Guadalajara, Jalisco, 1980. Su libro más reciente es Casa que se anima (Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2025).
Han pasado veinte años desde la última vez que alguien puso un pie en La Tronadora. Tenía quince cuando le di la espalda y juré no volver. Ahora estoy aquí, frente a su reja oxidada, que cruje como los pulmones de un moribundo al exhalar su último aliento. No puedo distinguir la figura que está forjada, pues la invade una enredadera seca, hojas ocres que anuncian desgracia. Después de mucho esfuerzo, consigo abrirla.
El jardín es una selva seca, como el corazón de tía Matilde; ella yace en la tierra infértil del panteón familiar que está atrás. Ahí se encuentran todos los huesos, hechos polvo, de diez generaciones de la familia de mi madre.
Me abro paso entre la maleza, subo la escalinata principal que se compone de tres escalones. En ese momento recuerdo cuando de pequeña jugaba incansablemente a subir y bajar lo más rápido que podía esos mismos escalones. No debía tocar las líneas que separan las baldosas, que en aquel entonces eran de un rojo intenso. Hoy son de un pálido rojizo; varias de las baldosas han perdido su forma, están rotas, desgastadas, como esta familia.
Sin más demora me dirijo a la puerta principal. Esa puerta siempre me pareció enorme de niña; juraba que llegaba hasta el cielo, pero ahora me parece tan pequeña que dudo poder entrar sin tener que agacharme un poco. Saco de mi bolso la llave. Es pesada, de metal, enorme; nunca cambiaron la antigua chapa por una moderna. Conserva la puerta que el tatarabuelo instaló con sus propias manos, hace más de cien años. Inserto la llave, le doy vuelta, el perno libera el cerrojo. Abro la vieja puerta.
Al entrar, tengo que bajar un poco la cabeza para evitar que el dintel golpee mi frente. Sólo hay oscuridad; enciendo, entonces, una lámpara que llevo en la mano izquierda. Todo de pronto toma forma: de los muebles brotan colmillos, la escalera principal tiene una lengua polvorienta con dibujos moriscos; las damas desnudas que sostienen las candilejas al final de cada extremo de los pasamanos, antes me causaban risa por tener los pezones erectos; ahora parece que están llorando, casi puedo escuchar sus sollozos; de sus ojos escurren líneas de óxido verde.
Doy dos pasos, decido adentrarme más. Aspiro el olor hediondo del abandono, de humedad añeja; esta casa lleva años aguardando mi regreso. Me lo dice en el crujir de la madera apolillada del piso, cada que doy un paso.
Subo las escaleras hasta llegar a la que fue mi habitación. Aún conserva los muebles de entonces; todos están cubiertos por mantas enormes, polvorientas. Tengo hasta las tres de la tarde para encontrar el relicario de mi madre; a esa hora llegarán las máquinas a demoler La Tronadora, revolverán hasta los últimos huesos de esta familia. Una familia que no debió existir. No quedarán ni los cimientos.
Esta vez sí tronarás, casa maltrecha. Condenaste a todas las mujeres que vivieron en ti y que sólo pudieron salir de aquí casadas. Todas ellas murieron antes de cumplir los cincuenta años. Algunas al dar a luz a su primer hijo, la mayoría de asfixia; las hiciste adictas a tu aire viciado, al olor de las violetas frescas que crecían en tu jardín. No podían respirar fuera de tus dominios.
Comienzo la búsqueda. Quito la manta que cubre mi antiguo ropero. Aún tiene su diminuta llave; con ella puedo abrirlo. Saco mi antigua ropa; vestiditos que ahora parecen de muñeca se deshacen entre mis manos. Abro los cajones; también se desmoronan. Todo cuanto toco se vuelve polvo que entra por mi nariz y se aloja en mis pulmones. Sé que La Tronadora quiere evitar que encuentre el relicario, quiere que mis huesos, los últimos de esta familia, se conviertan en polvo para quedarse con ellos.
Debo ser más ágil que ella, aguantar la respiración, no permitir que se albergue en mi corazón todo el odio que guarda en sus paredes.
Busco debajo del colchón de mi antigua cama; ahí tampoco está. Corro hacia las otras habitaciones, con un solo aliento en mis pulmones. Hurgo en cada rincón; no lo puedo encontrar. Escucho a lo lejos el sonido del trascabo y la bola de demolición; están por llegar. Si no consigo salir, quedaré sepultada junto a ellas, junto a todas las mujeres que murieron al cumplir cincuenta años; sólo tú, tía Matilde, entregaste a tu marido a La Tronadora para que muriera en tu lugar.
Bajo las escaleras, salgo al patio por la puerta trasera. Con las pocas fuerzas que aún me da el aire que poco a poco se agota, llego a la pileta. Ahí lo veo. El relicario de mi madre está colgado de la llave del agua. Brilla como el día en que mi madre me lo mostró. Lo arranco con las pocas fuerzas que me quedan. Justo cuando inicia la demolición de la reja, corro hacia ella y la brinco con dificultad; mi falda queda enganchada, tiro de ella hasta zafarla; es el último intento de La Tronadora por retenerme.
—¡No nos volveremos a ver, Tronadora! —le grito con el aliento terroso que había de ella en mí.
Afuera, respiro por primera vez, como un recién nacido; doy un grito amargo, pero lleno de vida, pues ahora sé que el siguiente martes, en mi cumpleaños número cincuenta, no moriré.