Lo que me hiciste hacer

Manuel Hernández González

Lechería, Venezuela, 1994. Esta es su primera publicación literaria.

Todo comenzó con una picazón de cabeza. Es nuestro primer día de clases y pareces incómoda, intentando disimular. La profesora nos pide presentarnos y todos lo hacemos con naturalidad, pero como eres la nueva te tiemblan las manos y juegas con un mechón de pelo para disimular. Te llamas Laura, creciste en Pensilvania aunque volviste a Santiago porque tu abuela está enferma.

—¿Pensilvania? ¿Cómo Drácula? —grita Matías, uno de los compañeros.

—Eres imbécil de verdad, Drácula es de Transilvania —le digo con mi tono de soberbia. Todos me odian. Todos menos tú.

Mientras el curso se ríe, aprovechas y te corres unos pelos de la nuca hacia el lado para llegar al cuero cabelludo y rascarte. Después sudas. 

—¿Te sientes bien? —pregunto y la profesora se mete para saber si pasa algo. 

—No, no, es que estoy aguantando las ganas de ir al baño porque no quería interrumpir —dices como excusa.

Intentas esconderlo, pero tu cara está llena de miedo, como si escondieras un secreto. Te dan permiso y al cruzar la puerta escucho cómo te apuras. ¿Será que eres una de ellas, una de las niñas malditas? Qué ganas de ser tu mejor amiga.

Cuando entro a buscarte al baño, estás con la barbilla pegada a las tetas, a punto de ponerte la peluca. ¡Ay!, gritas cuando me ves y no retengo qué dices, yo sólo tengo ojos para esa calva llena de parches pelados y peludos, cicatrices en forma de puntillismo y una costra negra en el centro de la cabeza que todavía no se cae.

—Lo sabía, eres una de ellas, no lo puedo creer —digo antes de abrazarte.

Tú no entiendes nada, te quedas inmóvil, con los brazos tendidos y la peluca mal puesta. Tengo tantas preguntas: si la conociste, si te pasó en el concierto o te contagiaste después, si las mordidas habían dolido mucho, si es cierto que lo planificaron para tener una marca más duradera que sólo las pulseras.

—No entiendo, ¿no te da asco? —preguntas con el ceño fruncido.

Cómo hubiera querido estar ahí. Hubiera dado mi pelo por cantar frente a ella, compartir el trauma con todas ustedes y asumir ese futuro con satisfacción. Tú, en cambio, desaprovechas la oportunidad de rendir el mayor tributo. 

Me pides que por favor no le cuente a nadie. No sabes cuánto tiempo estuve escondida hasta volver a ver alguna cara, me confiesas con el labio tembloroso y la voz quebrada.

Tu secreto está a salvo conmigo, ¡si yo quiero ser como tú!

—¿Estuviste en el concierto de Nueva York? —pregunto sólo para confirmar.

Tú bajas la cabeza y la peluca se mueve un poco. No es necesario contarme, digo como si no quisiera escuchar toda la historia. Eso te anima: pudiste ver la mitad del show. Al ser de las primeras niñas contagiadas, cuentas, estuviste un año encerrada mientras los piojos te chupaban la sangre y buscaban la manera de matarlos.

—Estuve muy anémica, confinada y desnutrida. Encontraron un antídoto para matar a los piojos pero querían seguir haciéndome exámenes como si fuera conejillo de indias y por eso volvimos a Santiago. Nadie nos va a buscar aquí.

Más de mil niñas murieron ese día. Después de eso la gira se canceló. Algunos dicen que fue un atentado de los seguidores de Trump, otros dicen que fue un experimento de niñas envidiosas que no habían conseguido entradas, o una brujería para robar la sangre de sus fans que se salió de control. Ella no ha hecho más apariciones públicas y a ti no te importan esas teorías conspirativas, sólo hubieras preferido no estar ahí. Antes de salir del baño me dices que no valía la pena ir al concierto de nuestra artista preferida para vivir este calvario. Qué malagradecida. Si supieras el movimiento que se ha generado en el mundo para encontrarte a ti y a las otras sobrevivientes.

Volvemos a clase y no nos separamos en todo el año. Intentas hacer más amigas y al primer chiste que les hago se espantan: no las necesitamos, tú y yo somos suficiente. Luego descubrimos que el calor te da más picazón, así que te regalo un ventilador de mano para echarte aire cuando te pique la peluca. Comenzamos a pasar casi todas las tardes en tu casa y decides que puedes confiar en mí: te quedas con la calvicie expuesta. Sin la peluca es más evidente el olor a salado, a mar contenido, a costra húmeda que nunca cierra. Me explicas que siempre tienes piojos en la cabeza, pequeñas larvas formándose en tu epidermis y buscando la manera de crecer, de reproducirse en tu cuero cabelludo, pero todas las noches ocupas un shampoo especial que evita su crecimiento y el contagio. Están controladas, pero ¿cuánto tiempo podemos contener a un animal de su naturaleza?

Una tarde estamos en tu pieza acostadas, charlando, y no me aguanto:

—¿Cuántas pelucas tienes?

—Tengo tres. Son todas iguales, de repuesto.

—Ah, ya. ¿Y puedo tocarte la cicatriz?

—¿No te da asco?

—No, me encanta. Te da personalidad, jajaja. 

—Estás loca… Tócala si quieres.

Ahí está, en el medio de la cabeza, desde la altura de las orejas y hasta el inicio de la frente, una grieta que parece la mandíbula de un animal con dientecitos afilados. A partir de esa tarde me gusta rascártela con las yemas de los dedos, frotar cada punto que dejaron los piojos en tu cabeza hasta que te quedes dormida. A veces siento que algo se mueve. Son las larvas, dices, están intentando revivir, pero no me dan asco, es fascinante sentir tu piel dando refugio a otras especies, fortaleciéndose para hacer su trabajo.

Una mañana, los chicos comienzan a lanzar las mochilas por el salón como unos trogloditas y cuando el conchesumadre de Matías toma la tuya, intentas quitársela. Qué mala decisión. En el vaivén, la suelta y caes hacia atrás. Quedas ahí, tan vulnerable, con tu calva libre.

¡Qué asco, eres de las niñas contagiosas, nos vas a pegar los piojos mutantes, eres de esas swifties cochinas, llévensela de aquí! Gritan tantas cosasque ya no recuerdo, sólo veo a Francisca, la más envidiosa del curso, cuando toma la peluca y la lanza hacia arriba para ensartarla en uno de los fierros del techo.

Qué silencio. Me llevo las manos a la cara. Tú haces un puchero de guagua y lloras, quieres taparte y encerrarte en casa. Les grito malditos infelices a todos. Son unos inhumanos. Me monto encima de una silla y doy un saltito para agarrar la peluca. Te la paso para que podamos salir pronto de ahí.

—Nos vamos a vengar —les digo—. Ya van a ver, asquerosos.

Cuando estás enderezando la peluca, entra la profesora. Escucha el escándalo, ve el desastre, tu pelo postizo, los bolsos en el suelo, las mesitas dobladas y todos los dedos apuntándonos. Nos llevan a la dirección y nos expulsan por tres días. Mis padres están orgullosos de mí por defenderte, pero los tuyos se preocupan, quieren cambiarte a otro colegio, piensan que ya no podrás vivir una vida normal, como si a estas alturas fuera posible.

Esos días juntas veo cómo te empieza a picar antes de ducharte para dormir. El shampoo hace su trabajo momentáneamente. Te confieso parte del plan.

—Vamos a llenarlos de tus piojos.

—Estás loca, es muy peligroso, con mi sangre crecen muy rápido y en unas horas todos se pueden morir.

—Me rapo y uso una de tus pelucas.

—No, no, es muy peligroso Emma, es que no los has visto. Estoy viva porque me atendieron muchos médicos, pero aquí los doctores no saben de eso. 

—Ay, qué aburrida eres, bueno. Entonces llevemos galletas con laxante —eso te hace reír.

Esa noche dormimos juntas. Al despertar, aprovecho que sigues dormida para probarme la peluca. ¡Para! Gritas cuando me descubres.

—Estás obsesionada. Me da miedo.

—Disculpa, Lau, sólo quería ver cómo me quedaba.

Me pides que me vaya. Es un golpe bajo, después de acompañarte todo el año, de rascarte la cicatriz, de verte la cabeza llena de hongos y costras podridas. No digo nada, es mejor si crees que estoy arrepentida. Te pido usar el baño y antes de salir me froto los ojos con jabón, así crees que me encerré a llorar.

El lunes es de lo más incómodo. No me saludas y en la clase preguntan si las novias se pelearon. Una semana después me hablas.

—Ahora usas gorro. ¿Como ya no hablamos te doy asco?

—No, es que hace frío, lo que pasa es que tu peluca te cubre más de lo normal —respondo con ganas de hacerte daño.

Me pides disculpas y dices que estás preocupada, que desde hace unos días has vuelto a tener comezón incluso sin usar la peluca, que ya te está picando mucho la cabeza y sientes la misma debilidad de la primera vez que te contagiaste. Te ofrezco ir al baño para revisarte. 

—Siento que se mueven pero quizás ya estoy loca. Me da miedo volver a tocarlos, revísame bien por fa.

—No veo nada fuera de lo normal —digo cuando te sacas la peluca, pero los piojos están ahí. En esos segundos veo cómo crecen. Así de rápido funciona, pienso. Son asquerosamente perfectos.

Podías salvarte. Me encantaría haber hecho esto juntas y contarte que mezclé tu shampoo con crema humectante pero hace días dejaste de ser mi amiga. Es lo mejor, así no me confundo ni me olvido del plan. Si fueras menos malcriada sabrías que eres clave para su futuro y por eso te esperé durante semanas, desde que tomaste el avión. Hace ya más de un año que pude sumarme al grupo de voluntarias que encontré en una página oculta de Reddit. ¿Nuestro trabajo? Completar el tributo. Si fueras una verdadera fan aceptarías el futuro: esa noche sobreviviste para esparcirlos, para promover su obra.

—Si te pica mucho usa el ventilador que te regalé —digo para consolarte, aunque las dos sabemos que no será suficiente.

Volvemos a la sala y ya no puedes disimular la picazón. Los demás comienzan a gritarte que seguro estás piojosa. ¡Das asco y nos va a contagiar a todos! ¡Vete, nadie te quiere aquí! Alguno de los imbéciles dice que leyó en Twitter cómo algunas niñas infectadas se han muerto por esto. Si supiera que él también morirá pronto.

De repente se hace un bulto en tu cabeza. La peluca sube y sube y sube hasta que se cae al suelo. Hay cientos de piojos del tamaño de una mariquita saliendo de tu cabeza. Parecen primos de las cucarachas, pero de un color marrón traslúcido. Yo grito y aplaudo de emoción y tú te pones pálida y rígida hasta que caes al suelo. Como un enjambre, se escabullen hacia los otros niños, pero a mí no me hacen nada. Me había afeitado la cabeza y depilado todo el cuerpo, aunque quizás se acuerdan de mí, de haberlos acariciado, de ayudarlos a crecer, de cumplir con mi parte del plan. Antes de irme, me quito el gorro para ponerme tu peluca. Todos gritan y piden auxilio hasta que hacen silencio.

                                                        Look what you made me do.
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