Una mínima mancha

Emma Bertrán

Madrid, España, 1973. Esta es su primera publicación literaria. 

Sus pies avanzan torpes sobre el asfalto helado; uno descalzo con las uñas esmaltadas de hace meses, el otro aún conserva el calcetín. El cuerpo, medio desnudo. Gala se va arrancando la ropa a medida que camina errante, sumergida en la letanía de una pregunta sin fin: ¿estoy muerta?

El recuerdo estalla en sus sienes ahora, muchos años después, en un salón de belleza carísimo donde todo está ordenado y bajo control, incluso la posibilidad de perderlo. Gala conoce ese episodio porque su papá se lo contó cuando ella despertó en el hospital. A él se lo había contado la policía que la auxilió, pero Gala no tiene una memoria nítida sobre este hito en su vida. Desterró de su psique a esa mujer que dicen que la salvó, sin embargo, no se borraron las luces de la sirena: rojo, azul, rojo, azul… tampoco el murmullo femenino asegurándole que estaba a salvo, a salvo, ya a salvo… Tranquila, estate tranquila, estás a salvo. ¿Seguro estaba a salvo? Su mano temblorosa en las de la manicurista parece contradecirla.

Señora, ¿se encuentra bien?, está pálida. Gala retira la mano y la masajea a medida que dibuja una mueca cariñosa, aparta su atención de la tele y se la ofrece a la manicurista: ¿Podría subir el volumen?

No le explica que necesita entender por qué Norman, su gurú durante una década, el tipo del que logró huir aquella fatídica noche hace cinco años y siete meses de embarazo, ha sido arrestado y hoy es noticia. Las imágenes de archivo se suceden a dos velocidades; en la tele hablan de ayunos punitivos y «limpiezas», pero en su mente estalla el horror al que estuvo expuesta: el crujido de los huesos ajenos en las sesiones de purificación, las madrugadas ingiriendo mezclas de ceniza y semen de Norman para «desinfectar el linaje», y el frío de las celdas de madera donde la obligaban a dormir doblada cuando debía portarse mejor sin saber qué había hecho para portarse mal. Recuerda el olor a amoníaco y el pánico de las «loterías nocturnas» de asignación carnal, mientras el locutor menciona apenas una sombra del espanto en el que se metió buscando consuelo. Gala se sabe frente a un tsunami para el que sólo está equipada con un flotador infantil.

Dos días después, ya en casa, Pablo la mira. Es su mujer, pero Gala ya no está al otro lado de la barra de la cocina sino a años luz de él, ¿en qué momento esa cena de aniversario se ha convertido en una prueba de fuego? ¿Cómo es que a lo largo de estos tres años de relación y casi todo un embarazo juntos, a ella no se le ocurrió hablarle de la secta? A él se le atragantan las palabras, caray. ¿Por qué no me lo contaste? Cuando nos conocimos, por ejemplo. O sea, no esa noche, en el primer encuentro no; pero después. Cuando decidieron ser papás, pon tú. ¿Por qué no le contó antes y ahora sí, hoy, esta noche? Como broma, no tiene gracia.

Broma. Ojalá, cariño. Si se lo cuenta ahora es porque Gala tiene un problema. Arrestaron a Norman imputado de, uff, lo que te imagines. Coerción, manipulación, abuso en todos los grados, maltrato… marcaba a las mujeres como reses: esa cicatriz que ella tiene en su pubis no es el resultado de borrar un tatuaje, es el intento de borrar las iniciales del gurú en su cuerpo, impresas a hierro. Pero eso se lo contará después, no quiere que Pablo se le siga descomponiendo… Una barbaridad. Mark, uno de mis compañeros, el que la introdujo en realidad en la secta, apareció esta mañana aquí. Quería que me sumara a la denuncia, pero ella se asustó, regresaron muchos feos recuerdos, muy feos. ¡Se asustó!, ¡es lógico!

Mark entró aquí, a nuestra casa, la de ella y de Pablo. Esta casa que para ella es el sello final de su nueva vida: el olor a madera cara, las sábanas de hilo y el silencio que sólo otorga el dinero, su armadura de hormigón contra el barro de la comuna. Mark empezó a escupir reproches porque me niego a involucrarme de nuevo con ellos, que si era una cobarde, que si el pasado no se borraba con muebles de diseño, y ella sentía cómo las paredes de su nuevo santuario se agrietaban. ¡¿Cómo se atreve?! En un momento dado quiso tocarme y sintió que su solo tacto la amenazaba, tocar a mi bebé. Nuestro bebé, perdón. Y Gala lo empujó fuerte, no tanto quizás, pero el pico de la escultura del salón le reventó la sien. Le explica a Pablo cómo es que ha logrado limpiar todo salvo una mínima mancha que si no te la señalan no la ves. Trataré de usar otro producto.

Él ya no puede evitar la mínima mancha al mirar a los ojos de su mujer, esa mínima mancha está justo a la espalda de ella, frente a él, como un animal agazapado, un espectro cuyo rugido va aumentando en su cabeza.

Gala deja los cubiertos sobre el plato, se le ha quitado el hambre. Se recuesta en la silla, respira profundamente cansada; la escena de la recomposición del asesinato se repite en bucle en su interior: el peso muerto cayendo, el rastro de sangre oscura sobre el rodapié blanco, el sonido de los talones de Mark golpeando la madera al ser arrastrado y que, por un instante, le recordó al eco de sus propios pies sobre el asfalto helado aquella noche que logró huir… y el esfuerzo sobrehumano de arrastrarlo hasta la trampilla, con esa barriga que carga. El nene va a ser grande, lo sabe.

Acaricia su embarazo, ese bebé es lo único que la reconforta. Aunque no hace falta anunciarlo, porque tanto Pablo como ella lo saben, le surge la necesidad de subrayar: Podrían acusarme de asesinato.

Y ahora la palabra secta es un algodoncito de azúcar frente al efecto corrosivo de esta otra. Asesinato. Los ojos de Pablo viajan entre el arete de perlas de su mujer, su piel bien cuidada, el mechón de pelo brillante, hermoso y la mancha de sangre que se ha zampado su paz, su vida.

Para Gala no hay duda. Sabe que las grietas de Pablo, por donde ella se colaba sin esfuerzo, se han cerrado de golpe. Conoce perfecto, tanto como Norman la conoció a ella, a su marido, al padre de su hijo, a Pablo, que la observa sumido en la silla, en su antigua vida idílica, incapaz de responderse: ¿quién carajo es esa mujer embarazada de él?

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