Muñeco quemado

Jorge Casilla Lozano

Lima, Perú, 1982. Su libro más reciente es El viajero onírico (Colmena, 2025).

Entre todas las costumbres de mi país, la que más me sorprendía, emocionaba y aterrorizaba era la que ocurría antes de la medianoche del último día del año. Vecinos de diferentes condiciones sociales sacaban de sus casas los muñecos que ellos mismos habían confeccionado con las ropas sobrantes de algún familiar y, como si formaran parte de una ejecución macabra, les rociaban kerosene y les prendían fuego. Las calles se iluminaban entonces por pequeñas piras que servían como puntos de encuentro para celebrar el nuevo año con cerveza o espumante, así como para que los niños prendieran sus cohetes y chispitas mariposas.

Esta costumbre estaba muy arraigada en el imaginario popular. No obstante, para pesadumbre de muchos, la municipalidad ordenó su proscripción e impuso multas para aquellos que incumplieran las ordenanzas. Su principal argumento, vinculado a la contaminación ambiental producto del humo, era irrebatible. Por ello, los vecinos que vivían en las principales zonas urbanas abandonaron su práctica y lo mismo hicieron los demás. Sin embargo, en los barrios periféricos y más alejados, a donde el agua sólo llega con cisterna una vez por semana, en donde los cerros desnudos aún dejan ver el color de sus entrañas, este extraño ritual sigue vigente. 

La Asociación de Vivienda Sarita Colonia, ubicada en la sexta zona de Villa María Auxiliadora, estaba habitada por familias emprendedoras, en su mayoría descendientes de migrantes provincianos. Algunas casas tenían dos pisos y eran el resultado del trabajo duro y constante. Otras se mostraban más humildes, de un piso, ausentes de tarrajeo, con la segunda planta por construir. En esos techos inconclusos, de fierros expuestos, se podían apreciar sólo por un día, tal vez dos, los diferentes muñecos antropomorfos que los vecinos elaboraban. Unos mostraban la inclinación de sus creadores por la buena costura, por el detalle. 

Tal era el caso de la señora Dolores, quien año tras año exhibía el remedo de don Juvenal, su difunto esposo: zapatos negros bien lustrados, aunque gastados, medias plomas, pantalón de sastre, camisa a cuadros de franela y gorrita que utilizaba para ocultar la calvicie. Lo sentaba en una banca de madera afuera de su casa —como si aún leyera el periódico en las mañanas— y lo incineraba a las doce. Cuando todos los vecinos celebraban con juegos pirotécnicos, ella lloraba en silencio, esperando que la última prenda se redujera a cenizas, que el tiempo y la muerte hicieran lo suyo.

Otros muñecos estaban menos adornados, como si sólo hubieran sido hechos para cumplir un encargo. Ni siquiera les habían delineado los dedos de las manos o dibujado las líneas de expresión del rostro con algún plumón de pizarra. Por último, algunos vecinos gamberros aprovechaban la ocasión para quemar sus percudidos colchones de paja o para deshacerse de la basura acumulada en el techo por doce meses. 

Un caso especial se producía en la casa de la familia Cruzado Arias. Allí elaboraban el espantajo inspirándose en el integrante que había tenido el peor año, pensando que, tras quemarlo, se acabaría su mala suerte. El último fue Daniel, el menor de tres hermanos, quien había reprobado su segundo examen de admisión a la universidad. Cuando un año antes vio al doble de su cuerpo siendo rociado de kerosene y devorado por las llamas, juró que no volvería a arder. En los meses de verano se dedicó con ahínco al estudio, privándose de la playa y de salidas con los amigos, hasta que alcanzó su vacante, ganándose el derecho de diseñar el siguiente muñeco. 

Era el momento de vengarse de sus hermanos egoístas; de esos que nunca lo habían tomado en cuenta en los asuntos de la familia. Pero sus planes se arruinaron cuando supo que el próximo en ser incinerado iba a ser su padre. Sin las fuerzas para negarse ante la mayoría, comenzó a buscar con resignación alguna ropa que todavía quedara de su progenitor. La tarea fue difícil porque su madre había arrojado casi todo a la basura. No obstante, pudo encontrar algunas prendas y pertenencias.

Con la tristeza de un dios artesano, empezó a construir a su padre, la única persona que le había demostrado afecto. Primero moldeó el torso, las extremidades y la cabeza. Luego lo vistió con las prendas halladas: una camisa ploma, una corbata vieja, un buzo y un maletín de cuerina. Por último, le agregó detalles en la cabeza como el cabello ondeado, los ojos y las líneas de expresión. Cuando terminó, decidió llevarlo en brazos, como a un niño recién nacido, hacia la azotea para mostrarle el panorama final. De súbito, su alma se llenó de tristeza. Faltaban pocas horas para que se acabara el año. 

Un ruido extraño lo arrancó de sus reflexiones. Se asemejaba al retumbar de un látigo cortando el aire, al de una cuerda en máxima tensión. Una imagen o recuerdo se le vino a la mente y al instante se le erizó la piel. Pasó unos segundos antes de que se atreviese a buscar con la mirada el origen del sonido. Al encontrarlo, lo invadió el terror. ¡Un hombre se había ahorcado!

Bastó con mirarlo una vez para saber de quién se trataba: el viejo demente. Así le decía a don Marcelino, al anciano que vivía al frente de su casa. La imagen del cuerpo oscilante persistiría para siempre en su memoria. Debido al miedo que le tenía al rostro de los muertos, empezó a verlo desde los pies, en donde las uñas negras mostraban las secuelas de los hongos. Tras el pantalón gastado y la correa vieja de cuero, pudo apreciar el triste fin de las manos amarradas, hechas pedazos, como si alguien hubiera tratado de abrir a golpes el cerrojo de sus falanges. Y, por último, la cabeza. La expresión del muerto era tan impactante que Daniel no pudo evitar contraer sus manos y agitarlas, temblorosas, ante su pecho. La lengua morada, desparramada por un costado, y los ojos a punto de salirse de sus cuencas, eran productos del nudo que estrangulaba el cuello, explicando así los rastros de sangre coagulada alrededor de los orificios de la nariz y las orejas. 

Reaccionó a tiempo antes de gritar y quedar en ridículo, ya que sólo se trataba de un muñeco, del más real que había visto y que contemplaría en su vida. Al darse cuenta de ello, sintió que desaparecía el miedo de su pecho y que se le calentaban las orejas y las mejillas. Unas lágrimas avergonzadas se detuvieron en sus pómulos. 

Daniel conocía poco al anciano. Lo había visto barriendo la calle, jalando un tacho oxidado, arrastrando los pies. A los niños les daba miedo porque le habían escuchado hablar con las plantas en una lengua desconocida. Pero a los adultos, quienes conocían su verdadera historia, les inspiraba lástima. El cáncer de seno se había llevado a su esposa y la leucemia a su hija; pero a él, quien estaba a puertas de cumplir noventa años, parecía que la muerte lo había olvidado, como si la última sombra lo hubiera abandonado entre los mortales como advertencia de lo poco que sabemos del fin de nuestros días. 

Don Marcelino abrió la puerta y se paró al costado del muñeco. Vestía exactamente igual que su creación. A pesar de la repulsiva duplicidad, la presencia física y viva del anciano provocó que Daniel respirara con mayor tranquilidad.

—¿No es hermoso? Yo mismo lo hice —dijo el viejo—. Demoré todo el mes. El cabello es natural, por supuesto, del que se me cae a diario; las ropas son las que ya no uso. Contiene mi esencia. Las novedades son los ojos y la lengua. Esos los extraje de una res.  

Era la primera vez que el viejo le hablaba a Daniel. Es más, no recordaba haberle escuchado pronunciar tantas palabras. Su conversación con los vecinos se limitaba a un gruñido, a un frío saludo, o a comentarios banales acerca del tiempo.

Daniel no fue el único sorprendido. Otros vecinos salieron de sus casas para apreciar el horrible muñeco. Colgaba del techo del segundo piso, de tal forma que los adultos podían alcanzarlo con estirar los brazos. Al costado permanecía el demiurgo, orgulloso de asesinar a su doble. Esto produjo diferentes reacciones en el vecindario. Unos se acercaron a felicitar al anciano por su obra. —Es un trabajo digno de ser expuesto en el Museo de Arte —dijo uno de los vecinos que pintaba murales con spray. Otros no se acercaron y miraron con envidia desde sus puertas. Con disimulo, varios fantoches fueron retirados de los techos para reaparecer renovados. Algunos con mejores ojos, otros con una botella de cerveza en la mano. No faltó el que volviera acompañado de su perrito. Pero todo intento de perfeccionamiento fue en vano, el ganador del concurso implícito era el ahorcado. En las mentes de todos siempre había existido una oculta rivalidad, una «sana competencia». La misma viuda Dolores tuvo que reconocer la victoria aplastante de su vecino. Antes de retirarse, se acercó a su muñeco, le dio un beso en la calva y le susurró al oído: —Tú siempre serás el mejor.

Los vecinos que pertenecían a la secta de los Testigos del Juicio Final tuvieron una actitud diferente. Se abstuvieron de salir y, resguardados por las cortinas blancas de las ventanas, miraron con ojos acusadores y sentenciosos. Daniel detestaba a esos personajes de traje y corbata, quienes visitaban las casas del barrio una vez a la semana para hablar de su dios creador y castigador. Dejó de darles importancia y se preocupó por su pobre creación. Cogió un plumón y le dibujó el bigote tupido que su padre solía usar. Luego le mejoró el cabello y le puso unos lentes de verano. Lo sentó en el balcón del segundo piso para que mirase la calle. 

—Buenas tardes —dijo el viejo. 

Daniel, extrañado de que el vecino le hablase por segunda vez en el día, pensó en irse a su habitación sin responder el saludo. No obstante, decidió demostrar su educación.

—¿Cómo le va, vecino?

—Bien. Todo tranquilo. Quería saber si tu padre vendrá hoy en la noche. Me gustaría conversar con él sobre unos asuntos que dejamos pendientes.

Daniel se quedó pensando en qué tenía que ver su progenitor con ese anciano solitario, así como en cuánto sabían los vecinos de los problemas de su familia. Aunque sospechó que estaban al tanto de todo. Después de todo, el vecindario era pequeño y las paredes muy angostas.

—No esperamos hoy su presencia —dijo de forma cortante con la intención de irse de inmediato.

—Comprendo. Eso quiere decir que no se ha reconciliado con tu madre. Lo lamento bastante, muchacho. 

A Daniel se le encendieron las mejillas. Si este viejo ermitaño está al tanto de nuestros problemas, todo el mundo lo está, pensó Daniel.

—Nuestros asuntos no le incumben. 

—Lo sé, pero veo que lo van a quemar por fin de año y me quedé pensando en lo injustos que somos los hijos con nuestros padres. ¿No te da pena hacerle eso a tu viejo?

Daniel decidió responderle con más agresividad. —¿Quién te crees para meterte en asuntos que no te competen? 

No obstante, el anciano continuó como si no esperara una respuesta.

—Sé lo que estás pensando. Quién es este vejestorio que se entromete en mi vida privada, ¿verdad? Permíteme darte un consejo a pesar de que no me lo has pedido. No seas tan duro con tu padre. Lo entenderás mejor cuando tengas hijos —dijo y entró a su casa sin esperar respuesta. 

Daniel hizo ademán de golpear la pared, pero contuvo su furia cuando notó que un taxi amarillo volteaba en la esquina de la cuadra. Se detuvo intempestivamente a pocos metros de su casa, como si no quisiera avanzar más y de la movilidad descendió una mujer con varias bolsas. Se trataba de doña Carmen, la mamá de Daniel, quien traía varios paquetes, bolsas, regalos y, en especial, un pollo que comerían esa noche. Daniel se acercó corriendo para ayudarle y cuando terminaron de descargar todo, el taxi retrocedió y se alejó del vecindario a gran velocidad.

—Maldito supersticioso —dijo doña Carmen—. ¿Y de quién es esta monstruosidad? ¿No me digas que del viejo ese? —Daniel asintió con la cabeza—. Es impactante. Así es la gente ociosa que no tiene nada que hacer con su vida. Dani, ¿y el nuestro? ¡Supongo que lo habrás hecho mejor! 

La madre caminó hacia la casa, cargando dos de las bolsas, hasta que logró divisarlo pese a la perspectiva. 

—No está mal para ser el primero que haces, aunque hubiera sido más realista con un maniquí sentado en sus piernas —dijo antes de escupir de costado—. Viejo verde.

Su madre le pidió ayuda para aderezar el pollo y meterlo en el horno, así como para sancochar las papas amarillas y cortar las verduras. Al terminar, Daniel notó que aún era muy temprano: seis de la tarde. ¿Qué haría esa noche? En años pasados, el padre limpiaba la sala mientras escuchaba sus huaynos y sus villancicos. Ahora que no estaba, cada hijo planeaba su agenda. Los hermanos mayores irían a una fiesta. Tenían enamoradas y pensaban bailar con ellas toda la noche, estrenando sus ropas compradas en el centro comercial Las Malvinas. ¿Y Daniel? Él no tenía ganas de reuniones ni de nada. Sólo quería acabar el año de una vez. Dejó su ropa nueva encima de una silla por si se presentaba alguna circunstancia y se acostó en la cama para descansar. Estaba agotado. La confección del muñeco, la conversación con el anciano y la preparación de la cena le habían exigido un gran esfuerzo. La cabeza y el cuerpo le dolían, incluso le ardía detrás de los ojos. Estiró sus miembros como si fuera un gato perezoso y se quedó dormido.

De pronto, todos estaban en la sala: su hermano mayor, su hermanastro, su mamá y su papá. Conversaban acaloradamente de un tema que desconocía, pero que intuía por la presencia del padre. Este último lloraba, se cubría el rostro como si intentara ocultarlo, como si le pesara más que el resto del cuerpo. Pedía perdón con insistencia, pero nadie lo escuchaba. Entonces miró a Daniel, se acercó con velocidad, lo sujetó de las manos y le dijo con furia: —¿Y tú? ¿También vas a acusarme? ¿No te das cuenta de que algún día serás como yo?

Los gritos de la discusión lo despertaron. Pensando que aún estaba soñando, se bajó lentamente de la cama y se puso los zapatos con tranquilidad. Caminó muy despacio hacia la sala y, mientras acariciaba las paredes con las yemas de los dedos, reconoció al instante las voces de su padre, de su madre y hermanos. Al primero lo encontró de pie y a los demás, sentados, casi como en su sueño.

—Dany, no has cambiado nada —dijo el padre sin dejar de mirar con orgullo a su hijo. 

Tenía un mal semblante. Su ropa mostraba descuido, como si la hubiera lavado mal. A pesar de ello, sus brazos abiertos expresaban ternura y sinceridad.   

—Tú tampoco —dijo Daniel. 

Una extraña tensión se sentía en el recinto, como si un hecho incómodo siguiera sin resolverse.

—Tu madre ya no quiere que venga a verlos. No desea que aparezca nunca más por aquí, a pesar de que yo también ayudé a levantar esta casa. Ni siquiera me permite darles estos regalos que les traje por fin de año. ¿Qué dices tú, hijo? ¿Vas a darle a tu pobre viejo una oportunidad? Estamos en fiestas de fin de año.

Daniel observó a sus hermanos durante un momento. Ninguno lo miraba. Ni siquiera su madre. Era como si a nadie le importase lo que dijera. 

—¿Deseas que venga, hijo? ¿Aunque sea por ti?

El sueño, a pesar de su brevedad, lo había preparado para ese momento. 

—Lo que quiero de ti, papá, es que de una vez por todas dejes de hacer llorar a mi madre.

Al oír esto, todos lo contemplaron incrédulos. El hermanastro esbozó una sonrisa de aprobación. La madre alumbró una lágrima en silencio.

El padre, resignado, guardó silencio. Caminó lentamente hacia la puerta, la abrió y, tras voltear y dar una última mirada a la familia que había perdido, salió con la cabeza gacha. Faltaba una hora para medianoche. La madre recordó que el pollo al horno ya estaba listo. Pidió a sus hijos sentarse alrededor de la mesa para degustar la cena. Esta se sirvió en varios platos de forma generosa y nadie pudo negar que Daniel había mejorado en el arte de aderezar las aves de corral. Sin embargo, el ambiente no era de fiesta. El hermano mayor, tratando de alegrar la reunión, destapó una botella de espumante y la sirvió en cuatro copas para brindar en el momento adecuado. De pronto, los sonidos de los pirotécnicos aumentaron hasta volverse ensordecedores. Doña Carmen, al consultar el reloj, exclamó:

─¡Daniel, sólo faltan cinco minutos! ¡Bájalo rápido!

Subió las escaleras en un santiamén, llegó al balcón y tomó al fantoche en sus brazos. Había llegado la hora de arder. Para ahorrar tiempo, prefirió soltarlo. Entonces, el muchacho escuchó una voz. «No me quemes», le dijeron. «No me mates». No entendía de dónde provenía la voz, pero le hizo recordar una de las conversaciones que tuvo con su padre. «Cuando te cargué por primera vez, hijo, casi no pesabas. Eras tan pequeño que cabías en uno de mis brazos. Tenía miedo de que te cayeras». Pero las circunstancias se habían trastocado y Daniel le había dado la espalda a su padre y estaba decidido a hacerlo con su mala imitación. «No lo hagas, por favor», volvió a escuchar. Abajo, sus hermanos acondicionaban la hoguera. Al ver la felicidad en sus rostros, su decisión se afianzó. Fue así como abrió las manos con lentitud y soltó al remedo de su progenitor, quien cayó de espaldas, levantando sus tristes brazos hacia el cielo, tratando de sujetarse inútilmente de lo que fuese, hasta que chocó contra el asfalto, contrayendo sus extremidades, con un gesto de dolor y ridiculez. 

Daniel bajó corriendo las escaleras. Al llegar a la calle, sus hermanos ya habían acomodado al fantoche encima de los regalos traídos por el padre. Volvió a ver al muñeco terrible. Al mirarlo de nuevo, encubierto por las sombras de la noche, e iluminado a intervalos por los fuegos artificiales, sintió un presentimiento atroz. Mientras tanto, en muchas casas se oía la cuenta regresiva. Diez, nueve, ocho —cada vez más alto— siete, seis, cinco —como si algo estuviera a punto de ocurrir— cuatro, tres, dos, uno… ¡Feliz año nuevo! Gritos alborozados se combinaron con luces, besos y abrazos, indicando el inicio del ritual sombrío. La primera fue la señora Dolores. Previamente había rociado al remedo de don Juvenal con kerosene. Sacó fósforos y comenzó el fuego. Este fue trepando por los pies hasta llegar a la cabeza, reduciéndolo a cenizas. Luego siguió el turno del muñeco de la familia Cruzado. También lo habían regado con combustible. Daniel pensaba que les correspondía encenderlo a sus hermanos. Para su sorpresa, lo reconocieron como su igual y le cedieron el privilegio. Tratando de mostrar seguridad, prendió los obsequios. El fuego los envolvió con rapidez y no tardó en llegar a los pies, donde inesperadamente aumentó su intensidad, produciendo un calor que hizo retroceder a todos. Las llamas alcanzaron la altura de dos metros.

—Dani, ¿qué rayos le pusiste por dentro? —dijo el hermano algo asustado.

—Nada, sólo cartones y paja seca. Ya va a bajar —dijo Daniel y, efectivamente, en unos segundos el fuego se normalizó, devorando pacientemente al pobre muñeco, quien ni se atrevió a oponer resistencia. Pronto los demás vecinos quemaron los suyos, produciéndose pequeñas hogueras cada cinco o diez metros. Niños atrevidos tiraban sus cohetes al fuego para que reventaran y asustaran a otros niños o niñas. Uno de los vecinos quemó sus llantas viejas y envolvió una parte del vecindario con humo negro. El hermanastro llevó la bandeja con el espumante a la calle e hicieron un brindis. Por fin se había ido el año. El nuevo se mostraba prometedor. Daniel estudiaría en la universidad, su hermano mayor acabaría la carrera y el hermanastro recibiría el título. Todos tenían sueños por realizar. 

Un tieso balanceo los interrumpió. ¿Y el muñeco terrible? Nadie había salido a quemarlo. Todos los hermanos se reunieron alrededor del ahorcado. Pronto el mayor dijo: —¿Ustedes creen que las llamas alcancen la segunda planta? El hermanastro, quien era el más atrevido, dijo: —Imposible. Hay mucho espacio entre la vivienda y él. Era cierto. Existía una distancia de un metro entre la soga y la fachada. Al no haber impedimento, decidieron incinerarlo. Daniel se opuso, diciendo que ello le correspondía sólo al anciano. Pero este no salía y ya se estaba pasando la hora. En ese instante uno de los vecinos religiosos, testigo del juicio final, salió de su casa gritando.

—¿Qué esperan para quemarlo? ¡Nuestros hijos lloran porque no pueden salir por la presencia de esa monstruosidad!

El cretino hablaba aparentemente al aire, pero no dejaba de mirar por instantes al hermano mayor, quien se sintió aludido.

—Si tanto desea quemarlo, ¿por qué no lo hace usted?

El vecino dudó, pero luego, con el único fin de terminar con esa locura, cogió el encendedor e inició el fuego. Este, en ausencia de combustible, fue subiendo con lentitud por los pantalones, alcanzó la camisa y por último llegó a la cabeza. Todo se consumía con normalidad cuando sucedió algo monstruoso. El ahorcado, para asombro y trastorno de los presentes, comenzó a moverse con violencia, como si tratara de desatar sus manos destrozadas. De inmediato, se oyeron gritos de terror de los vecinos, quienes huyeron a sus hogares. Tras la seguridad de puertas y ventanas, taparon los ojos a sus hijos y siguieron observando el muñeco quien, ya libre de sus ataduras, trataba de aflojar el nudo que estrangulaba su cuello.

Daniel y sus hermanos seguían paralizados de asombro y miedo. Al recuperar la cordura, el hermano mayor ordenó volver a casa. El hermanastro giró el rostro, mostrando una mueca de terror. Aun así, logró correr al hogar. Daniel no pudo. Todo esto había sido demasiado para él. Sus hermanos regresaron para salvarlo. Inesperadamente, la soga que mantenía en el aire al muñeco se rompió, haciéndolo caer de pie. La criatura dio un paso hacia ellos e, inexplicablemente, se cayó en el siguiente, desparramándose en el piso, emanando un olor nauseabundo, como de carne podrida y quemada, que se alojaría, junto a la enajenación, en la conciencia de todos hasta el final de sus vidas.

Comparte este texto: