Tú no sabes quién soy

Alberto Chimal

Toluca, Estado de México, 1970. Su libro más reciente es Las máquinas enfermas (Páginas de Espuma, 2025).

Primero, no te pongas a suplicar, porque no te va a servir de nada.

Nadie te va a tener piedad, nadie te va a salvar. No hay nadie aquí que sea secretamente «bueno». No hay nadie a quien le indigne el trato que recibes o que se esté enamorando de ti.

Segundo, no estás loca. No estás drogada. Esto, todo esto, es real. Te está pasando. Te trajeron aquí para hacerte el tratamiento. Te levantaron de la calle mientras volvías de tu trabajo a donde vives. A donde vivías. Afuera, nadie sabe qué te pasó. Estás desaparecida. Y vas a seguir desaparecida. Todo esto es verdad. No estás alucinando. No estás soñando.

Tercero, y por favor presta mucha atención: ya está hecho. El tratamiento tuvo éxito. Te vas a quedar aquí, y si alguna vez te soltáramos, seguirías siendo nuestra. No hay manera de «curarte». No te vas a «reponer». No vas a «dejar atrás esta pesadilla» y reanudar la vida que tenías antes. 

Esta es tu vida.

Lo que te ha pasado, te ha pasado para siempre.

¡Ah, ahora te quieres poner a gritar!

¿Te das cuenta? ¿Lo sientes?

Mira, siente cómo no puedes gritar. ¿Entiendes por qué no puedes? Es mejor que una mordaza.

Sigues tratando de gritar. ¿Hubieras preferido que te mintiera? 

Claro que sí. Es una pregunta retórica. La gente como tú siempre quiere que le mientan.

¿Sabes lo que significa «retórica»?

Ya sé, ya sé. Si pudieras hablar, me dirías que parezco villano de… No. Iba a decir «villano de película», pero no. ¿La gente de tu edad va al cine todavía? ¿Ves películas en casa? ¿Tienes idea de qué es un villano? ¿O tendría que usar un término imbécil de internet?

No importa. Ya es tarde para pensar en tu educación. Voy a suponer que tienes una idea general.

Lo que quiero decir es que puedo sonar a villano, a tipo malo de película mala. Lo reconozco.

Alguien que solamente me estuviera escuchando, que no pudiera ver en dónde estamos y lo que te hemos hecho podría tener una impresión errónea. Nadie habla así, diría. Nadie le explica cosas de ese modo a su víctima.

Le debe encantar el sonido de su propia voz. Eso diría.

Ah, pero si ese alguien pudiera verte…

Si pudiera verte, y sobre todo saber lo que estás viviendo ahora mismo, su opinión sería muy diferente.

Si pudieran ver cómo es tu mordaza, cómo son tus ataduras, qué es lo que te mantiene tan bien sentada, tan recta y tan compuesta en la silla.

Si pudieran ver, además, que todavía estás desnuda bajo tu batita azul, y si pudieran oler el alcohol medicinal que aún tienes sobre la piel. O el sudor, el rastro de vómito que tienes en la boca. La sangre también. Las otras sustancias que hemos utilizado. Si pudiera tocar los moretones en tus brazos, en los lugares donde pusimos las agujas… Por cierto, la anestesia perdió su efecto antes de tiempo. Deberías estar inconsciente todavía. Los doctores todavía tienen pruebas por hacer. Habrá que ver si pido que te vuelvan a anestesiar o dejo que las hagan tal como estás. Te van a doler…

Espera, espera. No pienses siquiera en agitarte. ¡Atada como estás, recién operada, y todavía tratas de moverte! 

A ver, vamos a jugar a un juego. Que no se diga que soy únicamente cruel. Puedo ser agradable si quiero.

¿De acuerdo? Bien.

Dime. ¿Por qué te estoy hablando? Si tengo poder absoluto sobre ti, y lo tengo, ¿por qué pierdo mi tiempo dándote explicaciones? ¿Qué sentido tiene hablarte de lo que tú misma estás viviendo? ¿Qué sentido, repito, tiene hablarte siquiera? 

Mira si se te ocurre una respuesta. Si tienes una, indícamelo. Me daré cuenta de tus intenciones. Si la respuesta es buena, te daré un premio.

¿No?

¿Nada?

¡Haz un esfuerzo! Hasta podría dejarte hablar.

No eres muy buena compañía, ¿te das cuenta? 

Hay gente que paga por estar conmigo. Hay gente que lo deja todo para servirme. Para trabajar conmigo, digamos. No estamos en la Edad Media. Pero el efecto es el mismo.

Tienes un privilegio enorme, estúpida. Vas a estar conmigo por el resto de tu vida. 

A ver, última oportunidad. Piensa en una respuesta.

¿No se te ocurre nada? ¿No tienes ganas de jugar?

Muy bien. Te hubiera encantado tu sorpresa. No importa. Tenemos tiempo. Los doctores volverán en una hora o poco más. Aquí va tu respuesta.

Estoy haciendo esto, es decir, hablarte de este modo, burlarme de lo que estás sintiendo, hablarte de cómo nos hemos apoderado de ti…

Lo estoy haciendo porque soy cruel. Lo acepto. Soy fuerte, soy poderoso, y me gusta serlo. El poder me emociona. El centro, la base de la persona que soy, se siente bien al usar su poder. Y el modo más claro, más contundente de usar el poder es causar sufrimiento. Sufrimiento a otros.

No lo niego. No me parece un motivo de vergüenza. Y menos ante ti. Es un motivo de orgullo. 

Vamos a ponerte de pie. Mira qué fácil es cuando me tienes de tu lado. Mira qué fácil que te muevas. ¿Cuáles ataduras? Y ahora, un pequeño esfuerzo, y ¡bajas de la silla! Vamos por aquí. Vamos a quitarte esa bata sucia y a ponerte esta otra. También vamos a quitarte la gorra. Tienes bonito cabello. Más que tus facciones.

Siempre hemos sido los que mandan en el mundo. Los grandes hombres. No estamos emparentados, no somos una familia, nada de eso, pero nunca hay muchos lugares en la cima. Algunos deben pelear y pasar encima de quien sea para ocupar alguno, pero son los menos: los más contamos con la ventaja de una buena parentela, una posición segura… Vamos a ver. Aquí hay sandalias, me parece. Para no pisar el suelo frío. En público, siempre decimos que todo se debe a nuestro esfuerzo, naturalmente. Pero tú jamás hubieras tenido la menor oportunidad de acercarte a mí para escucharme decir eso. Y, de igual forma, lo que tú escuches de mí no importa. Nunca se lo vas a contar a nadie, y nadie te creería si lo hicieras. Si es un visionario, te dirían. Si contribuye tanto a la economía, si genera tantos empleos y tanto crecimiento… 

No sólo es una crueldad decirte todo esto, sino un alivio. ¡De lo más refrescante! Dios, poder dejar de fingir al menos por un rato. Es mejor, incluso, que hablar en privado con lacayos o con admiradores. Porque tú no puedes responder, desde luego. ¿Sabías que incluso el que siempre te den la razón puede llegar a cansarte?

Es pregunta retórica, tonta. Tontita.

Ah, y las estupideces que inventan. Los que dicen haber entendido tu filosofía… Animales.

Qué más da. Vamos a acercar tu mano a la perilla de la puerta…

Ahí está. ¡Bien!

¿Qué te parece? No pienses que hubieras podido abrir esta puerta en cualquier momento. Permíteme explicarte. Ya sabes que tienes un implante.

Ah, no, no sabías. Por supuesto. De hecho tienes dos implantes.

El segundo es uno muy sencillo que te identifica. Como parte del inventario, naturalmente. Pero el tipo de inventario que eres puede pasar a cualquier parte, porque está directamente bajo mi control.

Vamos afuera.

¿Te gusta este lugar? Es una instalación muy grande. Toda mía. No viste nada de esto porque llegaste ya anestesiada. Te trajeron en avión. Ni siquiera estamos en tu país. Creo. ¿Habías viajado en avión antes?

Cerca de aquí hay un área de descanso. Sé que tienes sed, así que puedo pedir algo para ti. ¿Qué te parece? Una segunda gentileza de mi parte. Sé que estás aterrorizada, que haber perdido el control te causa un horror cada vez mayor… Se puede oler. Y el hecho de que ya entendiste que solamente tú te das cuenta lo hace peor.

Mira cómo te ve la gente. Esos dos… ¿técnicos? No sé qué hacen. Mira cómo huyen de nosotros. Esa enfermera. Hola. ¿Viste cómo inclinó la cabeza? El implante manda una señal a sus teléfonos, a los aparatos que usen. Todos saben que estás conmigo. Y todos saben quién soy. Nadie va a interponerse, a molestar, a negarme nada.

Volviendo a lo que te contaba… 

No, espera.

¿Sabes quién soy?

No, por supuesto que no. No hay manera de que lo sepas. Puedes oír lo que digo, desde luego, pero nadie te ha dicho quién soy. Nadie te ha explicado nada. No sabes qué estoy pensando.

Yo tampoco sé quién eres tú, en realidad. Tengo acceso a más información, del mismo modo en que tengo el control. Y tengo un archivo completo sobre ti, hecho por la gente que te vigilaba antes de recogerte. Investigaron toda tu vida. Pero no lo he leído.

Porque no eres especial. No eres nadie. Si te sirve de consuelo, esto no es un castigo. Te vieron en un área determinada y te eligieron. El proyecto está empezando, y era mejor empezar con gente como tú. Sin importancia. Hasta este momento, yo diría que eres uno de nuestros éxitos. El número cinco. ¿O seis? Los fracasos han sido, no sé, cientos. No está tan mal, ¿no crees? 

Volviendo a lo que te decía, yo creo que la crueldad es una virtud. O, digamos, una ventaja. Es obvio. Si uno está en la posición de, como decimos, generar valor mediante el sufrimiento de miles, de millones de personas, es una ventaja que semejante daño no le moleste. Que no le cause desazón ni remordimiento. Que le agrade. Así puedes hacer lo que deseas sin preocuparte por lo que otros hagan o piensen. Sabes que tus necesidades son más importantes. Lo sientes. Ves a los demás, a ustedes, como lo que son…

Mi amor, ¿necesitas orinar?

¿Esto son ganas de orinar para ustedes?

¿Cómo puedes tener sed y ganas de orinar al mismo tiempo?

Vamos al baño. Ahí delante hay uno. Mira el cartelito. MUJERES. Aquí sabemos que hay hombres y hay mujeres.

¿Estas quiénes son?

Salgan de aquí. Todas. ¡Fuera! Largo.

Vaya con estas perras. Vamos a cerrar la puerta. 

Y ahora… Vamos primero a que te mires en el espejo. Ese gran espejo sobre los lavabos.

Te digo que soy cruel. No voy a dejar que te orines encima. Tengo que cuidar tu cuerpo. Pero sí te voy a retrasar. Es poco. Pero tenemos…, ¿cómo decirlo? Tenemos toda tu vida por delante.

Mira tu cara. Mira tu cabello. Es realmente muy bonito. Cuando lo lavemos se verá aún mejor. Tu mano lo toca.

Mira tus ojos. Mira cómo estás mirando.

Mira tu boca decir estas palabras. Estas. Palabras. Oye lo que digo a través de tu boca.

Mira cómo sube tu otra mano, cómo agito tu otra mano, y cómo dices ¡Hola!

¡Hola, hola!

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