Foto con las manos

Roberto Ramírez Flores

Guadalajara, Jalisco, 1990. Su libro más reciente es Líneas imaginarias (Veinti6 Veinti8, 2023).

Estaban todas menos esa. La buscó en una bodega, en otras salas, hasta en el baño del museo. Le preguntó a su amigo si la había visto.

—No —y sonrió como si le diera gusto lo que le pasaba—, tal vez la dejaste en el carro.

De repente estaba en el lugar del copiloto. Buscó en la guantera y en los compartimentos laterales, pero nada. Se brincó a los asientos de atrás, tampoco la encontró. Se pasó a la tercera fila, a la cuarta, a la quinta. Un número interminable de asientos esperaba a que buscara en cada uno de ellos. La exposición estaba a punto de inaugurarse.

Más que un grito fueron palabras que en medio de la noche sonaron con fuerza. Abrió los ojos, pero no pudo distinguir nada. Revisó su celular: en una hora empezarían a pasar los camiones. Entró a sus fotos para comprobar que siguiera ahí. Intentaba darle un buen final a su sueño, pero antes de llegar a ella el celular se descargó. Volvió a cerrar los ojos. Se preguntó si el grito había provocado que se despertara o si su necesidad de despertar había provocado que alguien gritara. El lugar olía a cerveza y orines, a humedad, a sudor. 

—¡No, no, no!

Abrió los ojos y los movió por la sala oscura. Un borrón blanco parecía moverse, palpitar, luego todo volvió a estar quieto. Había sonado como la voz de una mujer. Él se talló los párpados mientras se sentaba en el sillón. Tal vez sus amigos ya se habían ido. 

—Dejen dormir —dijo un hombre desde el otro lado de la sala. 

Se escucharon unos pasos lentos por un piso lleno de obstáculos. Abrieron la puerta y la luz de la calle iluminó a un montón de gente sobre los sillones y el piso, dormidos unos encima de otros. El aire que entró de golpe le heló la espalda e hizo que se abrazara a sí mismo. 

—¿Quién es? —volvió a decir la mujer, que esta vez le sonó conocida. 

—Shh.

—Ah, qué lata.

—Ya cállense. 

La puerta estalló al cerrarse. Él se puso de pie con cuidado y se pegó al muro. Empezó a caminar despacio, comprobando que no hubiera nada debajo antes de pisar, pero aun así aplastó algo.

—Chingado —dijo alguien con voz de borracho—, ya me mojaron todo. 

Pensó en regresar sobre sus pasos y quedarse en el sillón hasta que amaneciera, aunque seguramente ya se habían acomodado en su lugar. Siguió caminando, necesitaba llegar a su casa, cargar el celular para comprobar que la foto estaba ahí, a la espera de imprimirse. Era como una de esas veces en que llamas por teléfono a alguien después de haber soñado que se moría: no es que creas que pudo haber sucedido de verdad, es más bien el gusto de comprobar que no fue así. 

—¡Auch!

—Perdón —y se detuvo. 

—¡Sigues pisándome! 

—¡Perdón!

—Shh, cállense.

Continuó caminando hasta llegar a una puerta que resultó ser el baño. Apestaba. Se encandiló al prender la luz. Un punto negro descendió por la pared y después otro, zigzaguearon juntos por el piso y, antes de entrar a una coladera, se convirtieron en dos cucarachas. Orinó y luego se sentó en la taza. Como casi todo su trabajo era en blanco y negro, su exposición también lo sería, iniciando con sus fotos más viejas y cerrando con esa, aunque también podría abrir o incluso estar enmedio. Alguien tocó a la puerta, pero él no contestó. Sería la de mayor tamaño, una pared para ella sola, tal vez en una sala a oscuras con una fuente de luz dirigida. Tocaron de nuevo, esta vez más fuerte. Se puso de pie y se lavó las manos con un jabón pequeño y agrietado que le pareció la cosa más triste. Una chica abrió la puerta.

—Perdón, ya me estoy haciendo —dijo mientras se subía el vestido y sus calzones quedaban a la vista.

Él volteó hacia otro lado y terminó de enjuagarse. 

—¿Puedes cuidar que nadie entre? No sirve el seguro. 

Reconoció la voz que lo había sacado de su sueño. No dijo nada, cerró al salir y se quedó parado en la entrada del baño, dudando si quedarse o si ir en busca de su camión. La puerta de la entrada se abrió y la luz de las lámparas volvió a descubrir los cuerpos sobre los sillones y el piso. Alguien despertó, sus ojos se iluminaron como los de un animal. 

—Gracias —dijo ella al salir del baño.

—De nada.

—¿Quieres una cerveza?

Más que reconocer la voz, esta vez le sonó familiar. Lo tomó de la mano como si hubiera interpretado un sí en el silencio y lo obligó a caminar detrás de ella. Se movía con mucha naturalidad, acostumbrada a caminar sin ver el piso. Él se dejó llevar entre las habitaciones hasta un patio en donde la gente seguía bebiendo. La luz de la luna, sumergidos en agua. Ella se sentó en una silla apartada de los demás y le hizo una seña para que se acercara. La obedeció mientras la veía con cuidado y su cara le resultaba conocida, aunque tal vez bajo esa luz todas las caras de mujer eran iguales. 

—¿Quieres chela?

Le dijo que sí con un movimiento de cabeza.

—¿De dónde conoces al dueño de la casa? —preguntó ella mientras agarraba la caguama.

—¿A quién? 

—Al dueño de la casa, al cumpleañero.

—Aaah, vine con unos amigos.

—¿Y dónde están?

—Dormidos por ahí, o tal vez ya se fueron, quién sabe… tomé mucho. —Le dio una punzada en el estómago. 

—Colado —tomó otro vaso que estaba por ahí, lo limpió con el borde de su vestido y lo llenó—, entonces vienes de colado —le estiró el vaso, derramando un poco de cerveza sobre los dedos de ambos. 

—Algo así.

—¡Adiós, nos vemos pronto! —dijo una voz que no supo de dónde vino, tal vez de adentro. 

Ella movió la cabeza de derecha a izquierda, en busca de alguien. —¡Adiós! —y al no encontrar a nadie saludó a los cuatro puntos cardinales.

Él la miró con atención: los ojos grandes, el cabello corto, la nariz un poco aguileña. Detrás de ella, un grupo de gente platicaba y reía hasta que uno de ellos se tiró al piso y se llevó las manos al cuello. Un hombre se acercó y le tomó una foto. El flash se sobrepuso a la luz de la luna, por un instante todos los colores desaparecieron.  

—¿Y tú cómo lo conociste? —parpadeó y la noche volvió a ser azul. 

Ella se le quedó viendo sin decir nada. Le dio un trago largo a su cerveza.

—Me da flojera contarte. ¿A qué te dedicas? 

—Tomo fotos. —Le hubiera querido decir que era fotógrafo, sonaba más profesional. 

—¿Ya has expuesto?

Estuvo a punto de contarle sobre la última que había tomado, su mejor foto hasta el momento, pero ella se puso de pie y se llevó las manos a la nuca. 

—A ver, tómame una así.

Sacaba el celular cuando recordó que estaba descargado, así que fingió una cámara con sus manos y se la llevó a los ojos, click, hizo con la boca al tomarle la foto de su cara, click, luego una de cuerpo entero. 

—A verlas —le tomó las manos entre las suyas y las miró atentamente—. Esta me gusta más —y le acarició un dedo.

Él se puso de pie para besarla. Sabía a cerveza y pintalabios. Su pulso empezó a aumentar, le dio pena que ella sintiera el sudor de sus manos, el temblor en su boca. Siguieron así hasta que otro grito los hizo abrir los ojos. Un silencio, las voces callaron y sólo se escuchaba la música. Ella volvió a sentarse, sacó una cajetilla del bolso. 

—¿De casualidad no traes un cargador?

Se puso el bolso negro sobre las piernas y metió la mano. En medio de la noche, pareció meterla en sí misma. 

—Tengo este, ¿te sirve?

Lo conectó en un enchufe que estaba cerca. La pantalla prendió para avisar que tenía uno por ciento de batería. Los ojos de la gente brillaban en la oscuridad y luego se apagaban con cada parpadeo. 

Le dieron ganas de besarla otra vez, pero no lo hizo. El grupo que estaba en el patio empezó a cantar mientras se abrazaban y se dedicaban una canción unos a otros. Una mujer se rio frenéticamente después de que otra señalara su estómago. Cantaron más fuerte y levantaron sus manos hacia él, como si le llevaran serenata, pero en lugar de flores le ofrecieran lo que tenían en ese momento: un vaso vacío, un encendedor, un cigarro a medias. Él desconectó su celular y la tomó de la mano para llevarla adentro, pero ella quiso quedarse hasta que terminaran la canción. 

El sol estaba a punto de salir, los cuerpos en el piso y los sillones comenzaron a adquirir forma. Su amigo dormía en una esquina, junto a un hombre sin camisa. Se dirigían a la puerta cuando encontraron un sillón vacío. Él se acostó y luego ella se tiró a su lado, lo abrazó por atrás.

—¿Y si nos dormimos un rato? —giró su cara para verla.

—Shh, cállense. 

Ella dijo que sí y le dio un beso en la mejilla. —Nada más voy al baño rápido. —Se puso de pie y volvió a ser un borrón blanco cuando atravesó la oscuridad del pasillo. 

Él aprovechó para prender su celular. Esperó con ansías a que el logo de la marca apareciera y se quitara, luego intentó recordar el día que la había tomado. Puso la contraseña, entró a sus fotos, empezó a recorrerlas hasta llegar a las de hace una semana, un mes, tres meses. Cerró los ojos con fuerza para recordar cómo era. No pudo. Llegó a la primera foto que había tomado con ese celular, estaban él y su amigo y un perro con una camiseta. Volvió a cerrarlos, también se tapó los oídos y la imagen apareció poco a poco: el fondo negro, unas siluetas borrosas, un plano medio bajo la luz de la luna. Alguien abrió la puerta y el frío de la calle lo hizo abrazarse a sí mismo. El olor de la habitación le pareció insoportable. Se llevó una mano a la bolsa del pantalón para contar sus monedas, luego a la otra, también vacía. Estaba a punto de abrir los ojos cuando vio un pasillo de paredes blancas sobre las que colgaban varios marcos. Al final del pasillo estaba ella, sonreía junto a la foto que le había tomado con las manos.  

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