GANADORA Luvinaria - Cuento / Souvenirs Necrológicos

Itzel Gabriela Robles Mora

CATEGORÍA LUVINARIA

Licenciatura en Letras Hispánicas

03/05/2022

El cuerpo oculta muy bien la cercanía con la muerte. Eso fue lo que pensé al salir del hospital a su lado. A pesar de que no había rastros de vómito, sangre o huesos rotos, en su cara la pasividad no era una buena señal. Solo en ese silencio que no compartía conmigo se apreciaba la razón de nuestra visita exprés a urgencias.

Recuerdo la mañana. Al mirarme en el espejo contemplé una figura exacta a la que acompañé por la tarde a emergencias. Jorge había estado ligado a mí desde antes del nacimiento, y yo a él, incluso después de este. Ahora, eso no me decía nada ante lo obvio: fue un intento de suicidio. Mis papás y yo teníamos que transportarlo de urgencias al hospital psiquiátrico San Juan de Dios.

Estábamos los cuatro en el carro. Mi papá con la excusa perfecta de estar al pendiente del tráfico y mi mamá intentando por primera vez ser un copiloto. En la parte de atrás, yo iba mirando la ventana con miedo de voltear hacia Jorge y reconocer en él indicios que no había visto antes. Incluso tenía miedo de verlos en su cuerpo. Si estaban ahí, entonces seguro podría encontrarlos en el mío. En esos momentos, la idea de reflejarme en él parecía abrumadora.

Estuvimos esperando un buen rato a que nos atendieran. Las conversaciones entre nosotros consistían en frases cortas, que bien se podían utilizar como notas en el refrigerador: “Tu papá ya viene, fue por unos papeles”, “Traeré agua”, “Te quiero”. Ante el último post-it, vi cómo mamá le hurgaba la cabeza. Buscaba los rastros de algún mal revuelto en el cabello de Jorge. Cuando se detuvo y le dio un beso en la frente, me sentí el hermano mayor, aunque ambos teníamos la misma edad.

Me fui del hospital antes de que los atendieran. Lo más seguro es que lo iban a internar, así que me despedí. En la noche, al llegar a casa, mi mamá me contó que él no había querido y que ellos no sabían si obligarlo era lo mejor. Intenté dormir, pero el hambre y el desconcierto no me dejaron.

05/05/2022

Son las 3 a.m. Conciliar el sueño me cuesta. No he hablado con Jorge porque estoy molesto, me da miedo ser incapaz de cuidarlo. Nuestros cuerpos son parecidos. Hay quienes dirían que idénticos. Quizá si utilizo mi cuerpo como mapa del suyo pueda ser capaz de advertir las señales.

Nota 1:

Frente al espejo no hay nada. Tan solo percibo cómo se frunce el ceño ante lo no descubierto. En la cama, al fin hay algo. Me duele la cabeza, seguro es porque llevo dos días sin dormir bien. Debe ser una señal. Algo así había leído en algunas páginas de internet, pero ahora es distinto. El indicio fue descubierto por mí y en mí.

10/05/2022

 Jorge durmió todo el día, así que dudé de mis observaciones pasadas. No fui al trabajo para poder estar cerca de él. Ya en la noche, tomé mi celular y noté que tenía cientos de llamadas por parte de unos compañeros. Me dio tanta pena que mejor no respondí. Cómo iba a explicar mis motivos. Ni siquiera recordaba haber escuchado las llamadas.

11/05/2022

Tras reflexionar sobre los avances que había tenido en cinco días, me decepcioné. No había nada. La estrategia no nos estaba funcionando. Me propuse salir a caminar para ver otros cuerpos e intentar buscar indicios en ellos. A lo mejor el contraste me podía otorgar las respuestas del enigma.

Caminé una hora intentando encontrar algún registro.

Nota 2:

Un señor en la avenida Federalismo cojea. La mujer que viene atrás de mí tose como si fuera a escupir la garganta. Un niño en el parque se cayó y comenzó a llorar. Ni siquiera deja que su mamá le toque la rodilla. Seguro en unos días tendrá un moretón. Hay colores, sonidos, performance. No sé cómo leer eso en el silencio corporal de Jorge.

20/05/22

Sigo caminando por la ciudad en busca de señales en las personas. Es complicado encontrar silencios corporales en medio de tanto ruido. La semana pasada me subí al tren y me dio la impresión de jugar a las sillitas cuando se nos permitió ingresar. Al subirme al camión, tengo que bajar rápido para no retrasar la fila que hay detrás de mí. Incluso al caminar en calles transitadas aumento la velocidad para no estorbar en el ritmo. No hay silencio en mis caminatas. Ni siquiera cuando me encuentro en una colonia ausente puedo dejar de percibir la rapidez. Tengo las conversaciones, el ritmo, la presión de moverme más y más, pegada a mí. Debe ser un indicio. Por fin encontré un silencio corporal.

Caminar y verme al espejo no resuelven nada, al menos no con la rapidez que me gustaría. De nuevo la rapidez. De cualquier manera, tras releer las notas pasadas y lo que escribí el primer día, soy capaz de percibir algo que se repite. Hay más rastros después del intento de suicidio de Jorge que antes. Por ejemplo, parece que el silencio corporal es contagioso. Mis papás platican entre sí sobre asuntos rutinarios, pero incluso en esas conversaciones se advierte el mutismo. No se dicen nada y no han hablado de lo que pasó. Otro souvenir que nos ha dejado la visita a urgencias es el miedo a que ocurra otra vez. Este cuaderno es la prueba de eso. Los movimientos de mis papás ante cualquier caída de objetos o silencios prolongados dejan ver el miedo. Hacen lo posible para ocultarlo, pero no hay manera. El temblor en sus piernas, los giros rectos que hacen con el cuello y el cruzar de miradas muestran lo que no platican entre sí.

Hasta el acomodo de las habitaciones se convirtió en un recuerdito. Hay nuevas medicinas, pero se esconden. La ausencia forma parte de la colección. Jorge no tiene marcas en el cuerpo, no intentó quitarse la vida con alguna navaja o cuchillo, pero aun así tenemos precaución con esas herramientas. Hay cierta condescendencia en nuestros cuidados, lo pude advertir la otra vez mientras me torció la cara cuando pregunté si ya había tomado sus medicamentos. Me odié un poco sin dejar de sentir coraje por él y no dejarse cuidar. Ni siquiera sé cómo atenderlo.

El mapeo sigue sin avanzar. No he sido muy observador en todo este tiempo o quizá los apuntes no son mi fuerte.

Nota 3:

Recojo algunas cosas que nos ha traído la visita a urgencias: medicina, silencios, condescendencia. Sigo sin encontrar mucho sobre lo que hubo antes. Soy un pésimo turista.

Debe ser eso. Los buenos turistas toman fotos, no solo escriben. El lugar al que voy a recurrir, de nuevo, es mi cuerpo. Al fin y al cabo somos tan parecidos. Algo debe haber ahí que se me pasó. Una marca de nacimiento, un gesto, una manera de caminar, de mirarse.

Nota 4:

Veo mi cuerpo desnudo frente al espejo. Lo fotografío. No necesitaba adelgazar para tomarme fotos sin ropa. Lo he hecho siempre, pero ahora las fotos me salen como quiero usando menos tomas. He perdido alrededor de treinta kilos casi como un efecto secundario e inesperado de moverme tanto. Jorge también los perdió. A lo mejor esa forma de verse frente al espejo es otra señal. Me fotografío de nuevo. No hay marcas de nacimiento, solo una mirada pequeña en comparación a otros.

     Mapear el cuerpo no me ha servido. La frustración es lo único que pude conseguir, además de datos sueltos que no indican novedad. Quiero dormir sin preguntarme por los indicios. Quiero saber qué pasa con Jorge, qué pasa conmigo.

15/06/ 2022

La preocupación excesiva me llevó a dejar el trabajo. Me encerré en el cuarto para escuchar mis silencios, pero escuché los reclamos de Jorge. Se quejaba de la falta de aire y comida. Creo que fue lo que inició la pelea: todos esos gritos en mí. Solo quería ayudarlo, pero no pude y, en el intento, comprendí la decisión que tomó aquel día. Lo terminé ayudando, pero no entiendo por qué fui yo quien sintió la muerte. Ahora mis papás me dicen que sí me van a internar. Mi mamá me pregunta por qué otra vez. Y ese “otra vez” se adhiere a mí, sin reconocerlo del todo.

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