Horas de lectura

José Javier Villareal

(Tecate, 1959). Uno de sus libros más recientes es Una señal del cielo (Universidad de Concepción, 2017).

En 1987 Joseph Brodsky se vio sorprendido con el Premio Nobel de Literatura.
A partir de ese año, como la hojarasca, que cubría la angosta vereda
que subía hasta los manantiales, sus poemas empezaron a poblar mis horas.
La revista Proceso, la de aquellos años, donde colaboraban José Emilio Pacheco,
Vicente Leñero, Marco Antonio Campos y David Huerta, publicó un denso poema
de Joseph Brosdky donde se veían y sentían las pesadas y oscuras aguas del Báltico.
Hace días me escribiste una carta donde me hablabas de tu vestido manchado
por mi presencia que se iba dilatando sobre las playas de la espera.
Las aguas del Báltico sólo las he visto en los poemas de Brodsky, en antologías
de poetas soviéticos, en muestras de la joven poesía rusa.
Mientras leo, a destiempo, La insoportable levedad del ser, recibo una selección
que me envía una amiga, una interlocutora que sólo he visto en pantalla.
La broma, es otra novela de Milan Kundera —anterior— que leí hace tiempo a la orilla
del Pacífico durante unas vacaciones de Semana Santa. Sabía de la novela
desde finales de los setenta, cuando aún no había cumplido los veinte años.
La saqué de la biblioteca días antes de emprender el viaje.
Ya conocía a G., y a N., ya sabía que su coquetería empezaba a dar ciertas garantías
que me excitaban y, a la vez, me ruborizaban. Antes,
en la Antigua Estación del Golfo, entre Colón y Madero, los besos de I.,
subían y bajaban. Yo me servía muchas tazas de café. La cafetera
estaba en su oficina.
Constato que la narrativa de Kundera poco tiene que ver con la densidad de los poemas
de Joseph Brodsky. Brodsky es lento y acompasado; Kundera, sumamente rápido.
No se detiene, brinca de un movimiento a otro casi sin hacer la menor pausa.
La única relación que guardo con La vida está en otra parte es el nombre del protagonista
y la escena donde el amante salta desde el interior del armario y se pierde
por la ventana. La relación con G., como la de Goethe con Ulrike, se desató
como el cordón de un zapato. La de N. fue más lenta, como el ritmo
de los hexámetros donde Joseph Brodsky celebra el movimiento de las aguas
del Báltico.
Por otra parte, Marca de agua es un diario que arranca con una fuerza tremenda
y se va diluyendo entre los canales y la espesa niebla del invierno.
Caminé con L. bajo la lluvia. Caminé bajo la lluvia sin ella y al salir del ascensor
ya estaba a la puerta esperándome con un vestido verde y sus medias de lana.
La lluvia y el viento acabaron por sacarnos de cuadro.
La pequeña habitación quedó a oscuras y ya no vi la luz del sol entrar en ella; el televisor,
frente a la cama, siempre estuvo apagado.
La despedida, también de Milan Kundera, es una historia que toca puertas,
pero no se queda en ninguna habitación; corre sobre la carretera de un pequeño país
que, paradójicamente, no termina, se prolonga más allá de la última página.
C., fuera de la novela, en otro continente, muy cerca de la justa mitad del mundo,
me traducía expresiones que se enredaban a la distancia mientras ella comía, y yo,
flanqueado por mis pares académicos, depositaba mi charola en otra mesa,
frente a la suya.
Sabina es la pintora que se va de Praga a Zúrich, y de Zúrich a París, con el viejo sombrero
del abuelo. Deja su vida atrás, la cuelga en el perchero y cierra la puerta.
Baja los escalones y abandona su departamento. A., dice que me quiere,
que sabe lo que necesito y está dispuesta a dármelo. Sabe cómo recibirme,
y me ve entrar en su casa. Yo leo su carta donde me habla de las manchas
de su vestido, y del tiempo que se prolonga como el compás melódico
entre los acentos que marcan el ritmo en los versos de Joseph Brodsky.
Franz, el personaje suizo que se va a Tailandia, muere en la cama de un hospital,
en los brazos de su mujer, lejos de la mirada miope de la estudiante
de las grandes gafas.
Sabina termina en California.
Brodsky, que era muy amigo de Derek Walcott, murió a los 56 años en los Estados Unidos.
Kundera tiene 92, y desde 1975 vive en Francia con su segunda mujer.
Yo permanezco en mi departamento recibiendo cada noche a un invitado,
como gustaba afirmar George Steiner. Son muchos los libros que me acompañan
y varias las habitaciones donde me desplazo. Hay una contingencia sanitaria
que se ha prolongado. El cubrebocas es obligatorio y la sana distancia
más que necesaria. Sin embargo, salgo a caminar por las noches o hago bicicleta.
Es entonces cuando me da por recordar.



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