El peso del mundo

Javier Armendáriz

Parral, Chihuahua, 1994. Su libro más reciente es La tierra clama nuestros nombres (Inefable, 2024).

Tenía diez años cuando supe del hueco. Un compañero del salón contó que se había llevado a un vecino suyo. Un día dejó de verse, así nada más. No se supo qué había sido de él sino hasta que los meses de renta sin pagar y las llamadas sin respuesta se acumularon y el dueño del departamento acudió con la policía para desalojarlo. Todo estaba normal, salvo por una mancha negra y sin forma en el piso del baño. No era grasa ni pintura ni nada que tuviera nombre, tan sólo una negrura enraizada en los azulejos del suelo. 

Le dije a mi compañero que no fuera mentiroso, que cómo iba a ser cierto eso. Nos dimos de golpes. El director de la escuela llamó a mi mamá y le informó lo sucedido. Al llegar a casa, le conté del hueco y que me había molestado que aquel niño nos quisiera ver la cara de tontos. Mi mamá suspiró. Apenada, casi con vergüenza, me dijo que era real. Nadie sabía por qué sucedía, mucho menos cuándo ni dónde. Esa noche la pasé tirado en la cama con los ojos clavados en el techo. Imaginaba que de pronto una oscuridad más profunda que la de la habitación se abría sobre mí y me tragaba. Abracé mi almohada como si fuera el ancla que evitaría que el eco me llevara. Mamá me escuchó llorar y vino a abrazarme. Me dijo que no me preocupara. Había tantas personas en el mundo que la probabilidad de que el hueco nos llevara a nosotros o a alguien a quien conociéramos era tan pequeña que no valía la pena pensar en ello.

Conocí a Jaqueline en la universidad. Tomábamos la misma clase de inglés, aunque todo el primer semestre no intercambiamos más que un Hi, what is your name? Llevaba rastas y sus ojos me parecían dos bolas de cristal capaces de verlo todo. Siempre dejaba claro que nada más estaba ahí porque la asignatura era obligatoria. Ella no tenía ningún interés en hablar otra pinche lengua imperialista europea. Suficiente era con el español, y eso porque no le quedaba de otra, decía. En el segundo semestre nos tocó ser pareja en una actividad. Teníamos que grabar un video en el que uno le preguntaba al otro por indicaciones para tomar un camión. Salimos a grabar en la explanada del plantel. Cuando era mi turno de hablar, las palabras se me desbarataban en los dientes y salían hechas un aserrín incomprensible. Ella estaba aburrida y nada más quería cumplir lo mínimo para no reprobar y seguir con su vida. Tras mi quinto intento fallido de decir Take the bus number six-oh-six and get out when you reach the park, me agarró del brazo, me llevó a un rincón en el estacionamiento y me extendió la bacha de un cigarro de marihuana y un encendedor de su morral. Sentí como si el mundo se meciera con suavidad en un columpio. Los dedos de mis pies se aflojaron dentro de mis zapatos. Ella se rio e intentamos una toma más. Me equivoqué dos veces en mis líneas, pero ya no me importaba.

Estábamos en casa de ella cuando en la tele pasaron que el hueco había arrasado con casi todos los invitados en una fiesta. Pasaron un video borroso donde el aire se desgarraba en múltiples puntos negros a la vez y, en un instante, 16 personas dejaban de estar ahí, sin más. Las paredes y los asientos quedaban regados de aquel negro inamovible mientras los invitados que quedaban se consumían en una orquesta de confusión y llanto. Entrevistaron a algunos de los testigos. Cicatrices negras cruzaban sus brazos, sus cuellos, sus rostros; atravesaban la pantalla y se vertían sobre Jaqueline. Sus ojos devoraban cada imagen mientras su boca aspiraba sin tregua de su cigarro. La gente sabía del hueco desde hacía tanto, ¿de verdad nadie había intentado averiguar más? Destejía el aire y se llevaba a quien estuviera ahí. ¿Cómo explicarlo? Me encogí de hombros. No había manera de saberlo. 

Se volvió más común escuchar del hueco. En las noticias salía cuando se llevaba a alguien, sobre todo cuando sucedía en público o eran varias personas a la vez. Aunque era más común enterarse de oídas de que se había llevado a algún conocido distante o a un completo extraño. Yo nunca lo había visto de frente. Había visto los videos y escuchado los rumores, pero nada más. La vida siguió. Conseguí un trabajo antes de salir de la universidad. Jaqueline desertó durante el último año y se fue a trabajar a una granja autosustentable en el sur. Le perdí la pista.

Un día me escribió. Estaba de vuelta acá. Quedamos de vernos en un café en vez del bar del que alguna vez fuimos parroquianos. Las rastas habían desaparecido; ahora llevaba el cabello corto. Se había enamorado de una mujer llamada Marina. Era unos años mayor que ella y madre de un niño pequeño. Cuando la granja dejó de operar, se pusieron a hacer de guías turísticas y se instalaron en una casita. Las cosas habían ido bien en un inicio, pero fueron perdiendo su lustre con el tiempo. Tuvieron una pelea seria al año y medio de vivir juntas, cuando Jaqueline descubrió las nudes que su pareja intercambiaba con una argentina que había sido cliente de ambas. Perdonó la transgresión y dejó pasar en silencio otros dos incidentes similares. Por su parte, Marina empezó a reprocharle su manera de beber. Comentarios inofensivos subieron de tono y se volvieron más confrontativos hasta el punto de prohibirle abrir una lata de cerveza en la casa, alegando que era mala influencia para su hijo. Entretanto, el recibo de la luz y el del agua; la humedad, la renta, el niño demandando atención, comida, cariño; el trabajo o la falta de este, el calor, el agotamiento, los mosquitos. 

Alcanzaron la masa crítica en la fiesta de cinco años del niño. Jaqueline notó el ceño hostil de Marina al destapar una Corona para brindar con los invitados. Si tanto te molesta, ve a quejarte con la puta con que te escribes todo el día, respondió cuando ella le preguntó ¿otra? al verla darle un trago largo y dulce a la quinta botella. Se dejaron llevar por una reacción en cadena que arrasó con fiesta e invitados y en cuyo epicentro quedaron ellas, mirándose con odio desde extremos opuestos del departamento. Ambas podían escuchar cómo el niño lloraba en su cuarto. Marina le anunció que más le valía haberse largado al amanecer y se acuarteló junto con su hijo. Jaqueline se fue a un motel en el centro del pueblo, donde dedicó el resto de la madrugada a terminarse las cervezas que había recogido de los escombros de la fiesta. Abandonó el sitio dos días después y anduvo dando tumbos hasta terminar de regreso acá.

Me preguntó qué había de nuevo conmigo. La verdad era que no mucho. Un trabajo había llevado a otro y luego a otro hasta el actual. Me levantaba, desayunaba y me conectaba al trabajo. Trataba de salir a correr un día sí y un día no, aunque casi nunca lograba mantener el ritmo durante una semana entera. Me faltaban cuatro meses para terminar de pagar la deuda en mi tarjeta de crédito. Iba tirando. Nos quedamos callados. Me pregunté si vería en mi rostro lo mismo que yo en el de ella: un par de opacas bolas de cristal que contemplaban las manchas de capuchino en el fondo de la taza, sin interés en encontrar ya ningún presagio.

Me marcó una madrugada. Lo estoy viendo y está todo negro, sollozaba. Casi podía oler el alcohol desde la bocina del celular. La puse en el altavoz mientras abría el link que me había enviado. Me tomó un minuto comprender. El hueco se había llevado a un país entero. Había sucedido hacía unas horas. No había videos del momento exacto porque se había llevado a todo mundo, apenas un par de clips tomados desde los helicópteros que sobrevolaban la región. La voz agria de Jaqueline se licuaba con las narraciones desconcertadas de los presentadores. Por momentos, en las imágenes se podían distinguir las siluetas de los edificios y las calles en aquella penumbra gigantesca que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Era imposible tener un conteo oficial de las víctimas. Sólo se sabía que eran miles, quizá millones los que se habían esfumado en un instante. Intenté tranquilizarla. Al menos no había sido aquí, sino allá, del otro lado del planeta. Ella estaba extraviada en un bucle de balbuceos. Qué está pasando. Qué vergas está pasando.

Hubo protestas en todo el mundo. Acá duraron tres días y fueron más feroces de lo usual, aunque la policía terminó por dispersarlas. Hubo dos muertos y 53 personas detenidas, Jaqueline entre estas últimas. La acorralaron y la sometieron durante el segundo día. Estuvo detenida 48 horas. Fui a verla la noche del día en que la liberaron. Nos sentamos en la sala del departamento que ella compartía con otras dos morras y nos bebimos una cerveza en silencio. Tenía un ojo amoratado y un pómulo hinchado. Una bola de cristal cuarteada por cuya hendidura se escurría el futuro. Le pregunté si le dolía. Tú qué crees, me contestó. Le dije que a lo mejor no debió haber opuesto tanta resistencia. Me acusó de ser un pinche arrastrado y empezó a decir no sé qué cosas de que el hueco siempre se llevaba a alguno de nosotros, pero nunca a alguno de ellos. No entendí de qué hablaba ni quiénes eran esos supuestos ellos. Además, el hueco se había llevado a todo mundo allá. Había arrasado parejo. Era mejor preocuparse por el aquí y el ahora. Pudo ser aquí, me dijo. Pero no lo fue, le respondí. Aquí también pasa. Pero no a nosotros. Todavía. 

Esa fue la última vez que hablamos. 

Las cosas terminaron por calmarse. Primero dijeron que iban a dejar allá tal como había quedado tras el paso del hueco. Luego dijeron que iban a renovarlo todo. Que iba a quedar mejor que nunca. Al final ya no dijeron nada. El hueco seguía apareciendo, pero ya no se hacía un escándalo. Apenas y ameritaba una mención en la cintilla inferior de las noticias. El tiempo pasó y todos seguimos con lo nuestro. Por la calle me crucé con un conocido en común que me contó que Jaqueline se había ido de acá y ahora vivía en un pueblo del que nunca había oído y cuyo nombre no memoricé. 

Una mañana, me desconecté de una llamada del trabajo y tomé el celular para distraerme un rato. En mi feed apareció una breve nota sobre otra aparición del hueco en un sitio que no conocía. Se había llevado a cinco personas. Por inercia, seguí escroleando unos momentos antes de regresar sobre mis dedos hasta aquella nota. Leí el nombre del pueblo varias veces. Luego lo googleé. No había mucho, si acaso un par de notas mencionaban de pasada que desde hacía algunos años los campesinos de la región disputaban con una refresquera el derecho sobre unos pozos acuíferos. 

Tuve problemas para dormir esa noche. Hacía calor y estuve horas tirado en la cama, mirando girar el abanico del techo. Una espiral aún más negra que la oscuridad del cuarto abría el aire, se posaba sobre mí, fría y estridente. Me llevaba y me sumergía en un pantano en cuyas aguas nadaban los gritos de miles. Recibí el día embarrado en una mancha de sudor helado sobre el colchón. A través de las persianas, la mañana se teñía con sus primeros tonos. El abanico que aún giraba en el techo no era nada más que eso. Tomé el celular de la mesita junto a mi cama. El contacto de Jaqueline aparecía sin fotografía. Escribí un breve mensaje y lo envié. Miré la pantalla un largo rato. El ícono de reloj que significaba enviando nunca cambió a la palomita de recibido. Ya era tarde. Me incorporé, me metí a bañar y me conecté al trabajo.

Mujer de luz, 2020
(detalle)
Monotipia
54 × 83 cm
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