Poder y resistencia

Ilija Trojanow

(Sofía, Bulgaria, 1965). Éste es un fragmento de su novela «Poder y resistencia» (Acantilado, 2020).

La primera vez que nos acercamos a ella,

la historia nos parece trágica;

la segunda vez, absurda; y la tercera,

trágica y absurda al mismo tiempo.

Milcho Minkov, filósofo aficionado
y verdugo de Panaguiúrishte en su tiempo libre

Relato de 1999

Antes, si uno tenía una aventura, se le consideraba una persona moralmente degenerada. Un mal hombre, un tipo infame. Si pertenecía al Partido, se decía que había cometido un error. Son cosas que pasan sin que uno las busque. Si un pez gordo seducía a la hija de un obrero, los compañeros le daban palmadas en el hombro. ¡Qué pillastre estás hecho! Y si uno de los de arriba se dedicaba a coleccionar amantes como si fueran medallas, todos admiraban sus artes de seducción. Eso era antes. Ahora la moral cotiza como el dólar.

Una época grandiosa avanza a toda máquina hacia su fin. A un lado de la calle hay sandías abiertas por la mitad. Tienen un aspecto espléndido, delicioso. El ingenio del vendedor es digno de elogio: echa dos gotas de urea en cada una y así consigue unas sandías fantásticas, apetitosas, rojas y maduras. Es una solución tan elegante como eficaz, acorde con los tiempos que corren, así no tenemos que andar haciendo injertos como antes, un trabajo laborioso que consumía una cantidad de tiempo formidable. Tendríamos que concentrar nuestros esfuerzos en cruzar cerdos con ciempiés; si tuviéramos éxito, revolucionaríamos la industria cárnica y el mercado del jamón. El agricultor que utiliza urea como fertilizante acapara la atención de los demás, todos hablan de él, se convierte en un héroe. ¿De dónde has sacado ese tractor? Parece resistente al óxido. Muy sencillo: cruzando variedades de patata. ¿A que no se os había ocurrido?

Las trompetas y las fanfarrias están pasadas de moda. Ahora lo que se lleva es tocar el claxon y mandar a todos a hacer puñetas, conducir por el medio de la carretera y no mirar jamás por el retrovisor, todo da igual, un pañuelo manchado de aceite en la cuneta, unos cuantos trozos de pan horneado en casa, una ciruela picada y un Passat del 77 adquirido en una zona industrial de una pequeña ciudad de Alemania occidental por un estudiante de Economía que vive en el extranjero alimentándose de las latas de conserva que se ha traído, un Variant verde que hasta hoy mismo iba como la seda, convertido ahora en una reliquia que recuerda la miseria del pasado, las maletas permanecen junto al maletero abierto, la espera continúa. Es una verdadera lástima que este siglo toque a su fin. Siempre la misma canción. ¿No podríamos cambiarle la letra? ¿No podríamos parar un momento a sonarnos los mocos de la nariz?

No hay lugar para la nostalgia. ¡Por favor! Las perspectivas de cara al nuevo siglo son espléndidas, no hay motivo alguno para andar cabizbajo. Venimos con las pilas cargadas. Vamos a tope. En el municipio de Sevlievo, una anciana sale discretamente de su casa con un radiocasete. Todas las noches desde hace diez años se repite la misma escena. Sostiene el aparato junto a su pecho tembloroso, presiona la tecla de grabación y procura no hacer ningún ruido. No deja escapar ni un suspiro, ni un quejido, para no cubrir las voces. Se llevaron a su hermano una madrugada, cuando amanecía; jamás volvió. La mujer está segura de que él le habla. Su hermano mayor, ahora desaparecido, era una persona sociable, siempre estaba rodeado de gente, compañeros que no se han vuelto a preocupar de él, que no lo escuchan como hace ella, su hermana. Todas las noches sale al patio con el radiocasete en la mano y se queda allí, inmóvil, para no ahogar las voces que han permanecido en silencio durante tanto tiempo. Una vez al mes, su hijo se pasa a verla. Detiene el coche delante de la casa y sube las escaleras. La madera cruje. En la mano izquierda trae una bolsa de plástico llena de casetes vacíos. Viene con prisa, ni siquiera puede probar el hojaldre que su madre le ha preparado. Envuelve un buen pedazo en un paño de cocina. Se lo toma en el camino de vuelta, cuando para a repostar. Cuando se hace de día, la mujer, abrigada con unos calcetines gruesos de punto que ella misma se ha tejido, acude a la cocina, la única estancia de la casa que tiene calefacción, y reproduce las grabaciones de la noche anterior esperando oír voces. No las oye. Antes guardaba los casetes en un armario con llave. Hace mucho que el armario está lleno. Cierra sus ojos cansados y espera a la noche siguiente.

Los coches pasan como un rayo. Algunos conductores se aferran al volante, otros lo controlan con los pulgares mientras intentan calmar su tos de fumador. Miran a través de los cristales tintados para sortear los obstáculos que encuentran en su camino. Es la única forma. Hay rostros congelados y otros que parecen haber encogido como si los hubieran lavado en agua caliente. El rostro del director de la prisión es un buen ejemplo. Atiende amablemente las preguntas de la prensa. Se aprecia un derrame por debajo de su ojo izquierdo. El derecho no deja de vibrarle. Uno de los periodistas le pregunta:

—¿Sirvió aquí en los viejos tiempos?

—No.

—¿Desde cuándo trabaja usted aquí?

—Desde 1980.

—¿Y eso no son los viejos tiempos?

—No, fueron antes.

—¿Antes?

—Sí, en los años cincuenta.

El ser humano es un animal fascinante, de eso no cabe duda. Se ofrece una copa a los presentes. No deja de ser un detalle. Las cartas ya están marcadas, ahora hay que barajar.

—Bueno, ahora que estamos en confianza, ¿qué ocurrió con los cuerpos?

—Estarán en alguna parte, pero aquí no. ¿Dónde pensáis que íbamos a tenerlos? Puede que estén detrás de la prisión. No existen documentos. Yo, desde luego, no era el responsable del establecimiento en aquel entonces. No sabemos más. Supongo que en algún momento, al cavar, aparecerán los restos.

Los periodistas continúan su viaje hacia Pravets, para cubrir la Conferencia internacional sobre humor y dominio. Es una estrategia para ahorrar costes. Así matan dos pájaros de un tiro. Reina el optimismo. El invierno ha quedado atrás, los charcos y el barro se han secado. Aún quedan muchos años por delante. En el reloj de la vida, la arena que ha caído es tanta como la que está por caer. Nunca habían llamado la atención, así que ahora pueden influir en los asuntos importantes. Con cuidado, se entiende. Dar un paso adelante está bien, pero siempre con prudencia. Los más chisposos no dejan de recordar lo que sucedió en la inauguración de la fábrica de semiconductores de Pravets, el pueblo al que se dirigen ahora y que los periódicos de la época elevaron a la condición de pequeña ciudad. Entonces acaban de comenzar sus cenagosas carreras. El secretario general Zhívkov, enterrado hace poco con honores de Estado —los periodistas presentes en el sepelio redactaron una breve reseña en un tono muy moderado— honraba así a su pueblo natal:

—En el día de hoy tengo la extraordinaria satisfacción de inaugurar en este enclave una de nuestras fábricas más importantes. Sí, una factoría extremadamente importante, porque yo os prometo, compañeros y compañeras, que aunque hoy no sean más que semiconductores, muy pronto llegará el día en que produzcamos conductores completos.

Los periodistas se ríen con la broma. Llevan la ventanilla abierta. Algunos conductores los adelantan. Quienes no se ríen es porque conocen el chiste de sobra o porque no lo han entendido.

—Esperad, esperad. Tengo uno mejor. Zhívkov da un discurso de aniversario: «Hoy, una quinta parte del mundo es socialista, pero yo os juro por Marx, por Engels y por el Khan Krum, que no tardará en llegar el día en el que la décima parte del mundo sea nuestra».

El camión de delante va resoplando.

—¡Qué bueno! ¡Venga, lo dejamos en empate! Yo no sabría por cuál decidirme.

Sí, la decisión es un suplicio. Los dos son para morirse de risa.

Una vivienda en la planta catorce de un bloque de pisos de una ciudad satélite dentro de un Estado satélite. El precio: antes, diez años de espera; hoy, diez mil dólares. Un panorama de innumerables edificios prefabricados. Hacia el norte, las estribaciones del macizo de Plana; en el sur, el pico más importante; en su ladera, una villa bien protegida, seguridad digital en todo el perímetro. Los crisantemos se cuidan con un ingenioso sistema de riego. Parece que el jardinero se las sabe todas. Un pequeño piso y una gran villa. Dos hombres mayores con cuentas pendientes, cuentas que hay que ajustar después de toda una vida, cuentas que se guardan en la cabeza y cuentas que se reflejan en actas. Las estrellas del cielo no son más que una caricatura. En el espejo se refleja un rostro descompuesto.

El siglo va deshaciéndose, se pega a la lengua como una lámina de chocolate amargo. Nuestra querida patria es una escalera sin peldaños. Vivimos en un paraíso donde las alholvas cubren la tierra e impiden que se vean los cadáveres. Esplendor sin límites. Un montón de sandías con urea. Al borde del camino, los hombres sudan y se desesperan, pero nosotros pasamos

Traducción del alemán de Roberto Bravo de la Varga.

Comparte este texto: