Nos iremos sin haber entendido nada

Luis Arce

Ciudad de México, 1989. Su libro más reciente es Improvisación sobre motivo (Juan Malasuerte, 2021).

No es algo fuera de lo común el sorprenderse ante las costumbres y rituales de un lugar desconocido, pero lo que vimos en Zazalotepetl dista mucho de ser algo que podamos clasificar como entendible, incluso real. Pasamos ahí una tarde y su respectiva noche, a la espera de noticias que nos permitieran seguir nuestro camino hacia un festival en medio de las grandes cascadas que caracterizan a esta región del país. El cual, según dictaba lo aparente, había sido cancelado.

Llegamos a eso de las tres de la tarde y el pueblo parecía, en cualquier sentido, un lugar tranquilo y provechoso. Negocios abiertos aunque poco dinámicos, calles extensas y particulares bancas, un recibimiento generoso en su silencio para unos de los pocos turistas que llegaban a ese lugar. Zazalotepetl es lo que en cualquier otra geografía sería conocido como un lugar de paso.

Como todos los pueblos de esta zona, para la mayoría no existen a menos que te veas obligado a visitarlos, sólo entonces se hacen reales, antes no son más que una idea, una construcción heredada de un mapa cuya veracidad nada ni nadie puede verificar. Nos acercamos a un pequeño local atendido por un hombre que jamás nos dirigió la mirada, tampoco dijo gran cosa,  salvo el costo de nuestras cuatro botellas de agua. Aunque nos habría hecho muy bien saberlo, no preguntamos en absoluto qué hacer en el pueblo mientras esperábamos.

Dejamos el automóvil cerca de su tienda y decidimos caminar por el lugar buscando algo para comer. No encontramos mucho a excepción de un restaurante de comida corrida que servía lo previsible. Pedimos el mismo plato, sin pensar demasiado, como sabiendo que acá no íbamos a encontrar en absoluto algo para todos los gustos, sólo lo necesario para continuar con nuestro viaje sin tener demasiados contratiempos. La amarilla pintura del local ya estaba casi descarapelada, los manteles apenas cubiertos por un plástico percudido por el tiempo y el aceite, las mesas eran pequeñas y los servilleteros al centro tenían esas clásicas rebabas, propias de los plásticos más baratos.

Un poco menos desalentadora resultó la comida cuando llegó a nuestra mesa. Un arroz bien hecho, milanesa de pollo y la simpleza de unos frijoles cocinados con templanza y sabiduría. Lugares así rara vez fallan. Al centro unas tortillas y una jarra de agua de limón servida en una deteriorada jarra de plástico naranja, ya sin tapa. Estábamos listos para comer tras una larga temporada de carretera. Al fondo, una pareja, de habitantes del pueblo, ya grandes, comía en silencio, con la tranquilidad de quien ha visto siempre las mismas cosas y el ritmo de quien jamás ha pensado en salir de este lugar.

Sin darnos cuenta daban ya las cinco de la tarde. Platicábamos sobre algunas cosas absurdas que esperábamos ver en caso de que el festival fuese a realizarse y enumerábamos las mejores opciones para no perdernos ni a un solo artista. Hasta que las señoritas que nos habían atendido comenzaron a levantar todas las mesas, retirar los manteles y pedirnos, aún sin decir una sola palabra, que nos fuéramos de ahí. Como la señal del teléfono era casi inexistente, no invertíamos mucho tiempo en revisar lo que estarían haciendo otras personas que también se dirigían al festival. Aun tratándose de un evento que nadie querría perder, nos sorprendió en todo sentido ser los únicos que habían hecho base en este pueblo. No pocas veces pensamos que podría haber sido un error y sólo perdimos el tiempo. Pero ni de locos íbamos a tomar una carretera en medio de la oscuridad, menos aún cerca de la zona donde estábamos. El viaje tenía que hacerse forzosamente durante el día.

Para el hotel sólo encontramos dos opciones, la segunda mucho mejor que la primera. Alquilamos un cuarto con dos camas y uno de mis amigos accedió a dormir en el suelo para no gastar demasiado. Pensábamos que tampoco era mala idea que uno de nosotros durmiera junto al coche, el cual resultó mucho más cómodo que las camas con las cuales nos fuimos a encontrar. Pero lo importante era tener un lugar para comer ―y lo teníamos― y un lugar para descansar ―y lo teníamos―. No teníamos, sin embargo, certeza alguna de cómo desperdiciar el resto de la tardenoche. Cuando preguntamos en el hotel si acaso había algo por hacer en el pueblo, nos miraron con un extrañamiento tan marcado que decidimos no preguntar nada de nuevo. Salimos a caminar apenas caía la tarde. Tres o cuatro farolas iluminaban lo que podría considerarse como el centro del pueblo. En medio, indómita, una pequeña fuente donde algunos pájaros se acercaban a buscar comida. Casi no se ven personas. Sobra la inclemente sensación de falta de vida. Aparte de esas tres farolas no encontramos nada más, compramos un paquete de galletas, más agua y algunas botanas. Nos dispusimos a esperar la noche afuera, pues el hotel no contaba con aire acondicionado y, amontonados los tres en una habitación, habríamos muerto de calor durante las pocas horas que quedaban de la tarde.

Una banca de metal, una fuente de la que no mana agua. Miramos con cansancio el discurrir de la tarde plena, esas tardes que en el futuro no tendrán nombre y nos será imposible recordar. Día de nada. Una galleta por la mitad que mi amigo arroja a los pájaros, como esperando que estos reaccionen ante el estímulo y consigan entretenernos en medio de esta espera que ya se está tornando insufrible. Pero los pájaros no hacen nada. 

Sólo un poblador se acerca a nosotros para indicarnos que acá a los pájaros no se les arroja comida. Son las primeras palabras que escuchamos en casi toda la tarde. Luego añade que sólo quien ha conseguido asir uno con la mano puede darles de comer. Antes no, y puede ser de terrible mal augurio. Definitivamente eso era algo que no pensábamos escuchar, pero al menos alguien se ha dignado a hablarnos. Dicho esto, se retira para seguir con su camino. No dice nada más. Ni siquiera un «Cuídense».

Baja la noche, y baja también la temperatura. Es lo suficientemente agradable para dirigirnos al hotel sin miedo a morir asfixiados por nuestra propia respiración. Pero el camino es todo menos aburrido. Los pobladores del lugar avanzan en sentido contrario a nosotros. Se dirigen hacia la plaza central, movidos por una ceguera incomprensible. Hipnotizados por algo, quizá un evento importante, que está por pasar. No son muchos, pero son los suficientes como para hacernos reconsiderar la primera decisión tomada y dar vuelta, otra vez, hacia la plaza, junto a ellos.

Lo que encontramos al llegar a la plaza no nos sobresaltó, tampoco nos asustó, mucho menos nos inquietó, pero sí fue lo suficientemente extraño como para dejarlo pasar y no contarlo ahora, como hemos venido anticipando.

En fin…

Todos los pobladores de este lugar caminaban como en trance siguiendo a un pájaro. Es importante destacar que no todos seguían al mismo, cada uno escogía al suyo y lo seguía como los niños que persiguen a un cachorro del cual se han enamorado. El tema acá era que el pájaro no debía ser asustado ni podía salir volando. Sólo era seguido. Vimos ahí a las meseras que nos atendieron al llegar, a la pareja que encontramos en el restaurante e incluso a los empleados del hotel. No sabíamos qué fuerza los movía, ni entendíamos bajo qué circunstancia ocurría todo esto.

¿Era un concurso? ¿Una celebración? ¿Alguna especie de ritual purificador? Y si era un concurso, qué carajos ganaba quien se hiciera con un pájaro en mano. ¿Y por qué nadie se abalanzaba sobre las aves para atraparlas? En algún punto, todo el ritual nos resultó tan poco digerible que no supimos si el fin era hacerse con un pájaro o simplemente seguirlo el mayor tiempo posible. Algunos pobladores avanzaban por encima de las bancas y los árboles para seguir al ave que habían escogido. Otros, cuya edad aún alcanzaba para las más cotidianas gimnasias, se arrastraban por el suelo y saltaban los obstáculos que llegasen a encontrar en el camino.

Ningún pájaro parecía alterado. De vez en cuando alguno agitaba las alas, pero no para alzar vuelo. Recordamos las palabras del hombre que nos advirtió no alimentar a esos animales. Estaba prohibido. Si alguna vez uno de estos pobladores había tenido oportunidad de atrapar a un pájaro entre sus manos, dábamos por hecho que no lo íbamos a saber.

Muchas de las aves avanzaban como las más tranquilas de las almas. Los pobladores en cambio parecían desesperados pero inalterables, consumidos por el trance del juego. Pasaba alguno frente a nosotros, sí, pero sólo para ignorarnos. Queríamos saber qué carajos estaba ocurriendo, pero fuerzas más profundas, más aterradoras y más incomprensibles detenían nuestras preguntas. Además éramos unos intrusos con la fortuna de estar viendo algo tan fuera de lo común. Y siempre se es extranjero ante lo incomprensible. Y el estar no basta para entender nada. Y las suposiciones son siempre una mentira que ajusta la realidad a nuestra propia mirada. Y nadie cree ya en premoniciones. Y nunca ha podido un ser humano entender algo que no le fue dado entender. 

Algunos pájaros llevaban a sus perseguidores a las afueras del pueblo y estos seguían caminando tras ellos. Otros, más egocéntricos, los obligaban a dar vueltas en círculos; los más crueles estrellaban a sus perseguidores contra muros y árboles. Como no había coches cerca, al menos estábamos tranquilos de que ninguno de ellos habría de sufrir un accidente espantoso.

Como en algún punto todo se hizo nebuloso e inaprensible decidimos por unanimidad que lo mejor era regresar al hotel y tratar de ignorar lo que estábamos viviendo. Salir de ahí tampoco era una opción. De la carretera y de noche comprendíamos sus horrores. Y el fenómeno de la plaza del pueblo sonaba menos peligroso. Sólo un tipo nos dirigió unas palabras cuando nos vio alejarnos. Lanzaba migajas contra una casa donde sólo la fachada permanecía de pie y la cual, por dentro, estaba llena de nidos de pájaros. Tiró una, dos, tres migajas y luego nos advirtió que no perdiéramos más tiempo. Aquello sí nos asustó, pero cuando quisimos preguntarle el porqué también volvió la mirada y se dedicó a lanzar las migajas contra los nidos. Ningún pájaro asomó.

No recibimos explicación alguna, ni siquiera una mirada tranquilizadora que nos permitiera entender que todo esto era, para ellos, algo normal. Perturbados y extraviados, llegamos al hotel. No tuvimos valor siquiera para comprar más alimentos en la tienda.

Una hora habremos dormido entre todos. Por turnos despertábamos para entender si algo había cambiado, pero no, cada que uno de nosotros tomaba su turno para averiguar si los pobladores aún seguían persiguiendo a los malditos pájaros, encontraba la misma imagen repetitiva y monstruosa de ese trance colectivo. Nada de esto puede explicarse con el itinerario de la observación.

Pulverizados de cansancio, esperamos por la mañana y la mañana llegó. Con ella, como era de esperarse, cantaron los pájaros. Poco a poco los habitantes de aquel pueblo habían salido, guiados por los animales, hacia la periferia del mismo; los menos diestros habrían sido llevados de regreso a sus casas tras recuperarse de la contusión; algunos otros habrían encontrado refugio en casa de otras personas y no eran pocos los que permanecían dormidos sobre las inmundas callejuelas y las bancas derruidas. No pocos habían caminado hasta perderse en las desconocidas horas de la madrugada, donde no cabe juicio alguno que permita entender lo que acaba de pasar y sólo se espera por una mañana tranquilizadora que brinde, si bien no respuestas, si bien no un arreglo ante todo este acertijo, sí la forma perfecta de un nuevo día, cuyo caos y peligros están apenas por ser inventados, se muestran como el especular contrario de lo desconocido, no el miedo, no la desesperación ante el extrañamiento, sino el desahogo de lo que está todavía por ser escrito y vivido y relatado. El tormento de la nada. Si alguno de los pobladores alcanzó a hacerse con un pájaro o si aquello consiste en un ritual que se ha convertido en la única forma que les permite conciliar el sueño, no quedará en nosotros saberlo.  

Ya en el hotel, con las maletas listas y apenas los primeros rayos de sol decidimos que era importante  turnarnos para continuar con el camino. No iba a ser fácil yendo tan cansados, pero sin duda iba a ser mejor que quedarse un rato más en este pueblo pusilánime y engañoso. Antes de irnos sólo vimos despierta a la recepcionista que atendía el hotel. Le entregamos las llaves. Hoy no salieron tan temprano, nos dijo. No respondimos, desde luego.

Subimos al coche y nos enfilamos directo a la carretera. A partir de ahora no recomendaremos a muchos hacer escala en este lugar. Vendrán turistas, no cabe duda, vendrán los curiosos, los suicidas, los extraviados. En cuanto a nosotros, acordaremos que nunca vivimos este día tan inquietante. Después de todo, no es algo fuera de lo común el sorprenderse ante las costumbres y rituales de un lugar desconocido, pero lo que vimos en Zazalotepetl dista mucho de ser algo que podamos clasificar como entendible, incluso real.

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