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Vorágine / Yael Inokai PDF Imprimir E-Mail

[...]

      El silencio encontró su fin durante el entierro. A medias escuché cómo alguien decía «gracias a Dios es un ataúd cerrado». Esta frase, a cuyo autor no pude reconocer entre la gente, puso el cuchicheo en movimiento.  
      A lo largo del sermón vi desde mi lugar bocas, docenas de bocas que se dirigían a orejas. Vi cómo se movían las bocas y también las orejas que registraban lo dicho. Vi cómo una oreja se convertía en boca y ya se dirigía a la siguiente oreja, que a su vez se convertía en otra boca, y cómo el pastor, al frente, abría más y más su boca al hablar, aunque él mismo no podía dar con la palabra justa.
      Yo no sabía con seguridad a qué acuerdo habían llegado. Las frases se atropellaban entre sí. En pro de la decencia lo llamaron «accidente». Nadie se estremecía cuando se usaba esta expresión y nadie intentaba rectificarla, ni siquiera un «pero» le ponían. En cambio, cuando alguien, tapándose la boca con la mano, hablaba de suicidio, de un ahogamiento voluntario, entonces los interlocutores se convertían en piedra instantáneamente. 
      En la iglesia no, decían sus rostros.
      No frente a toda la gente.
      No frente al pastor.
      No hasta que por lo menos ella esté bajo tierra.
      El ataúd era demasiado pequeño. Mientras la gente hablaba yo caminaba a su alrededor, contaba los tornillos en la cubierta, con la yema del dedo rozaba la dura materia que contenía el olor en su interior. En mi cabeza trataba de calcular su volumen, y los resultados me inquietaban. Temía que en cualquier momento el cuerpo escapara a través de la madera.
      A mi alrededor la gente decía sin cesar: Barbara. Nombraban algo que no podía encontrar su sitio en ese féretro. De ese cuerpo al que el agua había deformado en tan sólo unos días hacían una persona.
      Yo intenté lo mismo. Barbara, me dije. Miré la foto que su padre había puesto para el funeral. Barbara, respondían los otros. Una constante rectificación del tema que nos concernía: un ser humano viviente y no los tejidos muertos que ahora estaban en su lugar.
      Un cuerpo que ya no quería someterse a las vestimentas. Un cuerpo que no cabía en sillas ni podía pasar a través de las puertas y no pudo ponerse de acuerdo consigo mismo sobre qué dirección tomar. Por ahí pasaron los pies. Los brazos, por allá. La cabeza, por aquí.
      Un torso que no guardaba proporción con sus piernas. Un lado derecho que no coincidía con el izquierdo. Una muchacha que siempre estaba en todo el espacio simultáneamente.
      No había lugar para otros, en ninguna parte.
      Curiosamente —y ninguna foto podía reproducirlo— no tenía mal aspecto. Una persona de la que nadie se alejaría avergonzado.
      Alguien a quien se mira al caminar, al comer, al respirar, porque lo hace como nadie sabe y a pesar de ello lo consigue jugando.
      Todo es de nuevo distinto con apenas haberla escuchado hablar una vez. La voz atraviesa su abdomen y llega a las yemas de los dedos y a los pies, y de la salvaje colaboración de músculos, tendones, huesos y carne forma una unidad. La voz construye el cuerpo.
      Hace de Barbara una muchacha.
      La voz.
      La busqué entre la maraña de las otras.
      No se dejó convocar a mi cabeza.

Así se ahogaban los animales.
      Se metían en la corriente que parece inofensiva y los llevaba bajo el saliente rocoso. Ahí el agua tenía sólo un metro de profundidad, pero una vez dentro de la caverna, ya no los dejaba en libertad. Se concentraban las fuerzas del río entero, en contra de las cuales siempre ha sido inútil cualquier intento de patalear o remar. 
      Si los animales tenían suerte, se estrellaban el cráneo y ya no atestiguaban esta vileza. El agua, con el paso de los días, los hinchaba hasta el doble o el triple de su volumen corporal. Volvía esféricos sus vientres. Hacía estallar sus entrañas.
      El río llevaba a los abultados cadáveres flotando hasta la orilla cuando quería deshacerse de ellos.
      Nosotros los arrojábamos de regreso.
      El río volvía a escupirlos.
      Por poco y no devuelve a Barbara, pues, aunque el cuerpo estaba atiborrado de agua y reblandecido por ella, esta aún lo mantenía bajo su poderosa garra. Sólo su vestido casi había logrado escaparse de la caverna. El cuerpo reventado lo rasgó en dos partes y así alcanzó la superficie del agua. Temblaba en la corriente como una bandera que le revelaba su objetivo a quien la buscaba.
      El padre se aferró a este pedazo de tela. Lo encerró en su puño antes de seguir tocándolo. Encontró el grueso tejido de lana con el que había sido confeccionado el abrigo de su hija y encontró también cabellos. Alargó la mano y sacó todo un mechón.
      Y por estos cabellos pegó el grito que cada individuo aseguró haber escuchado. El grito llamó a los hombres que intentaban recuperar el cuerpo. Se metieron al agua que ni siquiera les llegaba a la cintura y en contra de la cual, a pesar de su poca profundidad, no podían avanzar. La maldijeron y la golpearon con la palma de la mano. Elevaron sus gritos hacia el cielo cuando esta protesta no fue respondida. Después, tal como afirmaron algunos, las nubes del borde del valle se agruparon y se entretejieron en una alfombra gris. Si por lo menos hubiera seguido seco, pero luego el cielo se descargó: una lluvia grumosa y marrón, la suciedad de todo un invierno.
      Unos dijeron que había protegido de las miradas curiosas a la misión de rescate. Los otros, que había sido una advertencia para dejar a Barbara en el mismo lugar donde había encontrado su fin. 
      Al final, el río la dejó en libertad. La desprendieron del pesado abrigo, que era demasiado grande incluso para el cuerpo deformado, y la jalaron hasta la tierra. La prenda fue de nuevo arrebatada por la corriente bajo el saliente rocoso. Todo el mundo apartó la mirada cuando el cadáver estuvo en la orilla.
      Pero todos tenían en la cabeza una imagen formada por las imágenes de animales ahogados, una visión de la cual no podían deshacerse.
      Por eso dijeron con más energía aún, en cuanto pudieron recuperar su voz en el entierro: Barbara.
      Barbara.
      Barbara.
      Barbara.
      Barbara
      Barbara.

[Fragmento]
      Mahlstrom (Rotpunktverlag, 2017)
      Traducción del alemán de Ricardo Ruiz



 
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