Guadalajara, Jalisco, 1996. Estudiante de la Licenciatura en Letras Hispánicas del CUCSH. Ganadora del XV Concurso Literario Luvina Joven en la categoría Luvinaria / Cuento.
Para ella, la salida del sol era un espectáculo mediocre porque a esa hora comenzaba a asentarse la nata del esmog a las afueras de la ciudad, no importaba si era verano o invierno, y no había señal alguna de nubes mágicas, con formas divertidas, ni colores imposibles en el cielo. Hacía mucho tiempo que había dejado de haberlas, desde la llegada de ellos. Sólo podían apreciar la luz a través de la inusual ventana octagonal que habían instalado en lo alto del edificio en donde eran obligados a trabajar.
Aquel inmenso bloque de concreto era un intento por imitar las construcciones que encontraron en la ciudad a su arribo, mismos que habían destruido sistemáticamente para mantener el control de la población. Como no existían espacios seguros para esconderse, hombres, mujeres e infantes fueron subyugados, clasificados y divididos según sus habilidades y resistencia física en ocupaciones variadas: el campo, la industria, el cuidado de las infancias, la preparación de alimentos y recientemente, el arte. Aprobaban la música humana. Por eso, habían ordenado la reproducción en vivo de jazz y salsa durante las jornadas laborales.
Sin embargo, aun con la música alegre, las personas repudiaban en silencio el encierro. Se sentían acorraladas, confundidas, reducidas a su etiqueta de animales. Ya no había rastro de la especie dominante que por milenios creyeron ser sobre la Tierra, ahora sólo seguían instrucciones. Muchas veces ella llegó a preguntarse si era esa la forma en la que se sentían los animales en los laboratorios, doblegados por la astucia del humano. Siempre había escuchado que la humanidad imperaba sobre el resto de las criaturas debido a su inteligencia, aunque pocos meses habían bastado para contradecir esa aseveración. Si fueran tan listos, no estarían en esa situación.
Volvió la vista a la ventana. La línea gris espesa que barría el firmamento le causó un disgusto indecible. Centró su mirada en la máquina que supervisaba, molesta. Prefería por mucho la puesta del sol, cuando el arrebol ofrecía un espectáculo digno de admiración, así estuviera alimentado por la misma contaminación que enturbiaba el amanecer. Le recordaba su infancia, además, los días en que sus abuelos la llevaban a la playa y le permitían gastar todo un rollo de fotos tomando capturas de dudable calidad de lo que encontraba a su paso. Parpadeó la nostalgia en sus ojos, incómoda.
Debía concentrarse. Tenía una tarea simple en el lugar: vigilar que las piezas metálicas que escupía la máquina encajaran entre sí. El primer día que la llevaron a la industria y le explicaron su cargo se rio. Qué desperdicio de sus destrezas, pensó. Ella, que se había graduado por excelencia en mecatrónica, jugando a armar rompecabezas. No obstante, pronto había descubierto que su labor era la de mayor envergadura en su sector. Si cometía un error, arruinaba el proceso de todos los demás en consecuencia y el progreso de un día entero. Por eso la habían elegido. Sabían que le sería sencillo detectar diferencias ligeras y desperfectos en el tamaño de los segmentos.
Apretó el botón para detener el mecanismo y retiró un trozo que tenía una de las esquinas doblada hacia adentro. De entre las cajas de repuestos eligió la que completaba correctamente el patrón, luego presionó el botón para que la banda continuara rodando. Entornó la mirada. Todavía le sorprendía la rapidez con la que los habían dominado. La conquista de la humanidad había sido sencilla. La mayoría de los habitantes estaban acostumbrados ya a vivir bajo las disposiciones del sistema, de cualquier modo.
Quienes opusieron mayor resistencia fueron los acaudalados, llamando en múltiples ocasiones a alzarse contra la invasión. Invirtieron su patrimonio en armamento y protección. Gastaron hasta la última gota de angustia en negarse a seguir sus órdenes, todo en vano. Uno a uno cayeron, cada cual tomando su decisión particular: la muerte o el sometimiento. Así, se volvió asunto corriente trabajar al lado del dueño de un corporativo que en meses pasados sólo podía contemplarse a través de una pantalla. ¿Y el resto? Lo aceptaron con celeridad. Ellos eran más intuitivos que muchos de sus jefes previos y los mantenían inmersos en una rutina absurda que adormecía cualquier ánimo de revuelta.
Poco a poco las necesidades humanas fueron cubiertas y se estableció una comunicación bilateral en pos de mejorar su salud y desempeño. Un humano sano trabajaba 85% mejor que uno enfermo, por lo que procuraban atender velozmente cualquier indicio de indisposición. Los cuerpos terrestres funcionaban mejor con luz natural que en la oscuridad, de modo que acoplaron las horas laborales a la salida y puesta del sol. Al principio los obligaban a trabajar sin descansos durante el día y a dormir todo el tiempo de penumbra, pero pronto notaron que no era una estrategia eficaz: los humanos se fatigan y pierden productividad si no existen pausas intermedias para comer, descansar, convivir y mover sus frágiles esqueletos. Establecieron por consiguiente pausas de diez minutos cada dos horas para realizar estiramientos e interactuar.
Complacidas las necesidades básicas, comenzaron a llegar las solicitudes de comodidad. Camas mullidas, sillas acolchadas, sillones en las áreas de descanso, comedores con mesas, almohadas blandas o duras y ropa abrigadora en invierno y ligera en verano. Día a día docenas de personas se formaban afuera de las Oficinas de Recursos Humanos para hacer sus peticiones, lo que implicaba pérdidas de tiempo en el trabajo. Optaron entonces por inaugurar un buzón de sugerencias en el que se podían extender las observaciones de mejora sin descuidar sus labores.
Ella nunca había enviado una solicitud. No hasta el comienzo de ese mes, cuando la ridícula ventana hexagonal, colocada aleatoriamente en una esquina demasiado alejada para cumplir su función, comenzó a mermar en su tranquilidad. Era una lástima que hubieran alzado el edificio antes de comprender las obras humanas. En su pretensión por hacerles sentir familiarizados con el recinto, lo habían vuelto extraño, incómodo. Escribió en un papel su petición. Era la tercera vez que lo hacía en tres semanas, porque aún no recibía una negativa o una confirmación para la misma.
Cuando sonó la campana que anunciaba la comida se levantó de su lugar, dobló el papel en dos y se encaminó al buzón antes de ir al comedor. Sus sugerencias son apreciadas, leyó. Habían colocado la leyenda por encima de la caja de metal que almacenaba sus garabatos gracias a una observación. Una observación desperdiciada, consideraba ella. Esa fría cordialidad era una aportación humana impostada. ¿Por qué apreciarían ellos sus sugerencias? No se preocupaban por su integridad como entes racionales y emocionales, sino como entes productivos.
No les importaban.
Sólo necesitaban su mano de obra para concretar un proyecto del que pocos detalles habían aportado. Seguramente consideraban innecesario justificar su propósito ante criaturas tan ínfimas. Lo único que podían augurar es que construían algo enorme, por la cantidad de piezas de metal que cada tarde recolectaban en la bodega. Aquella era la causa de los índices alarmantes de contaminación. Tras su llegada, la producción metalúrgica había incrementado a más del quíntuple de lo convencional a nivel mundial. No les había complacido del todo tener que recurrir a materiales que requerían un proceso tan elaborado, sin embargo, parecían no tener opción.
No deben alarmarse: sólo serán algunos siglos de trabajo, luego serán libres.
Se formó en la unifila para recibir su bandeja de la tarde y caminó hasta su acostumbrado rincón al fondo de la sala. Como cada jueves, la comida constaba de un filete de pollo, arroz blanco y garbanzos. Odiaba los garbanzos, pero importaba poco en contraste con el insulso sabor del platillo en general. Si cerraba los ojos, no podría distinguir qué estaba engullendo como no fuera por la textura; el pollo era fibroso; el arroz pastoso y los garbanzos, duros. De no haber sabido que era otro humano quien cocinaba, habría creído con facilidad que ellos estaban tratando de emular su comida. Habían demostrado ser precisos para elegir a los trabajadores de la industria, pero en el ámbito culinario sus decisiones eran más que cuestionables.
El timbre le indicó que era momento de volver al trabajo. Ocupó su acostumbrado lugar en la fila, con la bandeja en las manos y la deslizó por el compartimento que llevaría la loza de vuelta a la cocina. El regreso a las actividades después de la comida llevaba siempre un ritmo más lento y sosegado. Ellos asumían que era un desperfecto en los organismos humanos, de modo que habían dejado de esperar obtener un rendimiento uniforme a lo largo del día, y tras la ingesta de alimentos del mediodía, comenzaban a hacer circular café entre las filas para mantenerlos en alerta tanto como fuera posible.
La campana volvió a sonar al oscurecer afuera por completo. Cada persona abandonó su puesto para colocarse al centro de los pasillos y en fila avanzaron hacia el comedor, donde recibirían una cena insípida antes de dormir. Cuando la estancia quedó sola, el buzón de sugerencias fue vaciado por una de ellos y enviado a la habitación en la que se llevaban a cabo las reuniones semanales para cotejar la aceptación de las nuevas recomendaciones. Se leyó en voz alta el contenido de cada papel.
Papel higiénico de otro material en los baños, y no del papel bond que habían encontrado en lo que la humanidad llamaba «oficinas»: aceptada; las quejas por cortes dolorosos aumentaban cada mes. Sazonar la comida con más sal: negada; la sal en exceso es mala para el cuerpo humano. Ofrecer bebidas de sabor en las comidas; negada, el azúcar en exceso era la causa de muchas de las enfermedades humanas.
—Ver el atardecer afuera.
—¿Otra vez esa sugerencia?
—Debe ser importante. Es la tercera vez que lo escriben.
—Pueden ver el atardecer por la ventana que les instalamos.
—Tal vez exponerse al atardecer afuera tiene un efecto bueno para sus cáscaras.
—¿Como el agua que les quita el mal olor?
—Sí. Quizá salir en ese momento les da alguna vitamina que necesitan para sobrevivir.
—Qué molestas criaturas. Necesitan mucho mantenimiento.
—Si queremos que mejoren su productividad, tenemos que aceptar sus propuestas. Esta no necesita que hagamos nada. De cualquier forma, cuando el sol va a esconderse, ya no trabajan bien. Esa debe ser la falla: no tenemos que mandarlos a dormir hasta que la luz se acaba, sino antes, cuando está oscureciendo.
—¿A favor?
—A favor.
—Como quieran. Pero que no baje su productividad.
—Entonces a partir de mañana los dejaremos ir al ver el atardecer afuera.
La campana sonó a las 6:42. Pararon las actividades, interrogándose en silencio el motivo de aquel cambio. El desfile de rostros confundidos fue dirigido al patio central, que quedaba al descubierto. Ahí recibieron la indicación de mirar al cielo. Lentamente el sol se desplazaba por el oeste, arrastrando a su paso una estela de colores rojizos, violáceos y azules. Las sonrisas aparecieron de inmediato. Suspiros, señalamientos con el dedo índice, exclamaciones de gusto y ternura. Ella alzó las manos al cielo, con la boca abierta y los ojos desorbitados, como queriendo quemar la imagen en sus pupilas. La habían escuchado. Apretó las manos contra el pecho, conmovida, hasta que cayó por completo la negrura sobre sus cabezas.
Llegada al fin la noche, se dirigieron al comedor con particular felicidad, murmurando entre sí, compartiendo risas discretas, gestos emotivos. Ellos apuntaban en sus dispositivos los efectos observados; ninguno de sus intentos previos por entender a la raza humana había tenido tanto éxito como ese simple ejercicio. Eran más fáciles de complacer de lo que creían. No habían debido invertir esfuerzo, ingenio ni tecnología.
Con satisfacción, concluyeron el reporte del día: La humanidad necesita exponerse a los atardeceres para ser feliz.

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