Tegucigalpa, Honduras, 1979. Este relato forma parte del Tríptico de Lac de Serre-Ponçon.
Vi aparecer, del agua azul turquesa de este hermoso lago, el brazo. Primero arqueado, luego erguido. El tiempo que tuve para ponerme los lentes, había desaparecido. Pensé que podía ser una rama.
Me incorporo y camino hacia la orilla. El sol y una nube que lo cubre parcialmente trazan un sendero de sombra justo ahí donde me pareció haberlo visto emergiendo. La nube se aleja y la franja oscura se disipa regresándole al agua su maravilloso color.
Sumergido hasta la mitad del cuerpo, espero dos minutos.
No ocurre nada. Regreso a mi rinconcito sombreado. Me vuelvo hacia la pequeña ensenada que se asoma detrás de los arbustos. La familia, con niños pequeños, sigue ahí, bañándose. La ventisca arrastra las voces chillonas de los niños. El padre juega con los dos pequeños, mientras la madre, con una panza redonda y brillante —de varios meses de embarazo—, camina parsimoniosamente a lo largo de la orilla.
También se han sumado dos mujeres que toman el sol. Un pato cruza la zona donde creo haber visto el brazo, hunde la cabeza en el agua y la vuelve a sacar. Me concentro en mi lectura, levantando la vista de cuando en cuando. Seguramente sea una rama, aunque vi claramente la mano abierta, con sus cinco dedos bien separados. Una pareja, cargando un equipo de buceo y un barco inflable, se aproxima.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
Se acomodan unos metros más adelante, en la siguiente ensenada.
Debe ser una rama.
Se me ocurre una pregunta ociosa. ¿Un cadáver flota o se hunde? Antes de formularla, el asistente me lee la mente y me propone la siguiente búsqueda: Restos sumergidos de construcciones de lagos.
¿Hasta dónde llega el alcance de la inteligencia artificial?
Recuerdo entonces que, por la mañana, antes de salir, le pedí al asistente que me detallara la historia del Lac de Serre-Ponçon —este lago artificial—, donde, a finales de los cincuenta, sacrificaron una serie de aldeas para construir la represa y el lago. El asistente no encontró nada que ya no supiera. Restos sumergidos de construcciones de lagos. La intromisión del algoritmo me molesta. ¿Cuánto falta para que adivinen nuestros sentimientos?
Hago el teléfono a un lado e imagino algo que el algoritmo es incapaz de adivinar: una avalancha de agua inundando una aldea entera. Su ruido. La desaparición súbita de una historia. La luz y luego, la oscuridad.
De todos modos, ¿qué cambia si el cuerpo flota o se hunde?
Hace un calorcito perfecto, ni tan caliente como el del verano, pero sin la timidez del sol primaveral. Me extiendo sobre la toalla y cierro los ojos.
Soy yo en mis sueños. Buceo en el interior del lago. Me aproximo a la pequeña iglesia de una de las aldeas hundidas. Hago un gesto de mano para señalarle que debemos ir por la izquierda. Me agarran el tobillo. Me vuelvo, pensando que es ella. Es el brazo aferrándose a mi pierna. Me tironea, jalándome hacia abajo.
—Amigo, ¿estás bien? —Me toma unos segundos reaccionar. Veo la silueta de un hombre, cuyo rostro no distingo porque tengo el sol que me pega en la cara.
—¿Estás bien? —insiste.
Hago sombra con la mano y asiento.
Se aproxima, dice que teme que esté insolado. Me pide permiso para rociarme de agua. Recojo lentamente las piernas y me siento, apoyando la espalda en la mochila. La cabeza me da vueltas. El hombre desenrosca la botella y me suelta un chorro de agua fría sobre la cabeza. Humedece su toalla y me la da para que me la pase por la nuca.
—Creo que tuve una pesadilla —murmuro—. Estoy bien.
Es un hombre de cara maciza y cuadrada, de un físico poco agraciado. Podría tener cuarenta, cincuenta, como sesenta años. Me mira consternado.
—¿Estás seguro? Con este sol, es posible que te hayas insolado.
Me palpo la frente para verificar que no tenga fiebre.
—Te agradezco. Iré a darme un chapuzón. Estoy bien.
El tipo ve de reojo hacia su izquierda. Me giro. Los niños, en mudas de natación y con las caras blancas por la crema solar, me clavan los ojos. Detrás de ellos está la mujer embarazada, con lentes oscuros, acariciándose el vientre, flotando en su gravidez. Tiene un perfil rectilíneo, como el de una estatua griega. Es la familia que se bañaba en la otra ensenada.
—Mientras dormías, tenías el sol en la cara.
—Me daré un chapuzón. Me vendrá bien —repito, un poco cortante.
—Vas agarrando color. ¿No te duele la cabeza? Las insolaciones son peligrosas.
—No es nada. Te agradezco —su amabilidad me empieza a incomodar. Los niños no dejan de verme. La madre percibe que sus miradas me perturban y les dice algo, pero no me quitan los ojos de encima.
—No hay de qué —el hombre se aleja. Se va con su andar lerdo y triste.
La pesadilla se desvaneció. Solamente recuerdo que nadaba. Al despertarme, el tipo estaba parado, viéndome. ¿Desde cuándo estaba ahí?
Me levanto, un poco mareado. Camino hacia la orilla. Cierro los ojos, para disfrutar el contacto del agua fresca, que reactiva en mi piel una sensación de bienestar. Los tallos me acarician los tobillos.
De pronto el sol se ha puesto a arreciar. En la otra ensenada, la pareja, vestida con sus trajes de buceo, disfruta de una pausa.
La familia también toma la merienda. Las dos mujeres que tomaban sol se han marchado.
Me zambullo. El lago es transparente por fuera y negro e insondable por dentro. Como en mis buenas épocas, nado sin prestarle atención al tiempo.
Regreso a mi rinconcito, ya más repuesto. Es un día ideal para pasarlo en familia o en pareja.
¿De dónde vendrá esa gente? ¿Habrán conducido desde lejos para venir hasta aquí?
Mientras los niños juegan en la orilla, los padres conversan. La mujer no deja de acariciarse el vientre.
¿Cómo es perderlo todo? ¿Despertarte un día y saber que estás muerto, que se agotaron tus reservas de vida?
Llevo años viniendo al lago. Cuando era joven hacía buceo y me adentraba a las zonas donde están las aldeas sumergidas; recorrimos innumerables veces los restos de Chanteloube, de Pontis, de La Bréole, de Clavans… Encallábamos nuestro barquito inflable y saltábamos al agua. Pasábamos horas buceando, a veces hasta el anochecer, hipnotizados por esos mundos condenados a un destino de la Atlántida.
—Que tenga una buena tarde —me dice la pareja, yéndose.
—Gracias, igualmente.
Se adentran en los matorrales y antes de perderse, la mujer se vuelve para verme. Levanto la mano. Me devuelve el saludo. Me ha costado mucho adaptarme a este tipo de gestos amistosos. Con el tiempo entiendes que la gente necesita sentirse buena y la conmiseración es un sentimiento al alcance de cualquiera, y yo, bueno, soy un blanco perfecto de la lástima.
La familia también se va.
He estado tantas veces viendo la puesta de sol en este lago y, sin embargo, ni una sola vez ha sido la misma.
Contemplo mi sombra alargada. Mi silueta, que a la altura de mi hombro izquierdo se interrumpe como un acantilado.
Grito con todas mis fuerzas: ¡yo!, ¡yo!, ¡yo! El eco me responde con tres yoes huecos y desgarrados. Algún ave grazna y el viento menea los arbustos. Saco mi billetera de la mochila, extraigo mi tarjeta de identidad. Contemplo mi foto. Eras otra persona, otra vida. Coloco la tarjeta en mitad de la toalla. Me sirvo de cuatro grandes rocas para hacer peso sobre la toalla y así evitar que sea arrastrada por el viento. Pongo unas piedras alrededor de la tarjeta, no vaya a ser que el viento la vuele.
Anoto en un papel el código de mi teléfono celular.
Luego de media hora esperando, veo emerger el brazo con la mano abierta. Un brazo grueso y peludo, que se balancea como un péndulo. Mi brazo. Mi querido brazo. El pedazo de carne que tengo pegado al hombro se alza estimulado como un órgano sexual.
Ellos están ahí, esperándome. Mi mujer y mis hijos.
Mientras el brazo se hunde nuevamente, veo remontando el recuerdo de los días posteriores, cuando me desperté en esa clínica de provincias una tarde de finales de verano.
—¿Dónde está mi familia? —pregunté a la enfermera. Los ojos de la mujer se aguaron.
Me desnudo y camino hacia el lago.
Era agosto y las vacaciones escolares llegaban a su fin. A mi mujer le quedaban dos meses para dar a luz. Lo teníamos todo preparado.
Regresábamos por la tarde…
Cuando salí de la clínica, regresé a la ciudad, para entregarme exclusivamente a la organización de los detalles.
Cuestiones administrativas, arreglos con el notario, como también el pago de deudas morales y sentimentales con amigos y familiares. En nuestros días, toma su tiempo renunciar debidamente a las responsabilidades de la vida.
Me introduzco en el lago. El agua me va cubriendo. Entre los bancos de peces, las raíces y los tallos veo el brazo, que avanza a mi encuentro, desplazándose como una anguila. Me acecha con la mano abierta y se lanza, con velocidad explosiva, hacia mi cara.
