Guadalajara, Jalisco, 1987. Su libro más reciente es Edificios deshabitados (Atípica, 2024).
Abro la puerta trasera. Eso que destila y que me obligó a orillar la vieja Cherokee no es aceite. Compruebo que el empaque de la leche tiene una fisura. Se ha vaciado por completo, escurre sobre la defensa y moja el asfalto. Me quedo mirando cómo el hilo de líquido pasteurizado corre cuesta abajo. Pasan de las seis de la tarde y la ciudad está extrañamente sola, hasta que una ruidosa parvada se deja ver. La sigo y mis ojos se topan con la grúa.
La construcción debe tener tres meses de iniciada. Los contrapesos son tres enormes bloques de hormigón. Quedan suspendidos justo sobre la calle. Su sombra se proyecta como una peligrosa caja fuerte.
Paso el trapo sobre la tapicería. Cojo el empaque de cartón, lo sacudo al aire para esparcir las últimas gotas y lo llevo conmigo al frente. De nueva cuenta al volante, manejo el corto trayecto que resta a casa. Al llegar a mi apartamento, Blas me recibe agitando su cola. Dejo las bolsas sobre el piso, sin hacerle caso, y busco la llave del candado. Subo a la azotea. Desde ahí alcanzo a verla. Sobresale de todo lo demás, le calculo treinta metros de altura.
A los pocos días, vuelvo a pasar. Esta vez de noche. Me freno justo antes de llegar al tope. Apoyo mi frente en el parabrisas. La luz de la luna exalta la grúa como una extremidad que le hubiese sido arrancada a la oscuridad. Los contrapesos son un puño. Me siento pequeño, tan pequeño como algo que cabe en una lata. Acelero. El tope me sacude.
En mi cama, vuelve la imagen a mi cabeza. Una falla en la estructura es todo en lo que puedo pensar. Una sucesión de hechos: el deficiente trabajo de soldadura, un desequilibrio en la contraflecha y la caída de un contrapeso. Tal vez vivir en el desempleo me afecta más de lo que creía. Llevo cinco semanas a mis anchas. Los primeros días los disfruté, pero comienzo a hastiarme. A falta de algo productivo, centro mi atención en ese mástil.
En mi sueño, sigo a un cuervo de cerca. Se mueve entre cables de luz, ramas, tejados. Desciende para picotear las sobras de algo. En ese momento es aplastado por uno de los contrapesos. Despierto.
Por la mañana, observo el funcionamiento de la grúa desde la azotea. Durante algunas horas, gira y traslada. Los binoculares me permiten incluso alcanzar a ver el nombre de la marca: Liebherr. Me siento en el tejado y desde mi móvil hago una búsqueda. De imágenes paso a catálogos. Sé ahora que el término es grúa de torre. Continúo. Me convenzo de que se trata del modelo 40 LC, con capacidad de carga de dos toneladas. No salgo, permanezco en mi posición vigilante. La jornada concluye. La grúa queda estática, los contrapesos flotando como si tentaran al destino.
El sueño se desarrolla exactamente igual, pero esta vez hay más. Tras caer, el contrapeso comienza a derretirse, como si fuera un pedazo de hielo. No es agua lo que fluye, sino leche que corre cuesta abajo. Rápidamente deja de ser algo sólido. El cuervo ahora sólo es algo en dos dimensiones, como una estampa. Algo brilla en su pico. Una cadena dorada con la estrella de David.
Fue una mala noche y debo acudir a una entrevista de trabajo. Bajo de prisa. Visto uno de los dos trajes que tengo, el de color gris claro. Aún le quedan arrugas, nunca he sido bueno con la plancha. Voy afeitado completamente a ras, con una tajada en la barbilla casi imperceptible que hasta hace unos minutos no dejaba de sangrar. Me había acostumbrado a la barba. En las escaleras, dos pisos abajo, me encuentro a Patricio. Está disfrazado de algo que no sé reconocer. Me saluda con un hola y sonríe, dejando ver un hueco entre sus dientes. Le regreso el saludo, me alejo mientras lo veo jugar con una figura que sostiene y que apoya sobre el pasamanos de la escalera.
Me subo en la Cherokee. Doy marcha, pero no arranca. Lo intento varias veces, hasta que caigo en cuenta de que los faros están encendidos. Los dejé así desde hace dos noches y ahora la batería se ha descargado. Pienso que los cables pasacorriente deben estar entre el desorden que cargo en la parte trasera. El trazo que la mancha dejó se dibuja como un continente en un mapa. El trapo que olvidé se ha convertido en una bola tiesa que apesta. Revuelvo todo, busco los putos cables. No los traigo. Ni siquiera sé si alguna vez tuve. En contra de cualquier lógica, hago un intento más por encenderla. No hay milagro. Por el retrovisor pasa Patricio de la mano de su madre. Los alcanzo. Le explico el problema. La mujer, que es madre soltera y no debe pasar de los treinta pero luce cercana a los cuarenta, me ofrece acercarme. Van con prisa, tienen un festival escolar.
Tomo mi posición en el asiento trasero. El aire acondicionado se enciende tan pronto da marcha al vehículo. Avanzamos y Patricio se coloca la capucha del disfraz. Se gira hacia mí y dice: Soy un cuervo. El pico le sobresale como visera. Los ojos se ubican a los costados, en un punto por arriba de sus orejas. La franja de tiras cosidas continúa por el contorno de los brazos semejando el plumaje. La madre de Patricio dobla en la esquina. Puedo ver que nos acercamos a la 40 LC. Respiro. Vuelve a girar y entonces comprendo que, sin alternativa, pasaremos por debajo.
El tope hace que el tráfico fluya más lento. La madre de Patricio recibe una llamada. Él le dice que está prohibido hablar a través del celular mientras conduce. Ella lo ignora. No hay operador en la grúa. Los contrapesos están en posición. Desafiantes. Noto un destello alrededor de la muñeca con la que sostiene el celular. Enfoco: una estrella de David. Oprimo el botón para bajar el vidrio. Nada. Cada rincón de mi cuerpo se sincroniza para transpirar. Ella me mira por el retrovisor. Pregunta si me encuentro bien. Estamos a tan sólo cuatro carros. No hallo palabras, es como si mis labios estuviesen sellados, igual que la puerta. Por más que jalo la manija, no resulta. ¡Déjame bajar! Suplico. ¡Crack! El seguro se destraba. Soy algo que se escurre del asiento a la banqueta. Lánguido. Apenas consigo estar de pie, como puedo, camino en dirección contraria. Lejos, muy lejos de la 40 LC.

Monotipia
120 × 76 cm