La conciencia de un sueño clorofórmico

Aniela Rodríguez

Chihuahua, 1992. Uno de sus libros más recientes es El problema de los tres cuerpos (minúscula, 2019).

Todo empieza con un golpe de suerte, y ese golpe puede pronto convertirse en una crucifixión. Eso lo sabía muy bien la escritora boliviana María Virginia Estenssoro (La Paz, Bolivia, 1902–São Paulo, Brasil, 1970). Mi primer acercamiento a su obra ocurrió por una de esas casualidades improbables que todavía suceden en esta ciudad caótica.

Esa noche había acompañado a una buena amiga a Debí leer más libros, una suerte de talk-show / jam multidisciplinario curado por Brenda Lozano y Julieta Venegas que, a unos cuantos meses de su debut, ya se había posicionado como referente. Ese día, una de las invitadas era la cineasta Michelle Garza Cervera, a quien yo rendía culto desde que vi Huesera, la ópera prima con la que marcó un hito en el nuevo cine de terror mexicano. La dinámica exigía que cada participante leyera un texto propio o, si no era así, alguno que hubiera sido crucial para su proceso creativo. Así fue que Garza Cervera pronunció el nombre de María Virginia Estenssoro, un hallazgo que, según dijo esa noche, le debía a Liliana Colanzi y Edmundo Paz Soldán, quienes, desde DumDum Editora, habían impulsado una bellísima reedición de El occiso tras casi setenta años de su primera edición.

Lo que siguió a la anécdota fue una suspensión del tiempo, o al menos así es como yo lo recuerdo. A media luz, la cineasta leyó las primeras páginas de un texto plagado de imágenes increíbles que narra cómo un muerto cobra consciencia súbitamente de su condición inerte, y su posterior viaje hacia el vacío, hacia la disolución del Ser y, una vez llegado el momento, hacia el FIN. Bastaron diez minutos para que Garza Cervera me convenciera de que en esa escritora había algo que yo buscaba a tientas desde la adolescencia: la pulsión de provocar en el lector, mediante una precisa combinatoria de imágenes, un efecto cercano al oscuro ángulo del horror.

Tengo muy claro que no son pocos los relatos de terror protagonizados por un hombre enfrentado al abismo de la muerte; ahí caben, por ejemplo, ficciones de amplia tradición como «El entierro prematuro», de Edgar Allan Poe o «El hombre muerto», de Horacio Quiroga. De Estenssoro me atraparon esas primeras páginas de su ópera prima; será que hay algo en narrar el acto de morir (no el haber muerto, sino el estar muriendo) que me resulta particularmente atractivo por su cualidad de desconocido. Aceptemos pues que la muerte es un tópico de lo más convencional y prosaico, no por ello menos misterioso; en ese tenor, Estenssoro pareciera haberse preguntado: ¿de qué otra forma podríamos hablar de ella sin caer en las mismas fórmulas de siempre? ¿Es que hay algo más interesante que un tema que, por ser el misterio más grande, antítesis de la vida, no querramos conquistar a través de la palabra?

El occiso es la obra capital de la autora y la que, por otro lado, le valió la exclusión y el desprecio de las esferas intelectuales de su tiempo. El libro, compuesto por tres relatos breves («El occiso», «El cascote» y «El hijo que nunca fue…»), reúne textos que, aunque modestos en extensión, caen todos como un peso sobre nuestra espalda. Narrado en tres actos, el cuento que da título a la colección transita por distintos estados de conciencia, si es que así puede llamársele a un muerto que abre las puertas de su conciencia en su caída a la nada. Enfant terrible de las letras bolivianas, Estenssoro logra hacer brillar la imagen y el ritmo a partir del siempre vigente teorema de la vida después de la muerte.

Galopó sobre el tiempo y bebió la distancia.
Fue más allá de lo eterno y de lo absoluto.

«Fue como un despertar», comienza el narrador, y en el momento en que el occiso despierta, nosotros nos levantamos también con él. Lo acompañamos en ese «despertar de sueño clorofórmico» por el que, poco a poco, va descubriendo los horrores de la muerte. Más allá de las ya manidas metáforas del género, Estenssoro rompe el molde del horror y exprime todo el jugo de la imagen para regalarnos escenas tan vívidas como la de la putrefacción de la carne abierta, festín de la animalia que rodea el ataúd:

Eran los gusanos que se lo comían como pulpos ávidos, como vampiros insaciables y voraces…
Eran sus cuerpos anillados y blanduzcos, que le chupaban todo el ser, con besos asquerosos de encías desdentadas…

Una prosa dura, despiadada y a la que poco le interesa caer en complacencias; así dicen que fue Estenssoro en vida, y así lo fue también en su escritura.

«Esto es una crucifixión y un INRI», escucho a Garza Cervera y el tiempo en esa librería se suspende por algunos momentos. Al menos para mí lo hace, y me dejo llevar a la crucifixión. Una frase y nada más, que sirve de preámbulo para lo que, muy probablemente, Estenssoro ya anticipaba como su propio ejercicio de autoinmolación.

«Este muerto no tiene nombre ni apellido, pero Enrique Ruiz Barragán —pareja de Estenssoro a quien está dedicado el libro— está muerto», escribe Mary Carmen Molina Argueta a propósito de la obra. Es precisamente en ese detallado viaje por el abismo de la muerte, que Estenssoro pareciera explicarse lo que el amado (acaso, su fantasma) está atravesando en ese vertiginoso siempre que es la eternidad. Y parece que junto al occiso, que se duele del cuerpo perdido, del cuerpo devorado y perforado por los gusanos, también Estenssoro se va descomponiendo.

«Amor es todo el Bien y todo el Mal», dice ese poema de Delmira Agustini, y eso parece calzar en la horma de El occiso que, antes que un relato de horror, es también una canción de despedida al amante muerto. La escritora boliviana le dedica el libro a Enrique Ruiz Barragán, quien fuera su pareja por tres años, y por quien doblaban las campanas de su tristeza. Si uno desvía la mirada un poco; si uno, incluso, echa un clavado a la producción literaria de Estenssoro a lo largo de su vida, se dará cuenta de que El occiso es una de las piezas más arriesgadas tanto en fondo como forma. 

No hay forma humana de escribir algo tan doloroso si no es viviéndolo en carne propia; a su vez, no hay tributo más grande para el amante que ofrecerle, a su partida, las heridas abiertas de nuestro dolor. El desgarramiento amoroso sólo puede llevarnos al fondo del pozo; y es ahí, precisamente, que también vive la más pura de las bellezas. 

Fuera, rebrillaba el sol, y anidaban los pájaros en los ramajes verdes y jugosos, cantando como locos.

Y el occiso, todo espíritu, se bañaba en luz.

Tan pronto termino El occiso, comienzo a buscar más acerca de la producción de la autora, una tarea compleja incluso en estos tiempos de inmediatez e hiperconexión. Tras una búsqueda rápida en mi sitio de piratería de confianza, encuentro el pdf de Cuentos y otras páginas, una edición preparada por sus hijos, Inés y Guido, donde reúnen la mayor parte de su producción narrativa. Estenssoro siempre se negó a escribir novela, cuentan ellos, quizás porque no se sentía particularmente ducha en el género; esta colección se dedica a recopilar relatos breves y otras piezas dispersas que sus hijos se dieron a la tarea de rescatar a principios de la década de los setenta.

Mientras paso las páginas buscando pistas de sabe qué, encuentro un texto que llama mi atención de buenas a primeras. Se titula, simple y llanamente, «Fuga», y aunque pareciera haber sido escrito en una etapa distinta a El occiso, encuentro ciertas afinidades entre ambos desde que leo sus primeras líneas. La primera es una extensiva preocupación por la cadencia y el sonido de las frases, construidas para responder musicalmente unas a otras.

Mientras que en El occiso Estenssoro escribe: 

Fue como un despertar.
Un despertar de sueño clorofórmico.

En «Fuga», por ejemplo:

Y sus dedos de uñas alargadas, estaban crispados sobre las sábanas.
Y sus pupilas se habían dilatado como en un supremo espanto.

Desconozco las razones por las que Estenssoro escribió «Fuga», la historia de una mujer que muere después de haberse escapado con su amante, un organillero, para vivir la aventura de un amor desenfrenado. Ignoro también si lo hizo antes o después de El occiso. Lo cierto es que ambos parten de una intuición semejante: la muerte como un estado de conciencia hiperlúcido; desconocido e incognoscible, para acabar pronto. Desde esa experimentación, cada uno explora a su manera el duelo y deja entrever, entre sus ruinas, su muy particular concepción de la belleza y el horror.

Para explorar el dolor y lograr que palpite en la cuna de nuestras manos, no hay más que entregarse a la belleza y el terror, como dice esa máxima rilkeana, esperando que todo nos suceda. De boca abierta a sentirlo todo y que nos atraviese, que nos desgarre; acaso ahí está el núcleo de su belleza, y probablemente sea ahí desde donde podemos expurgarlo. Para dominar géneros como el horror hay que tenerle respeto al vértigo; estar dispuesto a verse las propias vísceras y hacer de ellas un collar, y eso es precisamente lo que veo en la joven Estenssoro: un amor desbordado e imposible; transido en dos por la lacónica risa de la muerte. Hace falta mirar hacia la grieta que se forma entre la autora y la voz narrativa del occiso e imaginar, entonces, que hay un ángulo en el que ambas convergen, y entonces Estenssoro se propone abordar, con toda la ternura que le queda, la hasta entonces grotesca imagen del difunto:

Era un espectro formado de larvas que vagaban: larvas de ensueño que, otrora, fueron sus centros sensoriales y anímicos, ahora desintegrados de la materia y que hacían un halo luminoso en torno al esqueleto

¿Qué tanto de la joven María Virginia seguía siendo ella y qué otra parte era  el occiso? ¿Qué tanto era también la larva que roía el cadáver hasta dejarlo seco? No lo sé, pero a estas alturas tampoco me importa mucho saberlo. Por momentos, tengo la impresión de que Estenssoro escribe para encontrar respuestas, para cavar una y otra vez en los huecos del lenguaje e intentar explicar a través de él un dolor que se resiste incluso a ser.

Es a partir de la segunda parte, durante el viaje del muerto fuera de su cuerpo, cuando El occiso adquiere un cariz más filosófico sin renunciar nunca a la potencia de sus imágenes:

El espectro no tenía cuerpo, ni tenía alma; pero, era el Ser en esencia. No era espiritual, ni elemental, ni cósmico. Era Esencia: como una fría gota de éter condensada en el Espacio, como un vaho denso, como un vapor errante.

¡Era el Ser!

El Ser sin palpitaciones, sin vibración, sin movimiento. El Ser que puede vagar y elevarse como una niebla.

Estenssoro es una mujer de contrastes, o al menos esa es la lectura que me estoy empecinado en hacer de ella. Pienso que para escribir un buen relato de terror, como lo hicieron algunas grandes del género como Armonía Somers o Silvina Ocampo, hay que estar dispuesto a trastocar ciertos límites: hay una especie de pacto tácito que nos recuerda que siempre hay vacíos más hondos en los que podemos meter las narices. Estenssoro se asoma al suyo y, por momentos, parece regocijarse en él; cuanto más dolor es capaz de narrar, más se interna en esa oscuridad. Y aunque cada palabra parece cuidadosamente domesticada, consigue volvernos a la vez cómplices y víctimas de su juego, y acudimos al espectáculo de El occiso como quien acude a su propio velorio; ya cada quien sabrá cuánto desea reconocerse en aquello que tiene enfrente:

El hombre resurgía en el muerto, y soñaba como hombre que fue, no como larva que era, como fantasma que nacía.

¿Sueñan los muertos con abismos clorofórmicos? La respuesta no es importante, pero la pregunta sí. María Virginia Estenssoro se la formula a nuestro lado y, conforme avanzamos en la historia del occiso (que también es la historia de un amor desdichado), la muerte se vuelve más inasible y dolorosa. Más incierta y delirante que cualquier criatura fantástica capaz de atormentarnos: la autora nos obliga a escindirnos junto al Occiso de la coraza del Ser, y es entonces que nos dejamos devorar por los gusanos. Esperamos el momento en que el hueso se cristalice y avancemos, palmo a palmo, junto a Ruiz Barragán, hacia las profundidades de ese viaje a la nada; en fin: el horror no está en lo que sucede, parece decirnos Estenssoro, sino en la ausencia de algo que suceda. Nadando sobre la nada, la memoria del occiso adquiere textura y, allá a lo lejos, todavía alcanzamos a distinguir una vaga, remotísima idea de la forma. Qué alivio siente el occiso. Y también qué dolor.

Y la angustia del Ser, traspasó la claridad lunar del Espacio inalcanzable y la lividez polar del arcano para acercarse al FIN.

Es en la nada donde terminamos por perdernos; después de eso no hay concepto posible, no hay herida capaz de alcanzarlo; el horror de la muerte se ha esfumado, así como lo ha hecho el amor. Fuera del cuerpo, fuera incluso de la esencia misma, abrimos también los ojos. Vemos el vacío vuelto hacia sí mismo. Lo encontramos terriblemente bello y horroroso. Una luz, a lo lejos, nos señala el FIN.

Comparte este texto: