Ciudad de México, 1982. Su libro más reciente es Ovnis mexicanos (Liliputienses, 2023).
Mis cinco sentidos bajo un halo de luz a punto de ser raptados, bebé, como un helado bajo tu lengua albana o kosovar o leñadores que avanzan con lámparas sordas, vigilados en lo oscuro por entidades malignas, hambrientas inteligencias perdidas en la tundra saboreando los órganos de sus compañeros, igual que yo ante tus piernas aún húmedas por el Diluvio.
Te lo juro: descendieron hermosos fuegos de artificio como caudales de alcaldía dilapidados en luces estroboscópicas, como un concierto tuyo derrochando 400 000 vatios en la soledad del bosque. Después, silencio, oscuridad y drama, sensaciones eléctricas sin fuente de energía a la vista. Un pestilente cuarto, un muro congelado en mi saliva. Mis padres y sus ojos de estática de televisión: había que conseguir dinero como fuera.
Desnudo, sin memoria, al final me hallaron en una gasolinera en Nuevo México. A partir de entonces me dediqué a ver infomerciales y deambular en calzoncillos por los jardines de un retiro psiquiátrico. Me aficioné a la ginebra y las alfombras putrefactas de los moteles. Poco después vinieron de Hollywood a proponerme una película sobre mi vida.
AEROFOBIA
Estamos a once mil metros sobre el nivel del mar. La mejor batería del punk revienta mis oídos. Siete dólares por una cerveza. Un brindis por la belleza del capitalismo y constatar que mi mente tiene excelentes fantasmas. Sobre todo mi vecina, un brindis por su persignación (que provoca miedo, turbulencias, supersticiones) y por The Shining en la pantalla individual, la telepatía, el río de sangre. Pediré whisky, ocho dólares. Este es el vuelo más tranquilo de la historia de la aviación. Veo en la película que el padre sienta en las piernas al hijo, lo convence de que nada en su cabeza planea su asesinato. La simetría es perfecta. Hoy es día de la Virgen de Guadalupe. Por eso pido que siempre pueda llorar como lloro en los aviones y abrace como pienso abrazar cuando estoy a once kilómetros de altura y recuerdo a las personas que amo. Que vuele en una autopista de inmovilidad zen. Que vayamos como una seda en el cielo, nubes incendiadas.
UN MUNDO RARO
Hace unas horas armamos nuestras casas de campaña y quemamos malvaviscos. La mayor parte del tiempo me parece que estoy en un programa de NatGeo. Plinio el Viejo no vigilaba las alturas con tanta diligencia como nosotros con esta cámara infrarroja, pero el destino quiso que le tocara ver una asquerosa lluvia de carne y sangre de animales ovinos. Sé que las estrellas y todo a su alrededor penden de un árbol de plástico fabricado en China: ralo, quebradizo, a punto de caer. Abundan verdaderos espantos celestes. Desde luego, creo en la veracidad de muchos testimonios. El mismo Plinio creó una fascinante clasificación:
Dolium: objetos ígneos que exhalan luces humosas, almas de rifle o brasitas de piedra flotando en la oscuridad como veladoras.
Clipeos: objetos redondos, metálicos, tal escudo de caballería romana, que huyen a lo lejos, entiéndase más allá de nuestros bolsillos.
Chasma: aparición que semeja un corte en el cielo, un antes y un después, un hasta aquí, eso es todo.
Trabs: (literalmente «viga» en latín) objetos enormes, alargados y contundentes: macana, bastón retráctil, vara de kendo.
Hablamos en voz baja como temerosos de despertar a un bebé. Quiero hacerme a la idea de que es agradable recostarse en el polvo con las manos metidas en el abrigo sin poder apartar los ojos del cielo. Hoy me toca vigilar toda la noche. Supongo que tendrá mucho que ver la lluvia de peces con la pregunta sobre cómo se originó la vida en la Tierra. ¿Por qué cada año en la misma época llueven peces en la ciudad de Yoro, Honduras?