Ciudad de México, 1972. Su publicación más reciente forma parte de la antología Quémese después de leer (Cuarentena Veinte Veinte, 2023).
En cuanto bajé del autobús, el calor y la humedad del pueblo me entraron por la nariz como un vapor pastoso y se me pegaron al cuerpo y a la ropa. La densidad en el ambiente hacía que mis movimientos y mi respiración se sintieran pesados, como en esos sueños en los que intentas correr o caminar y no avanzas, como si algo te anclara al piso.
Había olvidado lo irreal que parece todo en el pueblo: el eterno zumbido de los insectos, los cantos y graznidos de las aves, lo verde del paisaje, lo lento que se percibe el paso del tiempo en el andar silencioso de la gente. Todo seguía igual, ni siquiera se podía llamar central a esa cuneta en la que paraban los autobuses para dejar a algún visitante despistado. Me dirigí a la avenida principal con la incomodidad pegada en el cuerpo, esperando que desapareciera en las horas siguientes.
Volví con el firme propósito de quedarme sólo el tiempo necesario para organizar el funeral y entierro de mi madre, ni un día más; de sus pertenencias y todo eso ya me encargaría después, en vacaciones. Pensé que incluso podría contratar a alguien que lo hiciera por mí, en ese momento era demasiado pronto para decidirlo. Aunque podía imaginar a mi tía y los demás poniendo el grito en el cielo como siempre: por mi desapego a la familia, por el desinterés que mostraba hacia mi madre, por la poca comunicación que mantenía con ella desde que me fui. Pero no me importaba. Hacía mucho tiempo que nada de este pueblo me importaba.
Fue mi tía Bruna quien llamó para darme la noticia: mi madre había muerto, tenía que ir al pueblo de inmediato «aunque no me gustara», la doctora ya iba en camino para certificar la defunción y levantar el acta. Preparé una mochila con lo necesario para un par de días y salí hacia la central de autobuses. Antes me aseguré de que mi vecina tuviera un duplicado de mi llave para que le diera de comer a mi gato. En el camino avisé al trabajo que me ausentaría el resto de la semana.
La parquedad de mi tía y su falta de tacto eran como un comunicado oficial, frío y distante. Recibí la noticia como quien recibe un memorándum, quizá por eso no lo asimilé sino hasta unas horas después cuando ya el autobús había salido de la ciudad. Nunca sentí eso que algunos llaman «nostalgia por el terruño», al contrario. Y si no fuera por las circunstancias, no habría vuelto. Eran los primeros días de marzo, faltaba poco para mi cumpleaños.
El pueblo donde nací —y antes de mí nacieron mi madre, mi abuela, mi bisabuela y no sé cuántas generaciones— es como una mancha encarnada entre cerros y montañas cuyos ríos, lagos y cascadas le dan un permanente clima húmedo. Lluvia y neblina son tan comunes como los árboles, que parecen multiplicarse, al contrario de lo que pasa en otras partes del país y que son ancestrales; algunos alcanzan alturas alucinantes. Salvo los colores iridiscentes, casi imposibles de tan vibrantes de aves, mariposas, flores e insectos, en el pueblo todo es verde. Todo el año florecen las plantas, crecen los frutos, las hortalizas, los hongos. Más que pueblo, yo lo describiría como una anomalía en medio del bosque.
Mi tía Bruna me recibió en la puerta llorando, me aseguró que mi madre no había sufrido porque murió de un paro cardiorrespiratorio durante el sueño, eso había dicho la doctora.
—La muerte de los santos —dijo—, porque tu mamita era una santa.
Su intento por parecer empática o conmovida hizo que el diminutivo saliera de su boca como un escupitajo y se le quedara colgado, embarrado entre los labios y la barbilla. La mal fingida emotividad de su recibimiento y de sus palabras contrastaba con lo frío de la llamada unas horas antes.
Me abrazó como si mi dolor fuera igual al que ella fingía. Sentí náuseas; ella, su ropa, todo ahí olía a humedad, a casa vieja, a encierro. Era el olor de aquello que había dejado atrás y que casi lograba olvidar si no hubiera sido por ese abrazo, del que me solté sin miramientos. Y entonces la tía Bruna volvió a ser ella:
—Sube a verla, está en su cama. No hemos llamado a la funeraria, quisimos esperarte.
Se hizo a un lado para dejarme pasar. Entré evitando mirar a la gente que estaba ya acomodándose en el pequeño patio y en la sala, aunque podía sentir sobre mí sus miradas con la misma intensidad que sentía la humedad asfixiante del pueblo. Algunas mujeres, tal vez tías, primas o vecinas, trajinaban ya en la cocina. Fui directo al cuarto de mi madre, cerré la puerta y dejé mi mochila en el piso, todo estaba igual a como yo lo recordaba. Me acerqué al tocador que se encontraba frente a los pies de la cama, y me senté en el taburete. No quería ver a nadie, no quería hablar con nadie.
Fui hija única y aunque a veces mi mamá hablaba de mi padre como si yo lo hubiera conocido o como si su presencia estuviera suspendida en el tiempo que pasó con nosotras en esa casa, la verdad es que no lo recordaba, a pesar de las fotos en las que estoy de meses o apenas un par de años en sus brazos o sentada en sus piernas; me las había dado mi madre cuando me fui de la casa, con el tiempo me deshice de ellas, una imagen no sirve para pegar lo que se ha roto. Yo no tenía ni tres años cuando nos abandonó. Mi mamá me regañaba cada vez que mencionaba la palabra abandono. Justificaba a ese hombre diciendo que su partida había sido un sacrificio que a ambos les había dolido pero que era necesario por el bien de nuestra familia. Me exasperaban sus explicaciones sin sentido, su pasividad, su falta de carácter disfrazadas de espíritu conciliador. El abandono es el abandono y punto, no hay más.
Eso fue lo que me distanció de ella en un principio. Su resignación me parecía absurda, la indiferencia con la que aceptaba que hay cosas que no se pueden cambiar; su negativa a rehacer su vida, a irnos del pueblo. Cuando llegué a la adolescencia todo empeoró. Le dije que me iría a la ciudad para estudiar el bachillerato, quería ir a la universidad. Mi tía Bruna se reía y le recordaba a mi madre que nuestro deber era cuidar la casa familiar, cuidar que no muriera el bosque, rendirle su tributo por lo que nos daba; entonces ella le recordaba que ya mi padre había pagado ese tributo.
—Valiente tributo —decía despectiva—, tú sabes que así no funciona. Las cosas deben hacerse como siempre se han hecho.
Con eso zanjaba el asunto. Yo le reclamaba a mi madre su silencio, que no me defendiera; ella sólo secaba mis lágrimas y me decía que así era la tía Bruna, que no le hiciera caso, que si me quería ir del pueblo lo hiciera. Cuando por fin lo hice le prometí que volvería por ella para llevarla conmigo en cuanto pudiera. Me respondió que no, que tenía que quedarse para cuidar de todo. Antes de subir al camión me pidió que no me preocupara por nada, ni siquiera por ella. Siempre creí que yo no le importaba, nunca tuvimos mucha comunicación.
Ahora mi madre estaba ahí en su cama, con un camisón gris perla que se había puesto la noche anterior, con su pelo suelto que me recordaba al de algunas vírgenes dolorosas, con su gesto imperturbable, inmóvil, muerta. Los sonidos de la gente en la casa y de los insectos y las aves en el jardín me llegaban amortiguados, como desde otra realidad.
De pronto me parecía todo tan anodino, tan insustancial. No me atreví a acercarme a ese cuerpo que había sido mi madre. Mi desconcierto era más grande que la tristeza, los hijos nunca pensamos que nuestra madre pueda morir, nunca.
No había pasado ni media hora cuando mi tía Bruna entró al cuarto sin tocar, me paré para atajarla ahí en la puerta, me pareció muy intrusivo que no llamara a la puerta. Quería saber si yo contactaría a la funeraria para el servicio o si quería que ella lo hiciera. Yo no recordaba el nombre de la funeraria, que desde siempre había sido la misma y la única en el pueblo; antes de que pudiera reaccionar me tendió un pedazo de papel de estraza donde había anotado: nombre, teléfono y precio por el «servicio completo».
—Por si quieres llamar tú. Si no quieres, me avisas y yo lo hago.
Salió del cuarto. Volví a sentarme en el taburete, ahora de frente al tocador. En el espejo mi imagen se sobreponía a la de mi madre. Sobre mi cabeza se reflejaba el crucifijo de la pared, estaba tallado en madera. Los árboles del pueblo eran apreciados porque la madera era excelente para esculturas.
El conjunto en el espejo me pareció extraño: yo en primer plano, superpuesta sobre el cuerpo de mi madre que, detrás de mí, apenas se adivinaba tendido sobre su cama, y el crucifijo coronándonos a ambas.
Volví mi atención al papel que me había dado mi tía. No sé por qué me molestó tanto que fuera tan descuidada con esos datos, no era una lista de mandado lo que estaba escribiendo, era el precio del servicio funerario por la muerte de su hermana. Lo guardé en una bolsa del pantalón.
Salí del cuarto sin haberme acercado al cuerpo de mi madre, pensé hacerlo más tarde, antes de que se lo llevaran para prepararlo. Bajé a la cocina, cuando entré había un grupo de mujeres sentadas a la mesa, con la cabeza baja, parecía que rezaban. Mi tía encabezaba el grupo, cuando me vio se puso de pie y eso sacó de su ensimismamiento a las mujeres que la acompañaban.
—Te estábamos esperando, te preparé un té de… —dijo incorporándose para dirigirse hacia la vieja estufa, ya no alcancé a oír de qué era, pero seguro cocía una de sus hierbas para los nervios o la tristeza o la fiaca, como ella decía.
Me puso la taza en las manos y se quedó parada frente a mí, mirándome fijamente. Bebí el té, no era ninguna hierba que recordara, pero el sabor era terroso y algo dulce. Mi tía sonrió y yo le devolví la sonrisa. Seguí bebiendo, sólo entonces regresó a ocupar su lugar en la mesa. Las mujeres me observaban.
—¿No recuerdas a las tías? —preguntó.
¿Las tías?, ¿qué tías? No sólo no las recordaba, tampoco sabía que había más tías. En mis recuerdos de infancia sólo están mi madre, mi tía y los abuelos. A veces alguna visita, en días de fiesta varias personas en la casa, gente que nos encontrábamos en el mercado, en la iglesia, pero ¿tías?
—No, perdón —fue lo único que atiné a decir.
—Bueno, no importa, ellas sí se acuerdan de ti —las mujeres asintieron al unísono, sin dejar de mirarme—. Si ya terminaste tu té, acompáñanos a rezar por el descanso de tu mamá.
No vi cuando una de las mujeres acercó una silla justo detrás de mí, cerrándome la única vía de escape. Tuve que sentarme para rezar con ellas, creía que era una especie de deber protocolario; cómo no unirme a los rezos si era por el eterno descanso de mi madre. Pero nunca escuché los rezos, sólo vi a las mujeres, las tías, volver a su mutismo cabizbajo con las manos entrelazadas. Hice lo mismo tratando de estar atenta a algún «amén» o «ruega por ella» en voz alta que nunca escuché.
Eso es lo último que recuerdo, todo lo que pasó después es confuso. Al parecer me desmayé y una fiebre acompañada de delirios me tuvo en cama varios días. En los escasos momentos de lucidez la tía Bruna me daba a beber más de su té; me provocaba unas náuseas terribles pero tenía demasiada sed y debilidad para levantarme. No sé cuánto tiempo estuve así, enferma, aletargada. Recuerdo que la humedad y el calor del cuarto al que me habían llevado eran sofocantes a pesar de que estaba siempre oscuro porque las cortinas no dejaban entrar la luz. Sentía una pesadez terrible y espesa que no me dejaba mover libremente, cada vez que lo intentaba el dolor me arrancaba quejidos secos, que se sentían ásperos en mi garganta.
Ya falta poco. Yo se lo advertí a tu mamá: lo de tu padre fue un sacrificio inútil, el bosque y sus habitantes pueden engañarnos, nosotros a ellos no. El bosque es bueno, el bosque permite la vida de todos nosotros, ¿no es lo correcto mostrar nuestra gratitud con él? Le damos un hijo a cambio de que nos permita tener muchos más. Yo sé que tú lo entiendes porque eres muy lista, por eso fuiste a la universidad. Las cosas deben hacerse como siempre se han hecho.
Era la voz de mi tía Bruna que me llegaba como un eco antiguo y lejano, ancestral. Después volví a caer en el sueño o el delirio, ya no sé qué era aquello.
Lo último que recuerdo de mi antigua vida es a las tías llevándome en una camilla improvisada al jardín de la casa para depositarme en una fosa de tierra olorosa y húmeda, donde se completaría mi transformación. Ahora echaría raíces en la tierra que me vio nacer. Por fin tendría a mi padre conmigo, cobijándome con sus ramas y enseñándome cómo es la vida de un árbol.