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Del exilio moral: el sueño de Lord Jim / José Homero PDF Imprimir E-Mail

«Si bien es cierto que cualquiera al que se impida regresar a su hogar es un exiliado, pueden establecerse algunas distinciones entre exiliados, refugiados, expatriados y emigrados», deslinda Edward Said, uno de los escritores y pensadores cuya escritura bordea ese centro ausente del exilio.

      Nos representamos a Conrad de pie ante una carta de navegación sujeta con tachuelas sobre una pequeña mesita de torneadas patas y con el lápiz enhiesto para clavar con una puntillosa cruz la ubicación de la travesía en medio de los polígonos que indican las corrientes, los abismos. Estampa acaso bañada por la luz amarilla de una linterna sorda amarrada a un puntal de cubierta, abriendo apenas un hueco en la espesa negrura. Incluso podríamos percibir el olor salobre, a yodo, del insondable océano nocturno y el embriagador aroma del tabaco que el marino de guardia exhala mientras su mirada escudriña ese otro océano sobre su cabeza. Tanto nos complace esta viñeta que hemos relegado las varias facetas de Conrad. Como héroe de la expresión, como un auténtico campeón de la búsqueda de lo inefable a través de un estilo cuya precisión es difusa; como moralista que refiere el fracaso de las ilusiones de los hombres y de la fragilidad de nuestro abrigo ético cuando se prueba contra la furia de los elementos y la vida silvestre, feraz. Acaso sólo un exiliado, un hombre cuyo corazón marcan los surcos de la tierra a la que no habrá de volver, podría encontrar en Conrad a uno de los grandes cronistas del destierro.
      Bertrand Russell, amigo suyo, auguró que su obra caería en el olvido. Hoy, en este siglo de desplazamientos de toda índole —¿no acaso somos nómadas digitales quienes nacimos en el siglo anterior?—, su literatura es más actual que nunca. No sólo funciona para dirimir la culpa de Occidente y estudiar el colonialismo, también como fundador de la epopeya del escritor desterrado de su solar natal y de ese arraigo del imaginario que es la lengua. De ahí que escritores que a/bordan su obra sobre las fatigas de la vida en tierra ajena, el cambio de lengua, la experiencia colonial, a menudo dirijan sus haces sobre esta obra, como si entrañara una clave para sobrellevar esa nostalgia. De V. S. Naipaul a Ha Jin, pasando por Said, han escrutado este universo.
      Sería injusto, sin embargo, situarlo únicamente como autor de las relaciones de travesía del exilio. Su gran cuerpo narrativo va más allá, y uniendo el testimonio de la confrontación moral con las circunstancias en espacios ajenos a la civilización occidental, podríamos descubrir que en realidad es un escritor que explora una tierra, además de incógnita, tal como los osados navegantes de los siglos mediterráneos señalaban los linderos más allá de las Columnas de Hércules, poblada por los toldos y techumbres de esa multitud abigarrada de hombres separados de su tierra. Y aquí me permitiría disentir con Said, acotando que estos desplazados pueden revestir los tipos del conquistador, los migrantes, los expatriados, los exiliados. Sobre todo los parias o vagabundos. ¿No acaso Lemmens, el desdichado holandés que conoce el éxito para enseguida enfrentarse a una caída, es un pariente no tan lejano de Lord Jim, el desventurado joven empecinado en seguir sus ideales más allá del sano criterio? Si a la tercera de sus novelas Conrad la denominó El vagabundo de las islas (1896), la de Lord Jim, acaso su mayor personaje literario en un mundo cuya progenie incluye memorables criaturas —Marlow y Kurtz, para no decepcionar las expectativas del gusto popular—, podría haber recibido idéntico título. Comparten escenario y alimentan la traición, si bien Lemmens se nos antoja en principio un individuo vulgar, cuya calamidad es de orden vagamente trágico —atreverse a retar a su propia fortuna—, mientras que Jim es el epítome del héroe romántico, confiado más en los conceptos, prejuicios y ensueños que en el interés propio. Jim es una suerte de crisálida que un día emergería mariposa sólo para quedar fijada a la tierra exótica en que elige perecer. De ahí que Stein, personaje que conjuga los oficios de mercader y entomólogo, se antoje un guiño para tramar esa alegoría del destino de Jim como semejante al ciclo de la mariposa.
      En los límites de la civilización encontramos ejemplos de cada uno de los tipos de trasterrados. Los conquistadores, los hoplitas del ejército de Occidente y sus empeños mercantiles, aparecen en El corazón de las tinieblas y más visiblemente en Nostromo, novelas hoy leídas bajo el código del colonialismo en donde más visible y lúcidamente se debate la fe en los valores de la civilización occidental —el arrojo, la dignidad, la honestidad, la tolerancia, la libertad, el espíritu racional— y su conflicto con la codicia y el instinto depredador que ha impulsado tantas expoliaciones. Al respecto, Marlow, el narrador de El corazón..., traza un paralelismo entre las avanzadas mercantiles en el África meridional y las de los romanos imperiales en las islas británicas. «Eran conquistadores y para esto sólo es necesario la fuerza bruta, nada de lo que pueda uno vanagloriarse cuando lo posee». Ciertamente sería difícil trazar límites entre los diversos tipos. El acicate económico imbuye la mayoría de estas novelas y relatos, en fiel consonancia con las condiciones que Conrad conoció durante su etapa como marino, si bien es cierto que este lastre terrenal suele atemperarse cuando los personajes, sobre los que los narradores rondan con tantas circunvoluciones como las volutas de los cigarros que suelen fumar en esas noches tropicales, tienen otras preocupaciones. A los conquistadores sumamos la masa de migrantes, quienes se adentran en esas tierras bárbaras, sean de Oriente, África o América Latina, en busca de una mejor vida que termina siendo en no pocos de los casos un amargo morir, para parafrasear a ese gran conradiano que fue Álvaro Mutis. El concentrado universo de Conrad pulula de humildes marineros, enérgicos capitanes, indolentes dueños de navíos, agentes de seguros, comerciantes, bandoleros, funcionarios y escoria que medran en rededor del mar y de sus puertos. No son estos hombres ausentes de su tierra por motivos mezquinos quienes atraen nuestro interés. La gran novedad que constituye el mundo de Conrad, más allá de sus aportaciones constructivas, su esencial mérito como estratega de la técnica narrativa, son sus parias, no sociales, sino faltos de la morada ética. La médula de su gloria es la concomitancia moral. Si ciertos juicios, ciertas expresiones, delatan al hombre de su tiempo con su grano de racismo y clasismo, en lo que apunta a la pugna que libra el hombre consigo mismo, con los valores que lo formaron y la dureza de la existencia, entre sus ideales y el enfrentamiento con los de las otras civilizaciones, continúa siendo único.
      Frente al tribunal al que rinde su declaración, Jim comprende, como en una revelación, la importancia de los hechos. Para ser preciso nada más inútil que ser sintético. Para ser fidedigno hay que presentar los acontecimientos desde diversos ángulos. «Después de su primera rebelión, aceptó el punto de vista de que sólo una minuciosa precisión en las declaraciones podría delinear el verdadero horror que había detrás del rostro atroz de las cosas».
      Consciente de que los eventos que condujeron a la avería del vapor Patna y a los posteriores e infamantes incidentes que propician el meollo de la trama son intrincados, Jim, convertido en informante de su infortunio, acomete el relato con esmerada minucia, pues «cada pormenor resultaba de suma importancia». Para que se complete la dilucidación, para que el jurado aprehenda la realidad del episodio, compartiendo acaso la experiencia, es necesario que la exposición implique no sólo la exactitud de los datos sino que trasmita también el aspecto simbólico, imaginario, tras la tela. Como famosamente sentenciara Graham Greene, se trata de ver a trasluz, al revés de la trama, encontrar una luz en las tinieblas. De ahí que un relato de tal tipo, que asedia a esa fortaleza ignota que denominamos verdad, deba emprenderse al modo de los sitios desde diversos flancos a fin de ofrecer una visión panorámica.
      Quería seguir hablando para que triunfara la verdad, y quizá, también, por su propio interés; y mientras su enunciación era pausada, no hacía, en realidad, su mente otra cosa que revolotear dando vueltas en torno de apretado círculo de hechos que le tenía encerrado...

Circunvolucionar en torno a un apretado círculo de hechos, como merodear en la noche una fortaleza en busca de un punto débil que permita introducirse sin otra luz que la propia tenacidad... Podríamos asociar la técnica distintiva de Conrad, que habría de otorgarle meritorio lugar dentro de la renovación de la novela y de la literatura contemporánea, con un desarrollo en espiral o recurriendo a la metonimia con el avance sinuoso de un río que se demora en los meandros impulsándose de nuevo con las corrientes que van afluyendo, aguas sin vuelo. Cada giro, cada nueva capa y perspectiva que se añade al tejido ofrece inédita faceta, indica nuevos pormenores —todos importan—, con los cuales, poco a poco, el espectador, ese jurado invisible, podría impregnarse cabalmente del evento. Porque lo que se cuenta en Conrad no es nunca sencillo. Sus protagonistas son intrincados y su alma aún más, ya que su verdad nunca la entenderemos en tanto no hay una narración en primera persona, lo cual sería un recurso sencillo y falaz, pues permitiría mentir. Frente a las trampas de la subjetividad, de la mentira autobiográfica, que implicara el establecimiento del narrador no confiable, Conrad descubre un complicado pero eficaz sistema armillar compuesto por círculos de diversa graduación. Para trasmitir la complejidad de un personaje, para dotar de mayor humanidad a una criatura de ficción, se requiere de una refracción. Conrad inventa así el relato en tercera persona, que no refiere únicamente los actos, al modo de esa suerte de broma objetiva que es narrar fílmicamente sin penetrar dentro de los resquicios de la conciencia, sino que, a través de la descripción con meticulosidad y puntillismo neurótico de cada uno de los sucesos, propone aprehender la verdad que se oculta, se insinúa y desaparece. Apretado círculo accional, como un ovillo, donde uno escudriña, palpa, hasta sentir la rugosidad, la libertad de un cabo mediante el cual será posible desenredar la madeja. De eso se trata la estrategia de Conrad: de localizar puntos —flancos, hendiduras, cabos— que permiten penetrar al modo como el escalpelo penetra la piel: sin hendirla, sólo introduciendo su hoja. In/dagar.
      Por supuesto, ante ustedes, cabe preguntarse, ¿cuál es la verdad? Esta pregunta retórica nos permitirá abogar por otra virtud de Conrad. Ciertamente sus novelas se construyen en torno a seres enigmáticos o al menos contradictorios en su luminosa oscuridad. Son los narradores-testigos de los acontecimientos quienes van conduciendo el relato de una vida sin que por ello soslayen incluir diversas perspectivas. Relatos dentro de relatos, poliedro de focalizaciones, cajas chinas de narraciones. En un primer principio, en un plano que diríamos inmanente, situado a ras de trama, en el horizonte mismo de la ficción, la ardua verdad que busca presentarse, para que el lector sienta, experimente, con una acción auténticamente de comunión, más que de comunicación, se trata de conocer el hecho en su abigarramiento, con todos los pormenores, testimonios y aportes de los sentidos. Así podrá percibir que la elusiva debilidad de Jim, aquello que teme nombrarse, es una fisura en su temperamento... la cobardía. Dentro del cuerpo, que en conjunto y desde afuera se concibe como una totalidad impecable, se oculta la fragilidad. En una primera instancia, la más superficial, la literatura de Conrad es una galería de personajes que albergan la sierpe de la caída, el germen de la falla moral, tal como, precisaría Marlow, dentro de la moneda defectuosa se distingue en medio de la aleación una liga, una gotita imperceptible de un material ajeno al metálico. Por eso terminan convertidos en parias del concepto que forjaron de sí mismos, hombres absurdos, enajenados y atormentados, como dice del vagabundo que aparece en Freya, la de las siete islas, y cuya fórmula podría cifrar igualmente a Almayer, de La locura de Almayer, a Kurtz de El corazón... Nadie está a la altura de sí mismo. O acaso nadie está tan a la altura de sí mismo que cuando se enfrenta al fracaso.
      Con todo, aunque resulte meritorio descubrimiento ahondar en el alma del protagonista desde las miradas de quienes lo rodean, no concluye ahí la indagación, la inmersión paulatina en la nuez de los hechos. Al modo en que desciende ese barco dentro del maelstrom de Edgar Allan Poe, a poco de que notemos que el desarrollo del relato que cuenta Marlow de manera sinuosa y morosa tiene como finalidad presentar las diversas aristas del personaje, pronto nos internamos ya en otra latitud, como Gordon Pym y compañía infieren que están en una zona y acaso también en una dimensión diferente, advirtiendo el singular paisaje, flotan cadáveres de animales desconocidos, vuelan aves de impecable y ofensiva blancura... Arribamos al centro del corazón de las tinieblas, donde las osamentas y empalizadas, la música obscena, el culto idólatra, proclaman una violación, ya no del carácter, sino de la esencia misma de los valores.
      La segunda capa de la cebolla narrativa nos sitúa en el campo de los ideales. En un primer momento, la narración plantea un problema de comportamiento, que atañe únicamente a un individuo. En la secuencia siguiente ese conflicto deviene en caso del enfrentamiento del hombre con la norma. Es la esfera moral. Una vez que se deduce que ese defecto que Marlow intuye detrás de la impecable y engañosa fachada es la cobardía, avizoramos que hay todavía más, que hay una pugna mayor. A Jim no le preocupa su interés personal —no acepta la propuesta de huir para evitar enfrentarse al tribunal—, ni siquiera su reputación, consciente de su ruina, sino la derrota de sus altas expectativas y modelos. Y es esa fractura de la imagen íntima que cada uno de nosotros guarda en su interior otro de los grandes temas de Conrad. Los sucesos del Patna son simbólicos porque repercuten más allá de las circunstancias. Al inicio de su luengo y prolijo relato, Marlow observa que ignora qué impulso lo condujo a asistir al interrogatorio atribuyendo tan impertinente interés a la travesura de un demonio familiar. Ya avanzada la narración, al recordar al teniente francés por quien conoció los pormenores del rescate de los peregrinos del Patna, acotará que el episodio continúa suscitando curiosidad, pese a los años transcurridos, al punto que provoca la charlatanería incluso entre desconocidos. ¿A qué se debe esta fascinación? Sospecho a que la historia toca una veta sensible en los hombres de mar. Detrás de las corazas de conducta que suelen portar estos aventureros yacen, por una parte, secretos oscuros; por la otra, la conciencia del fracaso de sus propias ambiciones. La ordalía del Patna y Jim adquiere el relieve de un blasón ante el cual los viejos marineros recapitulan sobre su semblanza. Es claro que, por una parte, conllevan sus propios fantasmas, como sucede con Brierly, un capitán con un alto concepto de sí mismo, experto marino, intrépido y heroico, reconocido por su destreza por propios y extraños. Ese hombre de aspecto granítico, tras asistir como asesor en el juicio de Jim, decide suicidarse. Marlow intuye que el caso le incitó a un examen de su propio caso con un veredicto implacable, y repara en la inusitada afluencia que el juicio atrajo. El atractivo del incidente está relacionado con el hecho de que entraña un quiebre. Parábola moral, suscita el propio escrutinio de los endurecidos hombres de mar, obligándolos a confrontar sus impulsos perdidos:
      Si entiendo algo de los hombres, el caso, no cabe duda, era de la más grave importancia, una de esas cositas que despiertan ideas, que dan vida a cierto pensamiento con el cual un hombre, no acostumbrado a esa compañía, encuentra imposible vivir.

La importancia y su hipnótico atractivo responden a las resonancias trágicas del caso que provocan la catarsis. El propio Marlow, acaso el mayor personaje creado por Conrad, lo percibe al observar que pasamos por la vida como durmiendo, con los ojos semicerrados, los oídos sordos, los pensamientos dormidos. Así la incidencia provoca esta visión:
      No obstante ello, fuimos muy pocos los que nunca conocimos uno de esos raros momentos de despertar en que vemos, oímos y entendemos tanto... todo... en un relámpago... antes de volver a caer en nuestra agradable somnolencia.

Las desventuras del joven piloto mueven a un escrutinio que conlleva un desenlace atroz en el impecable capitán Brierly. Marlow, a su vez, encuentra en Jim un eco de su propia juventud, concitando el recuerdo de sus ensoñaciones y esperanzas. Jim es por ello un símbolo de cada uno de nosotros, y una vez que se discierne que el vicio en su conducta es la cobardía, ese hallazgo no agota nuestro interés, pues conduce a otra zona de introspección. Como si estuviéramos ante esa narración de estilo conradiano que es Aguirre o la ira de Dios, de Werner Herzog, cada avance en el relato nos interna aún más dentro del río de las ideas. Pasamos del temperamento a los ideales, del individuo a la colectividad. Estamos, siguiendo a nuestro Aguirre, en un nuevo curso del caudaloso río, inexplorado, cenagoso, inhóspito no sólo para las vidas humanas sino también para sus principios. Navegamos en una zona apacible, hasta cierto punto luminosa, donde se escuchan las estridencias y clamores de las abigarradas aves mientras responden sonidos no por extraños menos amenazadores. Detenidos en este lindero, podemos declarar que, además de inducir al autoanálisis, el caso de Jim conlleva reconocer la quiebra entre el ideal y los hechos de la vida, entre lo que denominamos valores y la manera en que nos conducimos. Lord Jim es una deriva a través de la psicología de un carácter que termina siendo una cala moral. Como si se tratara de una novela ejemplar del siglo de la Ilustración, un relato filosófico en la veta de Voltaire, Diderot o Sade, Conrad cuestiona la pertinencia de la virtud en su confrontación con las pruebas de la cotidianidad. Los sucesos del Patna, por su complejidad, no pueden reducirse a la explicación única de la flaqueza de Jim. Hay algo más, como lo saben todos los hombres de mar que reconocen en la historia su propia zozobra. Ese fracaso es el de las esperanzas, el del ideal, el de la axiología ética que sustenta a la sociedad.
      Existe una magnífica vaguedad en las esperanzas que empujaron a cada uno de nosotros al mar, una gloriosa indefinición, ¡una magnífica ansia de aventuras que son su propia y única recompensa! ¿Qué obtenemos...? Bueno, no hablemos de eso... ¿Pero puede uno de nosotros contener una sonrisa? En ninguna otra clase de vida está la ilusión tan lejos de la realidad... En ninguna otra el comienzo es todo ilusión... el desencanto más veloz, el sometimiento más completo. ¿No habíamos comenzado todos con el mismo deseo, terminado con el mismo conocimiento, arrastrado los recuerdos de los mismos arrebatos atesorados a lo largo de los sórdidos días de imprecación? Qué tiene de extraño, entonces, que cuando algún intenso aguijonazo nos penetra descubramos que el lazo es tan estrecho; que además de la hermandad de la profesión se experimente la fuerza de un sentimiento más amplio, el sentimiento que une a hombre y niño.

A medida que avanzamos, dejamos la ribera, internándonos en aguas procelosas donde la vegetación comienza a ser tan abundante que poco a poco engulle los rayos del sol. Y, sin embargo, la narración de Jim es, a su manera nebulosa y opaca, un recurso para otorgar luz en la oscuridad. En una tercera etapa la novela es una indagación, finalmente, en los fundamentos que sustentan la civilización. Jim no sólo acepta que en esencia alberga el gusano de la cobardía, defecto contra el que habrá de luchar permanentemente. Sin embargo, al resumir a una clase de seres humanos («era uno de los nuestros», resuena proféticamente, a modo de responso, la fórmula mnemotécnica y simbólica de Marlow), decanta también los ideales de clase, de una nación. Y al cabo, de la civilización. Jim, al igual que Kurtz o el propio Marlow, dejan de ser individuos para convertirse en representantes de su nación y en símbolos de la propia civilización. Un idéntico sino parece presidir los derroteros, las errancias de estos auténticos parias que, sin embargo, son los únicos campeones de esa sociedad de la que han sido, involuntariamente o por decisión propia, proscritos. Hombres sin tierra cuyo único arraigo es esa dudosa franja que denominamos valores morales.
      Al final, Jim, uno de los grandes tipos modernos de la grandeza humana, pariente lejano de ese otro gran personaje heroico que es el Santiago de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, templa su carácter y demuestra su arrojo y valentía en el asalto a un enclave enemigo, y en el desenlace no duda en cumplir su trágico sino afrontando una muerte solitaria y gratuita, aunque cargada de repercusiones mitológicas. Su sacrificio, más allá de la mezquindad que entraña inmolarse para ser fiel a un modelo sin menoscabo de la desdicha que cause en su amada, planta el estandarte de esa civilización por cuyos rígidos códigos debió exiliarse. El gran camino que nos enseña Jim es someter las debilidades de la personalidad, la templanza, el dominio de uno mismo, ese camino higiénico común a la Grecia clásica como a las enseñanzas del taoísmo; asumirse modelo de las nociones morales y éticas que constituyen su esencia; y enfrentar solitario e impertérrito a la muerte como una demostración de que los ideales de Occidente encarnan en estos desventurados y osados misioneros solitarios.
      Más allá del fin nimbado por la gloria, acucia el aguijón de los signos de interrogación: ¿de verdad los cimientos imaginarios de la civilización ameritan sacrificar una vida, el amor, la armonía? Conrad examinó y cuestionó las diversas gradaciones de la axiología, desde el prestigio y el honor hasta la esencia misma de nuestra civilización y fundamento occidental. ¿Son nuestros valores absolutos o relativos? En El corazón de las tinieblas, esa obra cumbre de la mala conciencia, encontramos la lucidez que habrá de distinguir esta literatura, a un tiempo registro de las exploraciones criminales de Occidente y también del enaltecimiento de su conjunto axiológico, de nuestro sistema moral, que termina confrontándose con la realidad, con el salvajismo y la irracionalidad latentes en nuestra condición.
      Eran conquistadores y para esto sólo es necesaria la fuerza bruta, nada de lo que pueda uno vanagloriarse cuando lo posee... La conquista de la tierra, que generalmente consiste en quitársela a los que tienen una tez distinta o una nariz un poco más plana que nosotros, no parece bien si se mira de cerca largo rato.

Marlow comprende que detrás de estos aventureros hay tanto conquistadores como héroes acuciados por el ideal. Ésa es la paradoja de Occidente: mientras se ejerce la expoliación de las nuevas tierras, destruyendo y anulando al otro, igualmente se lega una lengua y una cosmovisión desde la cual es posible reparar en la injusticia de esa cruzada de opresión.
      Son todas estas paradojas y zonas de ambigüedad las que convierten a Conrad en uno de los universos narrativos fundamentales de la literatur.

 

 

La gran novedad que constituye el mundo de Conrad, más allá de sus aportaciones constructivas, su esencial mérito como estratega de la técnica narrativa, son sus parias, no sociales, sino faltos de la morada ética.

 
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