Guadalajara, Jalisco, 1966. Este es un fragmento de la novela inédita La sentencia de Victoriano Navarro.
Las ánimas
Permanecí en el huerto esa noche. Casi no había luna y me encontré con recuerdos que no se me alejaron nunca.
El Salto de La Quemada es una cascada que, durante la temporada de lluvias, forma un velo esbelto y persistente, visible desde el mirador que Jesús y yo habíamos instalado en el nogal. Mi amigo consideró que, a mis nueve años, yo ya tendría fuerzas suficientes para hacer el recorrido, y me propuso la aventura con esa mezcla de entusiasmo y cuidado con que solía llevarme a los lugares que él conocía y yo no. Fuimos tres: Jesús, Javier y yo, con nuestras resorteras al cuello.
La caminada de subida hacia la cascada fue animada. Aunque la maleza era cerrada por ser una vereda poco transitada, en las subidas a los cerros los caminos convergen y fue fácil encontrar la cascada y su poza. Pasamos un día hermoso.
Después de un par de horas de andar de regreso, empezamos a entender que bajar por un camino distinto había sido una mala idea. La senda se desvanecía por tramos hasta que terminó por perderse completamente; entonces avanzamos apartando la maleza con manos y pies. La caminata se hacía pesada y el ánimo pronto se descompuso. Javier y Jesús discutieron sobre la ruta. Se enojaron, se gritaron y forcejearon, cada uno a punto de soltar el primer golpe.
Me asusté con los gritos y la violencia, que no les había conocido. Quise alejarme lentamente —no mucho, sin mucha decisión—, pero con ganas de oírlos menos.
Caminé un par de cientos de metros, cuidando no perder el sonido de las voces. Subí a un pequeño promontorio y desde ahí pude ver algunos tejados asomando entre los árboles. Asumí que serían las primeras casas de Tepec, en una dirección distinta de la que esperaba, pero cercana. Creí que podía llegar solo. Emprendí el camino.
Todos los paseos de los veranos anteriores —y mi resortera colgada al cuello— me daban la seguridad que necesitaba. A los pocos pasos dejé de oír las voces, sustituidas por los llamados recíprocos de algunas aves. Los nogales fueron cerrándome la vista del caserío y del cielo: era un rodal denso de árboles viejos, cargados de heno y bromelias. No era una ruta que yo conociera, y eso me sorprendió.
Caminé mucho. La distancia me pareció mayor de lo que había calculado. El día empezó a cerrarse sin que yo lo notara. La senda se volvió cada vez más incierta y el monte —que por la mañana había sido abierto y transitable— comenzó a encaramarse sobre mí con una espesura distinta, más cerrada, como si ya no quisiera dejarme pasar.
Antes de que pudiera llegar a ningún lado, el sol se metió detrás de la cresta de los cerros y con él se borraron las referencias que me permitían orientarme. El camino desapareció del todo. Me detuve varias veces, creyendo reconocer algo —una piedra, un quiebre del terreno—, pero todo parecía igual a lo ya andado. El monte no me ofrecía señales familiares: sólo repetía sus formas. Cuando comprendí que no iba a salir antes de que anocheciera, sentí un nudo duro en la garganta. No era miedo todavía, sino una certeza torpe y pesada que me empezaba a incomodar el cuerpo.
Con la última claridad del cielo alcancé el remanso de la ladera y, a los pocos metros, aparecieron primero lienzos de piedra cubiertos de maleza. Luego, para mi errado alivio, encontré muros de adobe derruidos con su enjarre ennegrecido por el tizne de un fuego muy viejo. Seguí avanzando hasta que llegué al caserío: no más de doce casas. Todo estaba en ruinas: los techos caídos, las puertas en el piso o recargadas contra los muros, la maleza creciendo dentro y fuera de las fincas. Traté de reconocerlo como alguna parte de Tepec, pero al llegar a la orilla me ahogó comprender que no lo era.
Quise no estar ahí, pero el sol ya se había metido y no sabía cómo regresar. Grité los nombres de mis amigos lo más fuerte que pude, pero la voz se me fue apagando sin encontrar respuesta. La luz se acabó de golpe y cualquier sendero dejó de existir. Volví al caserío con pasos indecisos. Me detuve. Algo en el ambiente era extraño. Contuve la respiración y agucé los oídos: el silencio y los ruidillos que lo delimitan me eran extraños. No corría el aire. Los pájaros que hacía rato llenaban con sus gritos al bosque habían callado.
Recordé las historias que tantas veces había contado Jesús a la luz de la fogata: pensé en coyotes, en brujas, en ruidos hechos de sombra, en apariciones. Cada crujido me parecía un paso; cada ráfaga de viento, una respiración ajena. Me repetí las explicaciones de mi papá: los fantasmas, las ánimas, nada de eso existe; son historias de viejas, puros inventos de la ignorancia. Quise evadirme con el sueño de estar en mi casa, pero cada intento me hacía más presente que en torno a mí flotaba un miedo hecho del mismo aire que entraba en mis pulmones, y que sentía venir de un lugar más hondo y oscuro que la noche.
Anduve sin rumbo entre los cascos sin techo, tropezando con piedras, rozando ramas secas. De pronto tropecé con un montículo y caí de rodillas. Al levantarme topé con otro. Alcé la mirada y pude notar una cruz de madera vieja, con la pintura gastada, encabezando el bulto. A su lado había otra, y dos pasos más allá otra más, caída en el suelo: eran entierros, muchos, juntos en el centro del caserío y no en un cementerio, como los había visto en otros pueblos.
Un horror descarnado me erizó el cabello cuando miré las siluetas de las ruinas con otros ojos, y supe que todo el lugar describía muerte y no simple abandono. Algo en esos muros ennegrecidos, en esas cruces sin nombre, en ese silencio particular que tienen los lugares donde ocurrió algo que nadie quiso recordar —algo en todo eso me habló con una claridad que no necesitaba palabras.
Corrí tapándome la cara. Quise huir al cerro, pero ya no había caminos. Como pude, me refugié en el ángulo que formaban dos muros que aún sostenían un pedazo de techo de teja. Me senté en el suelo, encogido, con la espalda contra el barro frío.
Tomé un palo. Lo apreté con las dos manos esperando no sabía qué. Pensé en hacer una fogata, y recordé mi encendedor olvidado en la bolsa del pantalón cuando me metí a bañar en la cascada. La piedra aún húmeda no generó chispa. Lloré en silencio, con el pecho apretado, tratando de no hacer ruido. No sabía si Jesús podría encontrarme pronto. Pensé que quizá no lo volvería a ver. El miedo y el cansancio me vencieron. Dormí poco y despertaba sobresaltado. La noche era larga. Interminable.
El frío fue entrando despacio. Supe del paso del tiempo por los latidos del corazón, que me golpeaba el pecho como si quisiera salirse. En algún momento oí pasos. Abrí los ojos. Contra la oscuridad vi una forma que se movía. No grité. Me cubrí la cara. Sentí cómo los pantalones se me mojaban con orina tibia y me quedé quieto, temblando, esperando un ataque que no llegaría. Traté de rezar lo poco que sabía; le pedí a la Virgen de Talpa, a Dios, con las pocas frases que podía recordar, hasta que escuché —creyendo que soñaba— la voz de Jesús gritando mi nombre. Salté y contesté como pude, pues sólo al tercer intento me salió la voz. Corrí hacia él hasta que pude distinguir su silueta asomándose por entre los árboles y, sin pensarlo, me lancé a sus brazos. Lloré ocultando mi rostro en su pecho. El alivio y el miedo retrospectivo me dejaron hecho un guiñapo.
—¿Qué lugar es ese, Jesús? —dije entre sollozos—. ¡Creí que era Tepec!
—Es un poblado viejo, Güero. La Quemada. Lo abandonaron hace como diez años.
—¡Es muy feo! ¿Es un pueblo fantasma?
—Sí, fantasma. No es buen lugar. No debiste venir. Aquí se aparecen ánimas. Pero estás bien, te respetaron porque eres bueno.
—¿Por qué está todo destruido?
—Aquí vivía mucha gente —contestó—, pero un día llegaron los soldados, sacaron a todos de sus casas y las quemaron.
—Vámonos a casa, Jesús. Tengo hambre. Tengo frío.
Me puso la mano en la espalda y el miedo empezó a ceder.
—No tengas miedo, Güero —dijo—. Yo siempre te voy a cuidar.
Guardé esa promesa de Jesús como se guardan las verdades primigenias: sin entenderlas del todo, confiando en que sostienen la vida.