La tarea

Iván Ortega

Ciudad de México, 1990. Su libro más reciente es Glásnost (Juan Malasuerte, 2023).

—¿Qué es lo que intentas, perfecto imbécil?

La Luna gritaba contra mí. Yo cavaba. Al darle la espalda, se acercó y su hedor se volvió más perceptible. He temido la sonrisa amarilla y pastosa de la Luna desde que era pequeño. Siempre supe que estaba en contra de nosotros.

A lo lejos, recargado en una de las vallas que rodean al parque, el hombre de hueso me veía con atención. Sabía que estaba devastado por no ser él quien realizaba mi trabajo. Mi familia arrebató el cuerpo del mesías de las manos de la facción de fanáticos a la que pertenecía. Nuestro salvador, nuestro necromesías, el ano parlante, el dador de estrellas, había muerto por fin el día anterior. Mi familia y yo, locos de cemento, robamos su cuerpo y lo vejamos con triste devoción durante su primera nueva noche.

Continué cavando mientras silbaba un viejo blues de Charley Patton que estaba seguro que enfurecería a la culera de la Luna. En los rostros de los árboles cercanos podía leer el pánico. Me dieron ganas de orinar y lo hice sobre el cuerpo. Después de que mi familia pasara la última noche con él se me asignó la tarea de devolverlo al ciclo de putrefacción. Nada de esto estaba previsto. Y no sabíamos si algún día se cumpliría la promesa de ser dueños de las estrellas. Si fuéramos dueños de las estrellas podríamos acabar fácilmente con la Luna. Cuando nuestro señor nos hacía esas promesas, me gustaba imaginarme devorándola y después expulsando cada nuevo trozo de Luna que, en mi visión, tenía una enorme sonrisa.

Muerte impía después de la muerte. Fécula sagrada. Sodomía sinfónica. Pinche oscuridad de cagada. Crucifixión rectal. Los que veneran la falsedad se adentran en la oscuridad. Los que nos deleitamos con la verdad nos adentramos en una oscuridad aún mayor.

Tomé muy en serio mi tarea. Sabía que sólo al ser devuelto, nuestro señor podría librar su última batalla contra el dios gusano. Pensé: «debo acabar porque las cosas no son como son. Son lo que son». Cuando terminé de cavar puse el cuerpo en el agujero y lo cubrí con la tela de pesadilla y comencé a arrojar tierra para tapar todo. El hombre de hueso se acercó a ayudarme, resignado. Al terminar se acercó alegremente a tocarme. Le entregué mi pala. Inagotables los pasillos del sufrimiento. Esfínter por el que pasa la pus bendita.

Al salir del parque de los arlequines la calle estaba invadida por el hedor de mil fetos de abogados proveniente de las letrinas de la escuela de leyes. La Luna dejó de espiarme porque se quedó flotando encima de un cadáver fresco dejado a las puertas del parque. Se enamoró de inmediato. Autopsia divina. Vómito clerical. Quiero ser aquello con lo que tienen pesadillas las estrellas. En la lengua, servilismo y poder se confunden ineluctablemente.

Marché oscuro por la noche a lo largo de la calle en espiral que conduce hasta mi cuarto, en donde sabía que me esperaban al menos dos alivios: un frutsi congelado y la posibilidad de que al dormir se me concediera mi sueño favorito. Ya en casa, registré en mi diario los eventos de mi gloriosa jornada. Esto es algo que ni siquiera aquello que se mueve detrás de las cosas podrá quitarme.

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