La autoestima de Patricio

Martín García López

Querétaro, 1991. Su libro más reciente es Mi papá es un lobo (Cubierta Profunda, 2024).

Se acerca el cumpleaños de Patricio y él tiene baja autoestima. Hace nada, su jefe le gritó dentro de la oficina. Le pidió que tuviera más iniciativa.

—¿Iniciativa? —me cuestionó Patricio—. ¿No ve que estoy mal?

Y sí, Patricio está deprimido, cerca de cumplir los treinta y en una relación que, no me consta, pero intuyo, es tormentosa para Gabriel, su pareja, que además es mi amante. Patricio lo sabe, lo ha permitido, le gusta el cuckolding. Pero todo lo que sucede a su alrededor me preocupa; a final de cuentas, es mi amigo.

Cerca de su cumpleaños, meditando sobre qué podría darle, llego a una página donde venden autoestima. Suena bien, parece un negocio confiable. Les paso los números de mi tarjeta y hago la compra. Llega el día y yo me presento con el obsequio. Me abre Gabriel y me recibe con un beso. Le enseño la autoestima. Lo primero que le llama la atención es el abundante cabello rubio. Le digo que lo compré para Patricio.

Ingresamos a la casa de ambos. En la fiesta no hay nadie más que los padres divorciados de él, que se mantienen de extremo a extremo entre los libros desordenados. Hablo para romper el silencio.

—Patricio, felicidades, treinta ya son un número —le digo, al tomar a Gabriel por la cintura.

Él se traga algún gemido. Me siento levemente culpable y le digo:

—Deja te presento a Autoestima.

Él, vestido de traje color púrpura, se acerca a la mano de Patricio y la toma. Le hace un cumplido en el oído que ninguno de nosotros entiende, pero que a él le forja una leve sonrisa. Así pasamos la fiesta, mordiendo un pastel de tres leches y viendo cómo Patricio, con un tic muy notorio —le va arrancando cada uno de los cabellos a Autoestima—, se desploma en su sillón sin intención de vernos. Está maravillado con su regalo.

Gabriel pasó meses sin hablarme. Argumentó que Patricio le necesitaba y yo accedí. Pero ahora hemos quedado de reunirnos a tomar un café, así que espero. Aparece por la esquina y yo me froto las manos. Me saluda con un beso muy cerca de la comisura de los labios. Le extiendo el café, que se ha enfriado, y lo bebe de mala gana. Hace un chiste sobre eso y, después de una risa incómoda que fingimos que es cómoda, me culpa por el abandono de Patricio.

—Desde que le regalaste a Autoestima, Patricio ha cambiado. Pasó de ser un hombre con sobrepeso a tener apenas unos kilos de más; en el trabajo se ha convertido en el más eficiente y en el sexo…

Al parecer, mi regalo ha funcionado. Extiendo mi mano para sentir el brazo de Gabriel, pero lo retira.

—Tal vez a ti te escuche; eras, eres, su amigo —me pide Gabriel.

Estoy afuera de la casa de Patricio. Quiero hablar con él, decirle que Gabriel se está quedando en mi sala, que le estoy cuidando, que estará bien conmigo, no tiene por qué preocuparse. Pero advierto que ese no es mi Patricio. Un hombre mucho más delgado y con una mandíbula bien definida me extiende su mano derecha para saludarme; en la izquierda trae a Autoestima encadenado. Le veo las rodillas rojas, la piel ya comida y los huesos salidos.

—Por favor, entra —me pide Patricio, al ofrecerme un abrazo con el que me levanta del suelo.

Adentro hay otra casa. Sus libros están ordenados por colores y hasta presume haber iniciado un proyecto personal; no revela cuál, pero no dudo de su existencia cuando Patricio esconde lo que podría ser una pintura. Enseguida se sienta en el sofá y me ofrece la silla contigua. Autoestima se sienta en sus piernas y extiende las manos. Rodea el cuello de Patricio. Le susurra, no sé qué le susurra, pero siento lástima por él: de su abundante cabellera apenas quedan unas hebras y de los dientes no queda nada.

Me quiero adelantar a su palabra y contarle de mi encuentro con Gabriel, pero él intercede.

—Siempre supimos que dentro de nuestro jueguito te prefería a ti más que a mí.

Autoestima le sigue susurrando.

—Y en mi caso —agrega—, estoy mejor así. He empezado a salir con la secretaria de mi oficina, es buena mujer, pretende casarse eventualmente.

Pienso en tantas cosas que decirle, algo que defienda a Gabriel, pero me las aguanto. Por primera vez, Patricio me intimida. Recuerdo brevemente dónde tengo el celular y finjo una llamada. Salgo al patio para simular unas palabras con un cliente y pienso en Patricio: pasa sus manos por Autoestima y sus dedos arrancan lo que se suponía era una dulce piel. Regreso a la sala. Lo veo dichoso y mejor me aguanto el comentario. Decido irme. Le ofrezco un abrazo sincero que él rechaza.

—Traigo una agenda ajetreada, pero ¿qué te parece si quedamos para ir por una cerveza? Para ti; yo ya dejé el alcohol —me dice.

Acepto y me despido de él deseándole lo mejor, pero él tiene a Autoestima sobre sus hombros diciéndole:

—No lo escuches, él no tiene autoestima.

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