Sirenas

María Negroni

Rosario, Argentina, 1951. Su libro más reciente es Colección permanente (Random House, 2025).

Se dice que poseían rostro de mujer y cuerpo de ave, que se apiñaban al borde del Mediterráneo, que custodiaban las Puertas de la Muerte, que utilizaban su belleza pérfida para embaucar y devorar a los navegantes, que su nombre era exacto («quimera del canto»), que Orfeo las venció durante el viaje de los Argonautas, que cantaron en vano frente a Ulises (Homero) o bien que no cantaron para nada y el silencio fue su más atroz venganza (Kafka). Todas tenían nombres preciosos como Agláope (la del bello rostro), Telxiepia (la persuasiva), Parténope (la perfumada cual doncella) o Ligeia (la de mortal belleza).

Cuando a mediados de 1842 un caballero inglés —el doctor J. Griffin— desembarcó en la ciudad de Nueva York con una presunta sirena en las manos, y la exhibió en un teatro de Broadway como «la octava maravilla del mundo», el entusiasmo del público no tuvo límites. Griffin decía ser miembro del Liceo Británico de Historia Natural y defendía tesis inauditas. Su argumento puede resumirse así: si todas las cosas en la tierra tienen su correlato en el mar (si existen caballos de mar, leones marinos, lobos de mar), ¿por qué no habrían de existir también seres humanos marinos? 

Griffin, por supuesto, era un farsante. No sólo no era caballero inglés, tampoco existió nunca un Liceo Británico de Historia Natural y, en cuanto a la propia sirena —mezcla horrenda de cuerpo marchito de mono y cola seca de pez—, había sido fabricada en el Japón con fines rituales. Poco tiempo después, P. T. Barnum la compró para su museo y hoy se encuentra exhibida en su casa natal de Bridgeport, Connecticut.

A Barnum, es evidente, no le importó su «falsedad». Pensó, más bien —como Pessoa— que el arte se esfuerza siempre para hacer real la vida y que, en ese combate con la deficiencia, reside su condición más lúcida y paradojal. 

Dicho en otras palabras, lo que fascina es siempre algo que falta. No hay más que observar el efecto que causan los fósiles o los insectos atrapados en resina, el congelamiento visual del tiempo en las fotografías o incluso los cuerpos fijados en lava y ceniza entre los escombros de Pompeya. También las sirenas, con su esplendor imaginario, son visiones preservadas en formol para una cultura seducida por la pérdida.

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