XI Finalista Luvinaria-Cuento / Naranja

Carmina Hernández Orozco

CATEGORÍA LUVINARIA

Licenciatura en Letras Hispánicas, CUCSH

-Sólo está allí para perjudicar al protagonista.

-Pero el protagonista está en el hospital-repliqué-. No puede hacerle nada.

-Vas a ver cómo todo se relaciona al final.

Marcela estaba completamente segura de lo que decía. Yo no quería que tuviera razón. No me gustaba cuando sus predicciones terminaban por ser ciertas. Cuando pasa, me causa una rabia incontrolable que no sé cómo desquitar. Seguimos viendo televisión y ella parecía concentrada en analizar cada movimiento del personaje. Qué tonta, se toma en serio una caricatura para niños de trece años. Marcela me da coraje, pero no puedo decirlo en voz alta porque es mi hermana. Si me atrevo a mencionarlo, el sermón de aquel pasaje bíblico sobre los hermanos saldrá de la boca de mi madre.

Cuando éramos niñas mis papás organizaron un viaje a Zacatecas. Lo único que quedó en mi memoria fue la tirolesa que había en algún parque de por allá. El casco que le pusieron a Marcela era rosa, mientras que el mío era naranja. Desde ese día aborrecí el color. Verlo era regresar a aquella tirolesa, a mi propia vergüenza y al nacimiento del rencor profundo que sentía por Marcela. Ella estaba ansiosa, chocaba sus palmas porque no podía esperar a lanzarse de aquel risco. Parecía que en su cabeza no entraba la idea de que si los alambres llegaban a soltarse, podría morir y de ella no quedaría más que una masa revuelta de carne y huesos.

En mi mente sí estaba esa imagen. Visualicé mi cuerpo destrozado, como si hubiera sido devorado por un gigante y, al no gustarle mi sabor, me escupía con asco. En el terreno sucio de la sierra quedaría mi carne molida, y antes de que pudieran recuperar lo que quedara de mí, algún animal carroñero ya se habría comido todo lo que fue despreciado por el gigante. Imaginaba todo eso mientras colocaban el gancho en el alambre de la tirolesa. Para entonces Marcela ya se había lanzado, estaba feliz, emocionada. De camino al hotel papá mencionó lo valiente que había sido mi hermana por atreverse a girar estando en el aire. Yo me encogí en el asiento, aguantando mis ganas de llorar.

No pude lanzarme. Al verme muerta, el miedo tomó el control de mi cuerpo, se sacudía en mi interior como como una lombriz inmunda. Trataban de calmarme de todas las maneras posibles, pero terminaron por aceptar que no me lanzaría una vez que vieron el líquido que empapaba mis pantalones y dejaba un un charco cada vez más grande en aquella plataforma de madera. Regresé por donde había subido junto con Marcela para tirarnos. A cada paso que daba iba dejando ligeras huellas de orina. Antes de salir me pidieron el casco, me lo quité y lo vi fijamente. Miré ese horrible color naranja que se burlaba de mi fracaso y me consolé pensando que si me hubieran dado el casco rosa de Marcela nada de eso hubiera pasado.

sonó el timbre muy temprano. era un mensajero. dejó una caja, ella firmó de recibido. en la caja había un frasco con lechugas y un caracol de esos de jardín. Parecía emocionada. Su alegría me causó curiosidad, así que la seguí hasta su cuarto. Colocó el frasco en su tocador y yo me recargué en el marco de la puerta para observarla. Se movía por toda la habitación haciendo no sé qué cosas. En un momento se detuvo y abrió el frasco, pero no hizo nada más con él. Siguió moviéndose como una hoja seca que es paseada por el viento a mitad de la banqueta.

-¿Para qué pediste el caracol?-pregunté porque su ir y venir me desesperaba.

Fue como si de repente se diera cuenta de que la observaba. Cuando hablé, su cuerpo dio un brinco y me miró con sus ojos muy abiertos que después se calmaron y parecían sonreírme.

-Para darle de comer a Plutarco.

Plutarco era su camaleón. Caminó hasta el terrario en donde vivía el animal y lo buscó entre toda esa pequeña selva que habitaba. Le hablaba con palabras bonitas como si el reptil y ella conocieran el mismo idioma. Decía que le tenía una sorpresa por ser un camaleón tan bueno. No sabía que los camaleones podían portarse mal. Para mí eran simples cuerpecillos que se movían con toda la paciencia del mundo, como si no hubiera peligro en cada rincón de la tierra. Un camaleón era todo lo opuesto a Marcela. Mi hermana no dejaba de moverse ni un segundo. Era una aventurera, eso decía papá. Por eso se alegró cuando Marcela decidió tener un reptil de mascota, porque esa era su hija, la “atrevida”.

Tener un reptil, para mi padre, era algo exótico. Yo pensaba que no tenía sentido. Los camaleones me parecían patéticos, escondidos, nerviosos y lentos, muy lentos. Yo no sé mucho de reptiles, pero estoy segura de que Marcela estaría mejor con otro tipo de animal.

-¿Por qué no buscaste uno en la calle? Hay en todos lados. Así no hubieras gastado.

-Porque no se le puede dar cualquier caracol, Cecilia. Además, yo no lo pagué, papá me lo compró. 

Sentí no sé qué en el estomago y me fui a mi cuarto, dejándola a ella y a sus animales extraños. Mimar a un camaleón con un bocadillo exótico sí que era estúpido. No es como darle un premio a un perro. Ellos mueven la cola, saltan y te agradecen eternamente por quererlos tanto. Si aquel día papá hubiera aceptado llevar un perro en lugar de un camaleón, ahora mismo sería yo la que le diera una galleta al animal. No sólo una, sino muchas porque seguramente son más baratas que un caracol traído de no sé dónde. Plutarco no mueve la cola, no agradece y tampoco sabes si te tiene aprecio o no. Por eso el camaleón pasó a ser enteramente de Marcela.

A pesar de sus diferencias, el animal y mi hermana parecían entenderse. Cada vez que traía a sus amigas del club a casa o alguien del colegio, Plutarco era la estrella principal. Quedaban admirados ante la extrañeza de tener un animal exótico en el hogar y que fuera Marcela quien cuidaba de él. Después de que las visitas se marchaban Plutarco recibía felicitaciones y todo tipo de cariños sólo por habitar un terrario diminuto y ser el animal tonto que era.

Los días que mi hermana iba a los entrenamientos me quedaba sola. Mis papás se encargaban de transportarla y, para hacer tiempo, iban a algún lugar de por allí. Aprovechaba esos días para entrar a su cuarto y observar el terrario hasta que escuchaba el auto que anunciaba su llegada. A veces mi mirada se quedaba enfocada en Plutarco por horas. La lentitud con la que el animal se movía me hacía enojar. Imaginaba que dentro de mí crecía una ola enorme de agua que poco a poco se pintaba de rojo, se movía salvajemente y sabía que en cualquier momento ocurriría un desbordamiento, mi cuerpo se inundaría del líquido iracundo y yo perdería el control de mis movimientos. Si eso llegaba a pasar tenía la certeza de que descargaría toda esa marea colorada en Plutarco.

-No le hizo nada al protagonista, te dije.

Me sentía orgullosa. Por primera vez le había ganado un argumento a Marcela. La vi dudar un poco, pero su inseguridad fue fugaz, de inmediato se compuso y argumentó en mi contra, tratando de justificar su predicción pasada.

-No directamente, pero todo lo que hizo va a terminar por afectarlo.

-Acéptalo Marcela, no le atinaste- le dije irritada, pero ella no dudó ni un ápice.

-Si el autor continúa la obra, verás cómo sus acciones serán un obstáculo. No es necesario que sea violencia, Cecilia- su voz adquirió una seriedad que me erizó los vellos del brazo-. Su único objetivo es hacer daño, no importa a quién se lleve entre las patas.

Habíamos terminado de ver una serie de animación japonesa que comenzamos juntas. Mi hermana insistió mucho en que la termináramos pronto, pues en dos días se iría de viaje con las otras chicas del club. Sería una semana de entrenamiento intenso, en unos meses irían al torneo de futbol femenil de la región y Marcela no dejaba de hablar de eso. Papá era el más entusiasmado. Por las tardes, después de comer, él y mi hermana jugaban para que ella no se mantuviera inactiva. Papá estaba seguro de que las chicas ganarían el torneo y no paraba de hablar de cómo sería tener el dichoso trofeo en casa.

-No entiendo por qué estás tan segura de lo que dices- le dije después de un rato de silencio.

-Es muy fácil de entender, Cecilia- me molestaba que dijera mi nombre de esa manera, como si estuviera hablando con alguien estupido-. Por algo el animal que le asignaron es la rata.

Tal vez Marcela estaría mejor con una rata como mascota. Después de apagar la televisión se fue a su habitación, tenía que preparar su maleta para el campamento. La seguí por inercia, como si algo me arrastrara hacia ella en contra de mi voluntad. Desde el marco de la puerta vi cómo sacaba una maleta del closet. Iba y venía cargada de ropa o productos de aseo personal. Parecía que no se daba cuenta que la observaba. Mi atención pasó de ella al terrario, desde esa distancia no podía distinguir a Plutarco, pero me bastaba con saber que estaba allí. Qué sería del pobre animal mientras Marcela no estuviera, pensé. Papá, a pesar de que le encantaba la idea de un animal exotico en casa, no tenía la disposición de preocuparse de otra cosa que no fuera Marcela. A él sólo le emocionaba Plutarco cuando mi hermana estaba junto a él. A mamá no le gustaban los animales, por lo que podía vivir sin esa preocupación. Y yo no quería tener asuntos con el reptil.

Escuché el cierre de la maleta. Marcela había terminado de empacar sus cosas y se dio la vuelta, se encontró conmigo y me pareció que sólo entonces se dio cuenta de que mis ojos estaban clavados en la casa de Plutarco. En ese momento debí haber huido, no asumir ninguna responsabilidad, pues sabía lo que, muy en el fondo, había dentro de mí, pero ella no me dio tiempo de escapar.

-Puedes cuidar a Plutarco. Seguro se caen bien.

Me molestaron sus palabras. ¿Caerme bien? ¿Ese animal? ¿No se había dado cuenta de que lo único que sentía por su mascota era desprecio? Vi a mi hermana detenidamente y sus ojos me revelaron que ella no me conocía. Marcela no tenía idea de lo que ese terrario significaba para mí, de lo que la presencia de Plutarco en esa casa representaba. No respondí nada o, mejor dicho, ella no me dejó hacerlo. Dio por sentado que yo estaba de acuerdo y fue a buscar a papá para hacer el último entrenamiento en casa. Sentí un burbujeo de agua en mis entrañas. La marea salvaje se acrecentaba y ya no había nada que pudiera hacer para controlarla. Solo me quedaba aceptar que en cualquier momento ocurriría el desbordamiento.

El llanto de Marcela es lo más ruidoso ahora mismo. A pesar de la lluvia sus gritos me traspasan los tímpanos, como una caña de pescar que sin previo aviso invade la corriente tranquila de un cuerpo de agua. Sé que papá trata de calmarla sin éxito. Está junto a ella, mirando horrorizado la taza del inodoro. Por supuesto que nadie comprende lo que pasó y yo no tengo la disposición de explicarlo. Tal como un desastre, solo importa el hecho mismo… y el hecho es que Plutarco está muerto. Decirles que el animal y yo nos odiábamos serviría únicamente para agravar la situación. Ninguno de ellos comprendería que Plutarco provocó su propia muerte. Sus ojos diminutos me observaban, atravesaban mi cuerpo para hurgar en los más hondo de mi conciencia, y cuando encontró lo que buscaba, no dudó ni un segundo en penetrar las aguas escabrosas de mis entrañas. Fue solo un instante, pero en su piel se asomaba el color de mi propia muerte. Aún ahora siento escalofríos, pues ni el ruido de la lluvia, ni los lamentos de Marcela pueden borrar de mi cabeza el cuerpo anaranjado de Plutarco

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