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Recuerdos (y otros relatos) / Mariella Mehr PDF Imprimir E-Mail

Recuerdos

      Los recuerdos comienzan con los primeros sueños infantiles, son juguetes. Uno se rodea de ellos, se encierra. Yo siempre soñaba con mujeres grandes, fuertes, con barriguitas bien redondas. Pensaba en la calidez dentro de sus barriguitas. A veces era feliz con eso. Construía casas alrededor de estos sueños, se veían exactamente igual a las barriguitas de mujeres embarazadas. Redondas, suaves y muy cálidas.
      Luego las casas envejecieron. Aparecieron grietas en las murallas. Las murallas se desmoronaron y con ellas se desmoronaron en raras fracciones también mis sueños.
      Hoy me siento en bares; a veces, encuentro una de esas partes de nuevo. En una cara desconocida. En los movimientos de un cuerpo rebosante, redondo. Entonces bebo y son nuevamente sueños, ya no tan intensos, pero quisiera construir nuevamente casas a su alrededor.
      Una vez, en un helado paradero de trenes invernal, alguien quiso construir una casa a mi alrededor. No podíamos detener los trenes. Su tren viajó siempre al oeste, casas como esas quedan casi siempre sin construir. La nostalgia se hiere a gritos en su voz.
      Me siento en los bares, bebo, en los vasos nada el recuerdo, se quiere liberar. No existen valores eternos. Existe la idea de la muerte. Existe la posibilidad de la muerte. Existo y existen los vasos, en los que nada el recuerdo queriéndose liberar. Ahora pasa a menudo que bebo demasiado y entonces los recuerdos se ponen tristes.
      A veces me encuentro muy casualmente con un trozo de sueño, sin alcohol. Tú eras tal trozo de sueño, quería arrastrarme dentro de ti, no existen valores eternos. Quería construir una casa a tu alrededor. Las casas importantes siempre quedan sin construir. Una vez una persona quiso construir una casa a mi alrededor. Ese recuerdo tiene cien años. ¿Se petrificarán nuestras sensaciones? ¿Como aquella vez? ¿Se petrificarán en nosotros, en ti? A pesar de eso pinto alrededor de nuestras ternuras, ya no son casas, son círculos.
      Las pintaré hasta que queden vacías. Hasta que también su redondez se petrifique. Tal vez entonces la posibilidad de la muerte se vuelva una posibilidad feliz. Tal vez entonces la muerte devuelva la realidad a aquellos sueños infantiles. En aquel tiempo había mujeres con barriguitas grandes, redondas. Y yo soñaba con su calor.

Cuando los botones de los castaños crecieron en tu habitación
      Reír es una muralla clara que nos rodea. En la mesa de al lado, el ceremonial de saludos embriagados, bulliciosa afinidad. Sobre los objetos, el olor a aceite frío y el perfume rosa de bordes negros de deseos insatisfechos. Rostros de dueñas de casa, rostros de estudiantes, gordas bocas de partido, rostros de niñas pequeñas, intelectuales, emocionales, pero por sobre todo, hombres. Los locales Webern, dices, fueron desde siempre una sala de espera. El camarero lleva siempre malos vinos a las mesas. Tú tienes tu cara de yosoyfuertesola. El bullicio que nos rodea hace que tu cuerpo se vuelva delgado y frágil, te sueño cerca de mí. La cerveza está intacta en nuestros vasos. Me palpo a lo largo de los bordes de nuestra muralla, con cuidado, ajena de mi mundo al tuyo. Mi casa de vidrio se desmorona.
      Chillado Avantipopolo. Rostros reprobadores de profesoras de manualidades detrás de la barra. Severidad grisratón. Los tonos vienen de muy profundo. Palabras, repeticiones, lemas, un altar, consagrado al sinsentido, detrás de ti un paisaje verde estridente enmarcado en dorado. Hace veinte años conocí este verde, en un mantel. Los niños me decían rana. Yo quería ser bonita. Otras niñas portaban cintas rosadas en el pelo. Mi pelo recibió un corte de niño, eso fue una cuestión financiera. Y sumado a eso, el mantel verdeveneno. Un destilado, señorita, no quiero este verde. Pronto va a ser medianoche, ambiente patriótico en la sala. Entrasenlamadrugadayasí. Pueblos de todas las cantinas, álcense contra la hora del fin de jornada. Un último plazo de cinco minutos para la soledad. Alcanzar todavía a hablar todos los idiomas, los idiomas técnicos, los idiomas de las risas, los idiomas de los chistes, los idiomas de atrapar, los idiomas hombremujer, verdeveneno y enmarcado en dorado. Coleccionar miradas, que luego en la agenda… tal vez en otra oportunidad. Y lindos los roces en papel plateado, merecedores de refrigerador. En casa yo tengo un dispensador de frío, en casa tú tienes un dispensador de frío, él, ella, ello tiene en casa.
      Pagar juntos, juntos ir por los abrigos, abrir puertas, un fatigoso adiós hacia todas partes, juntos pisar bajo la pérgola, abandonar las risas, saltar la muralla, callar. Todas las fachadas de las casas son grises. Ahí está de nuevo, el temblor silencioso, ala de mariposa en mi añoranza. Oye, olvidaste tu cara de yosoyfuertesola. Quedará acomodada entre los vasos y botellas.
      Detrás de las ventanas se juega a la familia. Padre sobre la madre, al lado duermen niños, envueltos en azulcielo con mejillas rosadas. La muñeca de Jelmoli. Medianoche. La larga marcha de los asociales, no somos una familia.
      Saludo a la niña en la esquina. Deslavado azulojo, la boca una cueva rojosangre. Rostro sin contorno, en el pelo artificial olor a buhardilla y un agua de colonia barata. En el Sable se emborracha a muerte un proxeneta. Duerme mi principito en la sala ahumada. Un tipo de ancha cara campesina toca en el violín la melodía del principito. La ternura cuelga desnuda en la comisura de la boca. Otro café Lutz, para no tener que ver tu miedo. Frente a la puerta de tu casa quiero explicarte todo. Otro café Lutz. Una nueva hora de fin de jornada espera con alas caídas. El mozo gordo regala paternales sonrisas de despedida. Por sobre la niebla duerme el principito con ojos de hospital. El proxeneta muerto despierta balbuceando a la vida. Lisa, muestra tu cara de buhardilla bajo el farol. Muestra tu falta de contorno, mientras el tren arrastra mísera masculinidad junto a tus piernas de medias plateadas. Incluso la luna nos ha abandonado.
      Arenilla cadavezmásgris, la empuñadura desgastada de la puerta de tu casa. Por la ventana, dices, crecen ahora los botones de los castaños en tu habitación. Devuélveme mi isla, antes que te deje. Tal vez mañana te explique todo.
       
      El árbol
      Era el más grande y venía de Dinamarca. Donde nosotros no se da ese verde. También sus agujas eran más largas. En definitiva, lo tenía que tener. Porque era el más grande.
      —¿Tiene un mercado o una estación de trenes en casa? —preguntó el vendedor, y yo pagué en efectivo.
      El árbol era sencillamente impactante, lo que dificultaba su transporte. Pero entonces pasaban esos tres avisos publicitarios individuales, cada uno con dos piernas y manos, evidentemente en dirección hacia mi árbol.
      —Hola —dije—, con que ahí están. El árbol debería llegar para Navidad. Agarren, manifestantes vagos, dejen su asunto de la paz junto a la muralla, se conservará aún por un buen rato.
      Un desastre cómo los tipos tiraban. Con sus transparencias no cargaban ni la mitad de peso. Comenzaron a transpirar y habíamos llegado. La entrada demasiado angosta, pero de vidrio, el que por la causa se dejó golpear.
      —Seis pisos todavía —dije—, para Navidad no hay nada demasiado alto. —Pero los tres dejaron caer el árbol y desaparecieron. No me quedé mucho rato sentado sobre mi árbol. Primero vino uno y dijo:
      —Esto le va a salir caro.
      —De eso se trata —dije—, ¿o por qué cree que tenemos Navidad?
      Entonces el hombre se fue. Y mientras yo aún pensaba cómo resolvería esta historia, todo fluyó por cuenta propia. Sin ruido se abrió el ascensor y el conserje dijo: «Diablos…» Hasta entonces no habíamos intercambiado una palabra.
      —Algo distinto, ¿no?
      —¿Cómo se lo imagina?
      —Muy bonito —dije.
      —Hay que sacarlo —dijo él.
      —Claro, pero ¿cómo?
      —Hacerlo pedazos —dijo.
      Lamentablemente, el hombre se cayó de manera poco feliz y se cortó con los vidrios.
      —Así no funciona —dije y di alarma de fuego. No demoraron demasiado.
      —¿Dónde arde? —preguntaron.
      —Por aquí —dije.
      —¿Y la sangre?
      —Uno a la vez —dije.
      Y así fue como el árbol llegó al sexto piso y las puertas se salieron de quicio.
      —Continúen —dije—, ya ven que no se trata de un abeto de interiores, a la terraza con él. —Finalmente quedó parado, dos pisos de alto. Me senté.
      —Esto se pasó de la raya —gritó por ahí uno desde la ventana sobre mí.
      —Todos exageramos con algo —dije.
      —Pero esto ya es el colmo —dijo él.
      —Así es nomás —dije.
      —¿Y qué hago con esto?
      —Haga lo que usted quiera.
      —Lo voy a talar —amenazó.
      —Eso no lo puede hacer.
      —Ya lo veremos —vociferó alterado.
      —Todo con medida y meta —advertí.
      Entonces cayó por la ventana. Y ya podía llegar la Navidad.

De Widerworte (Limmat, 2017)
      Traducción del alemán de Camila Fadda Gacitúa



 
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