In memoriam: Raúl Padilla López (1954-2023)

Raúl Padilla López: creador de umbrales

Silvia Eugenia Castillero

(Ciudad de México, 1963). Su libro más reciente es La Isla (Ediciones Monte Carmelo, 2022).

1.

A doce mil metros de altura Raúl ríe de manera desenfadada, vamos cruzando el océano y los vientos. El sobrecargo nos brinda los mejores vinos. Nunca había hablado de esa manera con el exrector de la Universidad de Guadalajara. Regresábamos de Madrid, después de haber presentado la revista Luvina para que se distribuyera en la capital española.

El azar quiso que nos regresáramos en el mismo vuelo. Para mí fue una sorpresa encontrarlo en el aeropuerto. Las vidas se cruzan y las presencias se decantan. Nunca imaginé que durante ese trayecto iba a tener un diálogo tan nutrido, cercano, humano con una autoridad a quien siempre vi lejos.

Dentro de una especie de relato fuimos hilando una amistad, en ese instante surgía la empatía que hubo desde años atrás y que nunca se había desplegado la oportunidad para vivirla. Tal vez vivir sea siempre una puesta en escena. Con Raúl había hablado numerosas veces de manera concisa sobre temas de trabajo, desde que me nombró editora de Luvina y, al año siguiente, directora.

En esa relación de encuentros breves aunque importantes para tratar temas de la revista, fue sembrándose en mí una admiración, pero además y sobre todo un cariño. El licenciado Raúl Padilla López era cálido en su trato, era también bromista y escuchaba a las personas. Luego callaba, reflexionaba y —acto seguido— resolvía. Miraba como desde muy adentro, como si tomara una radiografía de quien estaba frente a él. Y no se olvidaba de la gente que por alguna razón le causaba curiosidad, simpatía o admiración. Era generoso y noble.

Lo conocí antes de que fuera rector, gracias a Virginia Acosta —amiga en común y mujer extraordinaria—, quien me llevó a su oficina y nos presentó. Yo estaba muy nerviosa, él afable me preguntaba sobre mis estudios y mis intereses, yo le respondía con timidez. Cursaba el último semestre de la carrera de Letras Hispánicas y sinceramente no sabía qué quería hacer después. Entonces Raúl era director del dicsa (Departamento de Investigación Científica y Superación Académica). Siendo ya rector, volví a llegar a su oficina varios años más tarde, en esta ocasión enviada por Miguel Ángel Granados Chapa, entrañable compañero de mi padre en el periódico Excélsior de Julio Scherer hasta el 8 de julio de 1976, día del golpe asestado por el presidente Luis Echeverría contra el único periódico independiente y crítico de México. Granados Chapa siguió siendo amigo de mi padre y de la familia. Yo había terminado mis estudios y escrito una tesis que me rechazaron porque era poética y no árida como suelen ser los trabajos académicos. Por esos días visité a Miguel Ángel en la ciudad de México y le platiqué, sin más ánimo que el de contarle a un amigo lo que me había sucedido. Me pidió mi tesis y, después de leerla, le llamó al rector de la UdeG para comentarle lo acontecido. Padilla López le pidió que yo fuera a verlo a su oficina de rectoría. Al verme de nuevo le dio gusto, pues me reconoció. Después de exponerle el tema de mi tesis, de mostrársela, la hojeó y leyó algunos párrafos. De inmediato llamó al rector de la Facultad de Filosofía y Letras para que nombrara otro jurado que valorara en justa medida mi trabajo, y le comentó: —Hasta nos vemos mal de rechazarla—. Desde ese día no me perdió de vista, me dijo que a la gente con interés por el conocimiento y las artes siempre la apoyaba. Y así fue, Raúl Padilla me respaldó en varias de mis travesías literarias. La más importante: Luvina.

2.

Era la fil del año 1998, acababa de regresar de hacer mis estudios de maestría. Era el último día de la feria, estaba cenando en un restaurante con algunos amigos que habían venido de la Ciudad de México y llegó Raúl. Nos saludó, me miró entre asombrado de verme ahí y satisfecho, al final se me acercó para decirme que le gustaría verme al día siguiente. Me citó en el restaurante Quinta Real. Me propuso dirigir un premio literario que ya llevaba varios años de existencia y una cátedra que estaba por surgir. La propuesta me dejó asombradísima, me sentí halagada pero de golpe se me vinieron encima todas mis responsabilidades. —No puedo, Raúl— le dije. Me miró, no lo podía creer. Era un trabajo de tiempo completo. —Tengo dos hijos de diez años y necesito escribir mi obra—. Seguía sin poderlo creer. Me enumeró varias ventajas, como ganar bien, tener oportunidad de viajar y de conocer escritores, pero yo tenía muy claras mis prioridades. Como aporreado, pues mi respuesta salía de sus expectativas, se retiró sin entender la negativa. Supe, en las sucesivas ocasiones que lo vi en eventos, por su actitud cálida, que me había comprendido. Pasaron varios años para que volviera a buscarme. Ahora me invitó a que me incorporara a la revista literaria Luvina de la UdeG. —Quiero una revista de alta calidad y que coresponda al nivel que ha ido tomando la fil—. Me invitó como editora. Acepté encantada pues ese trabajo sí coincidía con mis inquietudes literarias y además era de medio tiempo.

Es así como comenzó la aventura Luvina, revista que dirijo desde 2004, cuando renunció el director y Raúl me otorgó esa responsabilidad. Desde mi llegada como editora, Luvina dio un paso grande pues se comenzaron a pagar las colaboraciones, se aumentaron las páginas de la revista y por primera vez iban cosidas y con lomo. De contar antes con colaboradores regionales en la mayoría de los números, se abrió la convocatoria para invitar a plumas nacionales e internacionales.

Raúl Padilla nunca impuso una línea editorial ni me pidió que publicara algún texto de alguien recomendado, tampoco intervino en el equipo que fue integrándose a laborar en Luvina. Confiaba en mí. Únicamente atendía los problemas de falta de presupuesto, de necesidad de contratar a otro elemento, conversábamos sobre la calidad y el diseño. Siempre estuvo orgulloso de Luvina. Cuando tomé la dirección, uno de los aportes importantes fue dedicar el número de invierno a la literatura del país invitado de honor de fil, decisión que Padilla celebró y favoreció.

3.

A doce mil metros de altura, Raúl me mira con la complicidad de la amistad, nos habíamos contado algunas partes de nuestras vidas, capítulos festivos y dolorosos de cada uno. Raúl me mira y sonríe. La armonía de ese instante se prolonga, lo percibo como una sucesión de tiempo imparable. El avión sigue su curso venciendo barreras meteorológicas y físicas. Nosotros nos embarcamos en un viaje sideral, tal es la conexión que nos une durante las horas de vuelo y de conversación.

Hemos recorrido nuestras historias públicas y privadas. Me cuenta cómo la librería El Quijote, que tenía en el centro de Guadalajara y donde yo compraba mis libros, se convirtió en la fil, la segunda feria más importante del mundo. Lo más impactante es que nadie quiso apoyar su idea, ningún empresario ni político, únicamente el gobernador en turno le dio una cantidad para financiar la primera emisión. Y después supo convocar a la gente correcta, encontró el camino para que ese inicio de una feria más entre las muchas existentes en nuestro país tomara fuerza, se creara un rostro y llevara a Guadalajara a ser un punto de gran importancia en el mapa mundial.

Al momento de escuchar a Raúl relatarme su hazaña, pienso que no fue una coincidencia que su librería se llamara Don Quijote. Voy descubriendo en la genialidad de Padilla que su mente va más rápido que lo que narra, que las palabras que va escogiendo para su relato vienen de un sustrato enigmático, su psique viaja demasiado lejos, como si se asomara a un abismo desde donde aparece la realidad toda, luego regresa y la ordena desde esa dimensión. Sus logros son proezas difíciles de creer, pareciera estar sobre un espejo de agua donde la vida se multiplica y sus posibilidades son inagotables. ¿De qué manera lograr que la Universidad de Guadalajara se extendiera hacia las regiones de Jalisco?, ¿en qué momento y cómo imaginar trazar centros universitarios a lo largo y ancho del Estado? Imaginarlos y erigirlos, organizarlos y fundarlos.

4.

Raúl Padilla López es un creador. Imagina y, al topar con los límites de la realidad, acude a la ficción: logra concebir así lo que no existe, parece entonces —cuando plantea sus ideas, sus proyectos— alzar puentes sobre la nada, pero precisamente ahí nace —de esa nada— la hechura. De ahí surgen las formas con las que puebla nuestra ciudad, nuestro estado, nuestro país.

Imaginando, Padilla llega a realizar umbrales de visibilidad y sobre todo de observabilidad hacia la enseñanza y las artes. Su hazaña es haber vuelto factibles sus intuiciones y sus sueños, convertirlos en obras tangibles, en totalidades logradas, en instituciones. Ir de lo absurdo e inalcanzable a lo razonable y actual, siempre en relación con la cultura y la educación: el Teatro Diana, el Teatro Vivian Blumenthal, el Auditorio Telmex, el Conjunto Cultural Universitario, el Festival Internacional de Cine, etc.

La mirada de Raúl —lo percibo ahora durante este viaje— tiene recovecos, pliegues, hay en sus ojos cimas y barrancos, ríos y tormentas. Es una mirada que proviene desde dentro de un espíritu arriesgado, un alma en constante juego con el límite y el vacío. Desde ese ímpetu, Padilla López ha alargado las posibilidades de lo existente para hacer brotar lo improbable y, cual acróbata, lanzarse al infinito a través de actos supremos que han cambiado la perspectiva de una universidad, de toda una ciudad, de un país. Y este cambio de perspectiva ha llevado sus creaciones y su persona hacia la trascendencia.

Padilla parecía poseer en su ser una potencia atemporal que lo llevó a concebir abstracciones grandiosas, irrealizables para el resto de sus contemporáneos, origen de la formación de este vasto universo que creó en y en torno a la Universidad de Guadalajara.

5.

Así como la música inicia en el silencio y a él vuelve, la vida de Raúl Padilla López es ahora un centro de resonancias, se ha unido al continuo: a esa completud que siempre buscó y creó a través de obras e instituciones imponentes pero finitas. Ahora su voz y su visión son ilimitadas, su vida se ha unido a la verdad y belleza últimas, a lo impenetrable, al orden donde coinciden el equilibrio y el desequilibrio: a la infinitud absoluta


Comparte este texto: