los seis años tomaba vino de agua de Jamaica y cuando tenía sed, tomaba refresco en mi copa de tapita. Me gustaba caminar sobre las piedras y cuando llovía siempre me subía a la litera alta. Estaba segura de que ninguna tormenta sin importar lo fuerte que fuera, iba a alcanzarme allá arriba.  Cuando se quitaba, salía para brincar sobre los charcos, sobre el lago de Chapala de las hormigas, y con mis zapatos mojados dejaba mis huellas en las banquetas para que algún insospechado amigo llegara a mi casa.  Cuando se me dormía el pie, me quitaba el zapato y la calceta, en busca de las hormigas que me hacían cosquillas, pero nunca vi una.

A los seis años un pequeño temblor me despertó, seguramente todo el mundo se puso de acuerdo para saltar al mismo tiempo. Me decían que el dinero estaba sucio, que me lavara las manos después de agarrarlo y entendí por qué, cuando mi papá me dijo que cada vez que iba al baño hacía billetes. Mi casa tomaba mil formas, a veces era la playa, otras el balneario y una vez se transformó en cueva, y cuando se iba la luz, había función segura de sombras. Cuando veía la tele, pegaba la cara en la pantalla y miraba las orillas, quería ver los escenarios y la gente que se escondía.

 A los seis años me clavé un lápiz en el pecho, cerré los ojos y pensé que la punta me saldría por la espalda. A veces me confundía y le decía mamá a la maestra. En la primaria, los honores eran los lunes y yo en posición de firmes cantaba asustada, un soldado en cada hijo de Dios, uh uh, un soldado en cada hijo de Dios y tenía miedo de que los soldados de Dios fueran por mí, por esa niña pecadora que se había besado con su amiga en el recreo y que siempre tiraba los lonches. Algunos días en la escuela escuchaba a caballos correr y tiempo después, la señora que vendía dulces nos contó que antes de ser primaria había sido un hipódromo y que en las noches se escuchan muchos caballos, y yo me asusté, pero me alegré también, por mi buena audición.

A los seis años me peleaba con el vecinito, los dos siempre queríamos alcanzar la victoria de cualquier cosa. Yo tengo diez años le dije, ah, ¿sí? Pues yo tengo veinte, yo cincuenta, yo cien, yo doscientos, yo mil. Tenía la costumbre de acomodar mis juguetes de forma precisa, cerrar la puerta y volverla abrir muy rápido para ver si se habían movido, los quería cachar en el acto exacto de su despertar y hablar con ellos; algo similar me pasaba cuando me miraba en el espejo, me quedaba quieta y súbitamente me movía lo más rápido que podía, quería ganarle a mi reflejo, quería ver el retraso con el que me copiaba, pero nunca lo conseguí, el reflejo siempre fue tan veloz como yo.

A los seis años un niño me besó por sorpresa, gracias a Dios no me embarazó. No quería llegar a quinto de primaria, mis primas mayores siempre decían que había muchas operaciones y a mí me daban miedo las tripas y la sangre. Por las tardes después de acabar la tarea, afuera de mi casa vendía tacos de pasto espolvoreados con tierra y lechita de las hojas.

A los seis años estaba segura de que las figuras de los santos en la iglesia eran personas reales, así que me les quedaba viendo sin parpadear para ver si se movían, aunque sea un ligero temblor, pero eran excelentes actores. En misa yo era la más rápida en persignarme, en sentarme y en pararme y desde mi lugar con la hojita parroquial leía más rápido el evangelio que el padre. Cada domingo le ganaba y terminaba tan cansada que me quedaba dormida en la banca. Mi mamá me dijo que las monjas se casaban con Dios y yo quería ir a la fiesta, pero nunca me invitaron a una.

A los seis años, las cosas se arreglaban muy fácil, solo se les tenía que soplar. En ese tiempo mi mamá siempre había sido y sería adulta y yo siempre sería una niña. Veía figuras en el techo y en el cielo, pobres de los chinos que solo veían la mitad, y de los árabes que tenían los pies puntiagudos. Siempre usaba ropa colorida, porque los que se vestían de negro eran satánicos. Cuando salíamos en coche, sacaba la mano por la ventana para atrapar poquito aire.

A los seis años no existía el futuro y hablaba con gran fluidez una derivada del inglés. En la calle me portaba bien para que mi mamá no me regalara a un señor desconocido. A veces imaginaba que todo el mundo no era más que el tablero de juego de algún gigante. En el festival de la primavera quería vestirme de mariposa, quería que me compraran unas alas amarillas para irme volando de ahí, pero me tocó ser un conejo.

A los seis años me daba mucha sed en las noches y como me daba miedo cruzar el pasillo oscuro, tomaba agua en el sueño. A esa edad, la verdad universal la tenían mis padres y cuando le pregunté a mi mamá qué cómo se originaba la noche, su respuesta me obsesionó. Me dijo que, al atardecer, en el cielo surgía un puntito negro y que se hacía grande, tan grande que cubría todo el firmamento. Desde ahí todas las tardes miraba al cielo con la esperanza de encontrar el puntito y ser testigo de la transición a la noche. Lo busqué por mucho tiempo, pero lo único que llegué a ver fue un globo negro de helio, que vagabundeaba por las nubes.

Después cumplí siete años y descubrí que mi papá escondía las flores en su espalda, que las operaciones de la primaria no implican cirugías, que el disfraz de mariposa no te hace volar, que para lograr el embarazo se necesita más que un beso y que es muy poco probable llegar a los mil años. Pero después de todo, la luna nunca dejó de seguirme.

 

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