Puebla, 1976. Su libro más reciente es Fiebre (Impronta Casa Editora, 2025).
Cómo pasar, uno se pregunta, del poeticismo al espartaquismo a la revista Vuelta. La respuesta acaso descanse en el palco lateral de un teatro de ópera o en los últimos segundos donde saco y corbata atravesaron estratos cromáticos y sociales. Comoquiera, alguien que escriba esa vida, la de Lizalde, que casi arranca huyendo de Puebla, engrosa la voz, finca en los dos ismos, encuentra magníficos poemas y termina en una triste devoción grillosa. Comoquiera, menos fecundos o siquiera menos duraderos fueron los dos primeros grupos y, sin dudarlo, menos comprensibles, aunque ya se sabe: si se es invitado a formar parte del poeticismo o la Liga Leninista Espartaco, por supuesto se acepta, mejor sin ceremonia de iniciación, etcétera. Ahora bien, ¿se comportaban, poeticismo y espartaquismo, de manera realmente tan distinta? Mexicanos sentados en una mesa, a la mesa, frente, en torno de una mesa, ceniceros y papeles para unos y otros, mangas sucias, convicciones implacables al filo del resquebrajamiento, generación interminable de párrafos o estrofas, ¿cómo por ejemplo celebrarían el 15 de septiembre? ¿Cómo limpiarían la mesa tras una larga y sinuosa sesión, cómo reaccionarían a tres amenazantes avispas? O bien, ¿cómo traducirían unos y otros las proverbiales palabras con que, antes de la güera Margarita y la morena Sulamita, estribillosamente, casi cierra Celan su «Fuga de la muerte»? ¿Y «Fuga de la muerte» o «Fuga de muerte»? En tales grietas se juega la singularidad, en resquicios se dirime la fermentación. ¿«La muerte es un maestro de Alemania», «La muerte es un maestro alemán», muerte o Muerte? Dada su candorosa y abismante metafísica gramatical, los poeticistas se inclinarían, vamos a suponer, por la lección de Valente: «la muerte es un maestro venido de Alemania». ¿Fui a Comala o vine? Si vino de Alemania, quien sea que hable, lo que sea que hable, está ahí donde está el maestro, adonde sea que vino. ¿De Alemania? ¿Y si vino de Rusia? Dos poeticistas, Lizalde y González Rojo, participan también de la Liga Leninista, pero los tiempos están cambiando: el espartaquismo acaso habría optado por una versión que anda por ahí y que lee no maestro sino capataz, aunque no de Rusia, evidentemente, sino de Alemania, «la muerte es un capataz alemán». ¿Qué va de maestro a capataz? Un gis, una regla de madera, una voz como la de Lizalde. Pero no hagamos homenaje al desviacionismo de la época. ¿Qué va, qué lleva de uno a otro? Su posibilidad paradigmática, su puñado de genes en común, y entonces Felipe Boso sueña un segundo en dejar así las cosas: «La muerte es un clásico alemán», con el riesgo de evocar la tarde del miércoles 17 de junio del 70 en el Azteca, cabestrillo mediante. En síntesis: la muerte es un clásico venido de Rusia y Alemania. Bajo la forma del maestro o del capataz se dibujó Rulfo a la mitad de su vida y del siglo, capataz de obreros y maestro de escritores, bajo la forma clásica de maestro y capataz la muerte arrastró dos gentilicios. La muerte rusa, sin embargo, no se sabe bien por qué, no puede ser maestro. Ni ruso. Quizá por su extensión, el cobijo de un tiempo desmesurado. El punto donde el frío abrasa. La muerte rusa es Medea, vasta Medea rusa menesterosa. La muerte es una maestra. Si rusa, tiene que ser maestra. ¿Rusa? La muerte es una maestra de Rusia. Madre Rusia, maestra, madre y maestra mágica. Venida de Rusia, como santa institutriz. Reformadora de bárbaras costumbres, adoración de princesitas, terror de niños tenistas expatriados. Bajo la maestra, la madre; bajo la madre, la institutriz, y bajo todas ellas la taiga y el Don y el macizo de Pamir, donde Bujarin, torpe y melancólico, aguardó el juicio final. La muerte es un tango y una fuga del Maestro de Capilla. La muerte, Sulamit, una muñeca rusa.