Sangre pesada

Sergio Yalú

Guadalajara, Jalisco, 1982. Su libro más reciente es Oscuranda (Atípica Editorial, 2019).  

Que porque mi hemoglobina estaba muy alta, me dijeron en el hospital. También que no era nada peligroso, simplemente, la sangre se espesa y coagula más rápido. Así no sirve para transfundir. Y eso que ya había ido el lunes, entonces no me aceptaron porque debía pasar mínimo 72 horas sin beber. Tampoco la querían diluida en alcohol, supongo. De haber sabido, seguro me dejan internado. Luego me peleé con el banco: nos pasamos la mañana revisando depósito por depósito y cobro por cobro. Puros pretextos: «No sé por qué te dijeron eso», «no deben tener el sistema actualizado», «quién sabe cómo lo sacaron»… Al final, tenían que salir las cuentas como ellos decían. Cuando regresé a casa, quería dormir. Entre la desmañanada, el coraje y el calor de mediodía, no aguantaba el dolor de cabeza. Pero no podía hasta que llegara la señora de la limpieza.

Por fin subí a acostarme y ahí empezó, como si todo fuera más rápido de lo normal y yo, al contrario, me moviera en cámara lenta. Recién pasaba de las cinco cuando la señora tocó a mi cuarto para avisar que había terminado. Le pagué y la acompañé a la salida. De regreso, me serví agua y, al intentar dejar el vaso, se había pegado —eso fue lo primero—. Lo sacudí y empezó a resbalarse poco a poco, dejando una baba como rastro.

Necesitaba una Coca para despertar bien, deduje. Bajé a la tienda todavía sintiéndome en el sueño. Muy raro, estaba consciente de lo que pasaba aunque no pudiera controlarlo. Como si fuera el cácaro viendo una película que alguien más proyectaba. Y digo el cácaro porque no estaba a la altura de las butacas, sino más arriba y un tanto alejado de la acción. 

Mientras esperaba el cambio, me tomé la lata de un tirón. Esa vez no sólo se quedó pegada, mis dedos empezaban a fundirse entre sí. ¡Por supuesto que me asusté mucho, oficial!

Salí de ahí empujando cosas, lo recuerdo. En la calle tropecé con una chava. Algo me gritó, pero yo contesté más fuerte… le rugí más fuerte. Dos hombres que pasaban intentaron detenerme. Aunque me sentía aletargado, comparado con ellos, yo era mucho más ágil. Al primero, con un simple empujón lo tiré, al otro lo tomé por el cuello y lo aprisioné contra la pared; pero ver ese bulto dentro de mi antebrazo me asustó aún más: era la lata. La había apretado tanto que mi piel la absorbió y seguía avanzando por dentro.

Con las miradas de los vecinos y demás chismosos sobre mí, no pude ni sacar las llaves. Corrí. La lata ya había pasado el codo. Quise arrancármela, pero mi mano se pegó al brazo como un líquido viscoso, luego a mi pecho, sobre la camisa. Intenté separarla. Del lugar donde alguna vez estuvo mi codo empezó a crecer otro antebrazo seguido de una nueva mano. Al menos ese shock no duró mucho. 

Cuando llegué a la avenida, el ruido de tantos autos me distrajo. No eran sólo los motores; eran los cláxones, la gente hablando, los cambios de velocidad mal hechos, tornillos flojos, balatas… todo reverberaba dentro de mi cabeza. Necesitaba un lugar callado. Como pude, llegué al edificio más alto que vi.

Al intentar escalarlo, ya no tenía piernas. Parecía que iba sentado sobre una masa gelatinosa que se tambaleaba para llevarme de un lado a otro. Me así de las molduras de la pared y comencé a subir. Mi nuevo modus movendi era mucho más funcional; gracias a su adherencia, también servía en superficies verticales. Estaba por llegar a la azotea cuando escuché un grito muy cercano. Una chica saliendo de la regadera intentaba cubrir su desnudez. Perdí el equilibrio y, mientras caía esos cuarenta metros, me di por muerto. En realidad creo que sí lo estuve en algún momento, al tocar la banqueta, que sentí mi cuerpo expandiéndose hasta separarse en millones de pedazos. La curiosidad mató al gato, dicen. 

Encontré mi propia conciencia en cada uno de los manchones que acababa de dejar. No sabía cómo moverlos pero, poco a poco, las moléculas comenzaron a vibrar. Temblando, logré juntarme de nuevo. Ese fluido en el que me había convertido era útil en verdad. Frente a la ola de curiosos acercándose, me erguí hasta recuperar el cuerpo que conocía de tantos años. Toda mi ropa había quedado en el suelo. Por lo menos también me había deshecho de aquella lata roja.

Correr era muy lento. Necesitaba mi nueva forma. Descubrí que, entre más masa utilizaba para desplazarme, mi velocidad también iba mejorando. Creí ir sin rumbo, pero llegué justo afuera de la sucursal del banco donde había pasado la mañana. Golpeé las puertas con los mazos que salían de mis hombros. No logré nada. Empujé el cristal y lo hice estallar con la vibración de mi cuerpo. Quería recuperar el extra que me habían robado. Me colé entre las rendijas a las cajas, ahí no había dinero: ni un billete, ni una moneda. 

Sí, destruí todo a mi paso. Fue el coraje y nada más, oficial.

Ya no me importó pasar sobre los autos, causar todos esos accidentes, tirar los postes… sólo tenía que sacar la cólera. Pero esa estrella roja me hizo recordar algo. Heineken, decía. Todavía destrocé la puerta del bar, las mesas, la barra… con la desesperación, ni siquiera destapé la primera botella, simplemente la rompí. Esos tragos apagaron el fuego. Otra vez hacían mi sangre ligera.

Comparte este texto: