El señor Bonnet

Julieta Navarrete Cervantes

La Paz, Baja California Sur, 1992. Su libro más reciente es Aquí los muertos no cantan (Editorial La Rana, 2023).

Aurora llevaba años viendo crecer una mancha por el rabillo del ojo izquierdo. Cuando esta era tan grande que le impedía ver, fue cuando se atrevió a decirle a su hermana mayor que algo malo le pasaba. 

Después de mandarla con otros especialistas y de hacerle infinidad de exámenes —para molestia de Naila y su bolsillo— el doctor les explicó que Aurora tenía un síndrome muy raro llamado Charles Bonnet. Les dijo que iría perdiendo la vista paulatinamente y que además tendría alucinaciones.

Como la enfermedad tenía nombre y apellido, Aurora comenzó a llamarle cariñosamente por su diminutivo, Charlie. «Charlie me está enseñando un burro», «Charlie te está saludando», decía entre risas. Charlie, Charlie, Charlie. El bendito nombre ya tenía harta a Naila. «Charlie está vestido de color azul», «Charlie apareció como mujer», «Charlie trajo a mamá». Charlie estará pendejo, contestaba Naila cansada de tener que lidiar con otro inquilino.

Aquella alucinación ocupaba un espacio en su mesa. Cuando se sentaban a ver la novela de las cinco, Aurora aprovechaba los comerciales para ponerlo al tanto de la trama, insistía en repetir lo que recién habían visto como si ese individuo invisible eligiera justamente sus ratos de ocio para desaparecer. También interactuaba con él mientras rezaba, tomando un momento entre cada letanía para que él contestara. Incluso se le había metido en la cabeza la idea de que su hermana arreglara el jardín para que Charlie pudiera disfrutarlo.

Los nervios de Naila se crispaban a medida que aquel fantasma se expandía y permeaba los huecos de sus vidas; se le figuraba que su presencia era como el moho del techo que amenazaba con apoderarse de la casa. Odiaba sentirse invadida de esa manera. Ahora, incluso realizando las actividades más mundanas, surgía en ella el presentimiento de que nunca estaba sola. 

Todas las mañanas, cuando se desvestía antes de meterse a bañar, redescubría un placer morboso y sucio al pensar en la posibilidad de que Charlie la viera. El desinterés por su propio cuerpo desapareció y comenzó a tocarse de nuevo. Pensó que si sus arrugas y lonjas eran de interés suficiente para un fantasma imaginario, podían volver a serlo para ella también. Se debatía entre el asco y el enojo mientras su inquietud le irritaba como una comezón mal rascada. Todo el cuerpo se le ponía tieso por culpa de la paranoia y la ira que sentía cada vez que Aurora hablaba sola.

Entre más ciega y loca se volvía su hermana, más grande se convertía el desprecio de Naila por ella. Se iba a morir cuidándola como sus padres lo habían decidido. Su hermana siempre fue más hija suya que de ellos. Al menos habían tenido la decencia de morirse y dejarle la casa. A veces miraba a Aurora y se sorprendía preguntándose si alguna vez la había querido. La culpa le duraba poco. Su molesta presencia hacía que se le olvidara. 

Un día se le ocurrió que podía usar a Charlie en su beneficio. Dejar que esa alucinación expresara la frustración que sentía ante la vida que no había elegido para sí misma. Le daba lástima su hermana. Era tanta la pena que Aurora sentía de ser un estorbo que ni siquiera se había atrevido a contarle sobre la nueva voz de Charlie y lo mucho que la aterraba. No había hecho comentario alguno ante el hecho de que ahora en lugar de entretenerla, la ofendía y le reclamaba por su estupidez, recordándole todos los días lo inútil que era.

Naila se sentía poderosa cuando paseaba por la recámara de su hermana y le cambiaba las cosas de lugar o cuando interrumpía su sueño para hablarle en nombre de Charlie. En el fondo esperaba que algo dentro de Aurora se quebrara, pero nunca lo hacía. Su hermana sólo se encogía como cachorrito y lloraba.

Aunque sabía que lo que estaba haciendo era una violación a su privacidad, ya de por sí arrebatada por la ceguera, no le importaba. Quería que Aurora se sintiera vulnerable. Que supiera lo que era que se te erizara la nuca cuando te sentías examinada. Que presintiera algo siniestro a través de la cortina del baño y de cada puerta que atravesaba. Que nunca se sintiera sola. 

Para su disgusto, Aurora se estaba convirtiendo en un perrito faldero. La seguía a todos lados arrastrando los pies. Se ponía ansiosa si no estaban juntas e incluso le había pedido que durmiera con ella. La broma había sido divertida, pero le estaba saliendo el tiro por la culata. Su capricho le había quitado el poco tiempo que tenía para sí misma. En lugar de enfurecerse o rebelarse ante la enfermedad, Aurora se había vuelto aún más niña de lo que siempre había sido. Naila terminó por perder el poco respeto que sentía por ella.

Queriendo congraciarse con su hermana, Aurora la convenció de que salieran al parque. Era diciembre, casi Navidad. Y ella necesitaba probarle que podían seguir haciendo cosas; que su ceguera no les había arruinado la vida. Además quería celebrar que Charlie llevaba varios días callado. Necesitaba salir y escuchar gente. Olvidar que era una carga. 

Aurora iba feliz sintiendo la brisa en la cara y el pavimento en los pies mientras caminaba tomada del brazo de Naila. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía valiente. Estaba ciega pero el exterior no era un lugar escalofriante. 

No lo notó al principio, pero el agarre de Naila se fue apretando poco a poco antes de soltarla. «Charlie dice que cruces», le dijo al oído antes de aventarla al tráfico.

El beso, 2019
Litografía en seco
30 × 20 cm
Comparte este texto: