Alfredo R. Placencia: historia de un outsider [Parte 2]

Juan José Doñán

Tizapán el Alto, Jalisco, 1957. Su libro más reciente es Donde hay música no puede haber cosa mala (Rayuela, 2021). 

El arte de la insumisión

El padre Placencia tiene varias cosas en común con otros célebres religiosos en la historia de nuestro país, entre ellos sor Juana Inés de la Cruz, Miguel Hidalgo, José María Morelos, José María Mercado, Mariano Matamoros, fray Servando Teresa de Mier, José María Arreola… Todos ellos formaron parte del bajo clero; su vocación sacerdotal (monjil, en el caso de sor Juana) no fue algo particularmente claro y firme; fueron atraídos por uno o más de los famosos «enemigos del alma» (no sólo les gustaba el mundo y sus placeres, sino que pudieron haber presumido de que nada de lo humano les era ajeno), esos «enemigos» contra los cuales previene el Catecismo del Padre Ripalda, y debido a su naturaleza rebelde tuvieron desavenencias de suma gravedad con sus superiores. Pero, por otra parte, por méritos propios y en mayor o menor medida cada uno de ellos se cuenta entre los forjadores de nuestro país o de la cultura mexicana.

Pero a diferencia de todos los antes mencionados, nuestro poeta se movió siempre en la marginalidad, pues en ningún momento gozó ni del clerical power ni tampoco del poder civil (ya fuese político o económico), lo que vendría a diferenciarlo incluso de la propia sor Juana, quien, aun habiendo sido igualmente una religiosa de infantería, durante algunos años gozó de la protección y el mecenazgo de la mujer más poderosa de su tiempo en el México colonial: María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, condesa de Paredes y marquesa de la Laguna, esposa del virrey Tomás de la Cerda y Aragón, una mujer a la cual sor Juana llama «Divina Lysi» y a la que muy explicablemente le dedicó varios de sus poemas, por haber promovido su obra en España, al financiar la publicación del único de sus libros que la poeta mexicana vio editado en vida: Inundación castálida (1689).

El padre Placencia, en cambio, nunca contó con algún admirador o protector poderoso, de tal suerte que los tres libros que pudo publicar fueron autoediciones, es decir, fueron pagados con los ahorros que el sacerdote-poeta y sus acompañantes en el exilio (Josefina y Pío Cortés) pudieron hacer en la Alta California entre 1923 y 1924; él, con los modestos ingresos obtenidos por sus misas y otros oficios religiosos, y la madre y el abuelo de su hijo Jaime Cortés, haciendo y vendiendo chocolate y también pan a «braceros» mexicanos que trabajaban en las zonas agrícolas cercanas a la ciudad de Los Ángeles.

Aun cuando hasta ahora no hay una buena monografía biográfica sobre este poeta irrepetible, existen testimonios sólidos para creer que nunca fue una persona obsequiosa con sus superiores ni partidario de adular a la gente de poder; le gustaba tomar sus propias decisiones, muchas veces sin consultar al alto clero y que lo suyo, lo suyo no era contemporizar y, menos aún, hacer concesiones, sobre todo si estaba convencido de que le asistía la razón.

Todo ello fue un obstáculo para poder entenderse tanto con los de su gremio como con muchos de sus parroquianos y, como consecuencia, esto lo llevó a irse quedando aislado, aunque con su fe casi intacta, con sus «pocos pero doctos libros juntos» (Quevedo dixit), con sus remordimientos, con el recuerdo dolido de todos sus muertos (sus padres y sus hermanos), todo lo cual maduró en él y vino a acrecentar el torrente de su obra poética. Esta obra, que a la muerte de su autor quedó a la deriva, tardaría décadas en ser descubierta y más aún en comenzar a ser valorada por el establishment literario, de tal suerte que este poeta-sacerdote aún no termina de ocupar el sitio que merece en la literatura mexicana.

Cantar a lo divino y a lo profano

El Placencia poeta, que a la hora de dirigirse a Dios también fue un espíritu atípico («¿Piensas poder más Tú…? Te desafío; / y si es así que tu potencia es mucha, / lucha conmigo, vénceme en la lucha / y a Ti no más te ame, Jesús mío») es un caso aparte. Y ello porque buena parte de la singularidad literaria del hijo predilecto de Jalostotitlán consiste en que nunca nadie, ni antes ni después que él, ha hecho poesía —y menos de tantos quilates— hablándole a Dios de un modo tan atrevido y tan entrañable a la vez, lo que en opinión de algunos de sus más lúcidos lectores no sólo lo colocaría entre los más altos poetas católicos de nuestra lengua, sino que muy probablemente lo convertiría también en el más audaz y original de todos.

Y es que antes que alabanzas, ruegos y jaculatorias, Placencia tiene para su Dios —a cuyo servicio se consagró profesionalmente— reclamos, desavenencias e incluso reproches, planteados con una desusada familiaridad. Sin embargo, la cosa no queda ahí, pues luego del vendaval de desacuerdos y muestras de rebeldía y aun de osadías (por ejemplo, llamar ciego a Dios, o desafiarlo a duelo) aparecen la aceptación y la ternura como el lenitivo que disipa dudas, restaura abolladuras en la fe y sana, así sólo sea pasajeramente, el desasosiego espiritual, el sentimiento de orfandad, entre otros de esos duros «golpes en la vida» como dijera un colega y contemporáneo suyo, aunque de una generación posterior: César Vallejo.

Pero en sus poemas de carácter sacro no sólo interpela a Dios (a Cristo específicamente), sino que le da un hermoso trato filial a la Virgen María, en versos excepcionales que por momentos hacen recordar al Rainer Maria Rilke (contemporanísimo suyo, pues el poeta jalisciense y el checo nacieron el miso año) de La vida de María (Das Marien-Leben):

¿Eres Tú la siempre Pura
que en el seno llevarás, siendo criatura
al Rey sumo
que en los cielos de los cielos no cabría?
¿Eres Tú María?

Y no menos bella es la hermosa hipérbole mariana que encarna en un par de muy logrados versos que no desmerecen ante más de alguno de los grandes poetas españoles del Siglo de Oro:

Hermosa y celestial, como quien eres,
es noche junto a Ti la luz del día…

Pero en los seis libros póstumos de Placencia aparece un poeta que no sólo le canta a lo divino, sino también a lo mundano: pueblos y lugares en los que casi siempre estuvo de paso; breves momentos en que conoció la dicha; achaques reales e imaginarios (en cierta etapa de su vida creyó que estaba condenado a quedarse ciego); fiestas populares y sucesos cotidianos; «la gente injusta» y también el sentimiento de gratitud y de cariño que le inspiraron algunas personas y también animales («Menelik, el buen perro», al que imaginó como lazarillo, guiando sus pasos cuando lo alcanzara la ceguera) e incluso objetos perdidos (en primer lugar, su añoradísimo saxofón soprano, al que le da trato de «hermano» y que luego entregó gratuitamente a un músico para remordimiento suyo durante el resto de su vida). En algún momento, el poeta se declara afín a su admirado Luis G. Urbina, a quien prefiere por encima de Amado Nervo, dedicándole uno de sus poemas (precisamente «Menelik, el buen perro») y llamándolo «viejecito amigo, amador, como yo, de las cosas idas».

Tanto Alfonso Gutiérrez Hermosillo como José Emilio Pacheco consideran que la obra poética de Alfredo R. Placencia se inscribe dentro del modernismo tardío. Y, no obstante, bien se podría decir que antes que una voluntad de estilo, con la cual se buscaría embellecer el discurso, tal vez sea más relevante aún el tono coloquial, a veces casi conversacional, que el poeta jalisciense emplea como haciendo buena la aspiración expresada por Gonzalo de Berceo ya en el temprano en siglo XIII y la cual no es otra que escribir para todo mundo y no sólo para los entendidos: escribir «en román paladino / en que suele el pueblo fablar a su vezino». Y lo anterior encarna muy bien con otra de las señas de identidad de la poesía del padre Placencia: el remarcado impulso confesional que alienta en buena parte de su obra, hasta el punto de que Gabriel Zaid dice, exagerando un poco la nota, que «casi todos [los poemas de Placencia] son autobiográficos: una especie de diario de un cura de aldea».

Pero de lo que no cabe ninguna duda es de su vocación poética, pues nació poeta y en ese ámbito fue un self-made man que cuando tardíamente tuvo trato con profesionales de la literatura como el joven poeta tapatío Alfonso Gutiérrez Hermosillo, a quien permitió que le enmendara algunos de sus poemas, los cuales Hermosillo (traductor de El cementerio marino de Paul Valéry y conocedor de las vanguardias literarias de principios de siglo) incluyó en un libro doblemente póstumo, pues fue publicado por la UNAM en 1946, muchos años después de la muerte no sólo del padre Placencia (1930), sino del propio Gutiérrez Hermosillo (1935): Antología poética de Alfredo R. Placencia. Pero como venturosamente ha sobrevivido la versión original de esos poemas, queda claro que tanto formal como líricamente los poemas primigenios son superiores, aparte de más auténticos, a los de la versión que bienintencionadamente pretendía mejorarlos.

Un poeta de la patria

Entre las distintas vetas que aparecen en la obra poética del padre Placencia, una de las menos atendidas es la que tiene que ver con la mexicanidad o el sentimiento patriótico, que en su caso personal afloró a raudales cuando se vio forzado a vivir casi el todo el último tramo de su vida en el extranjero.

El postrero de sus libros, según la edición de la obra poética que en 1959 fue publicada a instancias de Agustín Yáñez (a la sazón gobernador de Jalisco) y fue preparada por Luis Vázquez Correa, quien había sido discípulo del padre Placencia en el Seminario de San Juan de los Lagos, tiene un título por demás significativo: La oración de la patria. Y en ese sentimiento patriótico aparecen lo mismo la historia del país que la naturaleza y la geografía de México, así como el fervor guadalupano, algo casi inimaginable incluso en poetas católicos laicos como Ramón López Velarde, en cuya «Suave patria» no hay una sola alusión a la Virgen del Tepeyac. A todas esas esencias del México profundo el padre Placencia les canta con emoción y con un vuelo lírico de buena altura.

Con la llegada de Plutarco Elías Calles a la presidencia de la república hacia finales de 1924 y con ello, para pesar de la catolicidad mexicana, presentándose los primeros barruntos de lo que va a ser la persecución religiosa, el desterrado padre Placencia, en plan profético y como buen vate, vaticina los años oscuros que le esperan a la patria. Así, por ejemplo, en «La lira colgada», poema de arrebatado fervor patriótico, aparecen estrofas premonitorias de la Guerra Cristera como las siguientes:

¡México, patria mía…!
Yo haré tinta muy negra de mi llanto
y escribiré con ella tu agonía
y las notas dolientes de mi canto.

Voy a empapar en sangre mis estrofas
y a bañar de tristeza el pensamiento.
Así quiero pintar, excelsa Virgen, esa
historia de sangre que presiento.

Y desde luego esa «Virgen» no es otra que la mexicana, la Virgen de Guadalupe, a la que en otro poema trata de:

Hermosa y celestial, como quien eres,
es noche junto a Ti la luz del día;
hay vasallos aquí para que imperes
y está tu heroica frente, Madre mía,
coronada de perlas; ¿qué más quieres?

México es tuyo, tuyas sus montañas,
tuyas su plata y sus arenas de oro
que guarda en sus entrañas;
tuyas son sus corrientes bullidoras,
y sus selvas oscuras de naranjo
y el cielo en que despiertan las auroras.

Es tuyo todo cuanto Dios ha puesto
en la tierra feliz de Moctezuma;
tuyos son sus dos mares con sus perlas
y con sus riscos de temblante espuma.

[…]

¿Ves allá la bandera de la Patria…?
¡Ah…! ¡Cómo te ama México, Señora…!
¡Cómo Tú le has hecho grande y libre…!
¡Como que has sido Tú su salvadora…!

Al menos yo desde que supe amarte
y de tu amor y tus caricias supe,
no sé que pasa en mí cuando te nombro
¡Virgen de Guadalupe!

En el poema «Montañas patrias», hace una comparación dolida entre las añoradas colinas de su lejana patria y los montes sin gracia que rodean al nostálgico poeta que vive penoso en el destierro:

¡Oh…! Mis montañas eran tibias…
Tibias como una incensación…
como los besos de las madres,
como las lágrimas que el sol
hunde en el légamo del Nazas,
del cual se cuenta, y lo vi yo,
que riega el pan por las riberas
y arrastra luz e inspiración.

Eran así de tibias mis montañas,
no he de olvidarlo yo:
y las cambié por estas frías,
tristes y somnolientas de Fillmore,
que tienen nidos, mas con aves
cuyo cantar no entiendo yo,
como que soy un paria mudo
en esta tierra donde estoy.

[…]

Porque me dije yo
«Lontana así la madre Patria,
una de dos:
o pruebo ser un mal nacido,
o he de volverme un soñador».

Ese fervor patriótico también aparece en prosa, específicamente en una carta que el padre Placencia le remite desde Long Beech, a principios de 1924, al joven escritor veinteañero Agustín Yáñez, donde le da sus impresiones de los cuentos que formarían parte del segundo libro de este último (Llama de amor viva) y contándole de la situación en la que él se encuentra en el destierro:

Tú no debes ignorar, Agustín, que se vive muy triste en el extranjero.

Y así es como vivo yo, cargando la enormidad de una de esas tristezas que no se dicen.

Nomás pensando en la Patria.

Pero tu libro me ha ayudado muchísimo.

Me edifica, me alienta y me moraliza.

Cuando la nostalgia de la Patria es mucha, cierro apretadamente los ojos, enfadados de ver estas montañas que fueron nuestras y ya no lo son, y de memoria repaso los sucedidos bellísimos de tu libro, con que descanso.

Y vivo en aquel momento con la fe entera y fortísima de mis padres.

Y de nuevo me siento como en mi Patria.

Porque miro en el pensamiento los atrios de mis iglesias, amplios y coloniales.

Y alcanzo a ver mis naranjos, que trascienden y que florean

Y descubro y admiro el devoto humear de los pebeteros…

Y pienso en el Jueves Santo…

Y hasta mi alma y mis ojos, así cerrados, menudas ramas de trébol, con descuido regadas aquí y allá, sobre el tersísimo entarimado. 

En este pasaje epistolar, que bien podría pasar por un buen poema en prosa, se pone de manifiesto a un hombre que no sólo amó a su país, sino que supo cantarle una y otra vez, lo mismo en verso que en prosa, haciendo suyo aquel dicho famoso de Baudelaire, a quien el padre Placencia muy dudosamente pudo haber leído: «Ser siempre poeta, incluso en prosa».

Y todo lo anterior es apenas una pequeña parte de la obra y de la vida, que no de la biografía (Novo dixit) o de la novela verídica de un outsider llamado Alfredo Ramón Placencia Jáuregui y quien firmaba como Alfredo R. Placencia, en el sesquicentenario de su nacimiento.

Comparte este texto: