La Fantasía

Sophia Barba Heredia

Guadalajara, Jalisco, 1995. Su libro más reciente es Bajo el sur (Comma Ediciones, 2023).

En La Fantasía nunca hubo covis. Se decía que lo dejabas en la puerta antes de entrar. Un día en el trabajo nos dijeron que podíamos irnos temprano porque iba a haber redada. La ciudad estaba repleta de militares de la Guardia Nacional, muchos más que de costumbre. El ambiente era tenso. Sentíamos ojos por toda la ciudad.

Yo he bailado en todos lados. No hago esto porque sea mi proyecto artístico, sino porque me pagan y de algo hay que vivir. Ah, y porque soy bonita. Estas piernas ni Niurka las tiene. Son piernas de bai-la-ri-na. ¡Míralas! Me han salvado más de una vez. Dame un segundo en lo que me sirvo algo. Oye, ven acá. Te decía que ahí fue donde conocí a esta chica, Lorenza, la nueva. Tenía un pasado familiar triste. La corrieron de su casa cuando era adolescente, por estar segura de que era una chica y no el hombre que todos esperaban. Su madre misma le dijo que para ella, su hijo estaba muerto. ¿Te imaginas? Bueno, en realidad no es nada nuevo, en la calle hay miles de historias como esa. Pero al escucharla, me quedé con un humor raro, así que cuando nos pidieron que nos fuéramos no esperé a que me lo dijeran dos veces. Todas salimos haciendo escándala. A los militares se les caía la quijada al vernos pasar, y uno en particular no dejaba de ver a la nueva… Al final, todos son unos puercos. Lorenza me alcanzó antes de que yo doblara en la 33. Me dijo: «Chica, vamos a La Fantasía».

A mí se me había calentado el hocico por estar bebiendo tras bambalinas. Como íbamos entaconadas, pedimos un taxi. No pensábamos quitarnos nuestros hechizos. Bajamos al centro, cerca del Parque de Santiago. Entramos a un local situado en el segundo piso, por unas escaleras estrechísimas que enmarcaban nuestros culos maravillosos. La música prometía perreo sucio, la energía era perfecta. Todo el mundo estaba ahí. Sobre la barra estaba une chique preciose bailando en lencería roja. Sentimos la emoción de los lugares recién abiertos. Había cocteles, jotería y besos de a tres. Las paredes lucían las caras rayoneadas de los diputados que votaron en contra del matrimonio igualitario y la imagen fotochopeada del gobernador en drag. El calor infernal, el perreo por lo alto, nuestros culos hasta abajo. ¿Y nosotras? Barriendo el suelo con el pelo. El único clima del bar intentaba exhalar aire frío y mentía con descaro: veinte grados, según los dígitos blancos. Chooorrrreábamos de sudor nuestros ofnis y yo gozaba tanto en mi piel que hasta dolía. Salimos un momento a la terraza cuando escuchamos que adentro comenzaba el chant. Estábamos eufóricas entre los patitos y los dips, el glitter y la protesta. La jotería, vaya.

Ya pedas, a eso de las tres de la mañana, nos fuimos a casa de la entonces madre voguera del Sureste, une de les pioneres del vogue en la península y diose en la categoría del sex siren. En su casa abundaba el baile y la música. El verdadero terror de la sociedad merideña conservadora. Verás, vista en retrospectiva, La Fantasía fue un cerillazo. Un espejismo de un ratito. Pero ese día, por un segundo, pudimos respirar.

Salimos un segundo a fumar y recuerdo que Lorenza me dijo: «Chica, nosotras nunca terminamos de pertenecer. No tenemos ni apellidos ni dinero. ¿Te das cuenta? Esta ciudad te limita por tu color de piel, tu identidad y tus apellidos, peor si son mayas». La niña venía de Campeche y era verdaderamente lista. Esa noche me contó que cuando su madre la corrió de casa, ella misma se hizo un funeral: enterró su antiguo nombre, tomó dos faldas y se vino acá a bautizarse.

Nos volvimos hermanas, íbamos juntas a los balls y a las noches de lipsync, furros y talentos femeninos. Tú nombra el cartel y ahí estábamos nosotras para levantar el evento. Mis días favoritos eran los sábados de cachonda, estábamos todes deseoses de un espacio de catarsis… Sudábamos bajo las luces moradas, sintiéndonos, sabiendo que lo dejábamos todo en la pista; salíamos borrachas a la calle vacía a prender el porro y volvíamos para las batallas; a veces llegábamos temprano para hechizarnos ahí mismo, nos prestábamos el labial y la pestaña postiza; íbamos de after en after. Las propinas no eran muchas pero se apreciaban.

Hay una noche que no voy a olvidar. Habíamos tenido un día muy difícil en el trabajo. Una de nuestras compañeras estaba en los separos. La habían levantado dizque por la ropa que llevaba, sin ninguna otra explicación, como siempre. Lorenza y yo le llevamos comida, y nos hicieron pasar los filtros entre chiflidos y sonidos de besos. Como nuestra amiga tenía moretones en el rostro y raspones en todo el cuerpo, contactamos a una abogada de derechos humanos, pero los puercos nos amenazaron con no dejarla salir si intentábamos demandar. Al final tuvimos que irnos.

Esa noche en La Fantasía, la Rodríguez en drag cantó «La gata bajo la lluvia»: lloverá, y ya no seré tuya, decía, mientras se arrancaba la peluca y comenzaba a rapar su cabellera real con una máquina eléctrica. Al salir, la melancolía se me mezclaba con la borrachera y por fin me di cuenta de lo agotada que estaba. Agotada de vivir siempre a la defensiva, de cuidarme las espaldas, de estar preocupada por el dinero, de temer por mi vida, de preguntarme si merezco amor, de pensar en mi cuerpo y dudar si es válido o no, en sus posibilidades hipotéticas. Estaba harta de cuestionarme dónde empiezo yo y dónde termina mi cuerpo. Estaba cansada de ser yo… Decidí que necesitaba irme a casa a dormir.

Un hombre esperaba en la salida. Me di cuenta de que era policía, aunque iba de civil. Cuando vio a Lorenza, le salieron colmillos. Era el mismo tipo que se le quedó viendo el día en que la conocí. Creo que nunca olvidaré la forma en que la acechaba. Sabemos de lo que hablamos, es una mirada especial. La acompañé a que tomara un taxi y la hice prometerme que me avisaría en cuanto llegara a casa. Yo me fui a la mía. El alcohol me traicionó y me quedé dormida luego luego. Al día siguiente me di cuenta de que no tenía ningún mensaje de Lorenza.

Faltó dos días al trabajo. Nuestro jefe amenazó con correrla y me mandó a buscarla. Como no contestaba mis llamadas ni mis mensajes, fui directo a su casa. Yo había estado trabajando y no paraba ni para dormir, por lo que el cuerpo empezaba a cobrarme la factura. Le pedí a un amigo que me llevara, porque no estaba segura de a qué me enfrentaría. Estuvimos cerca de una hora tocando y esperándola. Cuando Lorenza por fin nos abrió, apenas la reconocí. Llevaba ropa masculina, muy diferente a los vestidos floreados que acostumbraba usar. Su tez se veía grisácea y tenía marcas horribles en los brazos. No quiso decirnos qué había pasado, pero alcancé a ver detrás de ella montones de envases de cerveza y botellas vacías. También sospeché que había vuelto a consumir.

Regálame un cigarro, contar esto me tensa. ¿Tienes encendedor? Uff, gracias. Necesitaba el humo pa’ los nervios. A ver, ¿en qué estaba? Ah, sí, sabía que algo estaba mal, pero quizá a ella le avergonzaba contármelo. Le pregunté por las marcas en sus brazos y por fin me dejó pasar y platicamos. Al parecer, el policía la siguió, hizo que el taxi se detuviera e intentó arrestarla sin ninguna explicación. Si no hubiera sido porque el taxista se puso al tú por tú a preguntar las razones y a llamar la atención de los vecinos a gritos, quién sabe qué hubiera pasado.

De lo que siguió, tengo la cronología un poco mezclada. No recuerdo bien qué pasó primero, pero sé que sucedió justo después de que entrara el toque de queda. Fue a inicios de la pandemia y la gente estaba aterrada, cosa que el estado aprovechó para ponerse cada vez más facho; fue casi al mismo tiempo que la ley seca. La Fantasía cerró y comenzaron los conflictos debido al Tren Maya. Mucha gente se fue del estado. Yo le perdí la pista a Lorenza, pero alguien del trabajo dijo que le habían ofrecido otro jale donde le pagaban más.

Pues bueno, lo que sigue seguro ya lo saben. ¿Me puedo servir de esto? He contado mil veces esta historia y todavía me pone a temblar. Creo que yo estaba lavando cuando Carmen me llamó para darme la noticia: la habían matado los puercos, los detalles eran brutales. Me paralicé por completo, mi cuerpo dejó de reaccionar, mis piernas se volvieron de plomo y hasta sentí que mi corazón se detuvo. Cuando por fin volví en mí y pude moverme, volví a llamar a Carmen. Me dijo que la madre no contestaba. Buscamos a la familia y sólo encontramos rechazo. Por ahí nomás una abuelita rompió en llanto. Entre nosotras arreglamos todo, hasta el funeral. «Organizar la rabia y la tristeza», decían en redes las activistas, pero ¿cómo se organiza un sentimiento? ¿Cómo se supone que una siga con su vida cuando ya no tiene ganas de vivir, menos aún de protestar? No sabía qué hacer ni conmigo misma. Tuve que inventarme una valentía que para nada estaba sintiendo y salir a la calle.

A ver, hubo testigos de la violación. Todes sabemos que fue el puerco quien la mató. Lo sabemos. ¿Cómo pudo salir el gobernador sin que se le cayera la cara de vergüenza? ¿Cómo duerme por las noches?

Durante la marcha, los policías nos seguían de cerca y nos decían cosas para provocarnos; nos tenían asediadas. La rabia se nos mezclaba con la impotencia y te juro que intentaba a toda costa no llorar. Rezamos para que las radicales, las terfas, fueran compasivas y no se presentaran después de todo lo ocurrido. No queríamos confrontaciones luego de haber perdido a una amiga de forma tan absurda y violenta. Leí un letrero en un poste que decía «Mérida Ciudad Blanca» y tuve que aguantarme la risa. Todo era tan tonto. Y los policías seguían ahí, provocándonos, lanzándonos besos, hostigando a las morras. Es muy triste que la empatía se dé a cuentagotas.

La Fantasía cerró sus puertas. Fue lindo mientras duró.

La ciudad se quedó estática y varios lugares quebraron, pero, por suerte, nosotras volvimos a trabajar. Te digo que este no es mi proyecto artístico, pero de algo hay que vivir. Quién sabe cuánto habrá dado de mordida mi jefe para que le permitieran laborar. Somos uno de los pocos lugares de ambiente que quedan en el centro. He oído que más al norte siguen abiertos los antros de los ricos. Así es esto.

Al bailar, últimamente no puedo dejar de verme las piernas, las mismas que me han permitido correr cuando hay peligro, que me llevan a buscar a mi gente cuando abusan de ella, que me han llevado de un bar a otro y me han permitido gozarme tal como soy.

Ahorita me ven hecha mierda, pero quiero que se sepa que no dejaré morir el recuerdo de Lorenza ni dejaré de bailar. Le hablo de ella a quien se deje. Tampoco dejaré de alzar la voz ni de habitar mi cuerpo. Aquí estaré resistiendo hasta la muerte. No me haré ni más femenina ni más chiquita para gustar. ¿Dónde te lo firmo? Y escúchame bien, chica: ni tú ni yo pararemos de bailar ni de coger ni de beber ni de vivir. Me ha costado tanto apropiarme de este cuerpo, gozarlo y sentirme en él, que no pienso parar ahora. Bailaremos en casas abandonadas si es necesario, resistiremos en la calle y en los parques. Todo lo que necesitamos es un pedazo de escarpa, una bocina y un chanteo.

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