Los hombres malos

Brisa Abril Sosa Ortega

Zapopan, Jalisco, 2007. Estudiante de la Escuela Preparatoria No. 8. Ganadora del XV Concurso Literario Luvina Joven en la categoría Luvina Joven / Cuento.

Para ella, la salida del sol era un espectáculo mediocre porque a esa hora comenzaba a asentarse la nata del smog a las afueras de la ciudad, no importaba si era verano o invierno, y no había señal alguna de nubes mágicas, con formas divertidas o poéticas, ni colores imposibles en el cielo. Aunque, si recordaba su vida en el campo, se decidía a que era mil veces preferible vivir entre las cuerdas asfixiantes de los edificios y puentes que entre las mortíferas ráfagas de viento de los cerros. 

—¿Todavía te acuerdas? —musitó Flor, o tal vez había sido ella misma. No lo sabía, las mañanas tenían algo que le cegaba y por momentos dejaba de reconocer rostros. 

—Todos los días me acuerdo, Florecita.

—Ándale, saca los costales que dejé encima de la azotea. Ya no tarda en pasar el camión; acuérdate que es el único de las seis y no vamos a alcanzar a agarrar plaza en el tianguis.

Subió los escalones que, a esas horas, se hacían más largos e inclinados. Aparte, la luz apenas estaba agarrando color y le hacía ver formas imposibles de una escalera normal. La azotea era chiquita y les servía para guardar sus costales llenos de maíz, nopales, chayotes y tomatillo que vendían en el mercado. Para ella, tenerlos ahí era un gasto de energía cuando podían dejarlos en el patio; pero, según Flor, ahí había más riesgo de que se subieran los alacranes y ácaros. 

Mientras amarraba los sacos con pedazos de lona, sentía que el viento le iba envenenado la vista, como cuando de chiquita le atacaba la alergia y le hacía ver cosas que no existían. Se empezó a sentir adormilada al punto de empezar a figurar que a los costales les aparecía una boca. Los miró perpleja; agudizando los ojos, tratando de buscarle un error a su visión. Pero entonces, estos empezaron a hablar y a reírse quedito. Le decían: «No te fijes atrás Rosalva, no te fijes».

Atrás estaban las milpas que sembraba mi familia. Ellos las sembraban, pero el mero dueño era un señor de sombrero blanco quien, a veces, le daba por salir en su caballo dizque para dar una peinada. Pero quienes sembraban y cuidaban realmente eran los de mi familia. 

No me gustaba meterme ahí. A mis hermanas y primos les encantaba, como para jugar a las escondidas o para refrescarse el cuerpo con el rocío de las mañanas. Pero a mí no, yo me quedaba lejitos, entre los pastizales. Viendo cómo se salían y metían, viendo el baile que formaban los tallos, viendo el mar de las espigas. Eso sí me gustaba. Pero sólo en las mañanas o a media mañana; porque cuando el sol se postraba bien arriba, llegaban unas camionetas blancas llenas de señores. No me gustaban.

En cuanto escuchaba el sonido de los motores y el griterío de risas, yo empezaba a correr hacía el monte, hasta llegar al cerro donde vivíamos. La casa más bonita de ahí era la de nosotros. La única que no tenía techo de lámina. Lo que pasa es que a mi familia le iba bien trabajando para el señor ese; mientras que las otras familias se iban a trabajar a la ciudad y gastaban más en camiones que en comida, por eso sus casas estaban todas rascuaches.

Aunque según mi prima, nuestra casa no se compara con las de la gran ciudad. Coloridas, brillantes, con patio y flores en la entrada. Con ventanas de cristal, sin mosquitera. De pisos blancos y sin humedad de las lluvias. A mí no me importaba lo que ella dijera, amaba mi casa. Mi mamá me decía que, sin importar qué tan pobres fuésemos, siempre debíamos ser limpios. Por eso a esa hora, entre las dos empezábamos a limpiar.  Aunque yo no tenía un patio lleno de flores ni un piso de loza, me aseguraba todos los días de que quedaran bien barridos con mi escoba de popotes. 

—¿Dónde andan las jacaleras de tus hermanas? ¿No se vinieron contigo? —me preguntó mi mamá mientras dejaba encima del lavadero más ollas para que las fregara. 

—No, mamá. Ya sabes que a ellas les gusta quedarse allá en el maizal. 

—Les dije bien clarito que quería que en cuanto tú te vinieras para la casa, ellas te siguieran el paso —empezó a quitarse el mandil mientras rezongaba en lo bajo—. Deja ir por ellas. Mientras, ponte a moler el maíz para comer.

La seguí con la mirada. No era fácil de perder, pues su pelo hacía hondas entre las huertas, dejando a la vista siempre una parte de su abundante melena. Fue hasta que se zambulló entre los pozos de piedras que dejé de verla. Como el sol en el atardecer. 

Después de lavar los trastes, me di la recia para terminar de moler el maíz, regar el piso de cemento para terminar de barrer toda la casa sin que la tierra se levantara. Yo lo que quería era no estar ahí para cuando todos llegaran. Me gustaba estar con mamá o con mis cuatro hermanas, pero cuando mi hermano y papá Jesús llegaban, la casa y sus paredes me sabían mal. Por eso, terminado el quehacer, me iba a donde fuera bueno. 

Primero pasé por la casa de Verónica, la única amiga que tenía que no fuera una prima o hermana mía. Habíamos decidido ir a nadar al ojo de agua que está pasando la huerta de nopal y a ella le gustaba ir para ver los renacuajos que vivían en los charcos. Su casa era una de las más pobres, eso porque tenía un hermano que estaba malito y todo el dinero se les iba en pagar medicinas y doctores. A veces, cuando las cosas se complicaban mucho, entre los vecinos hacíamos coperacha para ayudarles a cubrir los gastos. 

Ahí afuera, mientras dejaba que el viento lo arrullara, su otro hermano, el Lupillo, estaba postrado encima de una hamaca sujeta a troncos secos. Lupillo también estaba malito, pero de la cabeza; aunque eso nadie lo sabía más que yo y Verónica, quien me contaba las cosas que hacía. A mí me caía mal, me daba miedo y trataba de no hacerle caso. Pero en cuanto me vio pasar, se alzó de la hamaca y me empezó a gritar.

—Eh, eh. Eh, tú. ¿Dónde andan tus hermanitas, las Silvestres? 

Así les decían, las Silvestres, porque eran gemelas y a mi mamá se le había ocurrido ponerles Flor Silvestre y Rosa Silvestre. Esa era otra razón por la que me caía mal: nomás andaba detrás de mis hermanas como abeja destanteada. No le hice caso y empecé a gritarle a Vero.

—No está. No está nadie más que yo. Se llevaron al mensito de mi hermano al doctor, a ver si ya se muere de una vez —dijo soltando veneno entre palabras como araña ponzoñosa.

Así era Lupillo, por eso nadie lo quería. Por eso me fui de ahí, antes de que en uno de sus arranques de locura le diera por hacerme algo a mí también. 

Llegué al ojo de agua que se veía paciente, nada lo movía. Era como si la muerte ese día se hubiera bañado ahí. No me dieron ni ganas de meterme. Sólo me arrodillé y zambullí la cabeza en la orilla, sintiendo cómo el agua nadaba entre mi piel, tamizaba el sonido mientras los bichitos rondaban mi cabeza para meterse a ella y limpiar todo lo malo que mi mente creaba. Abrí los ojos y al fondo, en la oscuridad, miré una puerta abrirse; con esos ojos, con esas manos que tanto miedo me daban. 

Saqué la cabeza y rápidamente el sonido fue mitigado por el rugido de unos balazos. Era normal escucharlos en este lado del cerro. Por eso a mi mamá no le gustaba que viniera para acá, me hablaba de unos hombres malos con su hierba mala que vuelve loca a las personas. Pero yo no les temía, estaba ya muy acostumbrada a ellos. 

Lo que sí me daba miedo eran las sombras de la madrugada. Los pájaros que hablaban. Las cabras que se paraban en dos patas en lo alto del monte. Pero, sobre todo, las cosas a las que le salían boca y te empezaban a hablar, como las cazuelas, los árboles, los muebles y las paredes. A veces, cuando me sentaba entre el pastizal para ver las milpas, estas también, entre su ondeo, me hablaban. Eso sí me daba miedo y no podía contárselo a nadie ya que pensarían que estaba loca y me amarrarían al pie de un horcón hasta que me muriera como le hicieron a mi tía Paulita.

La oscuridad llegó y con ella, el sopor. La vista se me empezó a hacer pesada y la respiración, quedita. Hasta que ya no vi nada.

Cuando desperté, la vida estaba a oscuras y los grillos se iban riendo de mí mientras corría con el cuerpo trémulo y me escurría entre el campo. Llegué a casa y todo estaba apagado, ninguna vela encendida. El silencio era asfixiante, ni siquiera un respirar o un murmullo amortiguador. Me metí al cuarto donde dormíamos mis hermanas y yo, fue cuando escuché el sollozo sosegado de Flor. Me acosté a su lado, abrazándola de la cintura.

—¿Qué tienes hermanita?

—Nada, ya duérmete. No vayas a levantar a papá.

Dormí menos de dos horas porque mis hermanas empezaron a cuchichear mi nombre, empujándome para que me levantara. 

—¿Lo ves? —preguntó bajito Daniela, mi hermana más grande. 

—Sabe qué está esculcando en la camioneta. El otro sigue parado al lado de la casa de los Villalobos —contestaba Lucía, quien estaba parada enfrente de la mosquitera, cuidando afuera. 

Flor y Rosa iban de un lado a otro metiendo nuestras cosas en morrales. Me hicieron señas para que me vistiera con un pantalón que sólo usábamos cuando salimos del pueblo. No entendía nada, pero les hice caso; mientras, miraba sus rostros expectantes al miedo de la noche. De repente Lucía soltó un chillido de miedo, como las ratas que cazaban mis primos. Se quitó de la mosquitera y con gestos nos dijo que nos saliéramos.

—Ya vienen para acá, córranle. Hay que salir por la ventana del cuarto de atrás. 

En ese cuarto dormían papá y mamá, yo me asusté: estaba castigado entrar ahí, pero mis hermanas me empujaron hacia adentro, tapándome la boca para que me callara. De la confusión empecé a llorar y corrí al lado donde dormía mi mamá, abrazándola como si fuera un bulto, esperando que se despertara y me explicara todo. Pero ella estaba ahí, al lado de papá, con los ojos vacíos y el cuerpo tieso. Los dos tenían un agujero en la frente, donde la sangre seca les adornaba como un adorno de belenes. 

Quise gritar de espanto, salir corriendo y prenderme leña, prender la casa o que una piedra nos tragara a todos. Pero sólo atiné a llorar más, deseando que las lágrimas me ahogaran. Flor me abrazó de los hombros mientras que yo, con mi cabello, me tapaba la cara y me arrastraba fuera de la casa. Me decía: «No te fijes atrás, Rosalva, no te fijes», luchando para escaparnos entre los brazos de los mangueros, del sonido de los tiros y el griterío de la gente. En ese rato me acordé de mi tía Paulita, la vi entre los troncos, atada y gritando de pavor que no estaba loca. 

Nos paramos al pie de un gigante que daba el inicio al terreno de maizales que cuidábamos. Lucía me acostó en su regazo, sobando mi cuerpo y calmando mis llantos mientras me explicaba que huíamos de unos hombres malos. Pero mi mente divagaba entre el mar de la milpa y los cuerpos de mis papás jugando entre los tallos.

Las luces de unas camionetas se acercaban a galope hacia nosotras. No supimos qué hacer, Daniela tomó a Lucía y corrieron al lago. Rosa se escondió adentro del tronco hueco del gigante. Flor me tomó de la mano y corrimos a agazaparnos entre la milpa. 

Las camionetas se pararon alrededor del árbol. Salieron unos hombres, unos encapuchados, otros con pistolas largas, otros abrigados con chaquetas anchas; a ninguno se le veía el rostro. Todos remolcaban la misma sombra de maldad. Con pánico, observamos cómo uno, al gorjear de las risas de los demás, sacaba con brusquedad a Rosa del tronco; quién se abrazó al piso llorando mientras los demás hombres la iban rodeando. Flor me tapó la boca para evitar que gritara, pero nadie detuvo a Lucía; quien se abalanzó a golpes e inútilmente trató de defender a Rosa. Encontraron a Daniela y a las tres las rodearon ante nuestros angustiosos ojos como si fueran un islote navegando entre lágrimas, risas y suspiros.

Flor me arrancó de mi lugar, arrastrándome a través de los tallos; despegándome de los gritos de mis hermanas. Mientras me decía: «No te fijes atrás Rosalva, no te fijes».

Para Flor, era difícil lidiar con los ataques que Rosalva sufría. Desde aquel día, el trauma había despertado en ella unas tinieblas que a veces se la llevaban. Volvían loca a Rosalva por un rato: le contaban mil historias distintas y luego la entregaban otra vez a la realidad como la misma niña que danzaba entre los pastizales y se quedaba viendo el brillo de la milpa. 

Nunca pudo volver a vivir una vida normal. Se dedicaba a cuidar de Rosalva y a ganar el dinero suficiente para pagar sus terapias, medicinas y psiquiatras. Podía vivir una vida decente mientras ella se mantuviera estable con sus comportamientos pero cuando le daba uno de sus tantos colapsos, era internarla, pagar más medicina cara y cuidarla mientras trabajaba horas extras para poder cubrir los gastos. Eran los peores ratos, en los que pensaba enviarla en un autobús a otro estado para que el destino se encargara de ella.

En su última crisis, la encontró en la azotea golpeando los costales mientras les gritaba que se callaran. Se estrelló contra el piso y se sumió de nuevo en el estado vegetativo del cual apenas había vuelto. Cuando entró Flor, Rosalva estaba llorando abrazando una muñeca de trapo que llamaba Vero. La luz entraba secamente entre las ventanas, volviendo aquel cuarto un lugar inhóspito para cualquier persona que no fueran ellas. Se acostó a su lado, llevando sus frías manos a su pecho para evitar que se hiciera daño mientras le acariciaba el pelo.

—Flor, dime. ¿Ya no volverán los hombres verdad? No vendrán a matarnos como a mamá, ¿verdad? 

No contestó. En cambio, empezó a tararear mientras la arrullaba. No servía de nada responderle. Flor sabía que Rosalva nunca aceptaría la verdad. La felicidad le dibujaría mil realidades distintas con tal de que la culpa no explotara el frágil caparazón de su cuerpo. Sabía que, muy adentro, en alguna puerta de su interior, estaba la verdad amartillando su alma. La verdad de que fue Rosalva quien mató a sus padres, fue Rosalva la que prendió fuego a la casa con sus hermanos dentro. Como también era verdad que Flor la ayudó a hacerlo; porque su papá y su hermano abusaban de ellas, porque la vida las había vendido a unos hombres malos.

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