Ciudad de México, 1985. Uno de sus libros más recientes es El fuego en la memoria (Paraíso Perdido, 2021).
Emptiness is loneliness, and loneliness is cleanliness
And cleanliness is godliness, and God is empty
Just like me
Smashing Pumpkins, «Zero»
Cierras los ojos. Respiras profundo. Los sonidos acuáticos te recuerdan a los trastes sucios, la lavadora a medio enjuague en el patio y al ser que lleva meses nadando en tu vientre. J no te ha hecho ninguna pregunta. Supones que, al principio, eran tantas las ganas de quedar embarazados que cualquier sospecha le parecía de mal gusto. Ahora es porque tiene demasiado miedo de saber.
«Quedar embarazados». Resoplas. Suena muy romántico y te caga que lo repita. Él no se la pasa vomitando tres cuartas partes del día. No le pica la piel de la panza ni tiene que aguantar sus chistes malos sobre palomas y rayos divinos. Hace meses que no duermes bien. Extrañas las caminatas largas, las copas con tus amigas y hasta el olor del pescado calentándose en el microondas de la cocineta del trabajo.
El ginecólogo dijo que el embarazo es de alto riesgo. Nada de estrés y mucho reposo.
—Está creciendo rápido y sano, todo normal para un producto de seis meses.
—Pero sólo tiene tres meses de embarazo, doctor— aclaró J.
—¡Ay, qué ocurrencias! —soltó una risita—. Habrán sacado mal las cuentas, ahijado. Seis meses.
—¿Ya puede ver si es niño?
—Yo no quiero saber —interrumpes.
El médico lanza más gel helado en tu barriga y aprieta con el transductor. El ser protesta, se mueve y pareciera que le grita a la pantalla. Los aguijones arañando desde dentro te obligan a girar. Abrazas tus rodillas hecha bolita, esclava del milagro en tu vientre.
—¡Se nos está escondiendo, el muy pícaro!
J se ríe de buena gana.
Lo odias, te sentirías más tranquila con otro ginecólogo; hasta con una partera. Se lo has dicho miles de veces a J y él repite la misma cantaleta: es amigo de la familia, su padrino, el doctor que lo trajo al mundo; a él y a sus hermanos. Hace poco, le ayudó a Isabel con el nacimiento de Juanito. De alto riesgo, como el tuyo. Peor, de hecho, porque Isa ya es mayor y todos creían que era estéril. Como si se te fuera a olvidar, J te recuerda que es pasante médico y deberías confiar en su criterio. También que «estás muy chava».
La discusión te recuerda aquella noche. Piensa en otra cosa. Rápido, en cualquier cosa.
Abres los ojos. La humedad de la ropa te aguijonea con pulsos fríos. Estás paralizada. La pesadilla no te abandona ni despierta. Más que recordar, lo revives.
Llena eres de gracia.
Piensas que es J, llegando más temprano de su guardia. Le gritas que apague la luz, pero se vuelve tan intensa que te obliga a abrir los ojos. Una pupila azul rodeada de plumas que hacen las veces de párpados está suspendida a escasos centímetros de tu rostro. Quieres huir. Tu cuerpo no responde. Una voz dulce, que no es femenina ni masculina, repite las palabras: ¡Salve, llena de gracia, el Señor está contigo! Por instinto, le recorres con la vista, buscas una boca que no existe. El resplandor parece venir de esa criatura. A medida que tus ojos se acostumbran, distingues un cuerpo que podría ser humano si no fuera por las alas. Debe ser una pesadilla, te dices para calmarte y tratas de contar las alas. Te rindes luego del cuarto par. María, no temas. La voz incorpórea tiene el efecto contrario hasta que la suavidad de sus plumas acaricia tu piel y te envuelve. Una paz inexplicable te inunda. No temas, porque has hallado gracia ante Dios. Y he aquí, concebirás en tu vientre. Quieres protestar. La resistencia en tu interior cede, se diluye. Y su reino no tendrá fin. Abres la boca. Antes de que puedas decir palabra, algo tibio y dulce la invade. El Espíritu Santo vendrá, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. El sueño se apodera de ti entre un olor a incienso que no viene de ningún sitio y a la vez lo cubre todo.
Recorres el cuarto del bebé para apaciguar el insomnio. Es casi imposible dormir con el peso de tu vientre y las ganas continuas de orinar. J pintó las paredes de azul. También compró ropa con carritos, astronautas y dinosaurios. Imaginas la cara que pondrá si es niña. A ti te da igual vestirla de azul. Pegada a la pared, junto a la cuna, está la imagen de un bebé regordete de túnica blanca, con un par de alas y una aureola sobre la cabeza. Se las regaló la mamá de J. Lees en voz alta: Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día, hasta que me entregues en los brazos de Jesús, José y María. Es lo que solías rezar de pequeña. No bien terminas, las náuseas sustituyen al recuerdo. Corres al baño.
Las contracciones van y vienen, te sacuden completa. Aprietas los muslos y gritas. J te toma de los hombros y dice con su tono de idiota condescendiente que te calmes y respiren juntos. No puedes calmarte. Quisieras sacarle los ojos, arrancarle la piel de la cara a jirones… pujas con furia y rompes fuente. Al fin se calla la boca y te lleva al carro.
—¿Siete meses? Es imposible, ahijado —escuchas al doctor mientras un par de enfermeras ayudan a ponerte la bata y recostarte.
El médico empuja a J fuera de la habitación, luego se acerca a ti y grita:
—Nada para el dolor. Qué casualidad que a mi ahijado no le salen las cuentas, ¿no se te hace, niña?
Es la primera vez que el doctor se dirige a ti y es para acusarte de algo mientras te partes en dos.
Tus alaridos conmueven a una enfermera, llama a otra doctora, que ordena que te pongan la epidural y te lleven al quirófano de inmediato. Apenas sientes alivio entre todo el griterío del pasillo. Ya en la camilla, cuando pasas junto a los doctores, llegan atenuadas las palabras «sufrimiento fetal agudo» y «cesárea».
La habitación, enorme y blanca, te espera. El dolor comienza a ceder, el médico da órdenes como desquiciado y una enfermera te explica que estarás despierta en todo. Engancha un monitor a tu brazo, aclarando que deben ponerte un catéter en la vejiga y una mascarilla de oxígeno. Mientras termina de acomodarte, otras personas colocan la tela azul que oculta lo que le harán a tu cuerpo. Ella repite que no dolerá con la anestesia, pero tú sabes que el dolor no sólo se siente en la piel.
—Hay que rasurar el pubis ¡rapidito!
No sientes los cortes profundos. Estás tan cansada que ni siquiera lloras. Te dices que es tu imaginación, pero jurarías que un líquido tibio se derrama por tus caderas antes de que las manos del médico se abran paso entre tus músculos: tantea, agarra, jala…
Su primer llanto te desgarra. Te levantas para ver; la tela azul obstruye tu vista. Recorres el quirófano con la mirada, tratando de entender. Una enfermera cae de rodillas. Plumas tornasoladas manchadas de sangre planean por la habitación. Se escucha el corte del cordón umbilical. El médico da pasos atrás, ya sin el cubrebocas: la boca desencajada y ojos que parecen ciegos. Todavía lleva entre las manos a nuestro Salvador que se retuerce, sacudiendo sus múltiples extremidades y apéndices. Te miramos acostada, entumecida, con el vientre aún abierto.
Él emite una luz cegadora, debes cubrirte los ojos cerrados con los brazos para atenuar el golpe del resplandor. Nuestras voces se abren paso a través de la luz. La canción que entonamos retumba entre las paredes del quirófano: Gloria in excelsis Deo.

Monotipia
59.5 × 37 cm