Viaje al hielo / RAUL ZELIK

La llegada al país que existe/que no existe es indefinida. Frente al edificio del aeropuerto hay un muro de calefacción, la lluvia es helada, del cielo caen diminutos copos de nieve. Sol abrupto, viento vertical huracanado, cristales de hielo que arden en la piel. Me pongo al hombro la mochila, maleta o bolsa, un negro asiático de rostro totalmente blanco me guía hasta su taxi rojo-amarillo-azul y me lleva a la estación del tren. Viajo en ferrocarril, autobús, teleférico, ferry, y por fin llego, la duración del viaje no se puede establecer con precisión, debe mantenerse ambigua, aquí es donde termina el mundo. Frente a mí hay un glaciar que parece derretirse.
     La tierra de nadie que se extiende aquí, en medio del clima templado de los trópicos subpolares, es un lugar de indefinición. Un lugar en el que los objetos se encuentran simultáneamente en todos los estados imaginables. El reino de la física cuántica.
     Muy cerca del glaciar, directamente junto a las palmeras, tomo un cuarto en el hotel que me indicaron, que me fue señalado en un mensaje en una botella, y acomodo mi ropa en el armario. No estoy muy seguro de cuánto tengo que esperar. El mensaje decía únicamente que me recogerían, que cualquier día de las siguientes semanas pasarían a buscarme al mediodía al hotel.
     Que él me buscaría —el autor del mensaje en la botella. Desde hace 22 años ubicado en ninguna parte.
    
Mi viaje al país que existe/que no existe comenzó en una playa del Mediterráneo. Yo estaba tirado de panza en la arena, mi hijo corría, aún con ciertos esfuerzos, tres años de edad, detrás de una pelota de plástico, y entre tanto me contaba de un gato al que le había dado de comer en la mañana y al que quería alimentar de nuevo por la tarde, mientras me rociaba granos de arena en la espalda que se quedaban pegados.
     Exhalé un gemido —por el peso del niño, del calor, de la lectura.
     Yo llevaba un libro cuya portada mostraba a un hombre en el interior de un cubo de hielo. La novela estaba escrita en una lengua extraña que yo alguna vez había aprendido rudimentariamente, pero que sólo entendía de manera nebulosa. No sé bien si esa lengua existe en realidad. A pesar de que era mucho lo que no me quedaba del todo claro, entendí que el libro trataba de un enfermero que había huido de su país y que vivía en un pueblo del Caribe —entre bananos y palmeras. El escenario donde se desenvolvía me resultaba familiar: lluvia tamborileaba sobre el techo de eternit, niños corrían descalzos por la orilla del río, la aleta dorsal de un tiburón cortaba la superficie de una laguna que se veía como luz de luna llena fundiéndose en un espejo.
     Tuve la sensación de que los pasajes que leía, que acababa de traducir, y que traduciría otra vez, ya me eran conocidos. Como si yo hubiera estado vinculado de alguna manera invisible con el texto o con el autor del texto, y por la cabeza me pasó rápidamente el término acción sobrenatural a distancia, el cual había yo leído en una revista de ciencias naturales.
     El libro relataba cómo un enfermero se helaba, se convertía en hielo. Se quedó sentado sin moverse en su choza de madera, dejó de reaccionar cuando le hablaban, perdió la memoria y la palabra. Una mujer, una conocida, acudió en su ayuda. Decidió llevarlo con un amigo de la infancia que vivía en otro país más al sur, y que había ido a la escuela con el enfermero. Sin embargo, en el camino a ese lugar fueron detenidos temporalmente por las autoridades y tuvieron que refugiarse en un sanatorio, cuyos fundadores alguna vez habían huido del mismo lugar de donde ella lo había hecho —sólo que 50 años antes, cuando ahí estaba en pleno la guerra civil.
     Traduje o traduciría o ya había traducido que alguien se acordaba de su época escolar, la cual había transcurrido junto con el enfermero, entonces todavía un niño, en un internado de jesuitas, y también que otro narrador, quien le vaticina al amnésico enfermero un viaje como si hubiera sido capaz de asomarse al futuro —como si los sucesos sobre el eje temporal pudiesen estar alineados al mismo tiempo en distintos puntos: el enfermero, continúa la narración, habrá de acompañar a un científico enfermo de cáncer a una expedición a la Antártida. Al hielo. Justo al sitio donde todo está congelado.
     Tuve dificultades para seguir esta historia. Mi hijo llegó con una cubeta de plástico repleta de arena y quejándose del sol. El viento cambiaba las páginas. Demasiadas palabras me eran desconocidas. No obstante advertí que en el texto se hablaba de lenguaje, de planos temporales, antropología, Lévi-Strauss, Rimbaud, Conrad, Heidegger, Foucault, Melville, Benjamin, Salinger, Fassbinder. Las referencias y las imágenes emergían como icebergs, marcaban interrogantes y seguían su camino. Era una vista majestuosa cuando los rayos de sol se quebraban en el agua frente a ellos.
     Lo que leía me gustaba, aunque sólo pudiera avanzar de frase en frase, naufragando continuamente con las palabras que ignoraba. Las imágenes me agradaban, en la medida de lo que entendía, los sitios los conocía yo: la costa del Caribe donde el enfermero se heló, la ciudad sudamericana en cuyos suburbios se encontraba el sanatorio, el pueblo de Vizcaya donde se localizaba la escuela jesuita, e igualmente los personajes me resultaban familiares: su historia, el motivo de su huida, que se daba por sobrentendido, o sea que no tenía que ser explicado. El relato se desarrollaba en un lugar que existía/que no existía, pero que yo conocía muy bien.
    
     En ese sentido no me sorprendió cuando a los pocos días llegó mi hijo con una botella que había sacado del agua. En esa época el mar le daba miedo y no se acercaba mucho a las olas. Esa mañana, sin embargo, había estado jugando con su tío, quien sólo le lleva once años, por lo que se atrevió a meterse al agua un poco más. Seguramente fue también que la botella despertó su curiosidad, pues la sostenía con ambas manos cuando llegó a enseñármela. El vidrio de la vieja botella estaba embarrado de una delgada capa grasosa, y sin embargo me percaté al instante de que no estaba vacía.
     Mi hijo, sentado junto a mí, sabía ya lo que contenía la botella: él estaba familiarizado con historias de ese tipo, incluso algunas veces le dio por excavar en busca de tesoros. Como su tío se había metido al agua para nadar, podíamos guardar el secreto entre nosotros, y nos hicimos el juramento de que en el futuro tampoco habríamos de revelarlo.
     No me resultó fácil abrir la botella. No tenía nada más un corcho, sino que estaba sellada herméticamente con brea y plástico. Cuando por fin pudimos deshacernos del pegajoso tapón, nos enfrentamos con el siguiente problema: el contenido no cabía a través del cuello de la botella. Me sentí contento de que mi hijo no fuera todavía un poco mayor, pues ya desde entonces habría estado preguntándolo todo, como ocurrió en efecto uno o dos años después, cuando me vi forzado a reconocer que aquello que vimos era imposible. Dentro de la botella había un pequeño paquete envuelto en plástico sudado. Alguna vez supe que hay barquitos de madera que se construyen en el interior de botellas. Pero este paquetito no había sido armado dentro de la botella, y al mismo tiempo era demasiado grande como para pasar por su cuello.
     Como mi hijo no se percató de esta extraña peculiaridad, ambos pudimos ignorar que evidentemente teníamos en las manos algo que existía/que no existía. Mi hijo me presionó para que extrajera el pequeño paquete que —como él subrayó— contenía el mapa del tesoro. En la playa hubiera llamado la atención que rompiéramos la botella; además no había a la mano ningún objeto lo suficientemente duro como para quebrar el vidrio. Recogimos entonces nuestras cosas de playa, ropa y libros —los Ladrones de Ungerer y la novela acerca del enfermero enfermo—, le hicimos señas al tío de mi hijo, que acometía olas trepado en una pequeña tabla, y subimos por el sendero de arena que conducía a nuestra casa, y que en invierno se transformaba, así había ocurrido hasta ahora, en el lecho de un caudaloso arroyo.
     Una vez que estuvimos en un lugar tranquilo donde nadie nos podía ver, buscamos dos piedras grandes para entre ellas sujetar la botella. Luego le dije a mi hijo que se pusiera a resguardo, por si salían volando algunas astillas de vidrio. Tomé una tercera piedra y apunté: cuatro veces tuve que lanzarla sobre la botella inmóvil hasta que por fin el vidrio se quebró; nos acercamos con cuidado, como si temiéramos que el espíritu de la botella se nos pudiera aparecer.
     Mi hijo conocía la historia de Aladino, y le parecía terrorífica por el genio. Pero lo tranquilicé cuando cogí el paquete con la mano y le expliqué que se trataba de un espíritu que era bueno con nosotros —me siento vinculado con el amo de ese espíritu a través de una enigmática acción a distancia. Mi hijo se rió de mí porque creyó que estaba diciendo tonterías. Rompí la envoltura de plástico, y él quedó desilusionado de que el mensaje no consistiera de un rollo de pergamino, sino de una usb-stick de color azul que al reverso tenía pintada una pequeña M blanca. Sin embargo, mi hijo se alegró cuando le expliqué que la letra que venía escrita sobre la cubierta de plástico de la memoria portátil de computadora era la inicial de su nombre, y que ahí podrían estar almacenados millares y millares de mapas de tesoros.
    
Al regresar a la casa me figuré qué pasaría si acaso el mensaje en la botella contuviera realmente millares de mapas de tesoros, los cuales tuviéramos que investigar entre todos para luego salir a una búsqueda de tesoro multiplicada por miles. También esta idea tenía algo de física, o mejor dicho, de astrofísica. El tiempo que se requeriría para ello se movía en magnitudes que sólo me podía imaginar apoyándome en la vida de las estrellas. Y así nos fuimos platicando mi hijo y yo todo el camino de vuelta a la casa acerca de las luces que por la noche se ven en el cielo, a las que llamamos soles.

Tuvimos suerte. Cuando inserté la usb-stick en la computadora, se me solicitó un password. Intenté con Zutik lurrean kondenatu, un verso de una canción en la lengua del libro que estuve leyendo en la playa, mientras que mi hijo propuso el nombre del gato al que le había dado de comer. No estoy muy seguro de cuál de los dos passwords fue el que liberó al genio, tal vez fueron ambos. Lo cierto es que el espíritu pudo librarse del candado de datos, nos saludó amistosamente y nos proporcionó un mapa del tesoro, así como la información necesaria para emprender el viaje.
     Para este momento ya estaba yo algo fastidiado, ya que era evidente que los eventos se habían presentado de manera simultánea: el mensaje en la botella debió de haber sido escrito y encapsulado cuando nosotros le estábamos poniendo un nombre al gato, que entonces era recién nacido. No obstante, el contrato con la editorial para traducir el libro que estaba leyendo sólo lo firmaría yo varias semanas después, luego de haber regresado a Alemania. El viaje para encontrarme con el autor, por otro lado, era resultado del trabajo de traducción pendiente. ¿Cómo podía ser, me preguntaba yo, que eventos dispuestos en distintos puntos del eje temporal pudieran estar de pronto interconectados?
     Yo sabía, sin embargo, que lo mejor era no hacer preguntas. El autor del libro, quien me invitó a visitarlo, vivía en la clandestinidad. De joven había sido revolucionario y había sido condenado a muchos años de prisión. No obstante, más de veinte años atrás había conseguido fugarse finalmente de la cárcel. Eso yo lo sabía. Cualquiera que conociera sus libros lo sabía. Cuando mi hijo me preguntó por qué el mensaje en la botella contenía una carta justamente para nosotros, y cómo podría haber sabido el remitente que estaríamos sentados en la playa, le respondí que si bien considero encomiable tratar de comprender lo más que se pueda en la vida, por otro lado también existen cosas de las que da completamente lo mismo si se las entiende o no. Por supuesto que esta idea la expresé con palabras más sencillas: Hay cosas que no se pueden entender. Simplemente son así. Y si son hermosas, qué mejor. Mi hijo, quien es bastante comprensivo, asintió con la cabeza, y entonces tomamos la pala que se guardaba a un lado de la casa y nos dirigimos, con ayuda del mapa del tesoro que habíamos recibido, detrás del olivo a buscar algunas monedas antiguas, las cuales yo dejé caer inadvertidamente en el hoyo cuando mi hijo se distrajo con un gato que nos rondaba. Cuando poco después encontró las monedas en la tierra, se puso muy contento, y le agradecimos al remitente del mensaje en la botella, quien —a pesar de no conocernos— por lo visto conocía bien los alrededores de nuestra casa.
     Por la noche les conté a los demás —habíamos encendido una fogata, mirábamos las luces en el cielo a las que llamamos estrellas, mi hijo se había quedado dormido junto a nosotros en un catre— del libro que estaba leyendo. A mi hijo le había prometido no mencionar lo del mensaje en la botella, y quise ser fiel a nuestro juramento. Pero sí les hablé de quien lo envió. Les dije que hace 20 años, en las fiestas de pueblo en su país natal se acostumbraba cantar, es decir aullar, una canción punk cuyo refrán era el nombre de este escritor. Conté que ese hombre había crecido bajo la dictadura, que junto con sus amigos queríacrearliteraturavanguardista, como él mismo escribió, pero eso no resultaba tan fácil, lo único que conseguíamos era poner letras juntas en hilera y combinarlas al azar, y también que después ingresó a la organización clandestina que luchaba, o creía luchar, por la revolución mundial socialista. A los 22 años fue a prisión, dije, bebíamos vino y comíamos salchichas, y seguí contando
—no sé si a los demás les interesó— que el escritor publicó su primer libro mientras estuvo en la cárcel, gracias a lo cual un escritor alemán famoso, el autor de verteidigung der wölfe [en defensa de los lobos], lo visitó en el reclusorio. Este visitante, en todo caso, reportó aspectos primordialmente negativos, o falsos, al respecto las opiniones están divididas, acerca de su colega en cautiverio, lo que me parece mezquino pero no me sorprende demasiado, ya que con frecuencia los mayores enemigos de los lobos eran al principio también obvios lobos. (Estoy seguro de que nadie se fijó en el juego de palabras que intenté, ya que el poemario al que estaba yo aludiendo era muy viejo, y además yo lo tuve por casualidad en las manos sólo un par de días). Como la fogata seguía crepitando y nadie mostró intenciones de interrumpirme, seguí hablando. Comenté que el escritor del libro que yo habría de traducir (o que ya había traducido) había escapado de la cárcel en una caja de altavoces, se había evadido a través de varios países, y luego había desaparecido por completo de la faz del planeta. Sólo gracias a sus novelas se sabía de él, afirmé, y cité una frase que había tomado de alguna parte: Nadie sabe dónde se esconde, pero todos esperan su siguiente libro. Y luego dije —y me intriga todavía de dónde habrá podido saber el remitente del mensaje que semanas más tarde yo estaría empleando justo esa metáfora— que sus libros eran como mensajes dentro de botellas que él soltaba desde un lugar secreto, con fe ciega en que llegarían a sus destinatarios. Como la memoria de computadora, pensé, que mi hijo había pescado en el mar.
    
Regresamos de las vacaciones a nuestra casa, y le propuse a la editorial la publicación del libro que aún no había terminado de leer. No requerí de mucho poder de convencimiento, lo cual agradecí. Los días que siguieron comencé a trabajar, y me preguntaba por qué era yo capaz de traducir de una lengua que no entendía —y también si acaso no se trataba aquí de una acción sobrenatural a distancia. Una de esas tardes, al ir a recoger a mi hijo al jardín de niños, hice —todavía inmerso en el trabajo— un comentario al respecto, a lo que mi hijo, un tanto precoz, replicó: Hay cosas que no se pueden entender. Simplemente son así. Y si son hermosas, qué mejor.
     Tiempo después emprendí mi viaje. Mantuve mi promesa y no le conté a nadie. Obviamente tenía yo miedo, pues aunque el escritor clandestino, como él había escrito, viviera en una patria hecha de palabras —una formulación que me pareció dudosa, ya que el escapar de la estrechez de la patria siempre fue para mí una motivación para leer—, en el camino hasta allá era posible ser detenido por las autoridades. Todo contacto con la organización a la que el escritor clandestino pertenecía, había pertenecido o podría quizá volver a pertenecer en el futuro, era perseguido de la manera más rigurosa.
     Por eso leí una y otra vez las indicaciones que había recibido junto con el mensaje en la botella. El viaje es largo y pesado, decían, y el que todo vaya a funcionar no puede garantizarse, el viaje conduce, acaso lo intuyo, a lo más profundo del hielo. Nervioso realicé los preparativos, compré un boleto de avión, planeé la conexión por aire y las demás conexiones, salí de la casa donde vivo una mañana de invierno o de otoño, acaso era a principios de año, una temporada que existe/que no existe, le di un beso a mi hijo todavía dormido, a mi mujer, lancé una impulsiva oración al cielo, metí el libro de la cubierta blanca en la maleta de viaje.
    
Del aeropuerto del lugar de mi llegada me trasladé en autobús al centro de la ciudad, tomé el metro, escalé un monte a través del bosque, me cambié de ropa, observé entre los matorrales que nadie me hubiera seguido, bajé por el otro lado de los cerros. Un jeep me llevó de vuelta a la ciudad, donde —ya estaba oscureciendo— entré sigilosamente a la estación de autobuses. Viajé durante la noche a través del país hasta un lago, el mar, un río. Hacía frío o calor, en el muelle había inuits o indígenas [en español en el original], el sol que amanecía era blanco o rojo. Tomé un ferry, aunque quizás era solamente una chalupa, que de prisa o sosegadamente luchaba con oleajes crecidos o dejaba su rastro sobre aguas lisas como espejo.
     Pensé en mi hijo, en mi novia embarazada, en Rimbaud, en Fassbinder, en las leyes de la física cuántica —que, como se entiende, no entendía yo.
    
Cuando la embarcación atracó yo estaba mareado. Como el hombre de la novela, como el enfermero que acompaña a un científico moribundo en su viaje a la Antártida, su último viaje. ¿Pero aparece en realidad mareado el enfermero, o sólo me lo imaginé? ¿Acaso no me había vuelto yo parte de la historia? ¿Un capítulo del libro, un mensaje en una memoria portátil de computadora que alguien arrojó al mar para que alcanzara, es decir encontrara, a su destinatario?
    
Doy fácilmente con el hotel junto al glaciar, y así comienza, por último —fin e inicio de una travesía—, la espera. Estoy recostado en la cama que forma parte del austero mobiliario del cuarto de hotel, el calor me hace caminar por la habitación tiritando de frío, cargo en la mano libros que no puedo leer, o emprendo, cuando la intranquilidad se vuelve intolerable, el mismo paseo desesperado que hago siempre. A lo largo de las palmeras, pasando por el glaciar, de vuelta por los edificios planos. El aburrimiento del tiempo voraz, que es el rasgo más notable del viaje, me fatiga, quedo extenuado de nada. Ya llegué, aún no llego, y trato de estructurar el día, de dividirlo en unidades, y de darle un ritmo. Ni al hijo ni a la novia puedo llamarles —desde aquí, desde el limbo.
     En la madrugada me despierto con el horario movido, respiro en la ventana ese aire que huele a montañas altas, a desierto, a ciudad pequeña, intercambio frases tímidas con los empleados del hotel que sirven el desayuno, percibo la soledad de esa patria que es la lengua —la única patria en la que es posible vivir; déjennos—, vagabundeo. Y llevo siempre en mi bolsillo, lo que no deja de ser un tanto cómico, el cuaderno con las preguntas sobre la traducción, como si tuviera que estar preparado en todo momento por si acaso fuera sorprendido de improviso por el autor del mensaje en la botella. Conté los días, que transcurrían lentamente, y luego dejé de contarlos, porque me dijeron que en este país todo es indefinido, todo debe permanecer indefinido. Tengo la sensación de que así, sin contarlos, ni siquiera transcurren. Y por supuesto me pregunto también qué es lo que en realidad espero de este encuentro, pues se sobrentiende que el fugitivo desconocido es sobre todo una proyección propia.
     Un café con mesas vacías, una banca en un parque con vista panorámica, una caja de frutas que se quedó tirada al borde de la calle. A veces me arde la cabeza, siento las extremidades entumidas, el hielo parece retroceder en la distancia. Cuando aparecen los hombres de la basura, todavía de madrugada, alzando con dificultad los pesados tambos de las entradas de las casas hasta el contenedor, tengo la sensación de que este país que existe/que no existe es un país sin certezas.
     Un país en el que se puede vivir espléndidamente. Déjennos.
     Una patria en continuo movimiento.
     Y entonces, después de algunos incontados, incontables, incontabilizables días, hemos llegado finalmente hasta acá. En el horizonte, esa franja especular entre el cielo y el agua, el cielo y la tierra firme, el cielo y el infierno, que siempre queda indefinida, se arrastra, reflejado, un bloque blanco, un iceberg doble que parece estar temblando. Es el día en que en la tierra de nadie se genera un no lugar. Una heterotropía, se me ocurre, éste también un concepto sacado del libro, un lugar fuera de todos los lugares, como lo formuló el autor del mensaje en la botella, un sitio no romántico. Omito mi caminata matutina y espero en el cuarto, pues tengo la sensación sobrenatural de que ha llegado la hora. Por último, un poco antes del mediodía, el momento señalado para el encuentro, me paro en la ventana, en el balcón, puede ser también en una azotea. Enfrente de la pensión se ve todavía a la distancia la mole de hielo irrealmente reflejada, un helado palacio de azúcar por encima y otro por debajo de la franja del horizonte. Me recargo y me asomo hacia abajo a la calle.
     La última foto conocida del autor del mensaje en la botella es del año 1985. Lleva barba y sonríe con picardía. Contemplando a los transeúntes me pregunto cuál de ellos podría corresponder con ese aspecto, el del hombre que es buscado desde hace 22 años.
     Y por fin, con quizás un cuarto de hora, quizás una eternidad de retraso, aparece un hombre doblando la esquina, de poco menos de 50 años de edad, que camina lentamente por la acera con las manos hundidas en los bolsillos. Todavía está a buena distancia, casi 50 metros, vadea unos charcos congelados que se están evaporando. Cuando alza la cabeza nuestras miradas se cruzan, y una sonrisa pasa rápidamente por su rostro. Estoy casi seguro, no puedo permitirme estar seguro. El hombre se arregla el cuello de la chamarra y repentinamente da vuelta hacia un costado para entrar en una tienda. Y desde mi puesto en la ventana, en el balcón, puede ser también en una azotea, observo a través del aparador cómo compra el periódico, papelería, acaso también pastelillos.
    

     Traducción de Gonzalo Vélez
 
 
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