Ciudad de México, 1978. Su libro más reciente es Lo que no se mueve (Veinti6 Veinti8, 2024).
Pasa los dedos por la orilla de las fotos y selecciona una del primer montón. Es la del ciempiés: Ana llora con la boca abierta, lleva un vestido cursi, de esos con los que se vestía a las niñas, como si fueran muñecas. Todos sus dientes son de leche: pequeños y con huecos entre ellos. La baba y las lágrimas brillan, igual que la coraza del ciempiés de fibra de vidrio a sus espaldas. No está segura de que sea la mejor opción para empezar, pero la toma de cualquier manera. Desliza la foto hacia el comprador.
—También tengo la escultura en alguna caja, si quiere verla.
Escucha a su hija moverse por el pasillo: sabe que es ella porque todo el verano anda descalza y hace tuc, tuc, tuc con los talones sobre el piso, como si pesara veinte kilos. El comprador no parece haber notado nada, saca un par de lentes del bolsillo de su suéter y mira el retrato con las manos a los lados, sobre la superficie de la mesa.
—La nena soy yo —dice Ana y el hombre levanta la mirada.
Ella imita el gesto en el retrato y abre la boca como si en lugar del refrigerador a sus espaldas estuviera el monstruo que su padre construyó hace casi cuarenta años. Un día van a salir los dos en televisión, nena. ¡Grita más! Qué buena actriz eres. Parpadea, pensando en su voz, en lo distinto que suena en inglés. Justo ayer lo vio en una entrevista: se ve viejo y gordo, como los abuelos. El comprador, que no está tan viejo pero sí tiene algo de sobrepeso, ya volvió su atención a la foto. Ana decide hablar de ellos, de los abuelos: a ver qué hace.
—La verdad sí era buena actriz, lástima que papá me llevaba con señores que nunca me tomaron en serio. Los visitábamos ya cerca de la Navidad, el día del niño… papá me inventaba fechas de cumpleaños.
Sonríe al notar el tirón en el cuello y cómo le cambia la respiración. Hay que relajarlos, nena. Relajados van a hacer lo que tú quieras. Vuelve a mirar dentro de la caja. Los paquetes están separados por sesión. Le alcanza al comprador tres más de las que le tomó su padre con ese bicho horrendo.
—Aunque cualquier nena se hace buena actriz apagando las velas cuatro veces al año.
Mantiene la sonrisa puesta, igual que entonces, cuando se sentaba sobre las piernas de esos señores. Los pasteles eran baratos, del supermercado, con demasiada crema y el pan húmedo. Es lo que papá alcanza a comprar, decía él, y encendía un cigarro sin dejar de mirar la carretera. Un día voy a comprarte uno de chocolate fino, ya verás. Casi siempre estaban chuecos y tibios después de viajar dos horas sobre el tapete, atrás de su asiento. Él los sacaba de la caja y se chupaba los dedos y los componía con el cuchillo que el abuelo en turno les prestaba. A ella le tocaba poner las velas. Su padre se las entregaba y ella se impulsaba hacia adelante, sobre las piernas de esos señores que la tomaban del pecho o la sujetaban de las axilas y la levantaban. ¿Cuántas tienes que poner, nena? ¿Cuántos cumples hoy? Y ella contaba hasta un año menos de la edad que había cumplido en abril: Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Lo miraba y él la miraba de vuelta y se reían antes de que él sacara el encendedor y prendiera las velas.
El comprador se inclina sobre la mesa y acerca la nariz a las fotografías donde Ana ya no llora y más bien parece bailar y soltar grititos alrededor del bicho. Ella observa la calidad del suéter del comprador. Parece bueno, aunque el reloj que asoma en su muñeca diga otra cosa. Tuc, tuc, tuc, escucha Ana en el pasillo y el comprador se incorpora, se vuelve a tensar.
—¡Lucita, no corras, mi amor! —grita, aunque si echa la silla atrás alcanzará a verla ahí, pegada a la pared, demasiado cerca.
Tuc, tuc, tuc, se oye de vuelta a la habitación y Lucita se ríe con esa risa casi metálica que alguna vez también tuvo ella.
—¿Quiere que vuelva después? —pregunta el comprador con los lentes a media nariz.
—No, no, todo bien —sonríe. Y él vuelve su atención a las fotografías.
—¿Lucita, se llama?
—Lucía, pero es la chiquita de la casa.
El comprador la evalúa por encima del marco de sus lentes, seguramente calculándole la edad. Ana no pierde la sonrisa y se adelanta:
—Tuve tres, Lucita fue el pilón.
Señala una foto pegada detrás de ella, en el refri. El comprador asiente como si fuera la primera vez que notara los dibujos y esa imagen mal impresa donde están ella y las niñas de la vecina de al lado. Lucita brilla.
—¿Tiene más fotos? —pregunta el comprador y hace un ruidito con la nariz—. De los diseños de su papá, ¿tiene más?
La sonrisa de Ana sigue puesta.
—Ay, sí, claro, mire —busca en la caja y le ofrece tres más.
Las pone una a una sobre la mesa e imagina que son cartas del tarot: el mago, la reina de palos, la tentación. Él suspira y ella nota su frente, húmeda de sudor.
—¿Gusta un vaso con agua? Qué pena, no le ofrecí.
—No se preocupe.
—Es que luego me da pendiente, es un riesgo para las fotos, pero, si quiere algo…
Él hace un gesto con la mano, uno de esos que sólo hacen los viejos condescendientes, pero la mirada se le va de vuelta a la foto detrás de ella, en el refrigerador. En su imagen de perfil el comprador parecía de cincuenta y tantos. Viéndolo bien, Ana le calcula 65. Todavía menos que la edad de todos esos clientes. Abuelos, nena: tú dile a cada uno que es tu abuelo. Su papá le hacía repetir su nombre en el camino y datos importantes sobre cada uno de ellos: de qué empresa eran dueños, para qué productora trabajaban, cómo se llamaba su perro. De las abuelas no debía hablarse. No van a estar, nunca están. Los abuelitos son personas solas. Por eso vamos a verlos, por eso y porque pueden ayudarme, nena.
Tuc, tuc, tuc. Y el comprador sonríe de verdad.
—¡Lucita! —Ana echa la cabeza atrás—. ¿Estás corriendo descalza?
—No, mamá.
Tuc, tuc, tuc por el pasillo que hace resonar muy bien su vocecita, luego un rechinido: la puerta del cuarto. Va por los calcetines y los zapatos, como acordó con ella desde ayer: sólo la necesitaba un ratito. Yo te cuido, Lucita. Y aunque no se lo dijo, Ana se prometió no hacerle esas cosquillas que la dejaban toda adolorida.
Ella igual hacía el esfuerzo y se reía y bailaba y enseñaba los calzones. Luego comía más pastel, embarraba de azúcar los cachetes del abuelo en turno y empezaba a bostezar o tallarse los ojos para que su papá dijera: Ya tiene sueño la nena. Si alguno de ellos proponía llevarla a dormir a su estudio, él declinaba la oferta diciendo que los esperaban de vuelta: Su mamá nos va a poner una regañada, ¿verdad que vas a comer con mami también, Ana? Entonces daba lo mismo si ella decía sí o no. El cheque que habían firmado ya estaba en su bolsillo y, aunque la película que había prometido nunca saliera más que en fotonovela, esos señores habían salvado su pasión. Así decía él: Hacer esto es mi pasión y tú sí lo entiendes, nena. Cómo le gustaba que ella jugara alrededor de esos modelos que a cualquier otra niña le hubieran dado asco o miedo. Todos gigantes: arañas, hormigas, escarabajos con alas de polilla, murciélagos con alas plegables y visagras que les permitían abrir y cerrar el hocico. Él los sacaba de la cajuela y los mostraba como evidencia de su talento. Aunque la cereza del pastel eres tú, Anita.
Busca en la caja y selecciona con cuidado. Le ofrece al comprador seis fotos más.
—La mantis religiosa fue de las últimas que llevamos de gira. Mire cómo parece que tiene húmedas las fauces y aquí, mis ojitos igual de brillantes, ¡qué forma de llorar!
Ahí está chimuela y un poco crecida, según su papá, que igual repasaba el guion con ella durante el camino, mientras los cerros cambiaban de color, se oscurecían por las nubes o se volvían a iluminar. Cuando llegaban, él aún hacía un esfuerzo por lucirla y la cargaba en brazos. Las velas en el pastel eran una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… su papá se tardaba más en encenderlas y los abuelos ya no tenían que levantarla para apagarlas aunque la agarraban de la cintura para que no se cayera. Ella aprovechaba para resbalarse y hacer que la sujetaran. No era suficiente. Ana aplaudía y gritaba, les cantaba una cancioncita o les contaba el chiste, pero la cereza del pastel tenía que ser chiquita para tener gracia y ella no paraba de crecer.
La última vez hicieron el camino de regreso en silencio. Los cerros los espiaban negros y ella se hizo la dormida aunque tuviera frío. A él le gustaba regresar con las ventanas abiertas para fumar un cigarro tras otro.
—Sí, era buena —dice el comprador al fin, acercándose una de las fotos que sí son originales a la cara.
—Luego veo entrevistas en la tele y dicen que toda buena actuación tiene algo de verdad.
Cómo se le antoja uno, pero no le gusta fumar dentro de la casa. No es bueno para Lucita.
—¿Hay más? —pregunta el comprador—. Aunque no tenga aquí los modelos, no importa. Es que no había visto ninguna de estas en internet.
Tuc, tuc, tuc. Y ahí está: la mirada.
—Unas cuantas, sí.
Lucita aparece con los calcetines y un par de zapatos que se le caen y tiene que agacharse a recoger.
—¿Mami? ¿Me ayudas?
—¿Cómo se dice?
—¿Porfa?
—A ver, pásame ese. —Le señala el calcetín que ha dejado tirado. Lucita mira fijamente al hombre. Ella la sube a sus piernas y la acomoda, aunque le encaje el codo—. Saluda al señor, no seas grosera.
—Hola, señor.
—Hola, Lucita —dice él y Ana calcula cuántas copias le podrá vender.
A lo mejor si saca uno de los modelos que tienen en el clóset este sí cae.
—¿Quién es, mamá?
—Es un amigo que vino por unas fotos de tu abuelito.
—¿De mi abuelito?
—Ajá —los zapatos que la vecina les regaló le quedan grandes pero
Lucita se los pone y ella le ayuda a abrochar la correa mientras dice—:
La verdad es que no las vendería si no tuviera necesidad, pero ya ve, ni él ni mis abuelos vieron por nosotras desde que mi papá se hizo famoso.
La nena se le abraza del cuello y lo voltea a ver a él con su cachete pegadito al suyo, así, como lo ensayaron en el espejo.
—Hola —vuelve a decir y se ríe.
Ana la sujeta bien y siente el corazón que late rápido en su pecho. La besa en el cachete. Todo va a estar bien, todo va a ser un juego.
—¿Te acuerdas dónde están las demás fotos?
Lucía asiente y Ana la suelta. Su hija corre por el pasillo haciendo taca, taca, taca con esos zapatos que seguro le van a sacar ampollas.
—Usted dijo que tenía modelos también.
—El de la polilla y el ciempiés están aquí en la casa, pero cobro trescientos pesos por mostrarlos porque cada que los desempaco se deterioran.
—Sí, claro, lo entiendo… me parece bien.
Uno de los piecitos sucios de Lucía se le ha quedado marcado en la falda. Ana se sacude el polvo de un manotazo.
—Si quiere foto con ellos, son quinientos y si Lucita posa con el bicho cuesta mil, pero le dejo en ochocientos el disparo si son más de tres.
¿Le gustaría verlos?
