«Pertenezco a una sociedad que está bajo sospecha»: Élmer Mendoza

Mariño González

Élmer Mendoza es un hijo de su tiempo, y ese tiempo —¿cómo iba a ser de otra forma?— está marcado por la violencia. Sin embargo, el escritor no es un mero receptor de los sucesos que, día con día, recorren las páginas rojas de los periódicos o se derraman por litros en las calles del país: Élmer Mendoza es, ante todo, un estilista que ha tomado a la violencia como madre adoptiva: una mujer incorpórea y ubicua que en sus libros adquiere una dimensión tanto temática como estética. En la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el narrador sinaloense (Culiacán, 1949), autor de Un asesino solitario, El amante de Janis Joplin, Efecto tequila y Cóbraselo caro, fue designado ganador del iii Premio Tusquets de Novela por Quién quiere vivir para siempre, libro que por estos días llegará a las librerías bajo el título Balas de plata.

Federico Campbell ha dicho que Élmer Mendoza es «el primer narrador que recoge con acierto el efecto de la cultura del narcotráfico en nuestro país», y no le falta razón. Del otro lado del charco, el escritor español Arturo Pérez-Reverte lo ha reconocido como su amigo y maestro: «La Reina del Sur nació de las cantinas, del narcocorrido y de sus novelas». Pero, si de comentarios se trata, ninguno tan certero como el que vertió el jurado del iii Premio Tusquets de Novela, que valoró en Balas de plata «la rabiosa modernidad en el uso del lenguaje, en la estructura narrativa hermanada con los últimos lenguajes televisivos y en el ritmo endiablado que, como la mejor novela clásica, no da tregua al lector hasta su desenlace».


Desde el título, Balas de plata se antoja una novela que volverá a uno de tus temas predilectos, la violencia. ¿Por qué esta recurrencia?

Yo también me lo he preguntado. Siendo un hombre tan pacífico, ¿cómo es que me llama tanto la atención esto de la violencia, cuando podría escribir historias de otro orden humano? Creo que tiene mucho que ver lo que es la vida que nos está tocando vivir. Hay mucha violencia en nuestro país. También mucha mentira en política y grandes defectos en la educación que generalmente inducen a la violencia.

Hoy dicen que las caricaturas son lo más violento de la televisión, y eso lo están recibiendo los niños; los noticiarios hablan de violencia y la noticia más leída sigue siendo la nota roja, según me cuentan los compañeros de la prensa. En ese mundo estoy yo, viviendo en una ciudad muy dinámica. Pertenezco a una sociedad que está bajo sospecha, porque para bien o para mal estamos muy conectados con el asunto del narco, con el asunto histórico, con el asunto de que algunos de los jefes más importantes han nacido acá. Todo eso va formando en la gente la percepción de que la violencia es tema y parte de nuestras vidas. Y también nos obliga a reflexionar sobre el asunto y a mí, que hago ficción, me llama la atención y me atrapa en ese aspecto de qué es lo que la gente está viviendo: la gente que está dentro y la gente que está fuera. No basta con decir que la violencia es inherente a los seres humanos y que todo hombre tiene un gen maligno entre los benignos. Creo que cada sociedad genera sus propios delincuentes y la sociedad de nuestro tiempo ha generado una gran variedad de maleantes, desde los narcos, los asaltantes, los secuestradores y los que cortan partes del cuerpo, hasta los ladrones y los políticos corruptos. Es una gama sorprendente y apabullante para la gente que pretende llevar una vida normal.

¿Qué pasa cuando llevas la violencia a la literatura? ¿Es un señalamiento, una reflexión?

Yo nunca pretendo tocar el tema con fines que no sean estéticos.

Ahí está la temática: yo veo a la gente hablar del asunto, caras preocupadas por la violencia; cuando la persona afectada, asesinada o encobijada es de su familia los veo desencajados. Y a cualquier persona eso le llama la atención. Escucho a los políticos diciendo que están controlando la delincuencia organizada. Y no es cierto, porque la gente sigue matándose por razones que no son las que podrían considerarse normales, como la defensa propia, la defensa del honor o el amor (esos enfrentamientos no me gustaría que desaparecieran). Estamos ahí. Yo cuento cómo la gente se besa, pero la gente no me deja verla besándose. Sin embargo, a la gente preocupada no le importa que la mires y eso me sirve para la elaboración de personajes de ficción. Tiene mucho que ver la realidad, lo que estás viendo, lo que estás leyendo.

¿Y de dónde salen tus historias y personajes?

Yo escucho historias. Me gusta ir a los lugares de reunión, a las cantinas, y me gusta escuchar a la gente contar historias. Ahora cuando me ven cerca no quieren soltar nada, porque dicen: «No, porque luego lo cuentas». Sí tomo cosas de ahí y lo demás lo imagino. Los escritores a los que nos consideran realistas podemos tener éxito porque nuestra imaginación está muy bien alimentada y tenemos suficientes elementos para motivarla siempre.

Has dicho que Rubem Fonseca es uno de tus maestros, y en sus libros está, también, el uso recurrente de la violencia. ¿Qué te han dejado sus lecturas?

Yo siempre he dicho que, como lector, tengo tres maestros: Juan Rulfo, Fernando del Paso y Rubem Fonseca. Juan Rulfo, como escritor, ha sido muy importante para mí en dos aspectos: la utilización del lenguaje popular y la creación de un ritmo narrativo sosegado. Es un autor muy bueno para tramar. También aprendí que si él había escrito esa novela genial que es Pedro Páramo en diez años, la paciencia se convierte en un factor muy importante para crear textos narrativos.

Y también aprendí de él cómo llevar la relación con los poderosos. Fernando del Paso es la fuerza del discurso, el tejido que no falla ni por arriba ni por abajo, y demuestra cómo hacer un ritmo poderoso. Del Paso es ritmo, es fuerza, una narrativa sin complejos. No hay ningún resquicio del que te puedas quejar, y teje un discurso con un ritmo tan fuerte que puede seducir a cualquier lector sensible. Y Rubem Fonseca es la modernidad en la forma de ficcionar historias policíacas —me refiero a las mezclas narrativas, al lenguaje que utiliza. Sus recursos narrativos son muy modernos, muy joyceanos. Y me va mucho porque es un escritor urbano, un hombre que, como yo, utiliza la ciudad. Con Rulfo la ironía es leve y con Fonseca es parte de los recursos para que el lector se enganche. Yo he aprendido a hacer personajes encantadores —porque algunos lectores me han dicho que algunos de mis personajes son encantadores— partiendo de Fonseca. Siempre tengo cerca algún libro de Rubem Fonseca.

¿Y qué hay de tus otras lecturas? ¿Qué lee Élmer Mendoza?

Soy un lector que programa. Llegan los libros y los voy leyendo por orden. Generalmente leo poemas para despertarme el cerebro. Y trozos de ensayo. Me gusta entrar en contacto con la profundidad de la poesía y con la sorpresa de una idea nueva en algún ensayo. Y también armamos, yo y mi mujer, rompecabezas. Hacer rompecabezas te despierta la adrenalina de la misma forma que cuando cuentas una escena muy intensa. Yo quisiera decir que vuelvo al Quijote, a la Biblia, pero no es cierto, lo hago muy de vez en cuando. Pero sé que voy a la poesía y a los ensayos y voy a descubrir algo.

Dices que el ritmo narrativo es una elección estética. Y ese ritmo tiene que ver con la temática de tus libros. ¿Por qué?

Sí. Es una decisión estética. Es la necesidad de que el puente que es la obra entre el lector y el escritor funcione de cierta manera. El escritor hace una propuesta solamente, pero tiene que desaparecer para que la obra llegue a los lectores. Yo me quedé impactado con una declaración de Gabriel García Márquez que decía que estaba leyendo a Curzio Malaparte —quien hacía novelas de la Segunda Guerra Mundial— y temía no despertar para terminar la novela. Como lector me ha ocurrido a veces, y como escritor es uno de mis sueños lograrlo.

En los últimos años la violencia se ha colado a las historias de muchos escritores mexicanos: ¿qué ves en esos autores? ¿Existe alguna especie de movimiento?

El año pasado fui jurado del Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares y pude revisar más de setenta novelas. Son de los últimos años, y sí, están presentes el asunto histórico y el manejo de la violencia.

Norma Lazo ganó con El dolor es un triángulo equilátero. Ella está trabajando sobre la violencia y ha publicado un libro nuevo sobre asesinos en serie. Y también está lo de los chicos que se interesan por las temáticas internacionales. Me tiene impactado Cristina Rivera Garza, porque para mí su libro más reciente, La muerte me da, es una novela policíaca y, a la vez, un estudio del thriller. Es una novela divertidísima, te mantiene atento y muy vibrante. Sin embargo, más allá de una temática común, creo que el único movimiento que nos conviene es que todos escribamos muy bien.

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