Monterrey, Nuevo León, 1994. Uno de sus libros más recientes es Ecografías (Cuadrivio, 2019).
pero valió la pena haber probado amor real
de un animal herido en la intemperie
Valeria Musso
Una amiga me cuenta que las personas están rayando a los caballos con nombres, y soltándolos porque se viene un huracán. En los albergues no caben las mascotas grandes, así que las dejan libres esperando que sobrevivan, como si el nombre grabado en el lomo fuera a traerlos de vuelta. Quiero llorar. No puedo ser la única persona que vive angustiada: un genocidio en tiempo real en TikTok, huracanes, inteligencia artificial, la precarización del trabajo, incendios, bombas, edificios hechos escombros grises, guerras. El mundo se está acabando. En una pantalla de seis pulgadas o menos y Full hd. Doy otro swipe y no hago nada.
Quiero escribir sobre esto, pero me invade la culpa. Porque no necesitamos un texto más. Zadie Smith tenía razón cuando dijo que la escritura no es algo que el mundo pida a gritos, es más bien una pregunta que el artista se hace a sí mismo. O en sus palabras: «A veces la gente exige un cambio. Casi nunca exige arte». El poder de la escritura radica en su capacidad de hacer preguntas, no en su utilidad práctica. Perdón, pero nadie nunca en medio de una guerra o una hambruna ha implorado con manos juntas hacia el cielo: «¡Por favor, que alguien escriba un poema y que nos salve!». Esa es la paradoja: escribimos, incluso cuando es una pérdida de tiempo.
Esta semana tuve que dormir a mi perrito, lo sostuve hasta al final y sentí cuando su corazón dejó de latir. Para siempre. Me destrozó. Desde entonces pienso que quiero escribirle algo. Nada va a traer de vuelta a mi perro, lo sé. Pero aun así, quiero escribir su nombre en un papel, leerlo en voz alta, conjurarlo: Puffy, Puffitos, mi bebé hermoso, mi fiu fiu fufu, mi amor de mi vida, ¡ven! ¿Quieres ir a un paseíto? Sólo él y yo sentíamos esas palabras. Las escribo y lo pierdo. Lo pierdo. Lo pierdo. Mamá me dijo que ya recogieron sus cenizas. No volveré a abrazarlo. Al escribir su nombre, lo dejo ir. Lo suelto al mundo, igual que esos caballos en el huracán, con la esperanza absurda de que algo suyo sobreviva. Nombramos lo que amamos. Depositamos nuestras emociones en ellas, como un acto de fe, y con angustia, las dejamos galopar libres en la tormenta.
Así que acepto que un libro no salvará al mundo, y que, en tiempos de crisis, necesitamos acciones, no palabras. Pero la escritura sigue ocurriendo, incluso hoy, incluso ahora. Dice Marie Gouiric que la poesía ocurre «cuando no duermo, cuando la tristeza, cuando viajo en colectivo, cuando la cerveza, cuando es recreo en la escuela —soy una maestra—, cuando extraño, cuando perdí ante el tiempo, cuando la escritura es la única justicia que tengo para amar el mundo, mi amante más fiel y más violento». El planeta, un nuevo día, y por más miseria que creemos, la poesía sobrevive. Porque la poesía, al contrario de lo que mucha gente piensa, no es un lujo, sino una necesidad. Así lo argumenta Audre Lorde: «Si consideramos que nuestra necesidad de soñar, de ir a lo más profundo de nosotras mismas, directo hacia nuestros anhelos, es un lujo, renunciamos a la fuente de nuestro poder». Frente a la institución literaria blanca y racional, necesitamos primero sentir para después existir, porque escribir es una necesidad vital. Si bien Audre Lorde centra su reflexión en la poesía, creo que este concepto debe extenderse a toda escritura que surja desde lo más hondo de nuestro sentir para después transformarlo en palabra. Entonces, aunque es verdad que en tiempos de crisis no necesitamos literatura, eso no elimina el hecho de que sí existe la necesidad de escribir. Porque la escritura es nuestra relación particular con el mundo. Es un acto de supervivencia personal, una forma de preguntar, aunque no haya respuesta: ¿Te volveré a ver? Escribir es un acto de egoísmo necesario.
Espero que los caballos sobrevivan, que las palabras que les dejaron grabadas en sus lomitos los guíen. Espero encontrar a Puffy algún día, quizás no en este mundo, pero sí en algún lugar, en alguna palabra o en algún poema. Porque la escritura puede soltar, dejar ir, nos permite confiar en que a través de las palabras, lo que sentimos no se perderá para siempre. Porque llegará alguien más a revivirlo. Como cuando un sacerdote sube la ostia en la misa y nos hincamos, porque en el pan, Cristo. Así es la poesía, revivimos un momento que jamás hemos vivido. Es un acto ritualístico, que nos obliga a reconocernos con dolor, con cariño, con vida.
Por eso, soy creyente de que la poesía le debe pertenecer a todes, y todes a la poesía sepan que digo esto porque a mí la literatura me hartó desde hace tiempo, lo que me gusta es escribir. La literatura es la institución, el prestigio, el poder que sí existe, las becas, las publicaciones, el status quo. Mientras que la escritura es sólo el acto de escribir. Bajo esta lógica, me declaro escritora que genera espacios para la escritura. Porque al contrario de lo que se dicta desde el status quo literario, la escritura no necesita depender de becas, reconocimientos, premios, inclusive, me atrevo a pensar, que tampoco de libros y mucho menos, de un cuarto propio. Pues ante la crisis inmobiliaria, y el panorama apocalíptico, aún creer que necesitamos un cuarto propio para escribir es absurdo y muy limitante. Lo que sí se necesita es una voz. Una voz propia. «Esa pequeña voz del sueño o la vigilia más atenta que la idiota de la familia escucha, los ojos fijos en la gloria de las formas», escribe Diana Bellessi. Esa pequeña voz del mundo es real y la única manera de encontrarla es escribiendo.
Esta fue la última lección de mi perro, permitirme sentir dolor en un tiempo donde la única manera aparente de mantenernos sanas es la apatía. La escritura no nos salva pero sí nos humaniza. Estas ideas no son nuevas. Por eso las repito sólo para quienes hoy las necesite: no te frenes, el mundo se está acabando y toda escritura es urgente.
Este texto lo escribí como reflexión a partir del taller en Casa Tomada que lleva el título del ensayo. Gracias, Silke, Ximena, Jimena, Luis, Paulina, Luz Celeste, María Fernanda, Stephanie, Alejandro y Dora por acompañar esta escritura y por dejarme acompañar la suya.
