Guadalajara, Jalisco, 1973. Es autora de Cien voces de Iberoamérica. FIL Guadalajara 35 años (con fotografías de Maj Lindström, Universidad de Guadalajara, 2021).
¿Sabe usted dónde están las fosas? Las fosas, sí, donde echaron los cuerpos de la gente.
El hombre viejo detuvo su paso, luego abrió la boca como si fuera a decir algo, luego no dijo nada y muy serio señaló al oriente, a la calle Prisciliano Sánchez. Y al final de la Prisciliano Sánchez, ya en la orilla de la ciudad de La Barca, un arriero apuntó hacia una brecha muy seca rodeada de puro vacío. Esta remataba en línea perpendicular en otra brecha muy húmeda, que tras pocos minutos de camino se reveló como una de las márgenes del río Lerma.
Había algo de aquel paisaje que no se ajustaba a sí mismo, como sucede durante las parálisis del sueño cuando se vuelven pesadilla. Algo que no se parecía a las fotos que habían publicado los diarios, donde un grupo de hombres con trajes espaciales removía la tierra para encontrar cuerpos humanos. Me quiero ir de aquí, pensé en voz alta, el instinto me zumbaba en el oído. Si te vas a poner histérica mejor bájate ahorita mismo, oí que contestaba el fotoperiodista con el que viajaba, de raid, en un Stratus viejo que a todo lo largo y ancho del parabrisas trasero, polarizado, exhibía un vinilo del escudo nacional.
Conforme avanzamos, la margen del Lerma fue habitándose de matorrales espesos y altos a ambos costados del camino. La forma del camino fue desapareciendo y se fue apretando hasta que las llantas del coche empezaron a rodar como a tientas y la hierba se metió por las ventanas. Cuando estábamos casi desesperados llegamos a un claro junto al río y nos bajamos intentando adivinar en qué nos habíamos metido.
Iban a ser las once de la mañana del 26 de noviembre de 2013. Bajo aquel mismo cielo limpio que dormía sobre la ciudad de La Barca, en Jalisco, tres semanas antes la Policía Federal había perdido comunicación con dos de sus hombres en un poblado muy cercano llamado Vista Hermosa, en Michoacán. Se dijo entonces que los agentes fueron a investigar un asunto de tierras que acabó siendo un asunto de narcos. Ya no volvieron; el auto en el que viajaban apareció calcinado junto a una carretera del rumbo. En la búsqueda de sus compañeros, la Policía Federal detuvo como sospechosos a 22 agentes municipales. Estos confesaron que los desaparecidos iban a andar por La Barca, que casi seguro ya iban a estar bajo tierra, y marcaron un punto en el mapa.
El punto marcado es hasta hoy un terreno en forma de triángulo isósceles de unos quinientos metros de longitud sobre la calle De la Igualdad. No me acuerdo si los restos de aquellos federales aparecieron entre los más de ochenta cuerpos inertes que se apilaban en el primer enterramiento clandestino de esas dimensiones del que tuvimos noticia en Jalisco. Me acuerdo de que el sembradío macabro de cadáveres estaba exactamente frente al panteón municipal y el cementerio privado Paraíso Eterno, a doscientos metros de la zona comercial de abastos, a seis cuadras del centro histórico de una ciudad microscópica. A la vista de todos.
El desajuste en el paisaje —nos enteramos más tarde— era el hecho de que la calle De la Igualdad, el triángulo isósceles, el panteón, el cementerio y la zona comercial están en el extremo opuesto de la brecha seca, la brecha húmeda y las márgenes del río Lerma, donde habíamos parado por indicaciones de dos señores a quienes les preguntamos dónde estaban los cuerpos de la gente.
Ahí, en un claro junto al río, ya bien lejos de una ciudad que nos había escupido a una ciénega solitaria, ahí nos esperaba el miedo.
Hay escenas de horror que parecen un día de campo.
En esta escena había una arboleda, a lo mejor de tepeguajes, en cuyo fondo se deslizaba un río flaco, turbio, que removía el aire pantanoso. A lo largo de unos diez metros de la costa la tierra húmeda había sido profanada y estaba blanda. También había un conjunto de objetos domésticos, casi vulgares y en realidad muy poco fotogénicos: una veintena de guantes quirúrgicos transparentes, muchos de hule azules y verdes ensartados en los troncos de los árboles o regados sobre el barro; un par de cobijas medio rotas; algunas bolsas negras tamaño jumbo atrapadas en las ramas más altas de dos o tres árboles; aquí y allá, un reguero de contenedores hamburgueseros de unicel de ocho por ocho pulgadas todavía con restos de comida —pollo, carnitas, tacos—. Aquí y allá, a unos centímetros de los contenedores, una docena de cartuchos de escopeta tintos que se asoman entre el lodo o reposaban sobre él.
Aquí está la fosa —pensó entre dientes el fotoperiodista—, pero todavía no la encuentran, vámonos de aquí.
Lo intentamos, pero la hierba cegó más el camino, se metió más por las ventanas del Stratus viejo que avanzó más a tientas sobre la margen del río Lerma donde apenas cabía un coche. Entonces vimos venir la pick up blanca de frente, por ese mismo camino; la ocupaban por lo menos dos hombres, uno de ellos descendió de la camioneta. Era flaco, andaría por unos treinta años, de rostro afilado y aspecto de cowboy mexicano que no ha llegado a los cuarenta años. Su gesto parecía más nervioso que áspero. Tenía unos pasos amplios, decididos. Cuando lo tuvimos de frente sacó un cigarro del bolsillo de su camisa y un encendedor de algún otro sitio. Vimos el temblor de sus manos mientras intentaba hacer fuego. ¿Qué andan haciendo por acá? —quiso saber en cuanto encendió el cigarro—. ¿Son policías?
Existen dos posibilidades para el final de esta historia. Las dos son malas.
En la primera le respondemos no somos policías, somos reporteros. El cowboy le hace una seña al que se quedó en la camioneta, este baja con una escopeta en la mano derecha, no alcanzamos a ver cómo nos mata ni dónde tira nuestros cuerpos. El Stratus viejo aparece calcinado en un camino de Michoacán.
En la segunda le respondemos no somos policías, somos reporteros. El cowboy le hace una seña al que se quedó en la camioneta, este permanece ahí. El cowboy nos advierte que estamos en un camino de muertos, a unos metros de Michoacán. Nos dice figúrense ustedes, aquí la policía municipal le pasa gente a los del cártel para que la torturen y la maten. A unos los avientan en el río, a otros los entierran. Nos dice pueden seguir de frente, pueden echarse en reversa, como ustedes gusten. Nos echamos en reversa. A una velocidad de pánico mientras el escudo nacional, pegado al parabrisas trasero, se aleja del cowboy como un disfraz prestado de sheriff. Encontramos la brecha seca, entramos a La Barca por la calle Prisciliano Sánchez, damos vuelta en Matamoros, giramos en Rosales y acabamos comiendo con devoción en la birriería La Pancha. Recién ahí nos enteramos de que la fosa clandestina que buscábamos, la que ha salido en los diarios, está a pocas cuadras, en la calle De la Igualdad.
Es 26 de noviembre de 2013. Bajo el cielo limpio que duerme sobre la ciudad de La Barca hay dos fosas. A una la halló la Policía Federal hace un par de semanas. La otra nos acaba de encontrar a nosotros.

Monotipia
48 × 34.5 cm