El tiempo transformado: 30 años de Luvina

Silvia Eugenia Castillero

Ciudad de México, 1963. Su libro más reciente es Después, seguía la muerte (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2024). 

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Llegué a Luvina después de recorrer los páramos del desempleo. Llegué a Luvina con nostalgia, después de vivir en una ciudad que quise enormemente. Llegué a Luvina después de haberme negado a tomar trabajos con más prestigio y mayor remuneración. Llegué a Luvina porque había que llegar a sus páginas, a sus linderos. Había que caminarla y leerla, disfrutarla. Llegué a Luvina porque había que empezar a reconocerla. 

Corría el año 2004, Luvina tenía ocho años de vida. Algunos años antes, cuando había regresado a vivir a Guadalajara, César López Cuadras —su director— me invitó a publicar. No conocía la revista fundada en 1996 por iniciativa del Dr. Roberto Castelán, y dirigida durante sus tres primeros números por Francisco Arvizu. Me encontré con una publicación de gran calidad y voces sorprendentes. Seguí siendo su lectora y colaboradora; en 2003 me invitaron a formar parte de la plantilla editorial. Un año después me nombraron directora. Tomé entonces Luvina en mis manos. Lo primero, fue aumentarle páginas para que tuviera lomo y se pudiera coser (antes solo se engrapaba); publicamos más colaboraciones y empezamos a remunerarlas. 

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La Feria Internacional del Libro de Guadalajara fue el espacio natural de legitimación de Luvina, en tanto la revista se volvió un laboratorio de escritura y la feria un espacio editorial internacional. Dedicar desde 2003 su número de invierno a la literatura del país invitado de honor, nos ha permitido darla a conocer en el extranjero y acercar a los lectores hispanoamericanos, escritores del mundo.  

Comencé a hurgar en el revistero local y nacional. Encontré la larga tradición de publicaciones con las cuales Luvina tendría que dialogar y entender la coyuntura del momento. Las revistas existentes solían ser universitarias como La Palabra y el Hombre de la UV, Armas y Letras de la UANL, la Revista de la UNAM. Híbridas y/o contraculturales como El Zahir, Trashumancia, Viceversa, Reverso, Parque Nandino, Replicante, Tierra Adentro, etc. Sus antecedentes los encontramos en revistas muy variadas. Contemporáneos, vigente entre 1928 y 1931. Bandera de Provincias, dirigida en un periodo por Agustín Yáñez. Pan, en la que participaron Arreola, Rulfo y Alatorre. Letras de México (y luego El Hijo Pródigo) condensó gran parte de la literatura hispanoamericana de los años treinta y cuarenta. Revista de Revistas, publicada por Excélsior. Biblioteca de México dirigida por Jaime García Terrés y después por Eduardo Lizalde. Plural, dirigida por Octavio Paz y antecedente de Vuelta. Paréntesis y Letras Libres, surgidas tras la muerte de Paz. En Guadalajara, Ernesto Flores fundó Estaciones, que circuló en la década de 1950-60. Etcætera, creada por Adalberto Navarro Sánchez, permaneció de 1950 a 1987. Summa, dirigida por Arturo Rivas Sáenz, fue intermitente entre 1953 y 1986. Tuve la fortuna de asistir a algunas reuniones editoriales de estas dos últimas revistas, invitada por sus respectivos directores, quienes eran en ese momento mis maestros en Letras. 

José Miguel Oviedo, entre sus consejos, me dijo: 

—Publica siempre textos inéditos, así tu revista será única. Es una consigna que sigue vigente en Luvina. Saúl Yurkievich también me asesoró y me contactó con escritores latinoamericanos. Ambos eran asiduos colaboradores.

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Los primeros años de este milenio fueron agitados, un México desencantado por el cambio hacia una opción democrática después de setenta años del mismo partido en el poder, que resultó ser un fiasco con un gobierno débil y errático. Comenzaba a sentirse entre la población el crecimiento del narcotráfico y la inseguridad. Se vive entre lo analógico y lo digital, el internet existe pero no domina; no hay redes sociales masivas, los cibercafés son espacios de encuentro. La cultura se mueve entre lo impreso y lo digital naciente. Hay cabinas telefónicas aunque se empiezan a usar aparatos celulares. Está en auge el rock en español, los CDs se copian, se «queman» en las computadoras y hay tráfico de discos pirata. Empieza a haber laptops muy costosas. La televisión sigue siendo abierta; hay tiendas para rentar películas en VHS y DVD. Los periódicos impresos juegan un papel dominante. Luvina vive esta transición, logra tener una página web rudimentaria y lenta. Si bien —y afortunadamente— continúa editándose en físico, durante todos estos años fue evolucionando hasta conquistar un lugar destacado en la plataforma virtual. Ahora se encuentran disponibles en la web todos los números. Las redes de Luvina son muy activas y constituyen un foro dinámico de difusión, en el que interactúan autores y lectores. 

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Luvina busca colaboradores en el interior del país y también fuera de México. Publica a escritores mexicanos de diferentes generaciones, grandes plumas y jóvenes con nuevas poéticas. Mantiene conexiones con revistas de América Latina y Europa. Podría llenar páginas y páginas enumerando los colaboradores de distintas latitudes. Cabe destacar que las plumas literarias de Guadalajara se integraron a la revista. 

José Israel Carranza fue un brillante editor de Luvina durante 18 años. Asimismo, Patricia León administradora y Karina Montes auxiliar de administración. Al jubilarse Patricia, se incorporó Griselda Olmedo, quien ha sido el alma de los procesos de gestión de recursos, así como de los requerimientos cotidianos de la vida en la oficina. Aunado a los cuidados de limpieza y distribución de la revista, a cargo de Leticia González.

En 2008 se integró al trabajo editorial Víctor Ortiz Partida, con quien hemos desarrollado una labor plural, profunda y enriquecedora. Por otra parte, es el coordinador del dossier de arte que publicamos en cada número. El primer y bello diseño de Luvina fue de Avelino Sordo Vilchis; lamentablemente me tocó trabajar con él solo dos años, ya que en 2005 tomó el diseño —creativo y experimental— Brenda Solís.

A partir de 2008, el diseño de la revista estuvo a cargo de Peggy Espinosa. Nos propuso cambiar del tamaño carta a un formato que permitiera la cercanía, y que hojear Luvina se tornara un acto íntimo de lectura. A partir del número 50 cambiamos al formato libro. Impresa en tres tintas, las letras pasaron a ser las protagonistas; cada texto tenía una tipografía distinta desprendida de su contenido, con viñetas en los blancos de la página. La portada era únicamente con letras. Luvina se volvió una revista de avanzada, con un diseño propositivo y audaz. En 2020 —plena pandemia— llegamos al número 100 con un número doble y un rediseño a color, con imágenes en la portada y en las páginas interiores.

En 2023 se incorporaron al equipo Iván Soto Camba como editor y Andrés Gómez Servín en el diseño. Con ellos, hemos hecho cambios estructurales trascendentes, logrando una Luvina más diversa y estética, ilustrada por Christian Castañeda. Desde 2024, Xitlalitl Rodríguez Mendoza está a cargo del cuidado editorial y Citlalli Ixchel y Ana Vera de las redes sociales. El equipo goza de gran vigor y una notable energía creadora. Somos un grupo unido y apasionado en el quehacer de formar trimestralmente cada número. 

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En 2007 iniciamos el programa Luvina Joven, coordinado por Sofía Rodríguez. En 2018 lo tomó, y desarrolla con excelencia, Paola Llamas Dinero, quien es también la editora de la página web. Los estudiantes de Letras hacen su servicio social y/o sus prácticas profesionales en Luvina, elaboran su propio proyecto de taller que —junto con el profesor de literatura— desarrollan con los alumnos de las preparatorias o de los Centros Universitarios. Además, tenemos el programa Luvina Joven Radio en el cuadrante de la UdeG y el Concurso literario que —con el apoyo de la Librería Carlos Fuentes— va en la edición XVI. Año con año, durante FIL, los integrantes de los talleres ofrecen lecturas de sus textos en el pabellón Leones Negros. 

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Una revista es como un museo, en ella se plasma un ordenamiento concreto de objetos, con una mirada y una intención. Poemas, narrativa, ensayos, teatro, crónica, reseñas que coinciden en sus páginas y que de otra manera no podrían estar cerca. 

Guiar a alguien a través de la lectura equivale a tomar en nuestras manos los resortes de su ser. Considero que las publicaciones culturales son un lugar de encuentro y diálogo. De búsqueda y hallazgos. El arte de hacer una revista literaria consiste en dar forma a las diversas expresiones cuyo material es el lenguaje. De ahí que el proceso al que nos entregamos los que realizamos Luvina sea un movimiento de indagación y tanteo en relación a la realidad. Cada número de la revista reúne trazos y voces, cada texto publicado modifica a los demás. Internarse en las páginas de Luvina se vuelve vivencia pues constituye un universo susceptible de ser abordado en la emoción, las ideas, los ritmos que rezuman de cada uno de sus elementos y no fuera de ellos.  

La condición de abierto de lo literario —abierto hacia el mundo y hacia el ser— significa para nosotros trabajar en la zona indesvelable, esa grieta desde donde lo humano se manifiesta a través de lo imaginario y que constituye una zona de excepción. Una revista es entonces un vínculo que une lo disperso y aparente del mundo circundante, con el nudo de fondo de las cosas. Y completa su trayectoria en el ojo y la conciencia del lector. Cruzar de lo descoyuntado por asilamiento hasta lo que posee sentido por estar articulado en un todo significante, es lograr un objeto único, perteneciente a una línea de tiempo privilegiada por constituir un ordenamiento eficaz del mundo. 

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Treinta años de Luvina significan, entre otras cosas, haber atravesado la franja de lugares comunes del revistero nacional en la conquista de una visión particular y propositiva, una búsqueda constante de plumas de todo el orbe —voces consagradas y nuevas— entregada a la tarea de arrancarle nuevas significaciones a la realidad. Es un trabajo de resistencia ante la violencia y las guerras. Lo hemos logrado a través de la creación de una comunidad en torno a la literatura.  

Celebrar implica transformarse. El tiempo de la fiesta —según Giorgio Agamben— origina la transfiguración del tiempo: acabado e inacabado, pasado y futuro, intercambian las partes. La celebración es una epifanía: en ella coinciden las diferencias.

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