Guadalajara, Jalisco, 1988. Su libro más reciente es Hogar dulce hogar (Secretaría de Cultura Jalisco, 2021).
El primero fue una hembra: Mila, creo que se llamaba, no lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es a mi hermana inventándole apodos. Cariñitos, según ella.
Las nubes que se forman cuando el cielo está brillante tienen el color blanco de su pelaje, apenas nublado por un par de manchas grises.
Cuando Bebita, o Bebecita, o Mila —la gata, pues—, hacía algo que no le gustaba, mi mamá torcía la boca en una mueca ligera. Era siempre la misma. Nada tenía que ver con el enojo que lanzaba cuando quebrábamos un plato en la cocina o derramábamos el chocomil sobre la mesa, ni con el fastidio por raspar las puntas de nuestros zapatos recién comprados. Era más bien un gesto corto, el de alguien cansado de presenciar lo mismo una y otra vez.
Lupe, o Lupillo, o Lupito, mi vecino de al lado, tenía varios gatos y jugaba durante muchas horas con ellos. Los jalaba de la cola, les estiraba los bigotes, los bañaba en el lavadero. Volteaba cubetas y los ponía adentro. Jugaba a que era policía, como su hermano, y los gatos, los ladrones encarcelados.
Siempre nos presumía ese oficio. Una de las tantas veces que lo visité, me invitó a meternos a escondidas al cuarto del policía mientras él trabajaba. Estaba oscuro y olía a pies, pero a Lupito le gustaba pasar el rato ahí para mostrarme unas botas negras pesadas con casquillo, una macana, un par de rifles de copitas, otro semiautomático colgado en el muro y, a un lado, un póster de una mujer que se cubría los pechos con el brazo.
—Está bien buena, ¿verdad? —me dijo. Yo no supe qué responder y miré hacia su colección de latas de cerveza.
Bebecilla, o Bebota, o Bebé, no estaba esterilizada y, víctima de sus impulsos animales, se embarazó. Tuvo muchos gatitos al poco tiempo. Lo hizo dentro del clóset, sobre la ropa.
Recuerdo claramente cómo torcía la boca mi mamá y, a la vez, a mi hermana emocionada por la cantidad.
—Están hermosos los bebés de Bebé —me decía—, ayúdame a ver cuáles sí son machos.
Mi mamá se veía preocupada porque sabía que tenía que encontrarles hogar muy pronto y no parecía saber por dónde empezar.
Por un tiempo no supe qué pasó con sus crías, quién las adoptó, a dónde se fueron, cuáles nombres les pusieron.
Lo que sí supe es que me gustaba acariciarla, ver lo feroz que se comportaba cuando atrapaba a un ratón o un pájaro en el jardín. Hacía ruidos que yo nunca había escuchado. Con sus ojos agüita miraba directo a los míos, fijos en mi sorpresa, y emitía gruñidos internos si se me ocurría acercarme. Me tiraba un zarpazo si me veía traspasar sus límites para quitarle el pájaro del hocico, que aún luchaba por librarse. En ese entonces no entendía su naturaleza; llegué a creer que Bebé era más mala que animal.
Lo hace por instinto, era la frase que solían decir en la casa, y que los niños más grandes repetían. Lo hace por instinto me sonaba como la excusa incuestionable para hacer daño sin entender las consecuencias.
Bebé se fue. No supe cómo, pero se fue y no regresó jamás.
Tiempo después, Lupe me contó que iría con su hermano a la laguna a practicar su puntería con los rifles de copitas. Pusieron botellas de refresco sobre unas piedras y dispararon. Cuando se aburrían, intentaban darle a algún pájaro o a lo que se atravesara: un perro, un gato que corriera despavorido. Lupillo me dijo también que vio pasar cerca a mi hermano, cargando una bolsa negra, como de basura. Nunca me atreví a preguntarle qué llevaba adentro.
Llegó el segundo: Fígaro. Un gato que adoptó mi otra hermana, Tere. Con todo y su cola mocha, cuyos dueños originales explicaron que los ratones se la habían comido. Era un animal escandaloso que se la pasaba maullando por toda la casa.
—A este los ratones le comieron la cola en vez de la lengua —les decía Tere a los adultos, y les daba risa.
Nadie cuestionó la veracidad de la historia; más bien la propagamos y modificamos cada que pudimos:
—¿Ya notaron que mi gato sufre por no tener cola? Al pobre se la comieron diez ratones. Qué diez, ¡fueron veinte! Una rata gigante, del tamaño de un perro callejero, bien rabiosa, con espuma verde en sus bigotes. Su madre no lo pudo defender; dicen que maulló todas las noches durante un mes hasta que se quedó muda del susto.
Fígaro, al igual que Bebita, por instinto se subía a las sillas del comedor y dormía. Calentaba con sus ronroneos el asiento. Para mí era una sensación placentera quitarlo, sentarme y quedarme con su calor. Mi mamá detestaba esa costumbre; siempre renegaba del comportamiento de los gatos.
—Es por instinto— les decía yo a los adultos, y no les daba risa.
Entendí la verdad poco después. Supuse que de los hijos de Bebé que no dieron en adopción y que se quedaron en la casa, tres habían desaparecido el mismo día que mi hermano caminó hacia la laguna.
Movido por un impulso natural, confronté a mi mamá:
—¿A dónde se los llevaron? ¿Se murieron de hambre?
Su respuesta sólo atendió la segunda pregunta, y la palabra mágica apareció otra vez:
—No, morir no. Ellos, gracias al instinto, saben cómo buscar comida y calor. Aprenderán a vivir felices.
Resultaba que el mismo impulso que los llevaba a hacer cosas que mi mamá detestaba, soltar pelos, comer basura, parir sobre la ropa de mi hermana, o que a mí me asustaban, como matar pájaros, era también el que los salvaría de la muerte. El instinto animal de los gatos era su cárcel y su libertad. Problema y solución.
Pero no me detuve e hice una tercera pregunta: ¿por qué los tiraron en la laguna? Aunque ya sabía la causa, insistí. ¿Por qué dentro de una bolsa negra?
Lupillo me lo había dicho, pero quería saber la verdad dicha por ellos. Como cuando me atrapaban echando mentiras y luego me preguntaban por qué lo hacía, sólo para buscar mi vergüenza. Yo sabía que ya sabían. Y yo quería avergonzarlos a ellos.
Casi en coro, se encogieron de hombros y dijeron:
—No nos quedó de otra.
Según ellos, no había más salidas. Se lavaban las manos convencidos de que la situación los había rebasado, como si meter a tres gatos en una bolsa negra fuera una fuerza mayor, un impulso ciego e inevitable. Igualito que el instinto animal.
Fígaro también se fue. No supe cómo, pero se fue y no regresó jamás.
II
Le pegué a mi hermana Tere en la espalda varias veces hasta hacerla llorar. No era difícil. Bastaba un testerión con mi puño para detonar sus gritos, agudos como de ambulancia, que comenzaban con un volumen bajo y aumentaban poco a poquito.
Le pegué después de que se burlara de mí por haberme caído. Desde entonces tengo problemas para tolerar la humillación. Le pegué sobre todo después de que me dijo que vio a un gato blanco con manchas grises subirse al mezquite, así que corrí con todas mis fuerzas a verlo con mis propios ojos. Me pareció ver una sombra que me hizo dar vueltas alrededor del árbol con la mirada hacia las ramas de más arriba. Debió encandilarme el sol, o me destantearon tanto los giros que perdí el equilibrio. Sentí el sabor del polvo y el aleteo de los zanates que asusté.
Encendí su ambulancia para calmar mi propio dolor.
Después de los golpes, Tere corrió a acusarme. Mi mamá me jaló de las greñas, me llevó a la sala y me soltó un regaño de varios minutos sobre el respeto entre hermanos.
Finalmente, me preguntó por qué lo había hecho. Casi instantáneamente, respondí:
—Pues, no me quedó de otra.
A todos los adultos les dio risa.