Herpetario Oscar

Roberto Ramírez Flores

(Guadalajara, 1990). Su libro más reciente es Líneas imaginarias (Editorial Veinti6 Veinti8, 2023).

La nueva serpiente da asco. Tiene las escamas blancas, los ojos rojos: se parece a los ratones que le da de comer. Llegó hace unos días junto al tritón de manchas moradas, las tortugas y las vitaminas para camaleones. Hoy no ha dejado de mirarla más que para enroscarse lentamente, después pegó su cara al cristal sin quitarle la mirada roja de encima, con el cuerpo en forma de una espiral perfecta. En un rato llegará el nuevo empleado, se lo dijo el dueño antes de agregar que tendría menos trabajo y por lo tanto le descontaría una parte de sueldo. Suficientes novedades por hoy, luego se pierde en la jaula de los ratones mientras decide cuál será la comida esta semana.

Un chico con casco de ciclista entra, va directo a las peceras y las mira tan rápido que parece que le cobraran por ver. Después entra el dueño y ella comprende que el chico no es un cliente.

—Te presento a Lucas —dice el dueño en un tono tan aburrido que no dan ganas de conocerlo.

—Mucho gusto —dice ella fingiendo una sonrisa.

Lucas se dirige hacia ella y le estira la mano, pero con la cara volteada hacia la pecera de los escorpiones.

—Mucho gusto.

Le deja la mano llena de sudor.

—Espero que puedan trabajar juntos. Los dejo para que se conozcan. —Y sale de la tienda acomodándose los lentes.

A través del cristal ella lo ve pisar el pasto en lugar de cruzar por el camino de cemento que serpentea gris entre el verdor. El anuncio no pisar el césped que él mismo instaló da tristeza cada vez que lo hace. Ella mete su mano a la bolsa trasera del pantalón, se limpia el sudor contra la mezclilla.

—¿Y qué onda? ¿Como cuánto venden al día?

La pregunta le hace sentir que en vez de trabajo busca un sitio para asaltar.

—Unos… dos o tres mil pesos —disminuye la venta a la mitad —. Depende.

—¿Cuál es el animal más caro?

No la ha volteado a ver, ahora tiene los ojos puestos en el camaleón, que se ha camuflado con las ramas.

—Mmm, creo que ésa. —Señala con la mirada y él tiene que verla a los ojos antes de ver los de la serpiente.

—¿Y el más barato?

—Los ratones.

Le parece lógico que el más barato y el más caro sean tan parecidos. Uno es lo que come.

—¿Cómo dijiste que te llamas?

—No te dije.

No sabe si es guapo o sólo es su cabello. Le molesta que el empleado por el cual le quitaron una parte de su sueldo tenga el cabello mejor cuidado que ella. Tiene pelo de niño rico.

—Hoy es día de sacudir las peceras. Fíjate si hay alguna sucia y le pasas ese trapo —dice en un tono tan serio que ella misma se cae gorda—. Yo voy a revisar si hay algún precio que ajustar en la compu.

Él dice que sí con la cabeza, toma el trapo e inicia por las peceras de la izquierda. Ella abre su Facebook y manda algunos mensajes, dispuesta a desquitar la parte del sueldo que le rebajaron.

—¿Cuánto llevas trabajando aquí?

—Un par de años. —En realidad tres, pero le da pena decirlo.

—¿Te gusta?

La serpiente no le ha quitado los ojos de encima. No, si tuviera una casa propia ya hubiera renunciado. Él parece leer su pensamiento porque dice:

—Yo soy sobrino de Oscar, por eso le pedí el trabajo.

Pasa de ser un asaltante a un bueno para nada, de esos que recurren a la familia una y otra vez para que los ayuden. Seguramente le paga más que a ella.

—Pero me gustan mucho los animales. —Mete la mano a una pecera y saca al camaleón sobre su palma. El animal se queda inmóvil mientras imita el color de su mano.

—Bien por ti.

En su Facebook, fotos de sus contactos se alternan con reptiles: una cena romántica en la terraza de un edificio, una lagartija, una boda llena de flores, un tritón, un pasillo de luces incandescentes, un cocodrilo. Como ella nunca busca eso, se convence de que Facebook la escucha y vende su información al gobierno. Sigue bajando hasta llegar a una foto del mar, los pies de su amiga cubiertos de arena, una margarita escarchada con sal y una sombrilla multicolor.

—Voy a salir por un cigarro. —Deja el trapo sobre la manija de la puerta.

Ella no dice nada, no despega la vista de la pantalla, pero luego, a través del cristal, lo mira caminar sobre el césped sin tomar en cuenta el camino de cemento. A los hombres les gusta pisar el pasto.

Al tocar el fondo de la pecera corre a una esquina e intenta subir por el cristal. La serpiente no hace nada al principio, lo deja que trate de escapar sabiendo que no logrará nada más que cansarse. Cuando se acerca a él, apenas se puede mover. Lo rodea con su cuerpo y con cada giro lo aprieta más y más, hasta que el ratón se hincha y luego, junto con un sonido breve y hueco, suelta todo el aire. Se relaja un poco, intenta olvidar que apenas es el segundo día de Lucas y llegará tarde. Si vuelve a hacerlo tal vez le diga al dueño que no da el ancho. Así recuperaría su sueldo completo. O tal vez la que deje el trabajo sea ella. Hace cuentas sobre sus ahorros, si es que se le puede llamar ahorros a esa cantidad. Al menos servirían para un mes de renta; dos, si es que logra juntar un poco más de dinero.

Cruza la puerta bañado de rojo. Ella debe de tener una cara de susto, porque él dice:

—No es nada, es pintura. —Pasa al baño escurriendo un camino de puntos que ella debe limpiar antes de que se sequen.

Un cliente entra, pregunta si venden peces.

—No, es un herpetario. —Talla con fuerza el piso y luego señala el nombre del lugar: herpetario oscar.

—¿Entonces por qué venden ratones? —dice poniendo atención a las manchas del piso. Tal vez piensa que son sangre.

—Porque son la comida de las serpientes, señor. ¿Me da permiso de limpiar ahí?

Empieza a trapear todo el piso y el cliente no tiene más remedio que salir de la tienda. Lucas reaparece con la cara limpia, pero sus manos y cuello aún están manchados de rojo.

—¿Qué te pasó?

Él toma el trapo del mostrador y se lo pasa por los brazos.

—Venía en la bici y se me cruzó un señor. Cargaba un bote de pintura abierto.

Es como si su piel hubiera cambiado: ahora él imita los colores del camaléon. No se ha quitado el casco, así que puede comprobar que es guapo de verdad.

—Ni siquiera me esperé a ver si le había pasado algo porque dos tipos se pusieron como locos —se pasa el trapo por debajo de la camiseta—. Me vine lo más rápido que pude en cuanto me levanté.

Su mano moviéndose del pecho al abdomen parece un ratón que no cabe en el cuerpo de la serpiente.

—Tal vez podrías limpiarte mejor si te la quitas.

Él sonríe, dice que no con la cabeza y continúa limpiándose por debajo de la ropa. 

—¿Te llevas bien con Oscar?

—Sí —dice ella en un tono tan desganado que evidentemente es un no—. Lo normal.

—A mí me caga.

—¿Ah sí? ¿Por qué?

—Pues porque es un ojete con mis primos y mi tía. Yo creo que trata mejor a sus animales, y eso que no los cuida él.

Ahora le cae mejor, aunque sigue sin atreverse a hablar mal de Oscar por temor a que le cuente. Le parece distinto a él, y eso debería bastar para que las horas en la tienda se vayan rápido. Lástima que ella piense en renunciar.

—Un ojete, de verdad.

—Sí. —A final de cuentas le vale que le diga—. Un pendejo.

Se quita el casco. Su cabello está casi intacto, sólo un mechón rojo cerca de la frente.

—Perdón por llegar tarde.

Ella no responde, pero en su mente le dice que está bien, que no pasa nada. Le estira la mano y él parece dudarlo un poco, después se agacha para que pueda ver su cuello mientras lo limpia. Ella frota con suavidad al inicio, después más fuerte: la piel va perdiendo el color. Nota que su propia respiración se vuelve cada vez más lenta y profunda. Lo imagina sucio de otras partes, de las piernas lampiñas o cubiertas de vello, de las axilas, de todo el cuerpo. Sus miradas se encuentran en el reflejo con los escorpiones amontonados en una esquina.

—Gracias —dice él quitándole el trapo de la mano—, pero no creo que se me quite bien.

Ella destapa la pecera de los tritones y les da de comer de más, luego sigue con el camaleón y las iguanas con gorguera. Los reptiles no tienen pelo. Nunca le había puesto palabras a una cosa tan obvia. A pesar de que las comidas huelen y se ven iguales, cada una viene en un botecito diferente y no están hechas de lo mismo.

—Te voy a dejar la comida de cada uno arriba de sus peceras —las iguanas se mueven cuando las tapa y la fricción de sus cuerpos suena como lijas—, para que mañana que yo descanse sepas bien cuáles son.

—Gracias.

Está parado en medio de la tienda, parece que no sabe qué hacer, confundido y manchado de rojo, como ella cuando está en sus días, a punto de destruir todo a su alrededor: los animales, los vidrios, el pasto y el estúpido anuncio de no pisar el césped. Aunque eso más bien le gustaría a ella hacerlo.

—A la serpiente hay que echarle un ratón cada semana, pero ya le di hoy.

Al abrir la puerta el olor hace que se le revuelva el estómago. Prende las luces, la computadora. Saca el trapeador del bote donde ella lo dejó. Los ratones se mueven desesperados en su jaula. Al menos tiene a alguien para contarle que le subieron la renta, aunque si no lo tuviera no tendría problema para pagarla. En la computadora, la estructura ósea de una serpiente dividida en tres hace que se lo imagine buscando información sobre los animales de la tienda. Rojo, luego verde, luego amarillo. Empieza a darles de comer a algunos, no a todos, para que Lucas haga su trabajo. El camaleón no está, así que él debió emocionarse al realizar su primera venta grande. La serpiente está enroscada en una esquina y en la misma pecera un ratón se limpia la cara. Una herida en la cabeza de la serpiente hace que ella dé un paso atrás con los vellos de la piel erizados.

Saca al ratón y lo devuelve a los otros. Ninguno había logrado regresar. Busca el frasco de su comida encima de la jaula pero no lo encuentra: olvidó enseñarle a Lucas que la comida también come. Lo encuentra tirado junto a la puerta, lo abre, está vacío, apenas dos granitos que avienta directamente del frasco. Dos ratones corren  a donde cayeron, luego los demás, cuando ya no hay nada. Sólo uno permanece en la esquina de la jaula, limpiándose los bigotes.

El dueño aparece por detrás y ella se asusta. Cierra la jaula y deja el frasco vacío encima.

—Hace falta comida para ratones.

—Muy bien, me lo dices más tarde para que no se me olvide. —Mueve la cabeza de un lado a otro y abre sus fosas nasales—. Huele raro, ¿no?

Como no responde, él se mueve por todo el lugar hasta llegar a los ratones, saca la rejilla de debajo de la jaula. El periódico que la cubre está lleno de excremento.

—Pues como que la comida no les hace falta, ¿eh? —Como si él no cagara cuando tiene hambre.

En lugar de vaciarla en el bote que está junto a él, se la da para que ella lo haga. Lleva una camisa tan blanca que a ella le hubiera encantado que se le ensuciara. La serpiente se mueve, da señales de vida.

—Pues con la noticia de que Lucas no va a volver.

El excremento apesta cuando lo vacía a la basura.

—¿Por qué?

—¿No te contó?

No le gusta que la gente se haga la interesante, la terminan decepcionando.

—Atropelló a un señor con la bici. Se golpeó en la cabeza con el filo de una banqueta y no ha despertado. —Pasa el dedo por el mostrador en busca de polvo—. Vinieron a buscarlo aquí, pero se escondió… Le dije que no quería problemas.

Su dedo se marca a lo largo del cristal, una línea que serpentea el polvo como el camino afuera del herpetario hace con el pasto.

—Pues ni modo, al menos vas a recuperar tu sueldo completo. Ahí te encargo que le des una sacudida.

Recuerda cuando Lucas dijo que era un ojete con su familia. Oscar está a punto de cruzar la puerta y ella dice:

—La comida para ratones.

—Ah, sí, a ver si no se me olvida.

También quisiera preguntarle el nombre completo de Lucas, pero podría creer que lo quiere para dárselo a la policía. Él sale de la tienda y cruza por el pasto. Antes de subirse a su coche gira la cabeza y voltea hacia arriba, sonríe como si contemplara su nombre en el letrero de la fachada.

Abre Facebook en la computadora. Mientras carga la página tiene la esperanza de que el perfil de Lucas esté abierto, pero no, en su lugar aparece un camaleón de colores en el muro de ella. Ni siquiera le dio su nombre, así que él no podrá buscarla. Mira el letrero que está dentro de la tienda y deja su mirada fija en oscar. Siente un vacío en el estómago, como si no hubiera comido en días. Los ratones se mueven en círculos, hacen un sonido agudo, desesperado. ¿A los cuántos días empezarán a comerse unos a otros?

La serpiente se desenrolla cuando ella abre la pecera. Tiene más mordidas: una en el costado cerca de la cola, otra más grande unos centímetros arriba. El músculo de un tono oscuro resalta en la piel tan blanca. Busca el trapo y va hacia la jaula de los ratones, lo avienta sobre ellos y agarra un puño con ambas manos. Un ratón se le resbala, huye detrás de los anaqueles. Avienta al resto con todo y trapo a la pecera. La serpiente vuelve a enrollarse en una esquina mientras los ratones se juntan en otra. Ella apaga la computadora, luego las luces y cruza el jardín por el camino de cemento

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