Ciudad de México, 1963. Su libro más reciente es Después, seguía la muerte (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2024).
Para Rosa María y María Luisa Manzano
La señora Francisca buscó a sus tres hijas toda la noche. Era noche cerrada, sin estrellas siquiera. No regresaron como cada tarde de casa de Mamá Grande después de ir a visitarla para que el tiempo fuera menos largo. La señora Francisca —Paquita, como le decían— trabajaba doble turno en Telégrafos de México, llegaba a su casa hasta las nueve de la noche, hora en que las niñas ya estaban dormidas.
Entró a su recámara para darles un beso antes de irse a descansar. Un impacto le recorrió todo el cuerpo: las niñas no estaban. Salió a la calle en su búsqueda.
«Las vi cuando iban a cruzar el río Consulado, pero de pronto desaparecieron», dijo un hombre que estaba parado frente al río. Otro comentó: «Me llamó la atención ver un vestido blanco flotando en el río». Una señora agregó: «Escuché gritos de una niña». La persona que atendía el puesto amarillo le contó a Francisca que las niñas llegaron a comprar nieve, tardaron mucho en escoger los sabores, demoraron en tomárselas y en eso cayó la tormenta, muy fuerte. Cuando amainó, se fueron a su casa.
«Vi varios zapatos arrastrados por la corriente». «Vi diademas flotando». «Recogí en la orilla unos aretitos». Así fueron agregando detalles quienes vieron pasar por el río las pertenencias de las tres niñas Manzano.
El terror de Francisca crece. Primero piensa que es una broma, seguro las niñas se escondieron. Luego siente un vuelco en el corazón, la sangre se quiere salir por las venas y hasta por la boca. Siente que se asfixia al pensar que algo grave ha sucedido. No puede moverse, devuelve el estómago, llora. Sigue sin lograr levantarse y actuar. Su cuerpo se arquea del horror que empieza a sentir, un veneno que la carcome. Son dagas dentro y la inmovilidad que no puede vencer. Cae al suelo.
No sabe cuánto tiempo se quedó ahí retorciéndose en una especie de indefensión, sola, miserable. Una mujer viuda cansada de trabajar de sol a sol. Se levantó conquistando la movilidad, salió corriendo a las calles en busca de Malicha, Lupillón y Rocha. Preguntó miles de veces por ellas. Después de escuchar los testimonios de quienes vieron a las niñas o sus pertenencias irse río abajo, pensó echarse al agua a buscar en el fondo a sus hijas, salvarlas, tal vez todavía las podía encontrar con vida.
Alguien la detuvo. Caminó entonces por la orilla kilómetros y kilómetros. El río Consulado llevaba una corriente agitadísima, iba muy alto, casi desbordándose. Francisca buscaba a través de los vuelcos del agua turbia; vio el rostro de Rocha de carita muy blanca, su cabello quebrado, escuchó sus gritos; vio clarito los rizos de Malicha, sacaba las manos del agua pidiendo auxilio; Lupillón apareció bocarriba sobre la corriente, sin luchar por sobrevivir, resignada. Cada paso que daba, nuevas visiones aparecían en el río. Estuvo a punto de echarse por ellas, no obstante —más cerca— se daba cuenta de que no estaban. Era su imaginación.
«Mali, ya no puedo más», repite la niña menor. Sus hermanas están aferradas al acero, Rocha ya no tiene fuerzas. Con sólo seis años, sus dedos no alcanzan a agarrar del todo el pretil de la parte externa del puente, ni menos el alambre que cuelga junto al parapeto.
Malicha, la mayor, tuvo la idea. Cuando caminaron muy contentas tras haber tomado su nieve en el puesto amarillo, las calles estaban inundadas. Tenían que atravesar el puente del río Consulado para ir de casa de Mamá Grande en la colonia Santo Tomás hasta la suya en Santa María la Ribera. Al llegar al puente, Malicha se asusta porque está lleno de lodo; sabe que su mamá las va a regañar si se ensucian sus vestidos y zapatos claros. Así que les propone a sus dos hermanas menores —de seis y ocho años— cruzarlo por fuera, agarrándose del murete externo. Mali, de nueve, tiene autoridad sobre las niñas, así —sin poner objeción— las tres hermanas emprenden la aventura.
La corriente del río casi les toca los pies. Todo está húmedo. Los dedos pequeños de Rocha resbalan una y otra vez; se deslizan como si tocaran mantequilla, se derriten con el agua. Y al mismo tiempo le duelen y engarrotan. Ya no puede flexionarlos para volver a encogerlos y agarrar el pretil o el alambre. «Mali, ya no puedo». «Mali, tengo miedo». Así grita la pequeña. Mali, impotente, sufre, está muy nerviosa al escuchar a su hermanita, pero ella misma lucha con sus propias manos y su cuerpo, que quieren también soltarse y caer al agua; se siente desfallecida. Lupillón, concentrada, se queja en silencio.
Mamá Grande vivía en la calle Lauro Aguirre, que descendía hasta la ribera del río Consulado, un cauce abierto de aproximadamente veinte metros de ancho, con márgenes de tierra cubiertos por pastos, carrizos y algunos sauces.
El puente era una estructura sobria, construida entre las décadas de los veinte y los treinta con un tablero recto de concreto armado, dos estribos de mampostería, barandales metálicos de perfiles verticales y pasamanos tubular, de anchura suficiente para que cupiera un vehículo. Y banquetas laterales de aproximadamente un metro de ancho. No tenía ornamentos. Era un puente utilitario, pensado para integrar las dos colonias. Hacia el norte, el río se perdía entre vegetación y terrenos poco urbanizados. Hacia el sur, el cauce era una franja verde que separaba claramente los dos barrios.
Desde muy temprano lo cruzaban estudiantes, profesores, obreros que trabajaban en las fábricas cercanas, vendedores con carretillas, bicicletas, carros tirados por caballos, aunque cada vez eran más frecuentes los automóviles.
Francisca recorrió toda la noche la orilla del río hasta que ya no pudo más y regresó por la orilla opuesta para seguir buscando. Iba por la línea de vegetación que había en los bordes, una vegetación desordenada, crecida por las lluvias, casi campirana. En la parte norte de la Ciudad de México en los años treinta, el paisaje reflejaba la transición entre dos realidades urbanas. Del lado de Santa María la Ribera se extendía una colonia ya consolidada desde finales del siglo XIX con calles arboladas, viviendas de calicanto y algunos edificios públicos. En el Casco de Santo Tomás predominaban terrenos menos densamente ocupados, bodegas, pequeñas industrias y espacios abiertos que poco a poco eran absorbidos por la expansión urbana y donde se encontraban el Politécnico Nacional y la Escuela Nacional de Maestros.
El río discurría entre taludes de tierra. En varios puntos, pequeños puentes comunicaban ambas colonias y permitían el paso, para mantener la continuidad de las calles que cruzaban el río. En sus márgenes era posible ver personas cruzando hacia los mercados o las fábricas, lavanderas donde el agua corría con cierta limpieza, así como trabajadores del ferrocarril y de los talleres industriales cercanos. El río no era un paseo urbano, sino un límite físico que condicionaba la circulación y marcaba el cambio entre barrios con ritmos distintos.
Era una franja abierta de agua y vegetación atravesando el norte de la ciudad, con la silueta de chimeneas industriales, postes telegráficos y vías férreas al fondo. La ausencia de edificios altos permitía amplias perspectivas sobre el valle, mientras que el cauce formaba parte del antiguo sistema lacustre de la cuenca de México antes de que la urbanización sustituyera el agua por avenidas y los últimos ríos abiertos comenzaran a desaparecer.
Al amanecer encontraron a Francisca sobre una banca, desmayada. La animaron con alcohol y alimento. Al despertar no sabía dónde estaba, aunque poco a poco fue cobrando conciencia de la desgracia. Volvió a preguntar a todo el vecindario; nada, nadie. Fue a la policía, a los hospitales; no sabían de las niñas. Alguien de la verdulería las había visto colgadas del puente: «Luchaban para resistir y no me escucharon».
Francisca se encerró en su casa para siempre. No abrió nunca más la puerta a su familia, ni a sus amigos, tampoco a sus compañeros de trabajo. No quiso volver a ver la calle, comió hasta que se le acabaron los víveres. Poco a poco fue perdiendo la voluntad, la visión. Poco a poco se fue encorvando, se acostó y se encogió en forma fetal.
La corriente del río Consulado crece cada vez más. A Malicha le toca los pies, siente que se la traga; Lupillón siente lo mismo. Ya ninguna habla, ni menos grita. La gente y los coches siguen pasando por el puente, pero no las perciben. El río Consulado no subía mucho durante las otras estaciones del año, esta vez sin embargo se embraveció.
De Lauro Aguirre a Nogal es el recorrido de las niñas Manzano. De casa de la abuela a su casa. Todos los días pasan por el puesto amarillo para comprar helados. Siempre las tres, siempre solas.
A Francisca la encontraron ovillada muchos días después.
Rocha no habla. Cuando Malicha y Lupillón voltean, su hermanita ya no está colgada. «Se la llevó la corriente», dice una de ellas. «A lo mejor se regresó a la orilla», comenta la otra.
Tratan de buscarla mirando hacia abajo sobre el río. La llaman a gritos. Lloran.
Malicha no soporta más y le dice a Lupillón que va a ir por su hermana, que se espere en la ribera cuando llegue. «No tardo en regresar».
Lupillón mira cómo se hunde de inmediato, la golpea el agua con una furia como nunca había visto. No supo más nada. Llora desconsoladamente, se ha quedado sola. Continúa agarrada pasando sus manos lentamente una tras otra para llegar a la orilla y correr por su mamá para salvar a sus hermanas. En un instante el viento y el agua —que había subido más— la jalan y cae también a la corriente.
—Hola, Paquita —dice Lupe—. ¿Te sientes mejor?
Francisca había hecho la comida, fue al mercado y aseó la casa.
—Mis hijas vienen a comer hoy y traen a sus chiquitos.
Estaba tan recuperada y ecuánime. Más bien feliz de que su familia hubiera crecido tanto. Tenía doce nietos y los recibía con frecuencia.
Paquita camina todo el día. Habla con sus hijas, ríe. Regresa a dormir a un cuarto que le prestan sus familiares. Sus hijas la visitan casi a diario. Se le ve contenta, aunque durante las noches se escucha que llora, teme que sus hijas no regresen. El miedo la atormenta. Pero de día vuelve a salir sonriente y camina por las márgenes del río Consulado platicando con Rocha, Malicha y Lupillón.