Ciudad de México, 1976. Una de sus publicaciones más recientes es «El amor como problema de la filosofía y del feminismo» (en Filosofía Feminista. Intervenciones, Universidad de Guadalajara, 2024).
El trabajo artístico de Ana Luisa Rébora presenta a primera vista una obra pictórica inquietante que se acerca a las poéticas del realismo mágico por su cercanía con las siluetas del imaginario rulfiano. Sus bosques de sombras con figura humana recuerdan también a las madres pasivas de José Clemente Orozco pintadas en el Colegio de San Ildefonso, esas que anuncian el duelo anticipado a la desaparición de sus hijos lanzados al combate. Sin embargo, sabemos también que la artista vivió por más de veinte años en la campiña nórdica, por ello, no podemos dejar de asociar también su obra con los imaginarios escandinavos y con ese grito singular que la pintura del norte de Europa heredó a la humanidad.
Si bien en los cimientos de la construcción identitaria y estética de la corpografía de la artista se encuentran sin duda los elementos mencionados, buscamos entender su obra en el marco del eje temático de este número de Luvina y articular la lectura de su obra, a su vez, con las novedades epistemológicas que estamos desarrollando en la historia del arte, con el objetivo de apreciar su propuesta tomando en cuenta el giro afectivo que existe en ella y las reflexiones filosóficas que provoca.
Partiremos entonces de una pregunta que llega desde el corazón de la obra de la artista. A la interrogante de por qué disfrutamos tanto de obras artísticas que nos dan miedo y en dónde estaría enraizado ese miedo, añadiremos la de qué ocurre cuando aquello que nos produce miedo es precisamente lo cercano, lo que al irse, no termina justamente de desaparecer.
Hablamos de lo fantasmagórico, y esto es lo que encontramos en la plástica de Ana Luisa Rébora porque en sus pinturas al óleo, al acrílico, en sus cerámicas de alta temperatura o en aquellas de barro bruñido, se asoman múltiples siluetas y bosques de otro mundo, entendido aquí en el sentido de los celtas, es decir, el mundo que representa la esfera de los muertos o el mundo de los espíritus. Por ello, denominaremos a sus personajes abstracto-figurativos no como seres sombríos sino como «tótems reborianos». Utilizo este concepto porque el tótem simboliza la remembranza de un antepasado común, vinculado a los antepasados de la tribu humana que se expresa aquí con sus personajes-capullo, sin rostro o con el rostro disimulado, que están constantemente situados cerca de montañas, árboles, casitas o pequeñas ciudades.
¿Qué hacen los tótems reborianos?
Susurran, caminan, recuerdan, se desprenden, se entrelazan, se miran, acompañan, esperan, sueñan; hay niñez, vejez y muerte, algunos son sobrevolados por espectros, otros asisten a funerales o se desprenden de su máscara, todos habitan entre luz y sombra acentuando la metafísica de la ausencia. Simbolizan el memento mori atestiguando así la fugacidad de la vida.
Más allá de las narrativas de ficción en donde lo sobrenatural es lo que puede causar terror, en las obras de Ana Luisa Rébora se presiente el terror de la pérdida que siempre está presente. El miedo no es a los fantasmas del más allá, su obra representa el horror de la desaparición de lo que nos hace seres vivos. Sus linajes de sombras nos recuerdan también que el duelo puede ser oscuro, sombrío, solitario.
La anatomía amorfa de los tótems reborianos deja entrever también la aparición de siluetas femeninas, figuras de mujeres que aparecen raramente solas; muchas de esas figuras parecen madres, hijas, hermanas, viudas, santas, a veces indistinguibles unas de otras. No son monstruos provenientes de la ciencia ficción, son encarnaciones del miedo que sentimos como herencia ancestral afectiva, son linajes fantasmales que muestran el habitar femenino espectral, son pinturas umbrales que revelan también los poderes del horror y la dimensión femenina de las verdades afectivas que nos paralizan.
Es aquí donde el miedo y el horror se rozan de cerca con la profundidad de la verdad. Porque pensamos efectivamente que en el fondo, el disfrute de la obra de arte que provoca miedo, incluso terror u horror, proviene probablemente de la revelación de una verdad profunda que ya conocemos y que sólo puede brindarnos «la obra de arte abierta» teorizada por Umberto Eco, que es aquella que escapa a la velocidad del consumo inmediato. Observamos que el mundo pictórico de ultratumba de Ana Luisa Rébora se escinde del simulacro luminoso de las redes sociales. Sus figuras y formas nos arrojan hacia espacios mentales conocidos. Por ello, lo que nos causa inquietud o miedo no son sus figuras, sino las emociones familiares que nos despiertan y que nos hacen a todos vibrar, que nos asustan. ¿Pero cuáles, cuáles son las emociones que nos atraen y nos repelen al mismo tiempo en la obra de la artista? Habrá que buscar en el archivo afectivo personal, en el corazón mismo de nuestras verdades afectivas.
Ana Luisa Rébora (Guadalajara, Jalisco, 1962) tiene una trayectoria artística de más de cuatro décadas dedicada a la pintura, la gráfica y la exploración de diversos lenguajes visuales. Su obra ha sido presentada en diversas exposiciones individuales y colectivas en México, Escandinavia, Latinoamérica y Estados Unidos, consolidando una voz propia dentro del arte contemporáneo.
La artista utiliza constantemente la figura humana como eje central de su temática. Casi siempre femeninas, estas presencias expresan la nostalgia de los espacios que las rodean y surgen desde la intimidad, envueltas en la atmósfera misteriosa del color y la luz. Son figuras que abstraen y sintetizan el dramatismo de su puesta en escena; no presentan detalles concretos o precisos, sino que aparecen sugerentes y etéreas.

Litografía en seco
30 × 20 cm

Monotipia
37.5 × 46 cm

Monotipia
37.5 × 39 cm

Monotipia
37.5 × 53.5 cm

Monotipia
37.5 × 59.5 cm

Monotipia
34.5 × 48 cm

Monotipia
29.5 × 29.5 cm

Monotipia
48 × 34.5 cm
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