Aleta dorsal, de Ángel Otruño

Víctor Ortiz Partida

(Veracruz, 1970). Hacia días felices simples rastros (Mano Santa, 2020) es su nuevo libro.

Hace unos años, un amigo artista me hizo reflexionar sobre la poesía de Ángel Ortuño. En ese momento estábamos en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara, donde había habido, en los últimos tiempos, exposiciones de arte de la posvanguardia. Recuerdo algunas piezas de creadores internacionales: cadenas que formaban un corazón en el piso, un muñeco que golpeaba con su cabeza de metal una campana cada veinticinco minutos, y una escultura que, bien conectada, acabaría por derribar los muros que la soportaban, entre otras maravillas.

Rubén Méndez me preguntó si entre los poetas que yo conocía había uno cuyos textos pudieran tener la fuerza de algunos prodigiosos miligramos que habían llegado de cuando en cuando al museo. No tuvo que esperar mucho para que yo contestara: Ángel Ortuño.

Hacía poco que yo había escuchado el poema «Fotosíntesis», que ahora aparece en la página 102 de Aleta dorsal:

Circulará tu risa

sus jardines colgantes y sabremos

que las nubes son sueños de alacranes en cubetas de plástico,

en la playa

de los colores vivos, literales.

El aire es quebradizo y será bueno.

Sí. Ahí están el idioma español y los ecos de lo que con él se ha hecho en poesía a lo largo de los siglos, pero a la vez está la fractura por donde entra lo jamás oído, eso que va más allá de la novedad y de un sonido agradable. Es alta literatura, parece que se sabe de dónde viene, pero la voz tradicional está transformada, la voz se fue y regresó transfigurada y con un prodigio en sus espaldas.

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En el Museo de las Artes estuvo en exhibición El lavabo absurdo, una pieza de yeso, madera y metal que, más bien, es el fragmento de un lavabo, una «metáfora antropomórfica de marcado carácter sexual» (dicen los expertos) que evoca ese objeto de uso cotidiano. Su creador, el artista Robert Gober, después de su serie de objetos cotidianos, se ha caracterizado, en la última década, por presentar fragmentos, sobre todo del cuerpo humano, casi todos hechos de cera. Su creación se ha relacionado con lo abyecto, es decir, con lo «despreciable y vil en extremo».

La poesía de Ángel Ortuño lleva el mismo camino. Está la fragmentación y el canto a lo abyecto. Recientemente apareció publicada la poética de Ortuño:

Aspiro a formular una secuencia de imágenes continuas, cerradas sobre sí mismas, un poco a la manera del libro mudo (liber mutus) de los alquimistas. La diferencia estriba en que no me interesa conservar clave de interpretación alguna: cerrar la jaula y tirar la llave.

También pueden ser útiles para referir lo que pretendo algunas de las descripciones de la patología conocida como autismo.

Al relacionar la poesía de Ortuño con lo abyecto, no pretendo encasillar su creación en esta corriente posmoderna, sino simplemente compartir los recuerdos a los que me retrotrajo la lectura de Aleta dorsal, y esa evocación es una llave útil pero no suficiente.

Puedo reconocer los fragmentos corporales que aparecen en sus poemas, por medio de algunos versos:

cabezas cortadas

los brazos del santo desollados

ojos estallados

me atravieso la mejilla con un pez espada

tibios huesecillos

los senos de la santa

descifrará las vísceras

la tráquea rota

esófagos en nudo interminable

tu axila con sus dientes dócil

Y también puedo encontrar las personalidades abyectas:

El estrangulador de Boston

Benito Mussolini y Claretta Petacci

Su Alteza Real Don Carlos III de Borbón

El «pueblo de danzantes, de epilépticos por vocación»

Joseph Goebbels,

(que son sólo los personajes más visibles).

Pero con esto sólo puedo describir en parte el placer que me produjo la lectura de Aleta dorsal.

No recuerdo haber escuchado nunca a nadie decir que se divirtió leyendo poemas. Divertirse quiere decir «entretenerse, recrearse», pero también «apartarse, desviarse, alejarse».

Yo, tengo que confesarlo, me he divertido al leer los poemas de Ángel Ortuño, me he entretenido y recreado con su ironía, y he vislumbrado caminos que me apartan, me desvían y me alejan de los chatos, mediocres y tontos amontonamientos de palabras a los que algunas personas llaman «poemas». Habría que buscar otra palabra.

Texto leído el 11 de abril de 2003 en la presentación de Aleta dorsal. Antología falsa (1994-2003) (Universidad de Guadalajara / Ediciones Arlequín, 2003), de Ángel Ortuño, en Guadalajara.

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